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De Domingo de Ramos a Domingo de Resurrección, un mensaje de paz y amor

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Este pasado Domingo de Ramos la Virgen de la Paz, de la Hermandad de la Paz, llevaba en sus cirios dos palabras: paz y vida. El lema de la Hermandad es: El fruto de la Victoria de Cristo es la Paz. La combinación de paz, vida y amor tiene efectos transformadores en cualquier relación a escalas muy distintas, de lo individual a lo local y también a escala global. Hoy se discute a nivel de geoestrategia mundial si vivimos en un mundo unipolar, bipolar o multipolar. No parece que el paisaje que se dibuja ante estas alternativas este presidido por la paz y el amor. Actualmente hay en el mundo numerosos conflictos armados. Según datos de ACNUR, existen en el mundo 70,8 millones de personas que están forzadas a desplazarse de su lugar de origen por conflictos armados, bien originados por guerras civiles o por guerra entre Estados. De acuerdo con Wikipedia hay actualmente 53 guerras activas. La guerra de Ucrania, iniciada por la invasión rusa sobre este país, es muy grave. No parece que inspire un mundo que busca la concordia y la paz, camino para el bien común. Pero hay otros conflictos, este siglo está viviendo situaciones de guerra en Siria, Sudán, República Centroafricana, Nigeria, República Democrática del Congo, Afganistán, franja de Gaza, Pakistán, Irak. Europa se muestra como un espacio deseado para los migrantes que huyen de conflictos, lo vemos en la tragedia de Ucrania, pero también en relación con los migrantes africanos que chocan con concertinas y mueren en el mar Mediterráneo, y los que huían del conflicto en Siria. También hay muchos campos de refugiados como el existente en Tinduf (Argelia) que recoge refugiados saharuis desde hace 45 años. Todos estos ejemplos nos muestran imágenes alejadas del amor y la paz en este tiempo de Semana Santa.

Cada día esta semana vemos pasos con imágenes en los pasos que recorren las calles, que nos muestran el camino seguido por Jesús desde la entrada en Jerusalén hasta su Resurrección. Cada escena que vemos es un mensaje de amor, comprensión, entrega y paz. El tiempo de Semana Santa, como cualquier época del año es tiempo para leer el Evangelio y meditar su contenido. En el libro de Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, en su segunda parte, describe el tiempo de la vida de Jesús que transcurre entre la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección. Consideramos que es un libro de lectura muy recomendable en este tiempo que vivimos. Son muchos los acontecimientos de este tiempo esencial en nuestra fe, y están explicitados de una manera magnifica en el libro de Benedicto XVI. No es objeto de esta contribución al blog realizar un relato de la inmensa sabiduría interpretativa de los hechos del Señor que relata el libro. Pero escogeremos algunos para invitar a su lectura completa.

Nos refiere a Marcos (11, 17) donde se manifiesta la purificación del templo frente a los que lo convierten en cueva de ladrones, una clara manifestación contra los abusos. El mundo es un templo de oración global y la geopolítica actual, impregnada de tecnocapitalismo lo ha convertido en cueva de ladrones. El Evangelio en su conjunto nos da mucho material para la interpretación y análisis del mundo actual. La Semana Santa, observando las procesiones y visitando los templos nos genera un campo apropiado para la meditación. La Oración del Señor en el Huerto de los Olivos, de acuerdo con el libro citado, nos hace un llamamiento a la vigilancia ya que la somnolencia, mostrada a través de los discípulos esa noche, es una ocasión favorable para la manifestación del poder del mal a través del embotamiento del alma que conduce a que no nos inquiete la injusticia y el sufrimiento que devastan la Tierra, de acuerdo con Benedicto XVI. Nos remite el texto a Juan (18, 36) cuando Jesús dice “Mi reino no es de este mundo. Mi reino no es de aquí”. De acuerdo con el Papa Emérito, con estas palabras Jesús crea Jesús un nuevo concepto de reino y de realeza, en definitiva de poder, que nos debe hacer meditar. Jesús en la cruz constituye un pasaje esencial de la Semana Santa, con una importante imaginería que lo muestra. La primera palabra de Jesús en la cruz es, siguiendo el relato del libro: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas, 23,34). Las mujeres junto a la cruz tienen su lugar en el libro y todos los evangelistas recogen el hecho. Y al tercer día resucitó. De acuerdo con Benedicto XVI, el tercer día no es una fecha teológica sino el día de un acontecimiento que para los discípulos ha supuesto un cambio decisivo tras la catástrofe de la cruz. Al tercer día se descubre el sepulcro vacio y ocurre el encuentro con el Resucitado. De acuerdo con el Papa Emérito, Jesús viene del mundo de la pura vida, viene realmente de Dios. Salgamos a la calle, con todas las precauciones posibles dentro de la realidad que vivimos, a vivir la realidad del recorrido de las Hermandades y Cofradías. Pero miremos en el corazón cada uno lo que representa la Semana Santa.

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Una sesentena de fieles reciben el sacramento de la Confirmación en Campotéjar

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Una sesentena de fieles reciben el sacramento de la Confirmación en Campotéjar

El pasado 8 de abril la comunidad parroquial de Campotéjar celebró el sacramento de la Confirmación de un grupo de sesenta personas. Jóvenes y adultos recibieron el último de estos sacramentos de la iniciación cristiana en la iglesia del Señor de la Expiración.

Un gran grupo de 60 confirmandos celebraron con alegría la recepción de este sacramento de manos del arzobispo, D. Javier Martínez. Una veintena de jóvenes y unos cuarenta adultos llenaron este templo de la localidad de Campotéjar ya solo con la presencia de sus padrinos y familiares.

El grupo de jóvenes llevaba años recibiendo catequesis y esperaban recibir el sacramento hace un par de años, pero la pandemia obligó a aplazar la celebración. Llegado el día, los chicos lo recibieron con mucha alegría y en un clima muy familiar. “Yo he estado en muchas confirmaciones y esta fue muy bonita, muy acogedora”, asegura Aida, su catequista desde que recibieron la Primera Comunión. “Lo vivimos como si nos conociésemos de toda la vida, con mucha confianza”.

«ES JESUCRISTO QUIEN CONFIRMA»

Concelebrando junto al sacerdote Klemens Proszowski, que también ha participado de la preparación catequética del grupo de adultos, Mons. Martínez recordó a los jóvenes que este sacramento es una confirmación de que Dios responde a ese estar “hechos para un amor sin límites” de cada uno de ellos, que estaban presentes allí demostrando que lo conocen en Jesucristo.

“Es Jesucristo quien confirma. Él nos amó a todos en la cruz. En el tormento de la cruz, que es uno de los instrumentos de tortura más terribles que han existido, pide perdón para los que le estaban crucificando, para que no haya ningún hombre o ninguna mujer que pueda decir: ‘Es que Dios no comprende lo que estoy sufriendo’”, dijo el arzobispo. “Dios no puede entender lo que estoy pasando”.

A los chicos se les recordó la importancia de un gesto tan pequeño como el de la imposición de las manos, que concentra el signo sacramental. “La imposición de las manos significa una especie de abrazo de Dios. Era un gesto por el que los hijos de Abraham, señalaban la parte que les tocaba del rebaño en la distribución de la herencia”, explicó D. Javier. “Vosotros sois la herencia del Señor. ¡Sois el lote preferido del Señor! Es como un abrazo a Jesucristo que no retirará nunca, pase lo que pase en la vida”.

Invitados así a vivir esta alegría “pura y verdadera”, los sesenta confirmandos de Campotéjar recibieron este sacramento que culmina el don recibido por cada uno durante el Bautismo.

Ignacio Álvarez
Secretariado de Medios de Comunicación Social

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Cristo vive y te quiere vivo

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CARTA PASTORAL DE PASCUA 2022.

CRISTO VIVE Y TE QUIERE VIVO

Muy queridos fieles diocesanos:

“¿A quién buscáis? ¿A Jesús el nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado” (Mc 16,6), dijo el ángel a las santas mujeres. Sí, aquel Jesús que fue escarnecido, golpeado y escupido por todos; aquel hombre que, con una corona de espinas en la cabeza y por cetro una caña, fue presentado por Pilato como rey de burla a la multitud; aquel crucificado que, hasta en la hora de su agonía tuvo que escuchar aquella cruel ironía: “Si eres Hijo de Dios baja de la cruz” (Mt 27,40); aquel nazareno que en la hora de su gran tribulación no hace otra cosa sino callar y perdonar; aquel hombre que tiene el poder, después de muerto, para oscurecer el sol y estremecer las mismas entrañas de la tierra; es el mismo hombre que vence para siempre a la muerte.

He aquí la mejor noticia, la más jubilosa, en el más luminoso amanecer de la historia humana: ¡Cristo vive! Con su pasión y muerte nos libró del pecado, y con su resurrección nos ha conseguido la vida eterna.

Vivamos con gozo la mayor de todas las fiestas que tenemos los cristianos, y en torno a la cual gira el año litúrgico. La Iglesia lleva tan en el alma la resurrección de Cristo que no la celebra solo en este tiempo, sino que la rememora cada ocho días, cuando llama a sus hijos a su altar, para celebrar la Pascua cada domingo.

Pascua, fundamento de nuestra fe
La resurrección de Jesús es el acontecimiento culminante y decisivo en el que se funda la fe cristiana, nuestra fe. Como dice san Pablo, “Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe” (1Co 15,17); su resurrección, su triunfo sobre el mal, el pecado y la muerte es principio de vida nueva para la humanidad y fuente de un gozo inmenso.

Si hemos de tener por verdad la palabra y los milagros de Jesús, con lo que se manifiesta que Él era Hijo de Dios, hemos de tener, necesariamente por verdad, su resurrección, sin la cual su palabra no sería Palabra de Dios ni sus milagros realizados con el poder de Dios. Gracias a la resurrección del Señor, podemos decir con esperanza, y a pesar de todos los males que nos afligen, que el Amor existe, que es real y que tiene un nombre y un rostro: Jesús de Nazaret.

En este tiempo alegre de Pascua se afianza la fe del pueblo creyente, donde podemos pasar de la tibieza o la duda a la firmeza de la fe, como le pasó al apóstol Tomás: “si no lo veo no lo creo”. Jesús se deja tocar y le muestra sus llagas, y Tomás confiesa: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28). La fe en el resucitado no es una sencilla consecuencia de un razonamiento, sino fruto de un encuentro con Jesús, de donde brota la fe.

Este misterio, que celebramos cada año, quiere introducir en nuestra vida una renovación de la fe y de la esperanza, que desemboca en un amor ardiente capaz de transformarlo todo. “La buena noticia de la resurrección debería transparentarse en nuestro rostro, en nuestro sentimiento y actos, en el modo cómo tratamos a los otros (…) Nosotros anunciamos la resurrección de Cristo cuando su luz ilumina los momentos oscuros de nuestra existencia y podemos compartirla con los otros: cuando sabemos reír con quien ríe, y llorar con quien llora; cuando caminamos junto a quien está triste y está a punto de perder la esperanza, cuando contamos nuestra experiencia de fe a quien está en la búsqueda de sentido y de felicidad” (Papa Francisco, Ángelus 6 de abril 2015).

Pascua, alegre anuncio
Cuando alguien tiene una experiencia profunda no la puede callar, por más que sus palabras no lograrán nunca expresar la intensidad, viveza y grandeza de la experiencia. Con nuestra vida hemos de anunciar la resurrección. En nuestras opciones y nuestra conducta, en nuestra forma de ser y actuar, hemos de mostrar que creemos de verdad que Jesús está vivo y que es posible vivir el mensaje de amor que nos dejó. Entonces, nuestra vida contagiará la alegría de la Pascua, el entusiasmo de quien ha descubierto el mensaje más importante de todos los tiempos: que Jesús el Nazareno, el Crucificado, no está en el sepulcro, sino que vive para siempre.

Celebrar la Pascua es confesar que en la historia y en el mundo ha entrado una fuerza que todo lo renueva y lo transforma. Este es el Espíritu del Resucitado, que vence a cualquier tempestad, que sana toda dolencia, que revive lo caduco, que aniquila la violencia con el don de la paz, que nos hace ser hombres nuevos.

Demos testimonio de lo que nuestros ojos han visto y nuestros oídos han escuchado, sin miedo ni vergüenza. Los discípulos con la fuerza del Espíritu, fueron capaces de recorrer todo el orbe anunciando lo que parecía una locura: que un crucificado había vuelto a la vida y que vivía para siempre; que murió por toda la humanidad por redimirla del pecado, venciendo la muerte y adquiriendo para todos la vida eterna; y que este Hombre era Dios, entregándonos su Amor plenamente.

Quizá, nosotros tenemos demasiados miedos. El ambiente que respiramos no favorece el anuncio de nuestra fe; la cultura en la que vivimos se ha cerrado a la trascendencia y dificulta proclamar la Buena Noticia. Pero también nosotros contamos, como aquellos discípulos, con el soplo y la fuerza del Espíritu de Jesús, que nos hace sentir que está vivo y nos quiere vivos.

Vivos, alegres y caminando juntos; en sinodalidad que es el modo propio de ser Iglesia, de vivir la comunión y de llevar a cabo el mandato misionero. Queremos hacer realidad, en nuestra Diócesis, lo que el documento preparatorio califica como la finalidad del sínodo universal: “hacer que germinen sueños, suscitar profecías y visiones, hacer florecer esperanzas, estimular la confianza, vendar heridas, entretejer relaciones, resucitar una aurora de esperanza, aprender unos de otros, y crear un imaginario positivo que ilumine las mentes, enardezca los corazones, dé fuerza a las manos” (Documento Preparatorio del Sínodo n. 32).

Bajo tu amparo, madre de la Pascua
En este tiempo festivo se nos invita, especialmente, a vivir con María, en las distintas devociones marianas que llenan de flores nuestras ermitas, basílicas y santuarios, a la espera del Espíritu Santo como hicieron los apóstoles: “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch 1,14).

Nosotros no podemos ser cristianos sin ser marianos, porque Cristo ha entrado en nuestra historia por la mediación de María. El Espíritu Santo ha venido sobre la Iglesia y sobre el mundo con la intercesión de María. Y nuestra transformación en Cristo se produce siempre por obra del Espíritu Santo con la ayuda de la Madre. Por tanto, la relación con María no es algo secundario en la vida cristiana, es una necesidad vital. No podemos vivir sin María. Así lo entiende y lo vive el pueblo cristiano, a lo largo de todo el año, y particularmente en este tiempo de alegría pascual.

Son muchas las fiestas y romerías marianas que se celebran en toda nuestra Diócesis, y a las cuales deseo participar en cuanto pueda; pues quiero experimentar la devoción tan grande que esta tierra profesa a la Madre de Dios.

¡La alegría y la paz del Resucitado llenen vuestro corazón! Hago mío el saludo que el Señor daba a sus discípulos: “La Paz esté con vosotros”. Y que esa misma Paz de Dios se extienda a todos los corazones, a todos los hogares y a todas las naciones.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

Monseñor Saiz exhorta a los sevillanos a ser “testigos de Cristo resucitado en el siglo XXI”

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Monseñor Saiz exhorta a los sevillanos a ser “testigos de Cristo resucitado en el siglo XXI”

El Arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz, presidió ayer la Misa por la Resurrección del Señor en la Catedral de Sevilla, a la que acudieron centenares de personas para celebrar juntos el culmen del misterio pascual.

Durante su homilía, monseñor Saiz recordó que a partir de ahora “tenemos 50 días para ir saboreando, degustando, nutriéndonos y también entendiendo un poco más de este misterio pascual de nuestra salvación”.

Continuó subrayando que en la Pascua debe destacar una actitud de “alegría porque Cristo ha resucitado, ha vencido a la muerte y al pecado”. Asimismo, insistió en que con la liturgia “actualizamos el misterio de Cristo que transforma nuestra vida, que nos convierte y nos hace crecer en nuestra realidad de Hijos de Dios, de miembros de Cristo y templos del Espíritu”.

Por otra parte, refiriéndose a las palabras del apóstol San Pablo en una de sus cartas, declaró que si Cristo no hubiera resucitado “los cristianos seríamos los más ingenuos, los más perdidos y los más engañados entre los hombres”, pese a que el mensaje del Evangelio “sea el más sublime que se haya escrito”. Sin embargo, “la Resurrección es señal de que Él es el Hijo eterno de Dios que ha venido para salvarnos. Cristo ha resucitado y eso tiene que marcar profundamente nuestra vida personal como incide en la Historia”.

Ante este hecho, pidió a los sevillanos ser “testigos de Cristo resucitado en el siglo XXI, en el tercer milenio, porque también nosotros hemos recibido y acogido esa salvación que el Señor nos ofrece, esa vida nueva, esa vida de unión con Él”.

En esta línea, dio gracias a Dios porque en Sevilla “la transmisión de la fe que es tan importante en la vida de la Iglesia todavía se realiza con normalidad en las familias, en las parroquias, en las escuelas, en las hermandades, en los movimientos…Seguramente tenemos muchos aspectos que mejorar, pero todavía el proceso de secularización que afecta a Europa occidental aquí no tiene tanta fuerza, y de nosotros depende que no solo no gane fuerza, sino que retroceda a través de una vida auténtica y coherente como discípulos del Señor”. Al respecto, señaló que los cristianos no deben ocultar su fe: “No nos vamos a avergonzar del Señor que ha dado su vida en la cruz por nosotros. Bien lo hemos contemplado y meditado estos días. No vamos a tener miedo de nada ni de nadie”. Al contrario, explicaba, “lo propio de la vida pascual es buscar lo bienes de arriba, porque no podemos peregrinar con una doble vida, a ratos soy muy creyente y muy devoto y rezo mucho y cumplo mis prácticas religiosas, pero después vivo como el mundo, con los criterios de esta sociedad nuestra materialista y consumista. Si habéis resucitado con Cristo –recalcó- buscad los bienes de arriba”.

Esta experiencia se plasma, según el Arzobispo hispalense, en vivir con coherencia y autenticidad. Un camino –reconoció- muchas veces difíciles, por este motivo, invitó a ir de la mano de María la Virgen, para que “nos guíe y acompañe”.

Finalmente, instó a contemplar durante esta Pascua el encuentro de María con Jesús resucitado, “una escena que no está narrada en los evangelios pero que existió sin duda” y concluyó su homilía exhortando a todos los sevillanos a ser “testigos de Cristo en medio del mundo”.

Fotografías de Miguel Ángel Osuna

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#HazMemoria| Una familia que es llamada a compartir el amor

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#HazMemoria| Una familia que es llamada a compartir el amor

Todas las instituciones sufren, en este tiempo, los cambios fuertes y las transformaciones profundas y rápidas en la sociedad y en la cultura. La familia los padece de un modo más íntimo pues en muchos casos, esas transformaciones se dirigen a modificar su esencia ampliando su definición: cuando todo es familia, nada es familia. En este contexto, la Iglesia, que se describe a sí misma como familia de familias y que es consciente de que la familia es uno de los bienes más valiosos de la humanidad, reconoce la aportación insustituible de la familia, defiende sus valores y anima y sostiene a quienes han decidido sacar adelante con libertad su propio proyecto familiar.

La familia es la primera institución humana. El amor fecundo entre el hombre y la mujer están en el corazón de la naturaleza humana. La igual dignidad de ambos y su valiosa complementariedad sostienen una relación que permite a los hijos que nacen de ella un entorno seguro en el que poder desarrollar su humanidad protegidos por el amor de sus padres. Además, un ambiente familiar de protección, respeto y libertad que se basa en el amor es el mejor ambiente para el desarrollo de los rasgos personales de los hijos y su maduración.

En la familia se realiza de manera primera y fundamental la vocación genuina del ser humano que es el amor. El amor está en el origen de la existencia y en la vocación final de cada persona: somos creados por amor y somos creados para el amor. Los vínculos que se establecen en la familia entre el varón y la mujer, entre los padres y los hijos, entre los hermanos, son relaciones de amor. Esa relación se entreteje de entrega y sacrificio. Sostiene a sus miembros en los momentos de dificultades y los impulsa hacia delante en los momentos favorables.

De la misma forma que cada persona es imagen de Dios y en ello radica su dignidad infinita, cada familia es imagen del amor de Dios en sus tres personas y está llamada a una comunión entre sus miembros. La Iglesia propone esta mirada a la familia y por eso se ofrece a ella y se entrega para hacerla visible en este tiempo y en esta sociedad concreta.

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Carta de Pascua 2022: «Cristo vive y te quiere vivo»

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Muy queridos fieles diocesanos:

“¿A quién buscáis? ¿A Jesús el nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado” (Mc 16,6), dijo el ángel a las santas mujeres. Sí, aquel Jesús que fue escarnecido, golpeado y escupido por todos; aquel hombre que, con una corona de espinas en la cabeza y por cetro una caña, fue presentado por Pilato como rey de burla a la multitud; aquel crucificado que, hasta en la hora de su agonía tuvo que escuchar aquella cruel ironía: “Si eres Hijo de Dios baja de la cruz” (Mt 27,40); aquel nazareno que en la hora de su gran tribulación no hace otra cosa sino callar y perdonar; aquel hombre que tiene el poder, después de muerto, para oscurecer el sol y estremecer las mismas entrañas de la tierra; es el mismo hombre que vence para siempre a la muerte.

He aquí la mejor noticia, la más jubilosa, en el más luminoso amanecer de la historia humana: ¡Cristo vive! Con su pasión y muerte nos libró del pecado, y con su resurrección nos ha conseguido la vida eterna.

Vivamos con gozo la mayor de todas las fiestas que tenemos los cristianos, y en torno a la cual gira el año litúrgico. La Iglesia lleva tan en el alma la resurrección de Cristo que no la celebra solo en este tiempo, sino que la rememora cada ocho días, cuando llama a sus hijos a su altar, para celebrar la Pascua cada domingo.

Pascua, fundamento de nuestra fe

La resurrección de Jesús es el acontecimiento culminante y decisivo en el que se funda la fe cristiana, nuestra fe. Como dice san Pablo, “Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe” (1Co 15,17); su resurrección, su triunfo sobre el mal, el pecado y la muerte es principio de vida nueva para la humanidad y fuente de un gozo inmenso.

Si hemos de tener por verdad la palabra y los milagros de Jesús, con lo que se manifiesta que Él era Hijo de Dios, hemos de tener, necesariamente por verdad, su resurrección, sin la cual su palabra no sería Palabra de Dios ni sus milagros realizados con el poder de Dios. Gracias a la resurrección del Señor, podemos decir con esperanza, y a pesar de todos los males que nos afligen, que el Amor existe, que es real y que tiene un nombre y un rostro: Jesús de Nazaret.

En este tiempo alegre de Pascua se afianza la fe del pueblo creyente, donde podemos pasar de la tibieza o la duda a la firmeza de la fe, como le pasó al apóstol Tomás: “si no lo veo no lo creo”. Jesús se deja tocar y le muestra sus llagas, y Tomás confiesa: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28). La fe en el resucitado no es una sencilla consecuencia de un razonamiento, sino fruto de un encuentro con Jesús, de donde brota la fe.

Este misterio, que celebramos cada año, quiere introducir en nuestra vida una renovación de la fe y de la esperanza, que desemboca en un amor ardiente capaz de transformarlo todo. “La buena noticia de la resurrección debería transparentarse en nuestro rostro, en nuestro sentimiento y actos, en el modo cómo tratamos a los otros (…) Nosotros anunciamos la resurrección de Cristo cuando su luz ilumina los momentos oscuros de nuestra existencia y podemos compartirla con los otros: cuando sabemos reír con quien ríe, y llorar con quien llora; cuando caminamos junto a quien está triste y está a punto de perder la esperanza, cuando contamos nuestra experiencia de fe a quien está en la búsqueda de sentido y de felicidad” (Papa Francisco, Ángelus 6 de abril 2015).

Pascua, alegre anuncio

Cuando alguien tiene una experiencia profunda no la puede callar, por más que sus palabras no lograrán nunca expresar la intensidad, viveza y grandeza de la experiencia. Con nuestra vida hemos de anunciar la resurrección. En nuestras opciones y nuestra conducta, en nuestra forma de ser y actuar, hemos de mostrar que creemos de verdad que Jesús está vivo y que es posible vivir el mensaje de amor que nos dejó. Entonces, nuestra vida contagiará la alegría de la Pascua, el entusiasmo de quien ha descubierto el mensaje más importante de todos los tiempos: que Jesús el Nazareno, el Crucificado, no está en el sepulcro, sino que vive para siempre.

Celebrar la Pascua es confesar que en la historia y en el mundo ha entrado una fuerza que todo lo renueva y lo transforma. Este es el Espíritu del Resucitado, que vence a cualquier tempestad, que sana toda dolencia, que revive lo caduco, que aniquila la violencia con el don de la paz, que nos hace ser hombres nuevos.

Demos testimonio de lo que nuestros ojos han visto y nuestros oídos han escuchado, sin miedo ni vergüenza. Los discípulos con la fuerza del Espíritu, fueron capaces de recorrer todo el orbe anunciando lo que parecía una locura: que un crucificado había vuelto a la vida y que vivía para siempre; que murió por toda la humanidad por redimirla del pecado, venciendo la muerte y adquiriendo para todos la vida eterna; y que este Hombre era Dios, entregándonos su Amor plenamente.

Quizá, nosotros tenemos demasiados miedos. El ambiente que respiramos no favorece el anuncio de nuestra fe; la cultura en la que vivimos se ha cerrado a la trascendencia y dificulta proclamar la Buena Noticia. Pero también nosotros contamos, como aquellos discípulos, con el soplo y la fuerza del Espíritu de Jesús, que nos hace sentir que está vivo y nos quiere vivos.

Vivos, alegres y caminando juntos; en sinodalidad que es el modo propio de ser Iglesia, de vivir la comunión y de llevar a cabo el mandato misionero. Queremos hacer realidad, en nuestra Diócesis, lo que el documento preparatorio califica como la finalidad del sínodo universal: “hacer que germinen sueños, suscitar profecías y visiones, hacer florecer esperanzas, estimular la confianza, vendar heridas, entretejer relaciones, resucitar una aurora de esperanza, aprender unos de otros, y crear un imaginario positivo que ilumine las mentes, enardezca los corazones, dé fuerza a las manos” (Documento Preparatorio del Sínodo n. 32).

Bajo tu amparo, madre de la Pascua

En este tiempo festivo se nos invita, especialmente, a vivir con María, en las distintas devociones marianas que llenan de flores nuestras ermitas, basílicas y santuarios, a la espera del Espíritu Santo como hicieron los apóstoles: “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch 1,14).

Nosotros no podemos ser cristianos sin ser marianos, porque Cristo ha entrado en nuestra historia por la mediación de María. El Espíritu Santo ha venido sobre la Iglesia y sobre el mundo con la intercesión de María. Y nuestra transformación en Cristo se produce siempre por obra del Espíritu Santo con la ayuda de la Madre. Por tanto, la relación con María no es algo secundario en la vida cristiana, es una necesidad vital. No podemos vivir sin María. Así lo entiende y lo vive el pueblo cristiano, a lo largo de todo el año, y particularmente en este tiempo de alegría pascual.

Son muchas las fiestas y romerías marianas que se celebran en toda nuestra Diócesis, y a las cuales deseo participar en cuanto pueda; pues quiero experimentar la devoción tan grande que esta tierra profesa a la Madre de Dios.

¡La alegría y la paz del Resucitado llenen vuestro corazón! Hago mío el saludo que el Señor daba a sus discípulos: “La Paz esté con vosotros”. Y que esa misma Paz de Dios se extienda a todos los corazones, a todos los hogares y a todas las naciones.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

   + Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

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#HazMemoria: Esta semana hablamos de Familia y Vida

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«Una familia que es llamada a compartir el amor»

Todas las instituciones sufren, en este tiempo, los cambios fuertes y las transformaciones profundas y rápidas en la sociedad y en la cultura. La familia los padece de un modo más íntimo pues en muchos casos, esas transformaciones se dirigen a modificar su esencia ampliando su definición: cuando todo es familia, nada es familia. En este contexto, la Iglesia, que se describe a sí misma como familia de familias y que es consciente de que la familia es uno de los bienes más valiosos de la humanidad, reconoce la aportación insustituible de la familia, defiende sus valores y anima y sostiene a quienes han decidido sacar adelante con libertad su propio proyecto familiar.

La familia es la primera institución humana. El amor fecundo entre el hombre y la mujer están en el corazón de la naturaleza humana. La igual dignidad de ambos y su valiosa complementariedad sostienen una relación que permite a los hijos que nacen de ella un entorno seguro en el que poder desarrollar su humanidad protegidos por el amor de sus padres. Además, un ambiente familiar de protección, respeto y libertad que se basa en el amor es el mejor ambiente para el desarrollo de los rasgos personales de los hijos y su maduración.

En la familia se realiza de manera primera y fundamental la vocación genuina del ser humano que es el amor. El amor está en el origen de la existencia y en la vocación final de cada persona: somos creados por amor y somos creados para el amor. Los vínculos que se establecen en la familia entre el varón y la mujer, entre los padres y los hijos, entre los hermanos, son relaciones de amor. Esa relación se entreteje de entrega y sacrificio. Sostiene a sus miembros en los momentos de dificultades y los impulsa hacia delante en los momentos favorables.

De la misma forma que cada persona es imagen de Dios y en ello radica su dignidad infinita, cada familia es imagen del amor de Dios en sus tres personas y está llamada a una comunión entre sus miembros. La Iglesia propone esta mirada a la familia y por eso se ofrece a ella y se entrega para hacerla visible en este tiempo y en esta sociedad concreta.

En primera persona

Ibeth Salavaldez, peruana, se quedó embarazada con 20 años de un chico que en esos momentos ni siquiera era su novio, aunque en la actualidad es su marido. En sus pensamientos siempre estuvo seguir adelante con el embarazo, aunque todo el mundo le invitaba a no hacerlo. Llamó a unos cuantos centros de los varios folletos que le ofrecieron, pero la voz cálida al otro lado del teléfono de la asociación “El fruto de tu vientre” hizo que se decidiera a acudir a ella. Ahora tiene dos hijos y asegurara que tener ese niño «fue la mejor decisión que pude tomar en mi vida, porque le dio sentido a todo«.

La Iglesia cuenta con cerca de 250 centros para la familia y defensa de la vida, con casi 84.000 beneficiarios.

”El acompañamiento que ofrecen las asociaciones para la defensa

de la vida es mucho más importante que cualquier ayuda material”

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Cáritas Diocesana y la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Edificación firman un acuerdo de colaboración

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Cáritas Diocesana y la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Edificación firman un acuerdo de colaboración

A través de este convenio, firmado el pasado 8 de abril con la presencia de Miguel Ángel Castro, rector de la Universidad de Sevilla, y Mariano Pérez de Ayala, director de Cáritas Diocesana de Sevilla, la ETSIE se compromete a ofrecer asesoramiento e información en vivienda a personas en situación de exclusión social.

Entre las acciones que tanto el profesorado como el alumnado llevarán a cabo para concretar este convenio se encuentra el acompañamiento en las gestiones relacionadas con las instalaciones básicas de viviendas (electricidad, agua, gas, etc.) de personas en situación de vulnerabilidad y/o exclusión social. Asimismo, asesorarán sobre accesibilidad en viviendas, especialmente en adaptación de baños y/o rampas a los domicilios.

Por otra parte, se ofrecen a informar sobre las reparaciones, deficiencias o mantenimiento en viviendas, para que cumplan con condiciones de habitabilidad, así como a buscar empresas de construcción, además de profesionales libres, que colaboren en la consecución de los proyectos de reformas de las viviendas de forma desinteresada, con precios simbólicos o económicos, ayudando a financiarlos total o parcialmente.

Finalmente, el convenio incluye que desde la ETSIE se emitirán informes patológicos y de salubridad, levantamientos de planos de viviendas y se impartirá formación sobre eficiencia energética que ayude a ahorrar en los consumos de las instalaciones y prevención de riesgos.

La acción de la Universidad de Sevilla estará gestionada además por el Vicerrectorado de Servicios Sociales, Campus Saludable, Igualdad y Cooperación.

De esta forma, la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Edificación pasará a formar parte de las Entidades con Corazón que tiene Cáritas Sevilla, agentes comprometidos por el bien común y la justicia social, priorizando así la promoción y la inserción de las personas en situación de exclusión social.

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Doce semanas para hacer Memoria: #HMFamiliayVida

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La Iglesia da a conocer en este mes de abril su proyecto #HazMemoria. Durante doce semanas se quiere traer a nuestra memoria lo que es la vida de la Iglesia en los más variados ámbitos de su trabajo diario: desde el anuncio del Evangelio a la actividad socio sanitaria, desde la acogida a los enfermos a la catequesis de niños y jóvenes, desde la celebración de la eucaristía a la compañía a presos o mujeres abandonadas.

Cada semana recordamos lo que la Iglesia hace en relación a un campo concreto de su actividad y porqué lo hace. Ofrecemos tres testimonios de quienes llevan a cabo ese trabajo y quienes se benefician de él.

Acceder a #HazMemoria

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#CampañaXtantos: «La Iglesia curó las heridas de mi infancia. Ahora ayudo a curar las de otros»

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Con seis años, Álvaro Sicán se vio metido en el mundo de las pandillas de su país, Guatemala. El padre Álvaro, hoy capellán de prisiones en España, ha visto morir compañeros “por sobredosis y balas”. Asegura que si no es por la Iglesia, él probablemente sería uno de esos presos a los que hoy ayuda como sacerdote.

Pensó que era un disfraz lo que vestía aquel hombre menudo que se le acercó con confianza, cuando la mayoría de la gente lo que hacía era alejarse de un drogadicto como él. En realidad, era el hábito franciscano de un fraile que propició –ahora lo reconoce, en aquel tiempo no– su encuentro trascendental con la Iglesia. A pesar de que sus padres eran muy religiosos, Álvaro Sicán había permanecido siempre ajeno a una institución a la que, con el tiempo, dedicaría toda su vida. Su historia tuvo, aquel día, un antes y un después.

La infancia de este guatemalteco de 39 años estuvo marcada por experiencias muy negativas que forjaron en él una personalidad rebelde. Recuerda sus primeros años de vida bajo la atmósfera de la inestabilidad política y la guerra civil en su país. Ciertas amistades y su espíritu independiente le llevaron a dejar de lado los estudios y su sueño de ser deportista de élite para entrar a formar parte de una pandilla y abusar de los estupefacientes.

“Las pandillas de entonces no eran como las de hoy –remarca–. Tenían un sentido de hermandad, de compartir, de juego… Ciertamente había mucha droga, pero no había tanta violencia como ahora se ve”. Aquellos años complejos, no obstante, le ayudaron a forjar la persona que es hoy: “Gracias a aquello, puedo ver la vida de otra manera. De no haber sido por aquellas experiencias fuertes que viví, ahora no podría hacer lo que hago”.

“Aquí veo la labor grande de la Iglesia: ese trabajo de acompañar a gente a la que todo el mundo da la espalda”

Y es que, pasados los años, el hoy padre Álvaro se ocupa de sanar las heridas de tantos jóvenes perdidos como él en aquel entonces, que pagan sus errores con una pena de privación de libertad. Es fraile mercedario y trabaja como capellán de la prisión de Zuera, el principal centro penitenciario de Aragón.

En la Orden de la Merced a la que pertenece, ha encontrado sin duda su vocación. Y es que los miembros de esta orden se comprometen con un cuarto voto a dar su vida si es necesario por rescatar a quienes se encuentren en peligro, algo que él tenía claro desde su más tierna infancia.

Con solo cinco o seis años, una experiencia traumática marcó su vida. Volviendo del colegio, se encontró el revuelo alrededor de una casa en llamas en cuyo interior se encontraba atrapado uno de sus amigos. “Me escapé de los bomberos y estuve a riesgo de morir en el incendio por salvar a mi amiguito”, recuerda. La muerte de aquel niño fue quizá la chispa que prendió en él el incendio de la evasión que consumiría gran parte de su juventud, hasta que aquella conversación con el franciscano le llevó a querer salir de la espiral de sinsentido en la que había caído y conocer a los padres mercedarios.

“Yo no tuve experiencia de cárcel –señala–, pero sí que vi cómo muchos compañeros acabaron en ella. Muchos se suicidaban, otros murieron de sobredosis o con un tiro en el cuerpo sin poder llamar a un médico que los socorriese, y a otros no podíamos ir a visitarlos, porque ya te relacionaban y podían detenerte también. Teníamos una promesa de que si alguno se salvaba tenía que ir a salvar al resto y, en cierta medida, creo que es lo que me ha llevado a meterme en este mundo. Nunca me planteé ser sacerdote, pero me dijeron: ‘¿Quieres?’. Y aquí estoy».

El padre Álvaro trabaja en el ámbito de la prisión en tres aspectos fundamentalmente: en la prevención, evitando que los jóvenes caigan en el pozo de la cárcel; en el acompañamiento a los que ya han caído, apoyándolos material y espiritualmente, haciendo de puente entre ellos y sus familias o siendo la familia de los que están solos; y en la reinserción de los que ya han salido, ofreciéndoles herramientas que eviten que vuelvan a delinquir como pisos de acogida, asesoramiento legal, formación o ayuda en la búsqueda de empleo.

“Dios me ha guiado para ver las dos caras de la misma moneda. Sin esas experiencias fuertes que he vivido, hoy no sería el que soy ni haría lo que hago”

“Trabajamos antes, durante y después de la cárcel –afirma con voz pausada pero firme, propia de quien no se asusta de nada porque ha visto de todo–. Es un trabajo integral. En el plano de la fe, somos conscientes de que no somos nosotros los que vamos a llevarles a Dios, porque Dios ya está allí. Les ayudamos a hacer el proceso de descubrir a Dios en medio de esa realidad”.

En ese proceso de reconstrucción de la persona, Álvaro trabaja por restañar las llagas en el plano humano, psicológico y espiritual: “Tratamos de ir curando las heridas tanto externas como internas a través del perdón. Es importante reconciliarnos primeramente para después poder salir al encuentro del otro”.

Una Iglesia en salida que acude en socorro de quien quizá solo necesita una sonrisa sin reproches, un oído atento, una mano tendida como la que recibió aquel día el padre Álvaro de parte de aquel misterioso hombre disfrazado.

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