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Homilía de mons. José Ángel Saiz en el último día de la novena a la Virgen de los Reyes (14-08-2022)

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Homilía de mons. José Ángel Saiz en el último día de la novena a la Virgen de los Reyes (14-08-2022)

Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora.  María, Madre de la unidad

 Saludos. Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: Señor Deán Presidente y miembros del Cabildo Catedral; sacerdotes, diáconos, miembros de la vida consagrada; Asociación Virgen de los Reyes y San Fernando; hermanos y hermanas presentes, y también un cordial saludo a quienes estáis participando en la Novena a través del canal youtube de la Catedral. Día noveno y último de nuestra Novena, en esta tarde en que celebramos ya la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María.

Después de la Ascensión de Jesús al cielo, los apóstoles «perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos» (Hch 1,14). A la espera de Pentecostés, la Madre de Jesús está presente en los primeros pasos de la Iglesia. Ella recuerda a los discípulos el rostro de Jesús, es la memoria viva del Maestro, la Madre cercana y paciente que les explica las maravillas que Dios obró en ella, y que comparte el tesoro de tantos detalles y enseñanzas de Jesús, de tantos recuerdos. Desde el principio ejerce de Madre de la Iglesia ayudándoles a permanecer unidos y a prepararse para recibir el Espíritu Santo. Veinte siglos después, nos seguimos encomendando a ella para que nos ayude a llegar a la unidad plena. Así como la presencia de María mantenía unidos a los apóstoles, del mismo modo le encomendamos hoy la comunión plena entre los creyentes en Cristo.

Una de las características fundamentales del Concilio Vaticano II es la eclesiología de comunión. Al centrar la teología del misterio de la Iglesia en la noción de comunión, el Concilio ha reavivado un pensamiento perenne en la tradición cristiana. San Juan Pablo II recogió el legado del Concilio y del postconcilio, y al iniciar el tercer milenio, en la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, propuso la espiritualidad de comunión como alma de la comunidad eclesial y como principio educativo para llevar a cabo la misión pastoral de la Iglesia en el nuevo milenio[1].

La comunión se vive a través de una triple mirada: a la Trinidad Santísima, fuente y origen; a la Iglesia, familia de la que formamos parte; y, en tercer lugar, a sus personas, estructuras, y misión evangelizadora. El misterio de la Santísima Trinidad es el centro de nuestra fe. Es un misterio que sobrepasa las posibilidades humanas de comprensión, pero Dios mismo ha salido al encuentro del ser humano para revelarse, para darse a conocer a través de gestos y palabras como Padre, Hijo y Espíritu Santo, Unidad en la Trinidad, comunión eterna de amor y vida, inefable comunión de Personas.

Dios Padre es el Principio de todo, es el Eterno, la Vida, la Misericordia misma, el Santo; pero no encerrado en sí mismo, sino que se abre infinitamente a su Hijo eterno, que nos ha hecho partícipes de su condición de Amado del Padre. Esta realidad significa que el ser humano es divinizado, porque participa de la vida del Padre. La buena nueva del Evangelio consiste en que somos hijos de Dios. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, habita en nosotros como en un templo, y actúa en nuestra vida. Es la tercera Persona de la Santísima Trinidad.

La comunión se vive desde la conciencia de Iglesia. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. La imagen del cuerpo expresa la solidaridad entre los miembros, la necesidad de que cada miembro cumpla su misión específica, la cooperación imprescindible dentro de la unidad del conjunto buscando el bien común. La espiritualidad de comunión comporta ofrecer al hermano una verdadera amistad, que será más fuerte desde la unión mutua en Cristo

Eso significa ver, acoger y valorar lo que hay de positivo en el otro, como un regalo de Dios para mí. Se trata de estar atentos los unos a los otros, de tomar conciencia de los demás, porque estamos llamados a vivir en fraternidad. Mirar a cada persona concreta como nos imaginamos que la mira Dios. La mirada de Jesús a Zaqueo reavivó su esperanza, y le llevó a la conversión del corazón. A Pedro fue una mirada dolorida, pero sobre todo compasiva, una llamada a levantarse. Para la mujer sorprendida en adulterio significó devolverle su dignidad. La mirada desde la cruz fue de entrega total, de amor y de perdón.

La comunión lleva a dar espacio al hermano, a llevar la carga de los otros y rechazar las tentaciones egoístas. Dar espacio al otro significa aceptarlo como es, situarse ante él con la palabra y la acción oportunas en cada momento. Comporta también respetar su forma de ser y apoyarle siempre; respetar su libertad y no intentar controlarle; escuchar y ponerse en su lugar para comprender y evitar juicios. Implica, además, no excluir a nadie en función de simpatías y antipatías, de filias y fobias. Es un camino que requiere espíritu de servicio y de sacrificio, y para ello hay que poner en práctica el diálogo y el discernimiento. Llevar mutuamente la carga significa construir el edifico de la caridad rechazando todo tipo de egoísmo, y ser muy conscientes de que quien mantiene todo el peso del edificio es Cristo.

La Archidiócesis, las parroquias, realidades eclesiales, movimientos, hermandades, comunidades religiosas, etc., todos estamos llamados a ser, en el seno de la Iglesia, casa y escuela de comunión, de santidad y de apostolado. Cada diocesano ha de vivir la comunión en su relación con los demás, y del mismo espíritu se han de impregnar todos los ámbitos y estructuras. Las estructuras de servicio y los ámbitos de comunión han de facilitar verdaderamente las relaciones personales en clima de comunión eclesial. Nos ayudarán en todo momento la oración, el diálogo y el discernimiento, desde una actitud de escucha por parte de todos.

Ahora bien, es preciso que tengamos la conciencia clara de que se trata de una gracia de Dios que hemos de pedir con humildad de corazón. No consiste en un proyecto o estrategia cuyo fruto dependa de nosotros; es, sobre todo, un don de Dios, al que hemos de aportar nuestra humilde colaboración. Llegar a esa conciencia sólo es posible desde una vida teologal, de fe, esperanza y caridad, que se sustenta en la oración, en la Palabra de Dios y en los Sacramentos, y en la humildad. También se necesita una clara y viva conciencia de pertenencia a la Iglesia. Amar a la Iglesia y defenderla en todo momento. Vivir una amistad profunda y verdadera, compartiendo alegrías y penas, ilusiones y necesidades, oración, formación y trabajos apostólicos. En definitiva, compartir la vida entera.

Familia diocesana de Sevilla: En el próximo curso comenzaremos un nuevo Plan Pastoral para los próximos cinco años. En Sevilla hay muchas energías espirituales, mucha gracia de Dios, mucho amor a Cristo y a María Santísima, mucha fuerza pastoral. Pero hemos de trabajar muy unidos. Si somos capaces de vivir en comunión con Dios, en comunión y sinodalidad eclesial, Dios hará grandes maravillas a pesar de nuestra pobreza y pequeñez. Es imprescindible que tomemos a María, Nuestra Señora de los Reyes, como Madre y Maestra de unidad. Ella mantuvo unánimes a los apóstoles en la Iglesia naciente y nos enseña a vivir en comunión con Dios y en comunión fraterna para dar un fruto abundante y duradero. Aquí y ahora se lo pedimos con fe: Virgen de los Reyes, Madre nuestra, nos encomendamos a ti y te pedimos que nos mantengas unidos para que nuestro trabajo pastoral tenga toda la eficacia que el Señor nos quiere conceder. Así sea.

[1] Cf. SAN JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 43.

+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla 

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Evangelio de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen en Lengua de Signos Española

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Evangelio de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen en Lengua de Signos Española

Evangelio de Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María en Lengua de Signos Española (Lucas 1, 39-56).

Signado por el director del Departamento de Pastoral del Sordo de la Archidiócesis de Sevilla, el sacerdote Gumersindo Melo.

Produce la Archidiócesis de Sevilla.

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La conservación de los templos es una tarea para hacer entre todos

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Mensaje del Ecónomo Diocesano, Rafael Carmona, con motivo de la campaña Pro Templos que se celebrará el próximo 14 de agosto.

Celebramos un año más el próximo 14 de agosto la Jornada Pro-Templos en nuestra diócesis malacitana aprovechando que en el verano muchos paisanos y amigos nuestros regresan a la ciudad o a los pueblos para descansar, reencontrarse con sus raíces y celebrar, en muchos casos las fiestas patronales. La Jornada tiene como finalidad crear conciencia comunitaria de la importancia de nuestras iglesias y ermitas para ayudar económicamente a su restauración. Hemos elegido este año como lema: “Entre todos”

Los templos y ermitas son lugares para detenerse y descansar en el largo camino que lleva a Cristo. Son lugares donde, mediante la fe sencilla y humilde de los pobres de espíritu, se vuelve a tomar contacto con las grandes riquezas que Cristo ha confiado a la Iglesia, especialmente la Palabra de Dios, los sacramentos, la misericordia, la caridad para con los hermanos que sufren y los enfermos. En las ermitas dedicadas a la Virgen, individuos y pueblos enteros buscan el encuentro con la Madre del Señor para consolidar la propia fe en el ámbito de la presencia materna.

El templo no es entonces, solamente la casa edificada por manos de hombres, sino el lugar que testimonia la iniciativa de Aquel que es el único que edifica la casa.  

Regenerados por la Palabra y los sacramentos, los que acuden al templo toman conciencia de que ellos mismos son «piedras vivas» del templo santo de Dios que es la Iglesia. En el templo, como lugar de encuentro de la comunidad parroquial, cada uno puede redescubrir el don que la creatividad del Espíritu le ha regalado para la utilidad de todos. Y también puede discernir y madurar la propia vocación y estar disponible para realizarla al servicio de los demás, especialmente en la comunidad parroquial, donde se integran las diferencias humanas y se articulan en la comunión eclesial

Como ecónomo de la diócesis de Málaga solicito encarecidamente a todos los diocesanos, también a los que durante el año están fuera y a los que nos visitan, su colaboración en esta colecta extraordinaria y su generosa aportación económica.

Que Dios os lo premie. 

Rafael Carmona

Ecónomo Diocesano

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Homilía de mons. Saiz en el octavo día de la novena a la Virgen de los Reyes (13-08-2022)

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Homilía de mons. Saiz en el octavo día de la novena a la Virgen de los Reyes (13-08-2022)

María, Reina de todos los Santos

Saludos. Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: Señor Deán Presidente y miembros del Cabildo Catedral; sacerdotes concelebrantes, diáconos, miembros de la vida consagrada; Asociación Virgen de los Reyes y San Fernando; hermanos y hermanas presentes. Día octavo de nuestra Novena, en que celebramos el domingo XX del Tiempo Ordinario. En el evangelio de este domingo hay una expresión de Jesús que llama nuestra atención y hace falta comprenderla bien. Mientras va de camino hacia Jerusalén, donde le espera la muerte en cruz, Cristo dice a sus discípulos: “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división” ¿A qué se refiere el Señor con estas palabras?

Significa que la paz que vino a traer no es sinónimo de simple ausencia de conflictos. Es fruto de una lucha constante contra el mal; por eso, quien quiera resistir al mal y permanecer fiel a Dios, debe afrontar incomprensiones que pueden llegar incluso a la persecución. El cristiano se puede convertir, en ocasiones, sin buscarlo, en signo de división entre las personas, incluso en el seno de la propia familia. En efecto, el amor a los padres es un mandamiento sagrado, pero para vivirlo de modo auténtico no debe anteponerse jamás al amor a Dios y a Cristo. El cristiano es un instrumento en el mundo de la paz de Cristo, buscada con valentía y tenacidad en el esfuerzo diario, venciendo el mal con el bien, con la ayuda de María Santísima.

Hoy contemplamos a la Virgen de los Reyes como Reina de todos los santos. Comenzamos recordando que, tal como está recogido en el libro del Levítico, el Señor mandó a Moisés que comunicase a los israelitas este mensaje: «sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,2). Jesús hizo la misma llamada al final del sermón de la montaña, como recapitulación de toda su enseñanza: «sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48). Por último, san Pablo, al explicar el gran proyecto salvador de Dios, afirma que el Padre «nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuéramos santos e intachables ante él por el amor» (Ef 1,4).

El Concilio Vaticano II puso mucho énfasis en la llamada universal a la santidad. Es la misma para todos, cada uno en su género de vida y ocupación concreta; es un camino que cada uno debe recorrer según el don que ha recibido y la misión que le ha sido encomendada[1]. San Juan Pablo II recordó en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, que el camino pastoral en el tercer milenio debía situarse en la perspectiva de la santidad como fundamento de la programación pastoral que correspondía al iniciar el nuevo milenio[2]. El papa Francisco ha vuelto a ponerla de actualidad con su exhortación apostólica Gaudete et exultate. La perspectiva que nos propone sobre la santidad y la misión de la Iglesia del siglo xxi se puede sintetizar de esta manera: la misión es el impulso más fuerte que puede encontrar la Iglesia para redescubrir su propia santidad y volver a escuchar la llamada a ser más santa[3].

No nos podemos refugiar en las limitaciones personales o en las dificultades ambientales para eludir esta llamada. Tampoco sirve la excusa de que por tratarse de una meta tan extraordinaria, está reservada a unos pocos privilegiados, y resulta inalcanzable para la gran mayoría de cristianos. La llamada a la santidad concierne a todos los bautizados y debemos tener la valentía en primer lugar de escucharla, creerla y responder, y después, de proponerla a los demás con convicción y con esperanza[4].

Todos los presentes tenemos una misión educativa en la vida: pastores, padres, profesores, catequistas, monitores, etc. Todos tenemos influencia, de alguna manera, los unos sobre los otros. Resulta ilustrativo lo que en el ámbito de la pedagogía se denomina efecto Pigmalión. Según este principio, la forma como miramos y tratamos a los demás está influida por las expectativas que hemos depositado sobre ellos. Y, al mismo tiempo, se produce una especie de influencia sutil por la que su progreso suele ser proporcional a las expectativas que en ellos se han depositado. De ahí que sea tan importante poner la confianza en los demás, en sus potencialidades, en la obra que Dios puede realizar en ellos. De esta manera, ya estamos haciendo una llamada al cambio, a la conversión, al crecimiento personal, y de ahí la importancia de proponer un ideal de altura en lugar de conformarse con una propuesta de mediocridad. Al leer los evangelios comprobamos que Nuestro Señor utiliza continuamente esta pedagogía.

¿Cómo llevar a la práctica el camino de la santidad? En primer lugar, a través de la vida de fe: el cristiano ha de vivir su unión con Cristo por medio de la oración, de la recepción de los sacramentos, especialmente la Eucaristía, y de la escucha de la Palabra de Dios[5]. En segundo lugar, a través de la formación, siempre necesaria para profundizar y dar razón de la fe y de la esperanza. Y por último, por medio de la acción apostólica, que deriva de la misma naturaleza del ser cristiano y del envío misionero de Jesús. El cristiano es santificado por Dios las 24 horas del día, porque en todo momento vive unido al Señor: en la oración y en el trabajo, en el estudio, en la diversión y también en el descanso, porque como dice el salmo: «Dios lo da a sus amigos mientras duermen» (Sal. 127, 2).

En nuestro proyecto de vida cristiana y en la programación pastoral de la Iglesia hay un principio teológico esencial: La primacía de la gracia. Hay que superar la tentación de pensar que los resultados dependen de nuestras capacidades y esfuerzos[6]. El esfuerzo humano es inútil sin la ayuda de Dios. Recordemos el salmo 127: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (Sal 127,1). Hagamos memoria también del episodio de la pesca milagrosa, cuando los discípulos no han recogido nada después de haber estado bregando toda la noche (cf. Lc 5,5). Cuando Jesús acaba de hablar indica a Pedro que reme mar adentro y eche las redes. Así lo hace, confiando en su palabra, y se produce la pesca milagrosa. Es el fruto de la humildad y de la fe, de la confianza en el Señor, de la acción de la gracia.

En el camino de santidad la Virgen María es nuestro modelo, y es modelo para la Iglesia[7]. A pesar de los pecados y flaquezas de sus miembros, la Iglesia es la comunidad de los que están llamados a la santidad y se esfuerzan cada día por alcanzarla; y en esta lucha se sienten alentados por la Virgen, que es modelo de todas las virtudes. Contemplamos a María y nos alegramos por tener una Madre tan perfecta, tan llena de gracia, y nos esforzamos por imitar su perfección. María es la toda santa, por eso en nuestra tierra la llamamos María Santísima. Representa para nosotros el modelo de la santidad auténtica, que se realiza en la unión con Cristo. Su vida terrena se caracteriza por una perfecta unión con la persona de su Hijo y por una entrega total a la voluntad de Dios.

Entramos en el hogar de Nazaret, en la escuela de María. Aprendemos a vivir la unión con Jesús, a través de los gozos, a través de las luces, a través de las dificultades y contrariedades y a través de la gloria que esperamos alcanzar junto a la Madre. Queremos reavivar nuestra fe, vivir la fe como ella, desde el abandono confiado en el Señor, aceptando su voluntad en cada momento de la vida. No tengamos miedo, porque tenemos a la mejor maestra, a María Santísima, Nuestra Señora de los Reyes, que nos lleva de la mano. Así sea.

[1] Cf. CONCILIO VATICANO II, Lumen gentium 41.
[2] Cf. San Juan Pablo ii, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte 30.
[3] Cf. Francisco, Gaudete et exsultate 20.
[4] José Ángel Saiz Meneses, Desafíos actuales a la santidad en Mª Encarnación González Rodríguez, (Ed.): La vida en el Espíritu. Ser santos por la práctica heroica de la virtud. (Madrid 2010) 21-48.
[5] Cf. San Juan Pablo ii, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte 32-39.
[6] Cf. Ibíd. 38.
[7] Cf. CONCILIO VATICANO II, Lumen gentium 65; Audiencia General Juan Pablo II, 3 de septiembre de 1997.

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La comunidad de Santa Isabel peregrina a Medjugorge

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En el mes de octubre del año pasado llego a Jaen «MEDJUGORJE LA PELICULA». Varios hermanos de la parroquia fueron a verla y salieron firmemente decididos «tenemos que ir a Medjugorje». A mediados de mes Mar Ruiz me dice que quiere hablar conmigo. Cuando nos vimos me planteó que varios hermanos querían ir y que si yo me unía. Le dije que ya había estado una vez en 2016 y que si había un grupo de hermanos de la parroquia interesados montábamos una peregrinación. Nos pusimos manos a la obra y contactamos con RED GOSPA para fijar una fecha y empezamos la difusión. Rápidamente contábamos con unos treinta inscritos y nos pusimos a sacar los billetes de avión. Como en todo lo que es de Dios se han dado una serie de problemas que nos indicaban que íbamos por el buen camino. Ya en junio Se terminaban de incorporar a nuestro grupo algunos hermanos de última hora y otras personas de diferentes lugares que todavía no eran nuestras hermanos. Esas persona que conocimos en Barajas han sido un regalo para nuestro grupo, cuánto hemos compartido, cuánto nos hemos enriquecido.

Cuando Mar me propuso este viaje pensé que el destino no era una de mis prioridades pastorales, pero pensé que siempre es una bendición para una parroquia que una parte de sus miembros hagan una peregrinación juntos. La vida de la comunidad no se construye solo con el día a día de la vida parroquial, sino que se requieren eventos puntuales que de forma periódica renueven el encuentro con el Señor, reconstruyan las relaciones y aviven la pasión por la misión. Las peregrinaciones son uno de esos eventos idóneos para que todo esto se dé. En 2019 fuimos a Tierra Santa un grupo más pequeño y nos marcó. A esta a la que hemos ido más hermanos nos ha marcado aún más.

Medjugorje es un centro de espiritualidad mariana al que de forma oficial se pueden organizar peregrinaciones desde hace poco tiempo. La Santa Sede no se ha pronunciado aún sobre los fenómenos extraordinarios que allí comenzaron a suceder en junio de 1981 y que aún continúan. Hemos conocido a una señora que con 10 años formó junto a otra niña un grupo de oración de 60 jóvenes. Y todo ello porque la Virgen las iba guiando mediante «locuciones». Ellas escuchaban en su interior la voz de la Virgen que durante cuatro años fue marcando el camino de oración de aquellos jóvenes. Nos hemos encontrado con una parroquia como la nuestra, aunque llevada por franciscanos, donde el viernes se celebraba una boda y el sábado varios bautizos. Esa parroquia tiene muy claro que tiene la misión especial de acoger y guiar a los peregrinos que llegan, y lo hace mediante los guías que la parroquia forma y acredita para prestar este servicio. Nuestro grupo ha contado con Cristina, una joven madre de tres niños que nos ha ayudado mucho a vivir estos días. Hemos conocido al Párroco que nos dio una charla estupenda sobre la oración del corazón y al Visitador Apostólico Em. Aldo Cavalli que nos dio una charla sobre la gracia, también magnífica. Yo he agradecido mucho estas charlas que le han dado profundidad a lo que allí hemos vivido. Nicola e Irene, de RED GOSPA, lo hace muy bien y consiguen que las peregrinaciones no se queden en los aspectos más «folclóricos» de apariciones y videntes. Hemos tenido también momentos como parroquia a nuestro estilo con alabanza e intercesión. Y sobre todo hemos disfrutado de los actos centrales que la parroquia organiza por las tardes con el Rosario, la Eucaristía y la Adoración posterior. La mayoría de los peregrinos refieren que lo que más les ha impresionado ha sido el silencio de miles de personas en las adoraciones. Yo personalmente lo que más he disfrutado ha sido las confesiones que he ido viviendo en muchos lugares y momentos. Como les decía en el bus volviendo, uno viene enamorado de ser sacerdote.

Ya estamos pensando en qué peregrinación haremos el verano que viene. Ya me están pidiendo alguno volver a Tierra Santa. Dios dirá.

Comunidad parroquial de Santa Isabel 

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La noche de la Aparición recupera el esplendor previo a la pandemia

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Tres años después, la noche de la Aparición ha recuperado la normalidad previa a la pandemia, y eso se ha notado en la celebración religiosa y en la participación de fieles que abarrotaban el poblado del Cabezo con ganas de venerar a la reina de Sierra Morena.

Una veintena de sacerdotes junto a los Hermanos trinitarios, custodios del Santuario, acompañaron al Obispo de Jaén, Don Sebastián Chico Martínez, en la noche que se rememoraba el 795 aniversario de la Aparición de la Santísima Virgen al pastor, Juan de Rivas.

Poco antes de las 11 de la noche, la Virgen de la Cabeza, patrona de Andújar y de la Diócesis de Jaén fue trasladada, como es tradición, por el alcalde de Andújar, el  Hermano Mayor y el Presidente de la Cofradía matriz hasta el altar efímero en la calzada.

Allí dio comienzo la celebración eucarística con solemnidad. Don Sebastián presidía, por primera vez, esta Eucaristía con tanto arraigo en los devotos de la Virgen, que congregó a cientos de fieles, muchos de ellos miembros de Cofradías de la Virgen de la Cabeza de distintas localidades, de la provincia y de fuera de ella.

Homilía

Monseñor Chico Martínez quiso comenzar su predicación con un recuerdo a esa noche memorable que aconteció hace ya casi 800 años. “La belleza y el calor de su Imagen ‘pequeñita y chiquitita’, estimula nuestra oración y es una fiesta para nuestros ojos. Prueba de ello son las filas ininterrumpidas, durante tantos días del año, para acceder a su camarín y admirar su rostro desde un diálogo profundo hecho silencio. En este lugar, el 12 de agosto de 1227, la Virgen María fue luz para el pastor de Colomera, sonrisa de Dios, reflejo de la luz de Cristo, y ha continuado siéndolo en el tiempo y lo es y lo será en el futuro, para sus devotos”, expresó el Obispo de Jaén.

Después, Don Sebastián, quiso establecer la conexión divina de María con la Iglesia y con los que se sienten parte de ésta. “Ella es Iglesia porque es la humanidad liberada del poder del pecado y enriquecida con todos los dones de la comunicación con Dios; Ella es Iglesia porque vivió cerca de Jesucristo, hecha a su imagen y semejanza, y porque ahora vive ya glorificada y triunfante en la gloria de Dios. Y eso es lo que realmente es la Iglesia en este mundo, en esta humanidad: hombres y mujeres, fundados en Jesucristo, rehechos y edificados en Él, como un modelo nuevo de humanidad; hombres y mujeres que intentan vivir su vida en el mundo de acuerdo con los proyectos de Dios, movidos por el Espíritu Santo, libres del poder del demonio y del pecado, con el corazón puesto en la vida gloriosa y radiante del Cielo”.

Para finalizar su homilía, se dirigió directamente a María de la Cabeza para pedir, a modo de súplica, bendiciones para la Iglesia, el mundo: Sta. María de la Cabeza, imagen y madre de esta Iglesia peregrina que somos nosotros:

Bendice al Papa y a todos los Obispos del mundo,

Bendice a nuestros Obispos de España para que sepan guiarnos por los caminos del Evangelio;

Bendice a nuestros sacerdotes, para que sirvan y alienten al pueblo de Dios en todas nuestras parroquias y comunidades según la voluntad de Jesucristo;

Bendice nuestras familias, nuestros hijos, niños y jóvenes, a nuestros ancianos y enfermos;

Bendice a los que sufren los males de la pobreza, a los que no tienen trabajo, a los que andan perdidos sin ideales, sin esperanza, a los que sufren la tristeza de la soledad y del desamor;

Bendice nuestros campos, para que sean fecundos y llegue pronto la lluvia.

Bendice a los que sufren la guerra, especialmente te pedimos por el pueblo de Ucrania, para que pronto llegue la paz y brille la fraternidad que nos da tu maternidad.

Bendícenos a todos y ayúdanos a renacer en la vida nueva del Espíritu Santo y a colaborar con el Señor en la difusión del evangelio y la renovación de nuestros hermanos.

Al finalizar la Santa Misa, la imagen de la Virgen de la Cabeza fue portada por los anderos en procesión por todo el poblado, acompañada por los fervorosos vivas de un pueblo que sienten a María como su Madre.

Fotos: Fran Cassani

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Las Religiosas Clarisas han festejado a su Santa Fundadora Clara de Asís

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Un triduo ha servido de preparación espiritual para la fiesta más esperada del convento de Clarisas de la ciudad. Animado con los hermosos cantos de las monjas a los bellos sones del órgano, en un templo engalanado con una precioso exorno floral, y con bastante asistencia de fieles, la comunidad franciscana y todos los fieles que frecuentan este convento, han podido celebrar con la solemnidad que merece a la “pobre de Asis”.

Eligieron como predicadores a D. Ramón Garrido, D. José Mª Sánchez y al Capellán, D. Francisco Escámez. El día 11, fiesta de Santa Clara, vivieron un entrañable encuentro con nuestro obispo D. Antonio.

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Funeral del Rvdo. Francisco Ruiz Fernández

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Homilía pronunciada por Mons. Jesús Catalá el 13 de agosto de 2022 en la parroquia de San Andrés Apóstol de Torre del Mar. durante el funeral del Rvdo. Francisco Ruiz Fernández

FUNERAL DEL RVDO. FRANCISCO RUIZ FERNÁNDEZ

(Torre del Mar, 13 agosto 2022)

Lecturas: Ez 18, 1-10.13b.30-32; Sal 50, 12-15.18-19; Mt 19, 13-15.

1.- El juicio justo de Dios 

Queridos hermanos, se han proclamado hoy las lecturas que la liturgia nos ofrece en este tiempo ordinario del sábado de la semana diecinueve. La Palabra de Dios resuena siempre en nuestros corazones de manera nueva y estimulante.

El pueblo de Israel pensaba que las culpas y pecados de los padres cargaban sobre los hijos: «Los padres comieron agraces y los hijos tuvieron dentera» (Ez 18, 2). Era un proverbio asumido, una idea aceptada.

Pero Dios estaba en contra de ese parecer y revela a través del profeta que cada cual recibiría premio o castigo según su propia conducta (cf. Ez 18, 5-8): «si se comporta según mis preceptos y observa mis leyes, cumpliéndolas fielmente: ese hombre es justo, y ciertamente vivirá» (Ez 18, 9); pero si comete contra su prójimo malas acciones morirá y será responsable de su propia muerte (cf. Ez 18, 13).

Aquí hay que entender el término “muerte” de dos maneras: la primera se refiere a la muerte temporal, por la que todos tenemos que pasar y que nuestro hermano Francisco acaba de traspasar hacia la eternidad; y la otra acepción se refiere a la muerte eterna, que consiste en vivir alejado de Dios para siempre y es la muerte que debemos temer. 

2.- Examen sobre el amor

La muerte temporal de nuestro hermano Francisco, sacerdote, nos recuerda el juicio de Dios sobre nuestra vida, que marcará para nosotros la vida eterna o la muerte eterna. Seremos juzgados según nuestros propios actos personales. Ciertamente tenemos una corresponsabilidad como seres humanos, como creyentes, como familias, como parroquianos, como miembros de la Iglesia; pero es cierto que cada uno de nosotros somos los responsables de nuestras acciones.

Y como dice san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida, te examinarán del amor”. No nos examinarán de los proyectos que tenemos previstos, ni de ideas fabulosas, ni de si hemos conseguido lo que el mundo aprecia: honores, títulos, poder. Se nos va a examinar solo de cómo hemos vivido el amor. La vida del sacerdote Francisco nos puede ayudar a examinarnos sobre cómo estamos viviendo el amor.

3.- Invitados a vivir en la eternidad

Estamos todos llamados a vivir en la eternidad. El profeta Ezequiel nos ha recordado que quien observa los mandatos del Señor «ciertamente vivirá» (Ez 18, 9). Este vivir se refiere a la eternidad, que nuestro hermano Francisco acaba de entrar en ella; ha dejado el tiempo y ha pasado a la eternidad.

Dios desea que el pecador se arrepienta y viva junto Él por toda la eternidad, como recuerda el profeta Ezequiel: «Yo no me complazco en la muerte de nadie ‒oráculo del Señor Dios‒. Convertíos y viviréis» (Ez 18, 32); es decir, viviréis para siempre junto al Amor, junto a la Belleza, junto al Infinito, junto al Eterno.

El Salmo, que hemos rezado, es una oración del pecador que pide a Dios el perdón y una vida nueva: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 50, 12). Ésta es la oración que pedimos hoy por nuestro hermano. ¡Querido Paco, que Dios te renueve! ¡Que te haga renacer a la vida eterna! Ésta es nuestra oración por ti.

La felicidad plena y eterna consiste en vivir junto a Dios; por ello dice el salmista: «No me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu» (Sal 50, 13). Queremos estar junto a Dios, que es la luz inmarcesible, el amor y que solo Él puede ofrecer la felicidad plena.

Hoy pedimos al Señor por nuestro hermano Francisco, sacerdote, para que lo acoja en su reino de inmortalidad y de paz; para que le regale la alegría de la salvación (cf. Sal 50, 14); para que le colme de sus bendiciones y le llene el corazón del amor y de la felicidad que tanto ansiaba cuando vivía entre nosotros en este mundo.

4.- Ser como niños ante Dios

Según el evangelio de hoy, cuando le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y les bendijera (cf. Mt 19, 13), los apóstoles les regañaban. 

Pero Jesús les dijo: «Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos» (Mt 19, 14); y les impuso las manos (cf. Mt 19, 15).

No impidamos a nadie que se acerque a Jesús. En los “niños” estamos reflejados todos, porque todos somos criaturas del Señor; los más inocentes tienen derecho a estar cerca del Señor. Es posible que, a veces, apartemos del Señor a los “niños”, la gente sencilla, los pobres, los necesitados, los pobres, los enfermos, los ancianos, los desahuciados.

Nuestro hermano Francisco ha vivido una especie de “infancia espiritual”, sintiéndose hijo amado de Dios, “niño” amado por el Padre celestial; y ha sido un instrumento suyo para llevar a Dios a las personas que encontraba en su vida.

5.- Agradecimiento

En esta eucaristía queremos agradecer su vida, dedicada a los demás; y su ministerio sacerdotal, que ejerció con dedicación y entrega, pendiente sobre todo de los “niños” de Dios, de los más necesitados y débiles. 

Francisco tenía “un débil”, una inclinación especial, por los débiles. Así se lo dije un par de días antes de su partida de entre nosotros, cuando le visité en la clínica: “Paco, gracias, por haberte dedicado a tanta gente necesitada”.

Quiero agradecer la presencia de los sacerdotes. Algunos no han podido venir personalmente y me han pedido que lo dijera; pero se han unido espiritualmente con la oración a esta celebración exequial. Todo sacerdote es presencia amorosa de Dios, que bendice a los “niños”. ¡Queridos sacerdotes, bendigamos a los “niños” en esas facetas que hemos dicho!

¡Queridos fieles, bendecid a los “niños”; estad cerca de los que más lo necesitan!

¡Querido hermano Francisco, sacerdote, gracias!

Pedimos a la Santísima Virgen María que lo acompañe a él a las moradas eternas y que a nosotros nos mantenga gozosos y fieles en la fe que profesamos y en el Amor de Dios. Amén.

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Semblanza de Francisco Ruiz

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Semblanza leída por el deán de la Catedral, Antonio Aguilera, en la Misa Corpore Insepulto del sacerdote Francisco Ruiz Fernández fallecido el 12 de agosto de 2022 a la edad de 81 años

El Señor ha llamado a vivir definitivamente junto a sí a nuestro muy querido hermano sacerdote Paco Ruiz Fernández. Con el Señor, con quien tanto ha hablado y de quien tanto ha hablado siempre a los demás, ahora vive una entrañable cercanía. Hoy puede cantar con el Salmo: He visto tu rostro, Señor.

No tengo palabras para hablar de Paco suficiente y adecuadamente; palabras con las que poder recoger los sentimientos que muchos de vosotros ahora sentís, porque él entró muy de lleno en vuestra vida. La Eucaristía que celebramos, el memorial de la Muerte y Resurrección del Señor, es hoy una acción de gracias por la vida de Paco entregada, como la del Señor, hasta el final y compartida con los hermanos, como la del Maestro con sus discípulos.

Mis palabras son sólo un esbozo de lo que ha sido Paco para nosotros: un esbozo que cada cual puede completar con sus recuerdos personales del sacerdote y amigo, porque Paco ha vivido con intensidad, como todo en su vida, estas dos realidades: sacerdocio y amistad. 

Una intensa biografía

Paco ha sido un hombre de intensidad. Sí, intensamente ha vivido, intensamente nos ha querido… Así lo habéis expresado muchos de vosotros a lo largo de su vida y de forma muy especial en estos últimos días suyos entre nosotros.

Intensa biografía que se abrió a la vida en Periana el 25-06-1941, en una familia sencilla y trabajadora, como tantas familias de entonces. Sus padres, Manuel y Dolores, que siempre vivieron con él, tuvieron dos hijos: Paco y Dolores. De niño ingresó en el Seminario, cursó muy bien los estudios eclesiásticos y fue ordenado sacerdote el 13-01-1968.

Sus encargos como párroco fueron en los pueblos de Vva. del Trabuco; Carratraca; Santa Rosalía-Maqueda; Canillas de Aceituno, Sedella y Salares; Torrox; Vélez-Málaga; Viñuela, Trapiche y anejos; Torre del Mar; y en Málaga ciudad: parroquias de S. Fernando (con especial atención a Los Asperones) y Ntra. Sra. de Gracia. Lugares todos donde Paco se entregó por completo: los feligreses de estas parroquias lo saben muy bien.

En distintos momentos, además o a la vez que párroco, tuvo las responsabilidades de consiliario de la JARC, de la HOAC y de ENS; miembro del Consejo Episcopal, y del Consejo de Asuntos Económicos; Arcipreste; Ecónomo Diocesano, y Vicario Episcopal Territorial de la Costa Oriental y Vicario Episcopal de Ronda, Álora y Antequera.

Su afán ha sido siempre desvivirse para dar vida. Unas veces habrá acertado de lleno; otras, quizás habrá acertado menos; pero su afán siempre era ayudar: ayudar a las familias, a los matrimonios, a los niños, a los jóvenes, a los adultos, al que estaba en la droga (¡cuánto trabajó con Proyecto Hombre!), al que estaba en la cárcel o salía de ella, a los enfermos en el hospital o en sus casas… ¡a todos!

Un epitafio: Evangelio vivo con pies de cura

Como decía alguien de vosotros, en el pasillo del hospital Quirón comentando la vida de Paco: En Paco ha sido cierto lo que quería san Manuel González de los curas: que fueran –que fuéramos- “evangelios vivos con pies de cura”.

Este podría ser un hermoso epitafio de la vida de Paco: “Evangelio vivo con pies de cura”.

Cada sacerdote es discípulo y apóstol. Pero en Paco, se hacía especialmente presente el estilo apostólico de Pablo, «el primer apóstol después del Único», y en él se hicieron vivencia pastoral los consejos de Pablo a los romanos: Bendecid siempre, no maldigáis. Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran (Rm 12,14-15).

Paco tenía la inteligencia y la sabia habilidad de estar con todos en sus más diversas circunstancias de vida, en los días de gozo y en los días de dolor. Seguro que todos lo hemos sentido así, ¿verdad?

En estos días, en el Himno de Laudes, hemos rezado: Quien entrega su vida por amor, la gana para siempre. Palabras que nos traen a la memoria la hermosa cita evangélica: El que pierda su vida por mi causa, la encontrará” (Mt 10,39).

Qué duda cabe que Paco, como Pablo de Tarso, ha gastado su vida por el evangelio. Lo hemos visto mil veces: Paco ha vivido dando su vida, no se ha reservado nada para sí.

También intensidad en el dolor

El dolor ha agarrado intensamente a Paco a lo largo de su vida. Y especialmente en esta etapa final suya, que todos nosotros conocemos.

Intenso dolor fue cuando en accidente murió su hermana. Quedaron su cuñado y tres hijos. Al poco fallecieron su sobrino, adolescente, y luego su cuñado, dejando a las dos sobrinas pequeñas. Paco y sus padres, asumieron con preciosa dedicación la responsabilidad de ellas dos. La intensidad del dolor se alía con la intensidad del amor.

Y vivió intensamente también la propia enfermedad suya: su corazón se resentía y tres bypass tuvieron que ser necesarios. Quizás esto mermó sus posibilidades de trabajo, pero nunca sus ganas de trabajar. De la forma que le era posible, siguió siempre en la brecha: hasta los últimos días, con sus mensajes en las redes, queriendo llevar el evangelio a todos, en todo momento, de la forma que estuviera a su alcance. 

Dos pasiones unidas

Paco ha vivido muy intensamente sus dos pasiones: el Evangelio y la historia de cada hombre y mujer que se han cruzado en su camino. Paco, ha sido un hombre de Dios y un hombre de la gente. 

 ¿Puede decirse algo mejor de un cura? Quizás todos vosotros podéis completar este esbozo de biografía, registrando en la memoria del corazón vivencias compartidas.  

Pero ahora, obsequiemos su memoria y demos gracias a Dios en esta

Eucaristía por la vida de Paco, que ya estará conversando con el Señor y… quizás… discutiéndole algo.

¡Gracias, Señor, por este hermano que nos diste!

– – – – – – – –            

Y gracias, en nombre de los que somos iglesia de Málaga, a todos los que habéis atendido a Paco siempre y, de forma tan generosa, en este tiempo de sus últimas jornadas.

Y muchas gracias también al personal de las dos residencias donde ha vivido finalmente: la Residencia Sacerdotal y la Residencia del Buen Samaritano.  ¡Muchas gracias a todos!

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Homilía de mons. Saiz en el séptimo día de la novena a la Virgen de los Reyes (12-08-22)

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Homilía de mons. Saiz en el séptimo día de la novena a la Virgen de los Reyes (12-08-22)

Beata Victoria Díez.
María, Causa de nuestra alegría

Saludos. Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: Señor Deán Presidente y miembros del Cabildo Catedral; sacerdotes concelebrantes, diáconos, miembros de la vida consagrada; Asociación Virgen de los Reyes y San Fernando; hermanos y hermanas presentes. Día séptimo de nuestra Novena, en que celebramos la fiesta de la beata Victoria Díez. Nacida en Sevilla en 1903, laica católica, maestra miembro de la Institución Teresiana. Víctima de la persecución religiosa durante la Guerra Civil Española, fue asesinada en Hornachuelos. Beatificada por Juan Pablo II el 10 de octubre de 1993. Ejemplo vivo de apertura al Espíritu y de fecundidad apostólica. La vivencia de su unión con Cristo le llevaba a ser santamente intrépida y a transmitir una alegría contagiosa. Hoy reflexionaros sobre María, causa de nuestra alegría.

El anhelo de alegría está presente en lo más profundo del corazón humano: la sentimos al contemplar la belleza de la creación, con la lectura de una creación literaria, la audición de una pieza musical, la admiración de una obra del arte o el visionado de una buena película. También se percibe después del trabajo bien hecho y del deber cumplido, así como por los logros profesionales y la posibilidad de construir proyectos para el futuro; nos alegra igualmente comprobar nuestro crecimiento como personas, y la adquisición de conocimientos y habilidades.

Si profundizamos un poco, vemos que mayor alegría todavía nos produce vivir el amor en familia y la amistad compartida; realizar un acto de servicio solidario, sacrificarnos por los demás; del mismo modo, la sensación de que la vida es útil y fructífera, de que vale la pena vivirla, así como la eternidad que nos espera; por último, experimentamos la alegría que brota de la comunión con Dios y con los demás, de saber que la vida procede de Dios, que no es el fruto de una casualidad ciega, sin sentido, sino de un designio de amor.

El amor infinito de Dios se manifiesta plenamente en Jesucristo. En él se encuentra la verdadera alegría. Desde el momento en que Dios Padre empieza a revelar en la historia su designio de salvación, este gozo se anuncia misteriosamente al Pueblo de Dios. Abrahán vivirá las primicias de esta alegría que se comunica después a lo largo de la historia profética del antiguo Israel, que la vive como experiencia exultante de liberación y restauración.

Es la alegría de la salvación que se percibe desde las primeras páginas del Evangelio. En la Anunciación, el arcángel Gabriel comienza diciendo: «¡Alégrate!» (Lc 1,28). En la Visitación, Juan Bautista salta de gozo en presencia de Jesús, cuando aún estaba en el seno de su madre. Cuando nace en Belén, el Ángel del Señor dice a los pastores: «Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). Y los Magos que buscaban al niño, «al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2,10). El motivo de esta alegría es la cercanía de Dios, que se ha hecho uno de nosotros.

María vive de una manera especial el misterio de la alegría cristiana. Llena de gracia, Madre del Salvador, desborda de gozo ante su prima Isabel que alaba su fe: «Proclama mi alma la grandeza del Señor se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador… Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» (Lc 1, 46-48). Ella mejor que ninguna otra criatura, ha comprendido que Dios hace maravillas: su Nombre es santo, muestra su misericordia, ensalza a los humildes, es fiel a sus promesas. Ella medita hasta los más pequeños signos de Dios, guardándolos dentro de su corazón.

María no ha sido eximida de los sufrimientos: está presente al pie de la cruz, y es madre de dolores, pero después vivirá de manera incomparable la alegría de la Resurrección; también ha sido elevada, en cuerpo y alma, a la gloria del cielo; es la Hija amadísima de Dios y, en Cristo, la Madre universal. Es el modelo perfecto de la Iglesia terrestre y glorificada. Junto con Cristo, recapitula todas las alegrías, vive el gozo perfecto prometido a la Iglesia. María Santísima, Nuestra Señora de los Reyes es causa de nuestra alegría porque es la madre de la fuente de la alegría: Jesucristo[1].

La alegría es fruto del amor, nace de él y es una forma suya. Santo Tomás de Aquino enseña que «el gozo no es una virtud distinta de la caridad, sino cierto acto y efecto de la misma»[2]. La alegría del amor se vive en la constancia, en la responsabilidad, en el desarrollo de las capacidades y talentos que Dios ha concedido, así como en la fidelidad a los compromisos; también en la generosidad, en la solidaridad, en el servicio al bien común, en la colaboración para que la sociedad sea más justa y humana; por último, la alegría del amor se encuentra en la comunión fraterna, que hay que construir y sostener. El libro de los Hechos de los Apóstoles describe que los primeros cristianos «partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón» (Hch 2,46).

El cristiano, aunque deba afrontar sufrimientos y pruebas a lo largo de la vida, nunca está triste porque encuentra la paz interior y la alegría en la presencia de Cristo resucitado[3]. El Señor lleva a cabo la obra de la salvación a través de su misterio pascual, que comporta el sufrimiento y la cruz. Él ha vencido al mundo con su pasión, muerte y resurrección. María, la Madre, está unida a Él en todo momento, y en el Calvario experimentará el cumplimiento de la profecía que hizo el anciano Simeón cuando presentaron a Jesús en el Templo de Jerusalén. El dolor ofrecido por amor contiene una fuerza salvadora incalculable en la misión de Cristo y en la misión de la Iglesia.

El dolor y la alegría encuentran su vinculación y su eficacia en el trabajo apostólico. Así lo expresa san Pablo: «Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24). El dolor no es una carga inútil, deprimente, un lastre existencial que se debe evitar a toda costa, o como mucho, soportar con resignación. Se puede convertir en colaboración eficaz en la obra de la salvación si se une a la cruz de Cristo; se convierte en fuente de salvación, en fuente de santificación personal, y en fuente de una alegría que nada ni nadie es capaz de arrebatar.

El cristiano se convierte en testigo y mensajero de alegría desde su experiencia del amor de Dios, y trasmite a los demás el gozo de haber encontrado a Cristo. Conocemos a muchas personas que viven sumergidas en la tristeza, en la angustia, en el hastío; personas que materialmente lo tienen todo, pero que han perdido el sentido de la vida y el gozo de vivir; personas que lo han probado todo y que están cansadas de casi todo. Los bienes materiales, los avances científicos y tecnológicos, las situaciones de poder, las posibilidades de placer, etc., no acaban de saciar la sed de felicidad que anida en lo profundo del corazón humano. Por eso es tan urgente que el cristiano ofrezca un testimonio luminoso de esperanza, que sea transmisor de una alegría sencilla y contagiosa que despertará no pocos interrogantes a su alrededor.

La alegría es característica de la vida cristiana auténtica, aunque no falten pruebas y dificultades en el camino, y tiene una gran fuerza evangelizadora. El cristiano es una persona feliz, que avanza por la vida con confianza, sin temor, tranquilo y feliz como un niño en los brazos de su madre (cf. Sal 131), experimentando el amor de Dios; recorre el camino en la compañía de los hermanos, en familia, en comunidad, en Iglesia, por eso nunca está solo, y se convierte en mensajero de alegría. Nuestra Señora de los Reyes, causa de nuestra alegría, es la Madre que nos guía en el camino. Así sea.

[1] Cf. SAN PABLO VI, Gaudete in Domino, n. 34.
[2] Cf. Santo Tomás de Aquino, o.c., II-II, 28, 4.
[3] Cf. San Juan Pablo ii, Salvifici doloris 25-27.

+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla 

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