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“Cristo es la vocación suprema del hombre”

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Homilía del arzobispo coadjutor en la Eucaristía de la Natividad del Señor, en la S.I Catedral, el 25 de diciembre de 2022.

Queridos sacerdotes concelebrantes;
queridos hermanos y hermanas:

Os reitero mi felicitación navideña y la de Don Javier.

Estamos celebrando este día solemne, esta Eucaristía, el día del Nacimiento del Señor. El pregón del inicio nos ha puesto, como lo hacía en la Misa de medianoche, con la Lectura del Evangelio de San Lucas, las coordenadas espacio temporales del Nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Nos relataba minuciosamente San Lucas, como lo hace también San Mateo, el Nacimiento del Señor y las circunstancias que lo rodean. En cambio, hoy, la Palabra de Dios nos trae el prólogo del Evangelio de San Juan. Y hemos escuchado también unos párrafos de la Carta a los Hebreos. Nos dan el significado teológico de esta celebración, de este Acontecimiento: que Dios se ha hecho hombre. Esa es la gran noticia: que el Verbo se ha hecho carne. El Verbo, que, como nos ha dicho el evangelista Juan, “el Verbo era Dios”. El Verbo es Dios. Es la Palabra eterna de Dios. La que está junto a Dios, por quien y para quien fueron creadas todas las cosas. Es el Hijo de Dios que ha venido a Su casa, aunque no lo hayamos recibido; que se ha hecho carne, que se ha hecho uno de nosotros, que ha compartido nuestra existencia. Este es el gran Misterio de la Navidad y es el gran Misterio del Cristianismo: la Encarnación del Hijo de Dios. Que Jesús de Nazaret, el hijo de María, el que trabajó con sus manos, el que nació en la pobreza de Belén acunado en un pesebre, aquél que tuvo que huir porque un “reyezuelo” de la tierra le entra celos de un niño y como un desterrado más, como un exiliado, tiene que buscar refugio en Egipto. Aquél, que pasa 30 años de vida oculta en el trabajo sencillo de Nazaret, como un artesano, hasta el punto de ser conocido como el artesano, el carpintero; aquél que anduvo por nuestros caminos haciendo el bien, como nos dice el propio Evangelio, y curando a los oprimidos por el mal, anunciando el Reino de Dios, curando a los enfermos, devolviendo la vista a los ciegos, haciendo oír a los sordos, haciendo hablar a los mudos, proclamando el año de gracia del Señor, anunciando el Evangelio a los pobres, como ya había predicho el profeta Isaías; aquél que era el esperado de las naciones, el Salvador de los hombres, y por eso lleva el nombre de Jesús, porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados.

Ese Jesús es el que después se deja coser en una cruz. Es el que el que en su humanidad nos salva a todos. Esa humanidad que se ha unido a la naturaleza divina en la persona del Verbo de Dios que se ha hecho hombre. Este es el gran Misterio cristiano. Por eso, la oración colecta de esta fiesta nos lo resume y expresa la intención que hemos de pedir para este día de alegría. Le hemos dicho, “Dios que has hecho maravillas, cosas admirables en el hombre creado a Tu imagen y semejanza, y todavía más admirablemente lo has restaurado, haz que compartamos la divinidad de Aquél que se ha dignado a compartir nuestra humanidad”. En definitiva, a ese Dios que ama tanto al hombre, que nos ha hecho a imagen y semejanza suya, con una dignidad inalienable, con una dignidad inexorable. Ese Dios es un Dios que es Amor, y así lo confesamos, nos ha enviado a Su Hijo Jesucristo y nos ha restaurado después del pecado, llevando a plenitud el querer de Dios, haciéndonos hijos e hijas de Dios. Esto es lo que celebramos en este tiempo.

Ese maravilloso intercambio que nos salva es el gran regalo de Dios, que Su Hijo Jesucristo, Dios, nadie lo ha visto nunca -nos ha dicho el Evangelista Juan, pero Su Hijo nos lo ha revelado. Por eso, el autor de la Carta a los Hebreos nos dice que Dios habló de distintas maneras, de muchas maneras, antiguamente a nuestros padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablando por su Hijo Jesucristo. Por eso, cuando el apóstol Tomás va y le dice a Jesús: “Muéstranos al Padre y nos basta”. Jesús dice: “Tanto tiempo con vosotros y aún no me conocéis. El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre”. Jesús es el Rostro de Dios. Jesús es el que nos muestra a Dios. Jesús es Dios con nosotros. Por eso, el texto que hemos escuchado del prólogo de San Juan termina ensalzando al Verbo, a ese Verbo que ha tomado nuestra carne, que ha sufrido, que se ha convertido en el siervo de Yahvé, que ha cargado con nuestros pecados siendo inocente. Ese Hijo de Dios sin mancilla, que ha cargado con nuestras culpas y se ha dejado coger en una cruz, y ha sufrido y nos ha redimido de nuestros pecados, nuestras culpas cayeron sobre Él. Ese Dios es nuestro Dios. Es un Dios que es Misericordia. Es un Dios que es Perdón. Es un Dios que va perdonando. Es un Dios que sale al paso del sufrimiento humano, que cubre a los enfermos. Es un Dios que manda decirle a Juan: “Los pobres son evangelizados, los enfermos, los sordos, los mudos, los paralíticos son curados. Dichoso el que no se escandaliza de Mí”.

Queridos hermanos, éste es el Dios cristiano. No es un Dios “mete-miedo”, no es un Dios que va con un lanzallamas para condenarnos. Es un Dios que nos abraza. Es un Dios que nos perdona. Es un Dios que es amigo del hombre. Es un Dios que se ha hecho uno de nosotros, que nos entiende, que sabe de nuestros sufrimientos, de nuestros dolores, de nuestras alegrías y de nuestros gozos. Es un Dios al que podemos dirigirnos en una oración confiada. Es un Dios que nos perdona no sólo siete, sino 70 veces siete. Es un Dios que nos abraza en Sus Sacramentos, en Su perdón. Es un Dios que se queda con nosotros en la Eucaristía, perpetuando Su Presencia, real y verdadera con Su Cuerpo, con Su Sangre, con Su alma, con Su divinidad. Por eso, cómo no va a ser la Navidad un día y las fiestas de alegría, si es la solución del hombre; si es cumplir el viejo sueño del hombre de querer ser como Dios. Pero, porque Dios se ha hecho hombre, porque Dios se ha hecho uno de nosotros.

Mis queridos hermanos, por eso queda ensalzada la dignidad humana, hasta tal punto que todo ser humano, especialmente aquél que se ve más desfigurado en su condición, o pisoteado en sus derechos, o debilitado en su naturaleza por la enfermedad, por el dolor, por el sufrimiento, expresa el rostro de Cristo. Y Cristo continúa en esos hermanos nuestros, “porque cualquier cosa que hagáis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.

Mis queridos hermanos, nadie ha ensalzado tanto, nadie contribuye tanto a la dignidad del ser humano como el Cristianismo. Por eso, cuando vemos tambalear derechos humanos fundamentales como el derecho a la vida; cuando vemos el atropello de la muerte de inocentes en el vientre de su madre o la celebración de enfermos terminales en el suicidio asistido; cuando vemos los atropellos a la dignidad de la persona en tanto escenarios o fronteras donde son expulsados, donde no son acogidos aquellos que buscan una mayor dignidad para su vida, o los de su familia, o para sus propias existencia, salvarla; cuando vemos los atropellos de las guerras, cómo no vamos a clamar por la dignidad del ser humano, cómo no vamos a hacer como cristianos, aparte de como personas deseosas del don de la paz que nunca nos llega y que hemos de seguir pidiendo, cómo no vamos a clamar por el ser humano.

Queridos hermanos, se impone una ecología de lo humano cuando se defienden los animales y hemos visto la aprobación de una ley en nuestro Parlamento, en el Congreso de los Diputados, en defensa del bienestar animal, que se tenían que incluir los perros de caza cuando se está atropellando los derechos fundamentales de los concebidos y no nacidos. ¿Qué civilización estamos construyendo? ¿Qué perversión de una cultura y una civilización que tiene sus raíces cristianas? Estamos dejando y estamos perdiendo y asistiendo impasibles, de brazos cruzados, a un diseño de lo humano que contraviene la gramática de la propia naturaleza y el orden creado por Dios en su dignidad. Son capas de derechos sobrevenidos que no son otra cosa que expresión de voluntades colectivas legitimados por mayorías sin sentido, que expresan y están preñadas de ideología.

Queridos amigos, Jesucristo le muestra al hombre lo que debe ser el hombre. Jesucristo nos muestra la grandeza del humano, porque Él ha tomado nuestra condición. Y la defensa que hace el Cristianismo no es sólo por una postulación religiosa, es por una apelación al sentido natural de la naturaleza, del orden inscrito por Dios en el ser humano y dignificado por la concepción cristiana de la vida.

Queridos hermanos, la Navidad tiene consecuencias más allá de una pura celebración y son consecuencias para un orden de vida. Son consecuencias para una civilización. Son consecuencias para establecer un orden social justo donde los pobres, los necesitados, los más desvalidos, sean los primeros.

Queridos hermanos, la Navidad nos ha cambiado y por eso no podemos callar en la proclamación de la dignidad del hombre, en la proclamación de la grandeza del ser humano querido por Dios y llamado a la santidad. Por eso, qué razón la oración colecta: “Haznos partícipes de Tu divinidad, de Aquél que se ha dignado compartir nuestra humanidad”. Nadie como el Cristianismo favorece la dignidad del ser humano. No callemos, no guardemos nuestras convicciones sólo para uso privado, dejando a merced de quienes no piensan o van en contra, dejando el diseño de nuestra sociedad a expensas de ideologías de moda. Reivindiquemos con respeto exquisito, eso sí, a las conciencias de los demás, pero sin renunciar a las propias. Manifestemos que Cristo le dice al hombre lo que debe ser el hombre; que Cristo es la vocación suprema del hombre. En definitiva, que el Verbo se ha hecho carne, para que nosotros nos hagamos más divinos y nos hagamos más grande.

Que Santa María, que mostró a Jesús a los pastores, que mostró a Jesús a los Magos, que mostró a Jesús a quienes se acercaba a la pobreza de Belén, nos muestre también a nosotros en nuestra pobreza, a Jesús, para que sepamos cumplir lo que Ella nos mandó: “Haced lo que Él os diga”.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo coadjutor

25 de diciembre de 2022
S.I Catedral de Granada

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Los internos de Botafuegos celebraron el Nacimiento de Jesús junto al obispo diocesano

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El Mons. Rafael Zornoza, un año más, presidió la Celebración del Nacimiento de Jesús en el Centro Penitenciaria de Botafuegos-Algeciras.

Jesús nació en los márgenes de la sociedad  (en un portal) y junto a los marginados (los pastores). Los privados de libertad, hoy podrían ser esos pastores y el centro penitenciario ese portal y esa noche. Ellos no pueden estar con sus familias en estas fechas, solos, como los pastores, a pesar de su tristeza son los primeros testigos de la venida de Jesús. D. Rafael le hizo sentir el amor de Dios que se hace ternura y luz por nosotros.

Al final de la celebración los internos recibieron el Evangelio de Cada día, un pequeño belén de gomaeva elaborado por los voluntarios, y algunos polvorones.

Previamente Mons. Zornoza visitó algunos de los belenes del centro Penitenciario elaborados por los internos y bendijo y puso la figurita del niño Dios. Uno de ellos fruto de un taller que pastoral penitenciaria ha realizado con la asociación belenista de Algeciras, “Oro, incienso y Mirra”. Los voluntarios han elaborado otros, destacamos el del módulo 6, realizado por Carmen y Mª Luisa, todo de papel y cartón cortado, pintado y pegado con mimo por los internos. También hicieron adornos para el árbol con deseos y palabras que cada interno escribió.

Esta Eucaristía es la cumbre de otras actividades del Adviento, como una Jornada de Evangelización de Renovación Carismática, que tendrá continuidad con un “Seminario de vida en el Espíritu”; el acto penitencial, en el que colaboraron el P. Paco García, Trinitario y el P. Antonio Aguilar, párroco de Fascinas. Tuvieron un concierto flamenco de Navidad con Naomi Santos y Andrés Santos a la guitarra, que hizo vivir la alegría de estas fiestas. También en Adviento recibieron el Icono de Siria y rezaron por los cristianos perseguidos. Aún quedan algunas celebraciones como la de Epifanía en la que los Reyes traerán presentes para los hijos de las internas indigentes y esperan que también para los internos, este acto lo está preparando la Hermandad Trinitaria del Tres Caídas.

«Tengamos presentes en Navidad a los privados de libertad, a sus familias, también a los funcionarios que por su trabajo no podrán cenar con los suyos, para que renazca en todos la paz, la luz y el amor».

P. Sergio García Pérez
Capellán de Botafuegos y Delegado Diocesano de Pastoral Penitenciaria

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Natividad de nuestro Señor Jesucristo

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Natividad de nuestro Señor Jesucristo

Natividad de nuestro Señor JesucristoVarios nombres se celebran este día: Natividad, Noelia, Natalia, etc.

Pasados innumerables siglos desde de la creación del mundo, cuando en el principio Dios creó el cielo y la tierra y formó al hombre a su imagen; después también de muchos siglos, desde queel Altísimo pusiera su arco en las nubes tras el diluvio como signo de alianza y de paz; veintiún siglos después de la emigración de Abrahán, nuestro padre en la fe, de Ur de Caldea; trece siglos después de la salida del pueblo de Israel de Egipto bajo la guía de Moisés; cerca de mil años después de que David fue ungido como rey, en la semana sesenta y cinco según la profecía de Daniel; en la Olimpíada ciento noventa y cuatro, el año setecientos cincuenta y dos de la fundación de la Urbe, el año cuarenta y dos del imperio de César Octavio Augusto; estando todo el orbe en paz, Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, queriendo consagrar el mundo con su piadosísima venida, concebido del Espíritu Santo, nueve meses después de su concepción, nace en Belén de Judea, hecho hombre, de María Virgen: la Natividad de nuestro Señor Jesucristo según la carne.

http://www.santopedia.com/santos/natividad-de-nuestro-senor-jesucristo

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Navidad (Catedral-Málaga)

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Homilía del Sr. Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, durante la Misa del día de Navidad

NAVIDAD

(Catedral-Málaga, 25 diciembre 2022)

Lecturas: Is 52, 7-10; Sal 97, 1-6; Hb 1, 1-6; Jn 1, 1-18.

Cristo, plenitud de los tiempos

1.- El pecado de la primera humanidad

El ser humano, creado por Dios a su imagen y semejanza como dueño de la creación (cf. Gn 1, 27), falló por desobediencia y orgullo y perdió su estado de bondad preternatural (cf. Gn 3, 23).

La humanidad desde entonces cayó en una situación de desgracia y de hostilidad respecto a los demás seres creados, incluso entre humanos (cf. Gn 8-9). En vez de armonía y convivencia pacífica, apareció el odio y la enemistad.

Dios había prometido restaurar esa situación de pecado y desorden con la descendencia de una mujer (cf. Gn 3, 15).

Pero la humanidad necesitaba tiempo para ir madurando y ser capaz de recibir la salvación prometida.

De manera análoga, el ser humano se desarrolla desde su nacimiento hasta la edad adulta mediante un proceso lento, que le permite ir desarrollando sus facultades; el niño, para madurar y hacer fructificar todas las capacidades y competencias que alberga potencialmente en su interior, necesita tiempo, haciendo un proceso de crecimiento y de madurez. Esto nos permite defender que el niño no puede tener los derechos y prerrogativas que corresponden a una persona adulta, tal como pretenden hoy día algunas leyes.

2.- El Nacimiento del Hijo de Dios

«Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial» (Gal 4, 4-5).

El contenido fundamental de la revelación bíblica, queridos hermanos, es la persona y obra de Jesucristo, el Hijo de Dios nacido de María, enviado por Dios en la plenitud de los tiempos como Mesías de Israel, Señor y Salvador de todos los pueblos.

El plan de salvación previsto por Dios desde la creación del mundo se realiza de manera plena con el Nacimiento de Jesucristo, «dándonos a conocer el misterio de su voluntad: el plan que había proyectado realizar por Cristo, en la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra» (Ef 1, 9-10).

Dios habló a la humanidad en muchas ocasiones y de muchas maneras (cf. Hb 1, 1); pero «en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos» (Hb 1, 2).

Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, perfecciona la ley mediante la gracia y la verdad: «Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo» (Jn 1, 17).

3.- Cristo, plenitud de los tiempos

Desde la venida de Cristo al mundo, que celebramos en la Navidad, la humanidad avanza hacia su consumación definitiva, de una manera irreversible. Como dice el Concilio Vaticano II: “La plenitud de los tiempos ha llegado, pues, hasta nosotros, y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y empieza verdaderamente a realizarse» (Gaudium et spes, 48).

Cristo no solamente vino al mundo en la plenitud de los tiempos, sino que Él mismo es la plenitud del tiempo. Él es el centro de la historia universal. A Él conduce todo lo que le precede y de Él procede todo lo que le sigue.

Cristo es el eje de los acontecimientos del mundo; es también la clave de la historia, porque toda la historia de la humanidad fue primero preparación y espera del nacimiento de Cristo. Y, tras de la venida de Cristo al mundo, la historia de la humanidad pasa por Cristo, Redentor de los hombres y del mundo entero.

4.- Jesucristo, plenitud del cristiano

Jesucristo ha venido a dar plenitud a la humanidad, como Él mismo dice: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5, 17).

El himno de la carta a los Colosenses nos recuerda: «Porque en él habita la plenitud de la divinidad corporalmente, y por él, que es cabeza de todo Principado y Potestad, habéis obtenido vuestra plenitud» (Col 2, 9-10).

El objetivo último de nuestra vida es llegar «a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud» (Ef 4, 13).

El Niño-Dios, hecho hombre, que hoy adoramos, es plenitud del ser humano, modelo nuestro y hermano nuestro, que ha asumido nuestra naturaleza para elevarla y divinizarla.

5.- En busca de la felicidad

El ser humano busca desesperadamente la felicidad, pero no siempre la encuentra. Existen muchos falsos reclamos de felicidad en nuestra sociedad, ofrecidos como consumo, placer, deseos y goces mundanos. Pero esto no satisface la sed de felicidad profunda y eterna que alberga el corazón del hombre.

Si Cristo es la plenitud del ser humano, solo por la adhesión total del hombre a Cristo, del entendimiento y de la voluntad, puede conseguir el hombre la plenitud de su felicidad. Si queremos alcanzar la verdadera y eterna felicidad, no existe otro camino. Si queremos vivir en plenitud contemplemos al recién Nacido y tengamos los mismos sentimientos que el Hijo de Dios (cf. Flp 2, 5).

El Nacimiento de Jesús en Belén es la presencia del Amor de Dios en el mundo, único modo para alcanzar la felicidad y la plenitud del ser humano.

Acudamos, queridos hermanos, a Belén para encontrarnos con el Amor divino, que nos ofrece la verdadera felicidad y la auténtica plenitud humana.

Que la Virgen María, la Madre de Jesús, interceda por nosotros y nos ayude a acogerlo en nuestro corazón, para que nos ayude a encontrar la verdadera felicidad. ¡Feliz Navidad a todos! Amén.

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«Ante el Niño-Dios perdamos todo temor; no tengamos miedo»

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«Ante el Niño-Dios perdamos todo temor; no tengamos miedo, pase lo que pase, porque estamos en buenas manos, que son las del Padre-Dios que envió a su Hijo para salvarnos». Son palabras de la homilía de Mons. Jesús Catalá en la Misa de Nochebuena celebrada en la Catedral de Málaga.

En la noche en la que se conmemora el nacimiento del Niño Jesús, Mons. Catalá afirmó que «el ángel, al igual que a María y a los pastores de Belén, también nos dice a nosotros: “¡No tengáis miedo!”. Abrid vuestros corazones al misterio del gran Amor que se hace hombre; a la esperanza que ilumina a todo ser humano; a la Luz que quiere iluminarnos; en definitiva, abramos nuestros corazones al misterio de la Navidad. Esto es lo que celebramos en esta Noche santa y preciosa».

En su homilía titulada «Nochebuena, noche de luz», el obispo de Málaga reflexiono sobre Jesús, como luz del mundo, y afirmó: «Somos hijos de la Luz por el bautismo, cuyo significado es “iluminación” (traducción del término griego “fotismos”); y hemos de vivir como hijos de la Luz. Hemos sido “iluminados” en nuestro bautismo; el Señor nos ha regalado su Luz para ver las cosas de otra manera, sin temores y sin miedos; sino con esperanza, con gozo, con paz».

Jesús Catalá finalizó su alocución suplicando «al Señor, Luz del mundo, que ilumine nuestras vidas y convierta nuestras tinieblas en claridad».

Lee aquí la homilía íntegra

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Jesús nace, también, en la prisión

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En la mañana de Nochebuena, mientras en los comercios y mercados son un ir y venir de personas prestos a realizar las últimas compras; cuando los abrazos y los buenos deseos son la tónica habitual entre amigos y conocidos… Hay un lugar que poco cambia hoy en su rutina diaria: la Prisión Provincial, donde, los alrededor de 500 internos que cumplen pena tras las rejas de la cárcel, se preparan para celebrar el nacimiento del Mesías con una mezcla de rutinas, de añoranza y, también, esperanza.

Hasta allí se ha dirigido esta mañana el Obispo de Jaén, Don Sebastián Chico Martínez, para celebrar con ellos una adelantada Nochebuena. Acompañado del Provicario General, D. José Antonio Sánchez Ortiz; el Delegado de Pastoral Penitenciaria, D. José Luis Cejudo, los capellanes y voluntarios de la Pastoral, para visitar los distintos módulos, bendecir los Nacimientos y desear una feliz Navidad a los internos y sus familias, en su primera visita a la Prisión en estas fechas.

Los internos aguardaban con expectación la visita del Prelado jiennense. Don Sebastián ha saludado a los internos de manera personal, para después, dirigirse a todos ellos.

Tras la lectura del Evangelio del Nacimiento del Niño Dios, Don Sebastián, los ha animado a vivir con esperanza estos días. Les ha agradecido su acogida en este día tan entrañable y familiar, a la vez, les ha recordado la labor que de manera desinteresada llevan a cabo desde la Pastoral Penitenciaria, “porque para la Iglesia sois muy importantes”, y les ha animado a que se den “una segunda oportunidad, y dádsela también a Jesús para que Él nazca en vuestra vida”. El Obispo ha querido tener presentes a los familiares de las personas privadas de libertad, “porque ellos, desde fueran, tampoco podrán tener esta noche una noche plena porque faltáis vosotros”.  Igualmente, les ha anunciado que los tendrá presentes a todos en la Misa del Gallo de esta noche, en la Catedral, tanto a ellos como a sus familias.

Después de las peticiones, que han leído los propios presos, el Obispo ha bendecido al Niño Jesús y lo han ido colocando en los preciosos Nacimientos que han ido elaborando artesanalmente en cada módulo.

Del mismo modo, los internos han tenido unas hermosas palabras ante el Obispo.

Pedro ha leído al Obispo en nombre de sus compañeros de módulo: “En nombre de mis compañeros les damos la bienvenida. Son días en los que los privados de libertad tenemos sentimientos de añoranza y tristeza al estar lejos de nuestros seres queridos. Pero tratamos de arroparnos los unos a los otros para que fluya el espíritu de la Navidad y agarrarnos a tres pilares como son: la esperanza, desear que algo suceda; la fe, creer que va a suceder y la caridad, hacer que suceda”.

En otro de los módulos, los internos han expresado: “Don Sebastián, gracias por venir a vernos, Es difícil explicar cuánto significa su presencia aquí hoy. Sean los que sean los motivos que nos han traído aquí, es una vida difícil lejos de nuestras familias, con todas las restricciones que esto supone. Gracias por estar aquí, porque sin importar religión ni creencias, usted nos trae a todos unas palabras de aliento y un mensaje de paz, amor y perseverancia (…)

Con el rezo del Padrenuestro y el canto de villancicos populares ha concluido la visita a cada módulo.

Junto con los módulos de respeto, también se han visitado los módulos de la Unidad Terapéutica, la Enfermería y ha conocido las celdas.

Este día, en el que los cristianos conmemoramos el nacimiento del Hijo de Dios, que lejos de riquezas fue a nacer en un establo, el Obispo de Jaén ha querido acompañar a estos hombres y mujeres que sufren privados de libertad, para mostrarles su apoyo, el acompañamiento de la Iglesia y a regalarles la esperanza en el recién nacido.

Galería fotográfica: «Nochebuena en la Prisión Provincial 2022»

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El obispo ha agradecido a los…

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El obispo ha agradecido a los capitulares el cuidado del culto que llevan a cabo en el principal templo de la diócesis, reconocido en todos los lugares del mundo, «empezando por el Papa Francisco, que expresamente me lo ha dicho, así como obispos de todo el mundo, porque hoy vivimos en la aldea global». Monseñor Demetrio Fernández ha trasmitido esa felicitación hoy al Cabildo en pleno y le ha agradecido  su dedicación para mantener cada día la dignidad del culto: «yo diría que nos contemplan los ángeles del cielo y los ojos del mundo entero a través de los medios de comunicación, en la celebración de la eucaristía, en procesiones y otras tantas celebraciones «.

La querencia por la Catedral de grupos o parroquias es signo para el Obispo de que la Diócesis y la Catedral no recorren caminos paralelos, sino que es una trenza continua gracias a «la disponibilidad y talante del Cabildo se hace entender a la diócesis entera que ésta es su casa». Así, ha explicado el Obispo, los jóvenes de Córdoba celebran en el principal templo su vigilia de la Inmaculada Concepción de María, también los profesores, por petición propia, la eligen para sus celebraciones; también muchas parroquias, quieren estar con el Obispo en la Catedral y «eso no sucede en todas partes; algo tendrá, más allá de naves y bóvedas preciosas. La catedral tiene personas que acogen, atienden y están disponibles».

La misa de Calenda ha terminado con el pregón que anuncia la Natividad de Jesucristo entonado por don Antonio Murillo, un anuncio gozoso para todos los asistentes que han participado en esta celebración

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Felicitación de Navidad de Monseñor José Rico Pavés

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”Haz feliz la Navidad: ve al encuentro de Jesús y muéstralo a los demás”.

A tan sólo unas horas de la celebración de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez felicita a todos esta jornada donde debemos preparar el pesebre de nuestro corazón para que Jesús nazca en nosotros e inunde de amor toda nuestra vida.

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“Que Cristo esté en nuestros corazones, en nuestra vida”

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Homilía del arzobispo coadjutor, en la Misa del Gallo, en la S.I Catedral, el 24 de diciembre de 2022.

Queridos sacerdotes concelebrantes;
queridos hermanos y hermanas;
queridas familias;
queridos todos, que os dais cita en nuestra Catedral en esta Misa de medianoche, de la Solemnidad del Nacimiento del Señor:

Me alegra mucho ver nuestra Catedral tan llena, y me alegra, sobre todo, que vengáis como familias muchos de vosotros, que transmitáis a los más pequeños esta tradición, porque es, en definitiva, transmitirles elementos de nuestra fe fundamentales, arraigados profundamente en nuestras tradiciones como pueblo de Granada. Cuando esta fiesta, precisamente queridos amigos, está sufriendo, esa invasión, esa secularización que nosotros también tenemos que redescubrir el sentido verdadero de la Navidad.

Ciertamente, es una fiesta de solidaridad, en que nos volvemos más entrañables y más sensibles a las necesidades de los otros. La pena es que sólo sean estos días y caduque el día de los Reyes. Es también una fiesta de familia, cómo no, si Dios nos ha hermanado; si Dios se ha hecho uno de nosotros. Es una fiesta de encuentro, en que echamos de menos especialmente a quienes no están ya con nosotros, porque han partido de este mundo; y echamos de menos también a los que están lejos por diversos motivos. Y nos sentimos más familia, más queridos por lo que somos y no tanto por lo que tenemos como se baraja en nuestro mundo. Y es también una fiesta de gozo, de alegría, aunque haya nostalgia de muchas personas. Es una fiesta en que sentimos especialmente la humanidad y afloran en nosotros los sentimientos más profundos de humanidad y de ternura. Y nos damos cuenta de manera más sensible, de los desbarajustes en nuestro mundo; de las guerras de los refugiados, huyendo y buscando las mejores condiciones de vida para salvar la propia. Y nos damos cuenta de las carencias y de las diferencias entre unos y otros, y del empobrecimiento de muchos. Y nos damos cuenta de quienes viven en la soledad. Nos volvemos más sensibles en humanidad. Pero todo, ¿por qué? Porque Dios se ha dignado compartir nuestra humanidad, queridos amigos. Ese es el verdadero sentido de la Navidad: que Dios se ha hecho hombre.

Toda esa esperanza del Pueblo de Israel, que hemos ido recordando a lo largo de estos Domingos de Adviento; esas lecciones de los profetas, especialmente de Isaías, que ha ido insuflando esperanza en el Pueblo de Israel, sobre todo en el destierro, para llevarlo precisamente a la Esperanza con mayúscula. “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en sombras de muerte y una luz les brilló”. Es la luz de Dios. Es esa luz que hace resplandecer precisamente esta noche, como hemos pedido a Dios en la oración colecta, y hemos pedido también un día vivir esa luz y participar de esa luz en el Cielo. Esa luz que ha iluminado Cristo mismo, que se define a Sí mismo como “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue a Mí no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. Es Cristo que nos ha cambiado la vida. Es Él el que en un momento de la Historia, que nos ha recordado con coordenadas precisas al inicio de la celebración, como el propio evangelista San Lucas nos pone con precisión el Nacimiento de Cristo, siendo Cirino gobernador de Siria cuando se produce ese empadronamiento; es Cristo alguien concreto; es Cristo, no un personaje que se nos pierde en la noche de los tiempos, sino nuestro Dios y Señor. Dios, sin dejar de serlo, ha tomado nuestra condición humana. Y ése es el gran Misterio de la Navidad: que Dios nos ama tanto que ha enviado a Su Hijo para salvarnos. Y ése es el motivo de que hagamos fiesta, de que estemos alegres, porque nuestra humanidad, nuestra pequeñez, nuestra debilidad, que experimentamos tantas veces, y lo hemos visto en este tiempo de pandemia, cuando nos hemos dado cuenta de que no somos todopoderosos, que necesitamos de Dios y de los demás; nos hemos dado cuenta, en medio del dolor y del sufrimiento, que se nos escapaban muchas cosas; y nos hemos dado cuenta de que Dios nos quiere, de que Dios nos sigue ayudando. Y ese amor de Dios al hombre es lo que celebramos la Navidad. Y es ese amor ante Dios al hombre, hasta el punto de que se ha hecho uno de nosotros para salvarnos, para hacernos a nosotros hijos e hijas de Dios, para “endiosarnos”, para vivir con la dignidad más plena. Nadie como el cristianismo, nadie como Cristo, dignifica la persona humana. Nadie como la civilización cristiana lleva a su más alta cumbre la dignidad de la persona, descubriendo sus derechos fundamentales, que son inherentes a su dignidad inalienable.

Es Cristo que nos ha descubierto todo esto. Es Cristo que nos ha salvado. Para, queridos amigos, yo también me pregunto y te pregunto: en esta sociedad nuestra, ¿se acepta a Cristo?, ¿acogemos a Cristo realmente?, ¿o necesitamos recordar esas palabras con las que el Papa san Juan Pablo II iniciaba su pontificado?: “Abrid de par en par las puertas a Cristo”, Cristo en los Estados, en la sociedad, en la familia, en el trabajo, en nuestras relaciones sociales, en nuestra vida personal. Cristo cuenta. Cristo está vivo en tu vida. Que puedas decir como San Pablo “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. ¿Es tu cristianismo, realmente, un cristianismo, a pesar de los pesares, de nuestras miserias personales, de nuestros defectos, incluso de nuestros pecados, realmente Cristo cuenta para nosotros?, ¿qué sabes de Cristo?, ¿qué conoces de Cristo?, ¿amas realmente a Cristo?, que ha cambiado el mundo, que ha transformado la historia, que nos ha devuelto al ser humano, nos ha engrandecido hasta tal forma que nos ha hecho imagen del mismo Dios, coherederos con Cristo.

Queridos hermanos, este es el sentido profundo de la Navidad. Por eso, cuando miramos al otro y vemos en el otro reflejado el rostro de Cristo, eso es el amor cristiano. El amor cristiano no es un amor de una ONG, por muy digno que sea. Es el amor de aquel que ve en el otro el rostro de Cristo. “Cualquier cosa que hagáis a alguno de estos, mis humildes hermanos, a mí me lo hacéis”. Este es el Misterio que pasa desapercibido para el mundo de entonces y sigue pasando desapercibido para tanta gente en el mundo de hoy. Necesitamos los cristianos volver a anunciar a Cristo. Pero, para eso, nada mejor que el propio testimonio de vida. Para eso, nada mejor, que abramos de par en par las puertas a Cristo en nuestra vida personal. Que Cristo cuente mi vida; que yo sepa de Cristo, acercándome a los Evangelios, a su Palabra; que yo sepa de Cristo, de Su doctrina, para conformar mi vida con la Suya; que yo sepa de Cristo, para amar a Cristo, llamando a Cristo, dirigiéndome a Él con esa oración confiada de amigo. Como decía santa Teresa de Jesús: “Es tratar muchos veces de amistad con quien sabemos nos ama”. De sentir a Cristo, como ella decía también, “cabe si”, a nuestro lado, en medio de las enfermedades, de las dificultades, de las contrariedades de la vida, en medio del trabajo: sentir y tener esa Presencia de Cristo. Cuando en la Eucaristía decimos “por Cristo, con Él y en Él”, que así sea nuestra vida. Poner a Cristo, en definitiva, en el centro de nuestra existencia. Ese es el gran mensaje de Navidad. Y cuando pongamos a Cristo, transformaremos nuestro mundo, iluminaremos con la luz de Cristo a nuestro alrededor, a pesar de los pesares, de nuestros defectos, y cambiaremos nuestra sociedad y pondremos paz donde hay guerra, y pondremos amor donde hay desamor, y pondremos unidad donde hay división. Y curaremos las heridas de tantas y tantas personas. Y encontrarán sentido al ver nuestras vidas. Pero tenemos que abrirnos a Cristo, a este Cristo que nació en Belén; a este Cristo que se nos muestra la Sabiduría misma de Dios en la cátedra de un pobre pesebre.

Quizá nosotros, queridos hermanos, necesitamos despojarnos en esta Navidad, y siempre, de tantas y tantas cosas que hemos echado sobre nosotros y que nos impiden ver el rostro de Cristo. Necesitamos recuperar la sencillez de los pastores. Necesitamos recuperar la sencillez y la inocencia de los niños. Necesitamos una fe más firme, una fe más confiada, una fe que dé respuesta a los problemas que nos surjan en la vida, desde Cristo. ¿Qué haría Cristo en mi lugar? ¿Cómo respondería Cristo ante esta situación? Y así nuestra vida será realmente la del seguimiento de Cristo. La de cristianos. No de cristianos teóricos, no de cristianos “creyentes, pero no practicantes”, sino la de aquellos que quieren conformar su vida con la vida del Señor. El Señor nos lo ha puesto; nos lo ha puesto a mano. Se nos ha puesto imitable. Dios se nos ha hecho uno de nosotros. Y entiende de nuestros cansancios y sabe de nuestros dolores, hasta el punto de que su humanidad le lleva a entregarse por nosotros en la cruz, sabe de nuestro sufrimiento. Cristo, como nos dice la Carta a los Hebreos, “no tenemos un Sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestros sufrimientos, de nuestros pecados, antes al contrario, igual a nosotros excepto en el pecado”.

Que acudamos a Cristo. Si esta Navidad nos lleva a esto, descubriremos también a Cristo en quienes nos rodean. Le veremos presente en quienes están más próximos. Le veremos presente en aquellos en quien la debilidad, el sufrimiento, el dolor, la enfermedad está haciendo mella. Y descubriremos que tenemos que ayudar a esos cristos. Porque un día, el mismo Cristo nos va a examinar y nos va a preguntar de amor; si le hemos visto presente en los otros, si hemos hecho con los otros lo que debiéramos hacer con Él.

Queridos amigos, éste es el sentido profundo de la Navidad. Y entonces, cuando se mete a Cristo en la vida de uno, se mete en la familia, se une, coge fortaleza, no nos vendremos abajo ante las dificultades, nos apoyaremos unos a otros y viviremos como iglesia y como pueblo, con un sentido de buscar el bien común, de buscar, en definitiva, la Presencia de Dios, tan ausente muchas veces en nuestro sociedad. Y lo mostraremos con respeto a las convicciones de los demás, pero sin renunciar a las propia fe, sin esconder nuestra propia condición de cristianos, sin dejarnos llevar de lo políticamente correcto, sin apagar a Cristo, sin esconder a Cristo, sino mostrándolo con sencillez en el testimonio de nuestra vida, como han hecho nuestros santos en cualquier época y en todas las condiciones.

Vamos a pedirLe a la Virgen que Ella, que nos da a Jesús; Ella que nos da, la llama el pueblo cristiano “causa de nuestra alegría”; que Ella también a nosotros, como aquellos pastores que acudieron después del anuncio del Ángel y que acudieron con lo que tenían, y nosotros también con lo que tenemos de nuestra pobreza, de nuestra pequeñez, de nuestra debilidad; que nos muestre a Jesús: “Muéstranos a Jesús, el fruto bendito de tu vientre”, le dice el pueblo cristiano.

Ojalá nosotros también esta Navidad sepamos encontrarnos con Cristo, sepamos encontrarnos con los demás, viendo en ellos el mismo rostro de Jesús. Y pidamos hoy, especialmente, por el don de la paz, ese anhelo. Y llevemos ya, como nos dice San Pablo en la Segunda Lectura que hemos escuchado de la Carta a Tito, una vida religiosa, una vida distinta, que sepa más a cristiano, que sea vivida más en cristiano. Y eso no significa que no seamos de nuestro tiempo, que no estemos entregados en los trabajos y haciendo, sino, al contrario, lo que posibilitará que tengamos mayor vigor y prendamos la luz de Cristo.

Que, en nosotros, el Señor, sí encuentre posada, pero esa posada para darla a los demás. Dice el Libro del Apocalipsis, poniendo en boca de Jesús esas palabras, “estoy a la puerta y llamo. Si alguien que escucha mi voz y me abre, entraré y cenaremos juntos”.

Que Cristo esté en nuestros corazones, esté en nuestra vida, esté en nuestra familia, esté en nuestra sociedad, y veréis cómo haremos un mundo mejor.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo coadjutor

24 de diciembre de 2022
S.I Catedral de Granada

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