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Jornada Mundial de los Pobres en la Catedral y ante la Patrona de Guadix

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Jornada Mundial de los Pobres en la Catedral y ante la Patrona de Guadix

La Catedral ha acogido el acto central de la celebración de la VI Jornada Mundial de los Pobres, que se va a celebrar en la Iglesia el domingo 13 de noviembre, pero que se adelanta en la ciudad de Guadix, dado que la próxima semana la ciudad accitana vivirá la fiesta de su patrona, la Virgen de las Angustias. Animada por Cáritas, esta jorn

ada tiene como objetivo fundamental concienciar sobre la realidad de pobreza que viven tantas personas en el mundo y la urgencia de tomar medidas para ayudarles y para crear condiciones sociales justas que favorezcan que cada vez haya menso personas pobres.
Se trata de una jornada instituida hace unos años por el papa Francisco, con la que se nos recuerda que Jesucristo se hizo pobre por nosotros, y esa ha de ser la fuente de nuestro compromiso solidario con los hermanos necesitados. Solo de esa manera podremos anunciar y vivir plenamente el amor de Dios y prepararnos para su venida.
La jornada ha estado presente en la Misa que se ha celebrado al llegar la imagen de la Patrona de Guadix a la Catedral. Ha estado presidida la celebración por el obispo, D. Francisco Jesús Orozco, y a ella han asistido miembros de Cáritas, trabajadores y voluntarios.
Este año, la VI Jornada Mundial de los Pobres se presenta con el eslogan “Jesucristo se hizo pobre por vosotros”, un texto tomado de 2 Co 8, 9.

Antonio Gómez
Delegado diocesano de MCS. Guadix

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Varios músicos católicos malagueños participan en el encuentro nacional celebrado en Córdoba

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Unai Quirós, Belén Navarro, Fermín Negre, Alfonso Moreno, Juan Baena, Encontrados, El Árbol de Zaqueo y Chenchu Pérez han participado en el VIII Encuentro de Músicos Católicos Contemporáneos organizado por la Subcomisión Episcopal para la Juventud y la Infancia, de la Conferencia Episcopal Española, celebrado en Córdoba.

El grupo El Árbol de Zaqueo fue galardonado, durante el encuentro, con el Premio Spera a mejor grupo del año.

«Ha sido una preciosa experiencia de evangelización y comunión», afirma el malagueño Chenchu Pérez, que participó en representación de la Comisión de Música Catolica de nuestra Diócesis, dependiente de la Vicaría para la Evangelización. Y es que, bajo el lema «Instrumentos de tu Paz», la cita ha reunido a músicos y compositores veteanos, con nuevos talentos, con el objetivo de «seguir potenciando el diálogo con los jóvenes desde una identidad católica a través de la música como lenguaje y expresión de fe en el joven y como servicio a la evangelización», explican desde la organización. 

Estos encuentros, además, forman parte del proyecto “Esperanza en el Presente” con el que esta Subcomisión quiere ofrecer formación continuada, acompañamiento espiritual y asesoramiento profesional a los músicos, así como potenciar los nuevos talentos de los jóvenes. 

Talleres formativos para un concierto-oración

Las jornadas comenzaron el viernes, 4 de noviembre, en el Palacio Episcopal de Córdoba, con una tertulia entre dos compositores veteranos, Antonio Mata y Unai Quirós, para compartir su experiencia de toda una vida dedicada a evangelizar a través de la música. Las ponencias del sábado 5 de noviembre corrieron a cargo del sacerdote y escritor Jesús Sánchez Adalid, con la que contestaba al interrogante «¿Cómo escribir la historia hoy para construir la paz?». El domingo, 6 de noviembre, el obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández González, habló sobre “Vocacionados a componer por la paz”.

El Encuentro propuso, además, tres talleres formativos orientados a la organización de un concierto-oración: cómo prepararlo, qué recursos técnicos hacen falta, y cómo afrontar los retos frente al público.

El programa se completó con el espacio para los nuevos talentos «Ahora te toca a ti», los momentos para compartir experiencias, y la tradicional Vigilia de Oración Musical el sábado noche. El domingo se cerraron estas jornadas con una Eucaristía en la Santa Iglesia Catedral de Córdoba.

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«En la capilla de las Hermanas Hospitalarias se ve la unión entre ciencia y caridad»

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Encarni Llamas Fortes

Encarni Llamas Fortes es esposa y madre de tres hijos. Periodista que desarrolla su labor profesional en la Delegación de Medios de Comunicación de la Diócesis de Málaga. Es Bachiller en Ciencias Religiosas por el ISCR San Pablo y está realizando el Máster de Pastoral Familiar del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II.

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Los jóvenes de la diócesis tienen un retiro de Adviento

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Publicado: 07/11/2022: 51

Los jóvenes de entre 16 y 30 años están convocados a un retiro de Adviento por la Delegación de Infancia y Juventud de la Diócesis de Málaga.

Se celebra el 26 de noviembre, en el colegio Sagrada Familia (El Monte), ubicado en la Calle Ferrándiz, 54-56. El retiro da comienzo a las 9.30 h. con la acogida y oración de inicio y concluye a las 18.00 h. con la celebración de la Eucaristía. Los participantes debe llevar su comida.

Desde la Delegación de Infancia y Juventud, el delegado Francisco Ruiz Guillot anima a catequistas, acompañantes y monitores de jóvenes en parroquias, movimientos y cofradías a invitar a los jóvenes a este encuentro. «Se acerca el tiempo del Adviento, que comenzaremos el próximo domingo 27 de noviembre, donde nos vamos a preparar para celebrar el nacimiento de Jesús. Somos conscientes de la importancia de esta fiesta y la necesidad de prepararnos para ella. Por este motivo desde la delegación de infancia y juventud de la diócesis queremos ofrecer a los jóvenes un espacio donde poder prepararnos para la celebración de la Navidad y la etapa del Adviento con un día de retiro», afirma Ruiz Guillot.  


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«Estas jornadas son una oportunidad para seguir profundizando en la clave de fraternidad que nos propone el Papa»

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Encarni Llamas Fortes

Encarni Llamas Fortes es esposa y madre de tres hijos. Periodista que desarrolla su labor profesional en la Delegación de Medios de Comunicación de la Diócesis de Málaga. Es Bachiller en Ciencias Religiosas por el ISCR San Pablo y está realizando el Máster de Pastoral Familiar del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II.

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Boletín Misionero para noviembre y diciembre

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La Delegación de Misiones de la Diócesis de Málaga ofrece su Boletín Misionero para los meses de noviembre y diciembre de 2022.

Descárgalo aquí.

En su mensaje, Danilo Cantillo, delegado de Misiones de Málaga, invita a vivir este tiempo de cara a la misión: «Con la llamada a la santidad, la apertura al Adviento y en preparación a la Navidad, vamos a intentar vivir y solidificar esa experiencia de Dios en nuestro corazón, luego transmítesela a tus cercanos, a tu familia, a tus vecinos y conocidos; este es un tiempo propicio para hacernos conscientes de que todas las personas hemos sentido alguna vez el anuncio de una nueva gestación en nuestra vida».

El número acerca el testimonio de Daniel y Gema, padres de 14 hijos que son misioneros en Copenhague (Dinamarca). Además, ofrece claves para quienes quieren ser misioneros ad gentes, consejos de animación misionera por Carlos Baeyens (Laico Marista y miembro de Proyecto Bolivia), oraciones, recursos y actividades dirigidas a la misión.

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Círculo de Silencio, este miércoles

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La Delegación Diocesana de Migraciones de Málaga convoca a un nuevo encuentro para reflexionar en la vida de los migrantes desde el silencio y el testimonio. En la capital es el 9 de noviembre, a las 20.00 horas, en la plaza de la Constitución.

Este mismo día se celebran también Círculos de Silencio en Álora, a las 18.30 horas, a las puertas de la iglesia de la Veracruz, y en Churriana, a las 19.45 horas en la plaza del Mirador, y en Arriate, a las 20.00 horas.

En Alhaurín de la Torre se celebra el segundo lunes de cada mes. 

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Tras las huellas de Sor San José, la dominica mártir de Huéscar

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Tras las huellas de Sor San José, la dominica mártir de Huéscar

El Monasterio de las Madres Dominicas de Baza ha celebrado este domingo 6 de noviembre, por primera vez, a su nueva beata Sor Ascensión de San José, que fue beatificada el pasado mes de junio, en Sevilla. Sor Ascensión de San José era religiosa dominica del convento de Huéscar y fue martirizada en los inicios de la Guerra Civil. La beatificación tuvo lugar el sábado 18 de junio, en la Catedral de Sevilla, junto a otros 26 dominicos más. La beata Ascensión de San José era la única mujer del grupo.

La fiesta litúrgica de esta mártir beata es el 6 de noviembre y hoy habrá sido para las religiosas de Baza, pero también para la ciudad y para Huéscar, un día de acción de gracias por su beatificación y de intercesión a la nueva beata, que se venera de manera especial en el Monasterio de la Santísima Trinidad, de Baza, donde están sus restos.

Ofrecemos aquí una semblanza de la vida de Sor Ascensión de San José, escrita por José Gabriel Concepción y que fue publicado recientemente en la revista de Cáritas Interparroquial de Baza:

TRAS LAS HUELLAS DE SOR SAN JOSÉ, LA DOMINICA MÁRTIR DE HUÉSCAR

En la capilla del convento de Baza hay una urna con sus restos, para la veneración de los fieles

 

Las religiosas dominicas de Baza están felices, pues una hermana dominica, como ellas, está ya en los altares. Se llama Sor Ascensión de San José, aunque es más conocida como “Sor San José”. Murió mártir en Huéscar, cuando estaba a punto de cumplir 76 años. Sus

restos reposan ya en la capilla del convento de la Santísima Trinidad de Baza. Están una bellísima urna-relicario de plata, realizada por orfebres de Sevilla, la ciudad donde fue beatificada el pasado 18 de junio. Muy cerca del altar, donde está el Señor sacramentado,

que fue durante toda su vida su consuelo y su fortaleza.

Es un inmenso regalo del Cielo tener en Baza estas sagradas reliquias. Es un don y una fuerte llamada a la conversión. A “Sor San José” la tenemos ya de intercesora en el Cielo y acogerá sin duda nuestras peticiones, penas y dolores. Acudamos a esta humilde hija de

Santo Domingo. Más de mil quinientas estampas han repartido ya las monjas dominicas por medio mundo, desde México hasta Polonia. Nosotros hemos querido realizar un recorrido por los lugares donde vivió y murió esta santa religiosa, recogiendo sus palabras

que estas hijas de Santo Domingo guardan como un tesoro.

 

MI ESPOSO ES CRISTO CRUCIFICADO

Sor San José nació en Huéscar el 9 de mayo de 1861 en la cueva-cortijo de sus padres. Penúltima de una familia de ocho hijos. Fue Bautizada tres días después de su nacimiento. El 11 de noviembre fue confirmada. Profesó el 10 de octubre de 1885, con 24 años, en el

Convento de la Madre de Dios de Huéscar, en la actualidad, cerrado. Antes de hacer su Profesión solemne, alguno de sus pretendientes se atrevió a presentarse en el convento para hacer una última tentativa, engañando a la tornera, pues se hizo pasar por un familiar

de Sor San José. Tan pronto como ella salió al locutorio y le reconoció, descubrió el engaño. Con gran entereza volvió a rechazarle con estas palabras. “No quiero nada de la tierra, ni más amor ni más esposo que a Jesucristo Crucificado. Por tanto, márchate de

aquí”. El Cielo escuchó aquellas palabras. Siempre lo hace. Y fue hasta el final Esposa de Cristo Crucificado. Primero, en el silencio y en la oscuridad, haciendo suya esa vida oculta del hogar de Nazaret.

Así, en el día a día, en las tareas ordinarias y también en las más ingratas fue encontrándose con el Señor, que fue preparando su alma, como hace el mejor jardinero en el más hermoso jardín. Dios mismo quiso probarla también con una cruel enfermedad, Su cuerpo llegaba a ser una llaga viva desde los pies a la cabeza, No podía ni echarse. Era un suplicio ponerse la túnica. Todo los soportaba con paciencia y amor. Como los escrúpulos que también atormentaron sin consuelo su alma delicada con las cosas santas. Fue avanzando así en esa escuela de la Cruz., Así pasaron los días como las cuentas de un Rosario, que ella rezaba con tanta devoción. El momento de la prueba llegó al cumplir 51 años de vida religiosa.

 

LA ACEPTACIÓN DEL MARTIRIO

En la última quincena del mes de julio del año 36 la comunidad de 14 religiosas realizó unos Ejercicios Espirituales, predicados por el padre José del Cerro. España vivía unos momentos de división y suma violencia, que presagiaban la Guerra Civil. Las monjas comprendieron que su convento podía convertirse en una cárcel, tal vez, en su tumba, si las turbas lo asaltaban. Lo dispusieron todo para una posible salida, buscando refugio entre las familias amigas, que acogiéndolas no tenían miedo de exponer así sus vidas.

“Nos hicimos trajes seglares para que pudiéramos pasar desapercibidas…Influidas por este ambiente de malestar- aseguraban- solíamos hablar muchas veces de lo que podía pasar, y en más de una ocasión, llegamos a pensar e incluso a hablar de algún posible martirio”. En esas conversaciones francas intervino Sor San José “Dios mío, si a mí me matan, que sea de un tiro y por detrás, que yo no me dé cuenta”. Sus hermanas preguntaron por qué quería morir así. “Porque tengo miedo de no ser lo suficientemente valiente para sufrir el martirio cara a cara y faltándome la fe, fuera capaz de renegar”. Así era Sor San José, tan humilde que no se veía merecedora de la gracia del martirio. Dios tenía otros planes.

 

TOCANDO EL CIELO

En aquellos momentos inciertos, al comienzo de la guerra civil, las religiosas tomaron una decisión heroica, consumir las sagradas formas y evitar así que fueran arrojadas al suelo y pisoteadas, como ocurrió en la Iglesia Mayor de Huéscar. Sabían que esa comunión podía costarles la vida. Por todas partes iban grupos armados, sin ninguna autoridad que los contuvieran. Sus blasfemias y amenazas contra las monjas debían llegar hasta el más apartado rincón del convento. Las llamaban unas “brujas muy malas”, a las que pensaban matar. Nos sobrecoge esa última comunión, que llegó a las dos o tres de la madrugada. Las religiosas, ya con ropas seglares, se encontraban de rodillas ante el altar. Siguiendo las instrucciones del padre José del Cerro, la priora abrió el sagrario. Todas temblaban y lloraban. Se fueron pasando el copón unas a otras. Con la lengua fueron tomando las sagradas formas hasta consumirlas. Aceptaban la voluntad de Dios. Que las protegió en todo momento. De las bombas de la aviación y del infierno desatado en Huéscar. Y por último, gracias a un miliciano, al que llamaron su ángel protector, pudieron salir del convento antes de que fuera asaltado por las turbas. El 4 de agosto de 1936 encontraron refugio en la casa de Laureano Díaz Morenilla, hermano de “Sor Inés”. Un día después las 14 monjas se fueron repartiendo por casas de familiares y conocidos. Sor San José fue acogida por una sobrina, llamada Ascensión Reche, esposa de Alfredo Motos, en una casa que todavía existe en la calle Ángel. 

 

DETENIDA POR LLEVAR UNA CRUZ

La persecución se recrudeció en Huéscar a principios de febrero de 1937, coincidiendo con la llegada de una columna de milicianos, que impusieron un estado de terror. Detenciones indiscriminadas. Registros arbitrarios y destrucción de todos los símbolos religiosos que encontraban. Sor San José estaba entre los detenidos. Le delató una cruz que siempre llevaba al cuello. Pese a sus ropas seglares, su forma de andar también revelaba su condición de religiosa, acostumbrada al hábito durante toda su vida. Fue conducida como un peligroso delincuente al calabozo, un cuartucho lóbrego en los bajos del Ayuntamiento. Antes de llegar a ese lugar, “Sor San José” vio por última vez la imponente iglesia de Santa María la Mayor de Huéscar. Fue su último consuelo ante el suplicio que le esperaba. Era el día 15 de febrero de 1937, por la tarde.

 

LA ROMPIERON TODOS LOS HUESOS

Sor San José se encontraba sola ante una jauría de hombres, que solo quería que blasfemara. Su determinación les encorajinó aún más, sobre todo, porque estaban ante una anciana de 76 años.” Si no renuncias a tu dios te mataremos”. “Jamás diré una blasfemia”, repetía Sor San José, que no dejaba de repetir sus jaculatorias más queridas, “Alabado sea el Santísimo Sacramento” o “Viva Cristo Rey”. Al ver sus captores que no podían doblegarla, la golpearon una y otra vez. No contentos con eso la arrojaban una y otra vez contra la pared del calabozo, rompiéndole brazos y piernas. A “Sor San José” no conseguían que cediera, pues le asistía la gracia de Dios. Finalmente, le cortaron los pechos y hasta introdujeron pedazos de su propia carne en la boca, en un remedo sacrílego de la comunión.

 

ENTREGA SU VIDA AL SEÑOR

Al amanecer del día 16, Sor San José fue conducida al cementerio de Huéscar, junto con otros presos. Como un fardo fue arrojada a la plataforma de un camión. No podía tenerse en pie. El traslado al cementerio fue otra tortura. Sabía que pronto llegaría el final. Volvieron las amenazas de muerte. Al ver la determinación de Sor San José, sus verdugos idearon un último tormento. Ver cómo fusilaban una a uno a todos los detenidos; el último su sobrino Florentino. Cuando terminaron, volvieron sobre San José. Murió gritando un sobrecogedor “Viva Cristo Rey”, mientras perdonaba con gestos inequívocos a sus verdugos, que acabaron aplastándole la cabeza con una gran piedra “por testaruda”. No lograron que renegara de su fe. Solo “Sor San José” murió, salvándose milagrosamente la priora y otras 12 hermanas

 

SON YA MÁS DE DOS MIL MÁRTIRES

Sor San José forma parte de una lista de 2.096 mártires, reconocidos por la Iglesia. Un caso singular y único en la historia de la Iglesia, pues estos testimonios martiriales ocurrieron en apenas cinco años, desde el año 1934, la Revolución de Asturias, y el final de la Guerra Civil. Hay laicos, religiosos, sacerdotes y hasta obispos, como Manuel Medina Olmos, obispo de Guadix. Todos murieron perdonando a sus verdugos, como recordó el Papa un día después de la beatificación de Sor San José y otros 26 miembros de la Orden de Santo Domingo. Su fiesta será el día 6 noviembre, que está dedicada a todos los mártires del siglo XX.

“Todos asesinados por odio a la fe en la persecución religiosa que ocurrió en España en el contexto de la guerra civil del siglo pasado. Su testimonio de adhesión a Cristo y el perdón para sus asesinos nos muestran el camino de la santidad y nos animan a hacer de la vida una ofrenda de amor a Dios y a los hermanos. Un aplauso a los nuevos beatos”

(Ángelus del día 19 de junio de 2022)

Un aplauso que habrá llegado sin duda hasta el Cielo.

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“La Iglesia vive porque todos sus miembros colaboramos con ella y por ella”

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Coincidiendo con la celebración del Día de la Iglesia Diocesana, la Catedral de Cádiz ha acogido esta mañana una nueva entrega de las medallas Pro Ecclesia Gadicense et Septense.

Esta distinción, que se presentó en el marco del Año Jubilar por el 750 Aniversario del Traslado de la Sede de Medina Sidonia a Cádiz y el 600 de la creación de la diócesis de Ceuta, reconocen la dedicación de personas de nuestra diócesis en favor de la Iglesia en ámbitos como la atención a la comunidad parroquial, la caridad o el desarrollo de iniciativas pastorales.

Así, en este día en el que se da a conocer y se valora la labor que hace la Iglesia, que hacemos todos, dentro de la iglesia diocesana y se da las gracias por la generosidad de todos los fieles que hacen que seamos una parroquia viva, apasionada por Jesucristo y entregada a los demás, han recibido este galardón, de manos del obispo diocesano, Mons. Rafael Zornoza: Jerónimo Vicente, secretario y coordinador de la Fundación Centro Tierra de Todos; José Ortega, director de Cáritas parroquial de Nuestra Señora del Carmen (Algeciras); y Diego Mejías, sacristán perpetuo de la Parroquia de San Benito (Puerto Real).

Durante la ceremonia, Mons. Zornoza refiriéndose al lema del Día de la Iglesia Diocesana, Gracias por tanto, aseguró que “la Iglesia vive porque todos sus miembros colaboramos con ella y por ella, al mismo tiempo que nos beneficiamos de su amor, de su fraternidad, de la vida de la gracia y los sacramentos, de la escucha del Evangelio y del consuelo de la caridad”.

Por otro lado, el obispo diocesano destacó la importancia de la fe en el mundo de hoy. “Tenemos que reconocer que la fe va unida a la esperanza. Tener fe es vivir en la esperanza y es la que nos hace abundar nuestra caridad, por la que nos podemos entregar a los demás y a la Iglesia. Le pedimos al Señor que sigamos siendo portadores de esperanza en un mundo que necesita por encima de todo ese sentido de eternidad, para creer en uno mismo, en el proyecto y en la vocación”.

De esta manera, al finalizar la ceremonia, Mons. Rafael Zornoza hizo entrega de las medallas, disculpando a Diego Mejías, que no pudo asistir por tener que atender asuntos personales.

Perfil de los galardonados: 

José Ortega Díaz, es director de Cáritas de la Iglesia de Ntra. Sra. de la Palma de Algeciras. Esposo y padre de tres hijos se diplomó cuando era muy joven en Ciencias Empresariales para posteriormente encargarse de la empresa familiar hasta su jubilación.

A pesar del poco tiempo del que disponía, siempre era capaz de encontrar un hueco para mostrar su compromiso con las personas más desfavorecidas y ayudar a los demás. Pepe es una persona de sólidas y profundas convicciones cristianas, plenamente comprometido con la Iglesia y con su parroquia, solidario y que encuentra en el Señor la fuerza necesaria para luchar por los más necesitados,  y hacer la vida un poco más fácil a los demás.

Actualmente, y desde hace cinco años, es el director de la Cáritas de esa misma Parroquia, responsabilidad  desde la que sigue demostrando diariamente su compromiso con la caridad cristiana y con la ayuda a los colectivos más vulnerables.

Ese compromiso, que le lleva a estar siempre dispuesto a ayudar, le hace ser demandado por otras muchas organizaciones benéficas de la plaza a las que siempre corresponde con su trabajo y esfuerzo,  siendo colaborador habitual en el Banco de Alimentos del Campo de Gibraltar y en el comedor social “Padre Cruceyra”, de Cáritas Diocesana en Algeciras.

Por su concepción de la caridad cristiana, convencido de que ayudar a los demás es una de las tareas más hermosas que se pueden desarrollar,  su actuación ha trascendido del ámbito de su parroquia y la ha desarrollado por toda la ciudad, siendo su labor muy conocida en Algeciras.

Pepe cuenta con el reconocimiento,  respeto y el cariño de todos los que le conocen.

Jerónimo Vicente Ruíz, nació en Cádiz y es esposo y padre de dos hijos. Cuando se confirmó conoció al P. Gabriel Delgado, convirtiéndose en padre y mentor con el que estuvo trabajando y compartiendo hasta su muerte en noviembre de 2021.

Desde joven ha estado muy comprometido con el mundo obrero y constituyó cooperativas para combatir el paro juvenil. Fue fundador de la Asociación Nivel, de la Fundación Construyendo Futuro y de la Asociación Cardijn –de la que es actual secretario-. En esta última, implementó acciones dirigidas a contribuir a la mejora de la Iglesia Diocesana con la construcción de los actuales bancos de la Iglesia de Santa Cruz, la restauración de la Biblioteca y patio del Seminario Diocesano, la demolición y construcción de la tercera planta del edificio del Obispado de Cádiz y Ceuta entre otras.

Actualmente, es Secretario y Coordinador de la Fundación Centro Tierra de Todos desde su constitución. Tanto la  Fundación Centro Tierra de Todos como la Asociación Cardijn están al servicio de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, a través de su Secretariado de Migraciones.

Diego Mejías Tocino, nacido en Puerto Real (Cádiz). Fue educado en el seno de una familia humilde y trabajadora, marcada bajo la penumbra de la posguerra civil española, por las penurias que ésta acarreó. La escasa subsistencia señaló una sencillez que forjaría su convicción religiosa. Diego es esposo y padre de cuatro hijos y desde la inauguración de la actual Parroquia de San Benito Abad, el 26 de enero de 1988, hasta la actualidad, ejerce la labor de sacristán de la misma ininterrumpidamente. En estos treinta y cuatro años al servicio de la Iglesia, ha ayudado en misas, bautizos, comuniones y funerales; ha sido catequista de niños en su formación para recibir la Primera Comunión; ha conocido y acompañado a todos los párrocos de esta iglesia y ha conocido también a los últimos cuatro obispos de la Diócesis de Cádiz y Ceuta.

Hoy, a sus ochenta y un años, Diego Mejías continúa colaborando como sacristán. Ni las adversidades, ni su avanzada edad, ni su enfermedad han podido frenar el ímpetu que brota de su joven espíritu lasaliano para continuar hacia adelante en el mismo lugar donde el destino y el amor por Cristo y María le reservaría uno de los rincones más especiales que guarda en lo más profundo de su corazón, la Parroquia de San Benito Abad.

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“Es la vida eterna la que nos ha abierto Jesucristo”

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Homilía del arzobispo coadjutor D. José María en la Eucaristía del XXXII Domingo del Tiempo Ordinario y Día de la Iglesia Diocesana, celebrada en la S.I Catedral el 6 de noviembre de 2022.

Queridos hermanos;

Nos reunimos en el domingo, en el Día del Señor. Y en este XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, cuando ya estamos enfilando el final del año cristiano, la Palabra de Dios nos trae textos de las Sagradas Escrituras que nos hacen pensar en esas realidades últimas del final de la vida y del final de la historia. Nos trae cuestiones que se le plantean a Jesús, por las que Jesús habla en los llamados discursos escatológicos, los del final.

En este mundo nuestro secularizado, en que Dios parece que estorba y ha sido quitado de en medio; en este mundo nuestro que incluso hasta del lenguaje, ya decirle a una persona “quede usted con Dios”, “quedaos con Dios” o “Dios se lo pague”, pues te miran con cara de extrañeza, como si fueses una persona de otro siglo; en este mundo nuestro que incluso a muchos cristianos rezar les da vergüenza y han reducido la vida religiosa a algo tan íntimo y tan privado que sólo está en el ámbito personal, sin manifestaciones en el ámbito de familia o en la vida social; Dios ha sido o es quitado, parece que molestan incluso los signos religiosos. Y lógicamente, cuando se quita a Dios de en medio, aunque se conserve ese sentimiento profundo que no se puede borrar nunca del anhelo de Dios en todo ser humano; cuando se quita a Dios de en medio, también “se nos caen los palos del sombrajo”, se quita el fundamento de nuestra vida y, sobre todo, el sentido.

El ser humano no es sólo un ser que busca medios de vida. No sólo busca reproducirse o sobrevivir o alimentarse, pervivir, sino que el ser humano tiene hambre de eternidad. Y sobre todo, no sólo busca medios de vida, sino también razones por las que vivir. Y cuando quitamos a Dios, quitamos el fundamento de nuestra existencia. No, no sabemos bien cómo es la vida sin un sentido. Y aparece la casualidad. Pero no somos unos seres lanzados a la existencia sin un sin sentido. Somos hijos e hijas de Dios y anhelamos una eternidad, para la vida eterna. Estamos hechos para Dios. “Nos hiciste, Señor, para Ti -decía san Agustín- y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Y ese anhelo lo tienen todos los seres humanos, incluso aquellos que nos parece que han vivido la antigüedad o en la increencia. El culto a los muertos, el anhelo de la vida eterna, el anhelo de una plenitud. El ser humano es el que pregunta que busca la verdad para las que sólo Dios tiene respuesta. O mejor dicho, para las que sólo Dios es la respuesta y busca el bien. Y porque quiere obrar por el bien, y se pregunta por la moralidad de las cosas, por la razón de ser de su existencia: ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos? Y aquí, queridos hermanos, entre las grandes preguntas por el destino del ser humano, la muerte, dolorosa siempre, herencia y consecuencia del pecado del hombre, y la muerte que está ahí para un cristiano no es el final. Cuando no hay fe, pues no se quiere pensar en la muerte. Se hace como si fuese una cosa de fantasía o una cosa sólo de los telediarios o de las películas. Pero la muerte está como realidad, ahí aparece en nuestra vida y, sobre todo, la sentimos de manera más fuerte cuando perdemos un ser querido próximo. O aquellas personas con las que estamos relacionados por la sangre, la amistad, lástima. La muerte aparece siempre como interrogante, siempre es dolorosa, pero para un cristiano no es el final. Anhelamos la vida eterna. Es la vida eterna la que nos ha abierto Jesucristo.

Y esa vida eterna es la Resurrección. Y esa vida eterna nos hace plantearnos la vida de otra manera. Por eso, hoy la Palabra de Dios nos trae, por una parte, el testimonio de los siete hermanos que en tiempos de los Macabeos y ante la persecución de Antíoco IV, que pretende imponer al pueblo de Israel costumbres paganas, ellos quieren ser fieles a la ley de Dios y tienen un sentido. Luchan y se esfuerzan por vivir con coherencia su fe, su fe judía y su fe creyente. Es el Dios de Israel. ¿Y que ocurre? Que eso le lleva a la muerte. Y no andan con contemplaciones. Pero, ¿por qué pasa la muerte de esa manera? ¿Como nuestros mártires, como los mártires que fueron beatificados hace unos meses del siglo pasado, aquí en la Catedral de Granada? Porque esperan la Resurrección y van perdonando, pero, al mismo tiempo, van con la esperanza, que es la gran virtud que nos falta hoy. La esperanza en Dios, la esperanza en la vida eterna, la esperanza viviendo esa parte del Credo que es el final del Credo: “Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna”. Amén. Por eso tenemos que recordar estas verdades. Nuestra vida tendrá un fin aquí en la tierra y nos presentaremos ante Dios para ser juzgados ante el amor, como nos dice San Juan de la Cruz: “En el ocaso de la vida seremos examinados en el amor que el Señor ya nos ha dado”. ¿Cuáles van a ser las preguntas? “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer. Tuve sed, y me disteis de beber. Fui peregrino y me acogisteis. Estuve enfermo en la cárcel y me visitasteis. ¿Cuando lo hicimos Señor? Cuando lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos, conmigo lo hicisteis”. Luego, sabemos las preguntas. Dios nos va a examinar de amor. No si tenemos mucho dinero, no si tenemos títulos. El Papa dice, de manera gráfica y al mismo tiempo con humor, que no he visto nunca detrás de un coche fúnebre un camión de la mudanza. Nos lo quedamos aquí. Entonces, tenemos que ir cargados de buenas obras cuando creemos en la vida eterna, cuando sabemos que nos vamos a presentar ante Dios para dar cuentas de nuestra vida. Y que ser juzgados en la misericordia de Dios, tenemos que vivir con coherencia. “No todo el que dice ‘Señor, Señor Jesús’ entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la Voluntad de mi Padre”, ése entrará, es definitiva, el que vive la Voluntad de Dios.

Queridos hermanos, el que vive como Dios manda, el que vive siguiendo a Jesús, viviendo con ese estilo que es el que tiene que vivir un cristiano con coherencia como nuestros hermanos Macabeos, con coherencia con su fe, con su fe en el creyente, en el Dios de Israel. Y vemos también cómo nosotros -nos ha dicho San Pablo- somos llamados a una esperanza; una esperanza que no la limita la muerte. “La vida de los que en Ti creemos -se dice en la liturgia- Señor, no termina, se transforma”. Y al deshacerse nuestra eternidad adquirimos una mansión eterna en el Cielo y esperaremos. Y por eso, rezamos por nuestros difuntos. Y por eso, porque tenemos fe en la Resurrección.

Los cristianos, queridos amigos, no seguimos a un muerto ilustre, no seguimos a un personaje con un gran mensaje que se nos empieza en la noche de los tiempos. Nosotros seguimos a Alguien que está vivo. Nuestro Dios es el Dios de vivos, es el Dios que en Su Hijo ha resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, y ha resucitado primogénito de los que han muerto. Él nos ha abierto a esa esperanza. Por eso San Pablo, cuando hay cristianos que empiezan a dudar y que dice que no creen en la resurrección de los muertos, como los saduceos que hoy le plantean a Jesús, esta pregunta, cuando ocurre eso, San Pablo nos dice: “Si los muertos no resucitan, Cristo no ha resucitado, y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”. Somos los más tontos de los hombres. Los cristianos no creemos en la Resurrección como si fuese un consuelo de tontos o un consuelo para pasar a injusticias de aquí abajo. No. Los cristianos creemos en la Resurrección como plenitud; como plenitud a la que estamos llamados, como ese abrazo de Dios con base al hombre, como ese abrazo de Dios que colma de belleza todo lo que aquí vemos. Como ese abrazo de Dios que colma de bienes y de amor aquellos que aspiramos y da sentido a la vida humana. Esta esperanza es la que trasciende la muerte. Y qué distinto es cuando te encuentras con un enfermo terminal, cuando te encuentras con una persona sufriendo y esa persona tiene fe; cuando asistes a un enfermo o moribundo que está esperando la muerte, pero sabe que no es el final, te dice un hasta luego, hasta un mejor ver. Pero hasta como hemos dicho, queremos ver tu rostro, Señor, “al despertar me saciaré de Tu rostro Señor”. Esa es la esperanza y por eso la vida merece la pena ser vivida. Y por eso el esfuerzo. Pensamos en el Cielo, no como algo que nos distraiga de ser labradores de un mundo mejor, trabajadores por una sociedad mejor. Ganarnos el Cielo a base de vivir como Dios manda y transformando la sociedad según los criterios del Evangelio. El Cielo no se gana con un cristianismo pasivo. El Cielo no se gana con un cruzamiento de brazos. El Cielo no se gana esperando sin más, como San Pablo recrimina precisamente a los cristianos de Tesalónica. El Cielo se labra viviendo como cristianos, siguiendo a Jesús, viviendo esa fe en el Señor resucitado, esa esperanza de que un día Dios nos acogerá y nos premiará. Y ese amor que no pasará nunca, que tendremos por toda la eternidad. Acudamos a la Virgen. La Virgen está en los cielos, en cuerpo y alma. Lo que un día será realidad en nosotros al final de los tiempos. La resurrección también de nuestros cuerpos, porque es la persona entera, no es el alma y un cuerpo, al final de la historia, al final de los tiempos, nuestros cuerpos resucitarán también gloriosos, de una forma nueva que sólo Dios conoce.

Pidamos a la Virgen que Ella nos haga dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Que Ella nos muestre a Jesús, “el fruto bendito de tu vientre”, su vientre. Y en este día de la Iglesia Diocesana caminamos hacia esa Resurrección como pueblo, como es el pueblo de Dios, que es la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo en la historia. Dice San Pablo: “Vosotros sois el Cuerpo de Cristo”. Esta Iglesia que se hace presente en Granada y que este año tiene este lema “Gracias por tanto”. Gracias por tantas personas que ayudan y que trabajan en la Iglesia, desde catequistas a voluntarios de Manos Unidas, de Cáritas; a tantas personas que ayudan en las parroquias, a tantos cristianos que arriman por sacar adelante la Iglesia de Jesucristo presente entre nosotros.

Vamos a pedir hoy por los sacerdotes, por Javier, por este pobre obispo que os ha llegado. Vamos a pedir por todo el Pueblo de Dios, por todos cuanto trabajan, por todos los que formamos esta Iglesia de Dios que peregrina en Granada. Y ahora, todos juntos, confesemos nuestra fe.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo coadjutor

6 de noviembre de 2022
S.I Catedral de Granada

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