Evangelio del Miércoles de Ceniza, en Lengua de Signos Español (Mt 6, 1-6.16-18)
Signado por el director del Departamento de Pastoral del Sordo de la Archidiócesis de Sevilla, el sacerdote Gumersindo Melo.
Produce: Archidiócesis de Sevilla
Evangelio del Miércoles de Ceniza, en Lengua de Signos Español (Mt 6, 1-6.16-18)
Signado por el director del Departamento de Pastoral del Sordo de la Archidiócesis de Sevilla, el sacerdote Gumersindo Melo.
Produce: Archidiócesis de Sevilla


«Ascesis cuaresmal, un camino sinodal» es el título que encabeza el mensaje del papa Francisco para la Cuaresma 2023.
Un mensaje en el que el Santo Padre recuerda que «la ascesis cuaresmal es un compromiso, animado siempre por la gracia, para superar nuestras faltas de fe y nuestras resistencias a seguir a Jesús en el camino de la cruz. Y en el que también afirma que «nuestro camino cuaresmal es “sinodal”, porque lo hacemos juntos por la misma senda, discípulos del único Maestro«.
«El camino ascético cuaresmal, al igual que el sinodal, tiene como meta una transfiguración personal y eclesial. Una transformación que, en ambos casos, halla su modelo en la de Jesús y se realiza mediante la gracia de su misterio pascual».
Ascesis cuaresmal, un camino sinodal
(texto íntegro)
Queridos hermanos y hermanas:
Los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas concuerdan al relatar el episodio de la Transfiguración de Jesús. En este acontecimiento vemos la respuesta que el Señor dio a sus discípulos cuando estos manifestaron incomprensión hacia Él. De hecho, poco tiempo antes se había producido un auténtico enfrentamiento entre el Maestro y Simón Pedro, quien, tras profesar su fe en Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios, rechazó su anuncio de la pasión y de la cruz. Jesús lo reprendió enérgicamente: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23). Y «seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado» (Mt 17,1).
El evangelio de la Transfiguración se proclama cada año en el segundo domingo de Cuaresma. En efecto, en este tiempo litúrgico el Señor nos toma consigo y nos lleva a un lugar apartado. Aun cuando nuestros compromisos diarios nos obliguen a permanecer allí donde nos encontramos habitualmente, viviendo una cotidianidad a menudo repetitiva y a veces aburrida, en Cuaresma se nos invita a “subir a un monte elevado” junto con Jesús, para vivir con el Pueblo santo de Dios una experiencia particular de ascesis.
La ascesis cuaresmal es un compromiso, animado siempre por la gracia, para superar nuestras faltas de fe y nuestras resistencias a seguir a Jesús en el camino de la cruz. Era precisamente lo que necesitaban Pedro y los demás discípulos. Para profundizar nuestro conocimiento del Maestro, para comprender y acoger plenamente el misterio de la salvación divina, realizada en el don total de sí por amor, debemos dejarnos conducir por Él a un lugar desierto y elevado, distanciándonos de las mediocridades y de las vanidades. Es necesario ponerse en camino, un camino cuesta arriba, que requiere esfuerzo, sacrificio y concentración, como una excursión por la montaña. Estos requisitos también son importantes para el camino sinodal que, como Iglesia, nos hemos comprometido a realizar. Nos hará bien reflexionar sobre esta relación que existe entre la ascesis cuaresmal y la experiencia sinodal.
En el “retiro” en el monte Tabor, Jesús llevó consigo a tres discípulos, elegidos para ser testigos de un acontecimiento único. Quiso que esa experiencia de gracia no fuera solitaria, sino compartida, como lo es, al fin y al cabo, toda nuestra vida de fe. A Jesús hemos de seguirlo juntos. Y juntos, como Iglesia peregrina en el tiempo, vivimos el año litúrgico y, en él, la Cuaresma, caminando con los que el Señor ha puesto a nuestro lado como compañeros de viaje. Análogamente al ascenso de Jesús y sus discípulos al monte Tabor, podemos afirmar que nuestro camino cuaresmal es “sinodal”, porque lo hacemos juntos por la misma senda, discípulos del único Maestro. Sabemos, de hecho, que Él mismo es el Camino y, por eso, tanto en el itinerario litúrgico como en el del Sínodo, la Iglesia no hace sino entrar cada vez más plena y profundamente en el misterio de Cristo Salvador.
Y llegamos al momento culminante. Dice el Evangelio que Jesús «se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz» (Mt 17,2). Aquí está la “cumbre”, la meta del camino. Al final de la subida, mientras estaban en lo alto del monte con Jesús, a los tres discípulos se les concedió la gracia de verle en su gloria, resplandeciente de luz sobrenatural. Una luz que no procedía del exterior, sino que se irradiaba de Él mismo. La belleza divina de esta visión fue incomparablemente mayor que cualquier esfuerzo que los discípulos hubieran podido hacer para subir al Tabor. Como en cualquier excursión exigente de montaña, a medida que se asciende es necesario mantener la mirada fija en el sendero; pero el maravilloso panorama que se revela al final, sorprende y hace que valga la pena. También el proceso sinodal parece a menudo un camino arduo, lo que a veces nos puede desalentar. Pero lo que nos espera al final es sin duda algo maravilloso y sorprendente, que nos ayudará a comprender mejor la voluntad de Dios y nuestra misión al servicio de su Reino.
La experiencia de los discípulos en el monte Tabor se enriqueció aún más cuando, junto a Jesús transfigurado, aparecieron Moisés y Elías, que personifican respectivamente la Ley y los Profetas (cf. Mt 17,3). La novedad de Cristo es el cumplimiento de la antigua Alianza y de las promesas; es inseparable de la historia de Dios con su pueblo y revela su sentido profundo. De manera similar, el camino sinodal está arraigado en la tradición de la Iglesia y, al mismo tiempo, abierto a la novedad. La tradición es fuente de inspiración para buscar nuevos caminos, evitando las tentaciones opuestas del inmovilismo y de la experimentación improvisada.
El camino ascético cuaresmal, al igual que el sinodal, tiene como meta una transfiguración personal y eclesial. Una transformación que, en ambos casos, halla su modelo en la de Jesús y se realiza mediante la gracia de su misterio pascual. Para que esta transfiguración pueda realizarse en nosotros este año, quisiera proponer dos “caminos” a seguir para ascender junto a Jesús y llegar con Él a la meta.
El primero se refiere al imperativo que Dios Padre dirigió a los discípulos en el Tabor, mientras contemplaban a Jesús transfigurado. La voz que se oyó desde la nube dijo: «Escúchenlo» (Mt 17,5). Por tanto, la primera indicación es muy clara: escuchar a Jesús. La Cuaresma es un tiempo de gracia en la medida en que escuchamos a Aquel que nos habla. ¿Y cómo nos habla? Ante todo, en la Palabra de Dios, que la Iglesia nos ofrece en la liturgia. No dejemos que caiga en saco roto. Si no podemos participar siempre en la Misa, meditemos las lecturas bíblicas de cada día, incluso con la ayuda de internet. Además de hablarnos en las Escrituras, el Señor lo hace a través de nuestros hermanos y hermanas, especialmente en los rostros y en las historias de quienes necesitan ayuda. Pero quisiera añadir también otro aspecto, muy importante en el proceso sinodal: el escuchar a Cristo pasa también por la escucha a nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia; esa escucha recíproca que en algunas fases es el objetivo principal, y que, de todos modos, siempre es indispensable en el método y en el estilo de una Iglesia sinodal.
Al escuchar la voz del Padre, «los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo» (Mt 17,6-8). He aquí la segunda indicación para esta Cuaresma: no refugiarse en una religiosidad hecha de acontecimientos extraordinarios, de experiencias sugestivas, por miedo a afrontar la realidad con sus fatigas cotidianas, sus dificultades y sus contradicciones. La luz que Jesús muestra a los discípulos es un adelanto de la gloria pascual y hacia ella debemos ir, siguiéndolo “a Él solo”. La Cuaresma está orientada a la Pascua. El “retiro” no es un fin en sí mismo, sino que nos prepara para vivir la pasión y la cruz con fe, esperanza y amor, para llegar a la resurrección. De igual modo, el camino sinodal no debe hacernos creer en la ilusión de que hemos llegado cuando Dios nos concede la gracia de algunas experiencias fuertes de comunión. También allí el Señor nos repite: «Levántense, no tengan miedo». Bajemos a la llanura y que la gracia que hemos experimentado nos sostenga para ser artesanos de la sinodalidad en la vida ordinaria de nuestras comunidades.
Queridos hermanos y hermanas, que el Espíritu Santo nos anime durante esta Cuaresma en nuestra escalada con Jesús, para que experimentemos su resplandor divino y así, fortalecidos en la fe, prosigamos juntos el camino con Él, gloria de su pueblo y luz de las naciones.
Roma, San Juan de Letrán, 25 de enero de 2023, Fiesta de la Conversión de san Pablo

Manuel Ruz Carmona es elegido nuevo coordinador de Cáritas Interparroquial de Andújar. Concluye así el proceso de elección de nuevo equipo directivo tras el fallecimiento, el pasado mes de julio, del anterior coordinador, Francisco Martínez, quien había sido renovado en el cargo en abril de 2022, cuando asumió su tercer mandato. Desde su muerte, ha habido una comisión gestora en Cáritas Interparroquial de Andújar, al frente de la que ha estado el sacerdote Ángel Sánchez, párroco de San Eufrasio y de Santiago Apóstol.
Ruz ha encabezado la única candidatura presentada y ha recibido el respaldo de los equipos parroquiales de Cáritas en la votación realizada este martes. Será el Consejo Diocesano de Cáritas el que ratifique su nombramiento en la reunión que se celebrará el próximo 4 de marzo. Por su parte, el cargo de consiliario será asumido por el diácono permanente Andrés Borrego.
En sus palabras tras la elección como nuevo coordinador parroquial, Manuel Ruz agradeció la confianza depositada y subrayó las líneas maestras de su mandato para los próximos años al frente de Cáritas en Andújar. Así, destacó el propósito de trabajar en hermandad entre todos los equipos parroquiales andujareños, por lo que estimó necesaria la mejora de la comunicación entre ellos. «Cáritas Interparroquial de Andújar será lo que entre todos queramos que sea», declaró ante los representantes de las Cáritas parroquiales. Apuntó la necesidad de mejorar el acompañamiento a las personas en riesgo o en situación de exclusión social atendidas y acompañadas por Cáritas. Para ello, señaló la importancia de adaptar los recursos tecnológicos disponibles para la atención, tal y como se establece en el Plan Estratégico de Cáritas Española y que también se ha marcado como una prioridad para Cáritas Diocesana de Jaén. Finalmente, el recién elegido coordinador puso el acento en la necesidad de sumar nuevas personas voluntarias y consideró importante la consolidación de su formación como agentes de Cáritas. Ruz manifestó su deseo de mantener un contacto directo con cada uno de los equipos de las parroquias de Andújar, con el propósito de recoger sus inquietudes y las aportaciones para el nuevo mandato, una vez que sea ratificado en el cargo por el Consejo Diocesano de Cáritas.
Cáritas diocesana de Jaén

Varios niños se sientan en sillas, en torno a una alfombra que está presidida por varios iconos. En ella brilla una vela, símbolo de Cristo; y hay una Biblia en el centro. Al son de una guitarra, con ayuda de las canciones que cantan, los niños van entrando en la oración y, poco a poco, descubren a Jesús en la Palabra y en su vida.
Esta escena fue solo uno de los momentos de las jornadas de primera iniciación al Oratorio de Niños Pequeños que se impartieron en la Parroquia El Salvador de Caravaca de la Cruz el pasado fin de semana. En ellas los asistentes pudieron conocer de primera mano este método de oración para niños, para poder impartirlo; recibieron formación pedagógica y compartieron momentos de reflexión y oración.
«El Oratorio es una experiencia para niños donde se les introduce en la oración, en el encuentro con Jesús; un espacio donde, con la Palabra de Dios, aprenden a dar gracias, a pedir, a guardar silencio, a rezar», explica el sacerdote David Martínez, párroco de El Salvador.
Esta formación se solicitó desde la parroquia para valorar «nuevas posibilidades que ayudaran a los niños a vivir esa experiencia de encuentro con Jesús, de vivencia interior», que no siempre se consigue en la catequesis. Se puso en marcha a través de la Delegación Episcopal de Catequesis y la Vicaría para la Evangelización, y a esta formación acudieron 50 personas procedentes de toda la Diócesis de Cartagena y también de Orihuela-Alicante; principalmente catequistas y algún sacerdote. Las jornadas contaron, además, con la presencia del sacerdote valenciano Gonzalo Carbó Bolta, creador de este método, que dirigió los oratorios realizados y acompañó en las diferentes actividades junto a varios colaboradores.
La experiencia, en palabras de David Martínez, ha sido «muy positiva»; una ayuda para «abrir la mente y el corazón al drama que viven los niños en este momento social tan complicado, al que tenemos que dar una respuesta». Además, señala el sacerdote, «los niños tienen un potencial tremendo de encuentro con Dios; de ahí que el Señor dijera que debemos ser como ellos».
Terminada la formación, la intención es asimilar lo aprendido y organizar la puesta en marcha de este método en la Parroquia El Salvador.
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Comienza la Cuaresma, tiempo de cambio, de conversión y, sobre todo, de preparación para vivir plenamente el Misterio Pascual, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Y comienza la Cuaresma con la imposición de la ceniza, que se realizará en todas las parroquias este primer día del camino cuaresmal.
En la diócesis de Guadix, todas las parroquias celebrarán, a lo largo del día, la imposición de la ceniza, en el contexto de la celebración de la Eucaristía. Eucaristía y ceniza van muy unidas en Cuaresma, porque la segunda nos invita a celebrar mejor, y con más intensidad en estos días, la primera.
En la Catedral accitana, la Misa del Miércoles de Ceniza será a als 10 de la mañana. Presidida por el obispo, impondrá la ceniza a los fieles que asistan. Será el momento de comenzar el itinerario cuaresmal, los cuarenta días que nos preparan para la Semana Santa, en la que volveremos a celebrar cómo Dios nos salva.
La Cuaresma es un camino de sinodalidad, nos recuerda el papa Francisco en su Mensaje para la Cuaresma de este año. Una sinodalidad que es escucha, nos dice Francisco: escucha de Dios, a través de su Palabra, de los hermanos y de la Iglesia. Y una sinodalidad que es camino, en el que no vale conformarse con los pequeños logros, ni refugiarse en una religiosidad hecha de acontecimientos extraordinarios, sino que ha de ser un caminar de manera permanente, hacia la Pascua.
Comienza la Cuaresma, ¡aprovechémosla!
Antonio Gómez
Delegado diocesano de MCS. Guadix
El arzobispo de Sevilla nos anima a vivir esta nueva Cuaresma a fondo, con fuerza, consciente de que necesitamos dejarnos convertir por el Señor, para recibir todo el fruto que el Señor nos quiere conceder.

La Iglesia inicia hoy la Cuaresma, el tiempo litúrgico de preparación para la Pascua.
«Convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso». La Palabra de Dios invita a los cristianos a una constante conversión, una acción que se intensifica en el tiempo de Cuaresma que la Iglesia inicia hoy, Miércoles de Ceniza.
Como es tradición, esta mañana, a las 6:30 horas, tenía lugar el rezo del Vía Crucis alrededor de la Catedral de Murcia y después la celebración de la Eucaristía, presidida por el obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes.
«Dios nos pide fidelidad, transparencia y coherencia», así ha iniciado la homilía el obispo, recordando que la Cuaresma es un tiempo de encuentro con el Señor: «No es repetir ritos, es la hora de la atención, de desnudarnos totalmente delante de Dios. El carnaval ha terminado, comienza la hora de la verdad». Mons. Lorca ha invitado a los presentes a preguntarse cómo están respondiendo ante los retos de cada día, cómo viven su fe. También les ha animado a escuchar atentamente la Palabra a través de la cual Dios se comunica con su pueblo: «Es momento de ponernos con humildad delante de Dios, a la escucha. Porque Dios está cerca, nunca se aparta de nosotros. Ahora es tiempo de renovar el encuentro con Él, con la ayuda de la oración». Tiempo de encuentro con Dios y con los hermanos que más lo necesitan, «porque también es tiempo de caridad».
La Iglesia hace en Cuaresma una invitación especial a la conversión y a creer en el Evangelio. La ceniza que se impone en este día es «signo de conversión, de fidelidad».
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Ascesis cuaresmal, un camino sinodal
MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2023
Queridos hermanos y hermanas:
Los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas concuerdan al relatar el episodio de la Transfiguración de Jesús. En este acontecimiento vemos la respuesta que el Señor dio a sus discípulos cuando estos manifestaron incomprensión hacia Él. De hecho, poco tiempo antes se había producido un auténtico enfrentamiento entre el Maestro y Simón Pedro, quien, tras profesar su fe en Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios, rechazó su anuncio de la pasión y de la cruz. Jesús lo reprendió enérgicamente: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23). Y «seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado» (Mt 17,1).
El evangelio de la Transfiguración se proclama cada año en el segundo domingo de Cuaresma. En efecto, en este tiempo litúrgico el Señor nos toma consigo y nos lleva a un lugar apartado. Aun cuando nuestros compromisos diarios nos obliguen a permanecer allí donde nos encontramos habitualmente, viviendo una cotidianidad a menudo repetitiva y a veces aburrida, en Cuaresma se nos invita a “subir a un monte elevado” junto con Jesús, para vivir con el Pueblo santo de Dios una experiencia particular de ascesis.
La ascesis cuaresmal es un compromiso, animado siempre por la gracia, para superar nuestras faltas de fe y nuestras resistencias a seguir a Jesús en el camino de la cruz. Era precisamente lo que necesitaban Pedro y los demás discípulos. Para profundizar nuestro conocimiento del Maestro, para comprender y acoger plenamente el misterio de la salvación divina, realizada en el don total de sí por amor, debemos dejarnos conducir por Él a un lugar desierto y elevado, distanciándonos de las mediocridades y de las vanidades. Es necesario ponerse en camino, un camino cuesta arriba, que requiere esfuerzo, sacrificio y concentración, como una excursión por la montaña. Estos requisitos también son importantes para el camino sinodal que, como Iglesia, nos hemos comprometido a realizar. Nos hará bien reflexionar sobre esta relación que existe entre la ascesis cuaresmal y la experiencia sinodal.
En el “retiro” en el monte Tabor, Jesús llevó consigo a tres discípulos, elegidos para ser testigos de un acontecimiento único. Quiso que esa experiencia de gracia no fuera solitaria, sino compartida, como lo es, al fin y al cabo, toda nuestra vida de fe. A Jesús hemos de seguirlo juntos. Y juntos, como Iglesia peregrina en el tiempo, vivimos el año litúrgico y, en él, la Cuaresma, caminando con los que el Señor ha puesto a nuestro lado como compañeros de viaje. Análogamente al ascenso de Jesús y sus discípulos al monte Tabor, podemos afirmar que nuestro camino cuaresmal es “sinodal”, porque lo hacemos juntos por la misma senda, discípulos del único Maestro. Sabemos, de hecho, que Él mismo es el Camino y, por eso, tanto en el itinerario litúrgico como en el del Sínodo, la Iglesia no hace sino entrar cada vez más plena y profundamente en el misterio de Cristo Salvador.
Y llegamos al momento culminante. Dice el Evangelio que Jesús «se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz» (Mt 17,2). Aquí está la “cumbre”, la meta del camino. Al final de la subida, mientras estaban en lo alto del monte con Jesús, a los tres discípulos se les concedió la gracia de verle en su gloria, resplandeciente de luz sobrenatural. Una luz que no procedía del exterior, sino que se irradiaba de Él mismo. La belleza divina de esta visión fue incomparablemente mayor que cualquier esfuerzo que los discípulos hubieran podido hacer para subir al Tabor. Como en cualquier excursión exigente de montaña, a medida que se asciende es necesario mantener la mirada fija en el sendero; pero el maravilloso panorama que se revela al final, sorprende y hace que valga la pena. También el proceso sinodal parece a menudo un camino arduo, lo que a veces nos puede desalentar. Pero lo que nos espera al final es sin duda algo maravilloso y sorprendente, que nos ayudará a comprender mejor la voluntad de Dios y nuestra misión al servicio de su Reino.
La experiencia de los discípulos en el monte Tabor se enriqueció aún más cuando, junto a Jesús transfigurado, aparecieron Moisés y Elías, que personifican respectivamente la Ley y los Profetas (cf. Mt 17,3). La novedad de Cristo es el cumplimiento de la antigua Alianza y de las promesas; es inseparable de la historia de Dios con su pueblo y revela su sentido profundo. De manera similar, el camino sinodal está arraigado en la tradición de la Iglesia y, al mismo tiempo, abierto a la novedad. La tradición es fuente de inspiración para buscar nuevos caminos, evitando las tentaciones opuestas del inmovilismo y de la experimentación improvisada.
El camino ascético cuaresmal, al igual que el sinodal, tiene como meta una transfiguración personal y eclesial. Una transformación que, en ambos casos, halla su modelo en la de Jesús y se realiza mediante la gracia de su misterio pascual. Para que esta transfiguración pueda realizarse en nosotros este año, quisiera proponer dos “caminos” a seguir para ascender junto a Jesús y llegar con Él a la meta.
El primero se refiere al imperativo que Dios Padre dirigió a los discípulos en el Tabor, mientras contemplaban a Jesús transfigurado. La voz que se oyó desde la nube dijo: «Escúchenlo» (Mt 17,5). Por tanto, la primera indicación es muy clara: escuchar a Jesús. La Cuaresma es un tiempo de gracia en la medida en que escuchamos a Aquel que nos habla. ¿Y cómo nos habla? Ante todo, en la Palabra de Dios, que la Iglesia nos ofrece en la liturgia. No dejemos que caiga en saco roto. Si no podemos participar siempre en la Misa, meditemos las lecturas bíblicas de cada día, incluso con la ayuda de internet. Además de hablarnos en las Escrituras, el Señor lo hace a través de nuestros hermanos y hermanas, especialmente en los rostros y en las historias de quienes necesitan ayuda. Pero quisiera añadir también otro aspecto, muy importante en el proceso sinodal: el escuchar a Cristo pasa también por la escucha a nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia; esa escucha recíproca que en algunas fases es el objetivo principal, y que, de todos modos, siempre es indispensable en el método y en el estilo de una Iglesia sinodal.
Al escuchar la voz del Padre, «los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo» (Mt 17,6-8). He aquí la segunda indicación para esta Cuaresma: no refugiarse en una religiosidad hecha de acontecimientos extraordinarios, de experiencias sugestivas, por miedo a afrontar la realidad con sus fatigas cotidianas, sus dificultades y sus contradicciones. La luz que Jesús muestra a los discípulos es un adelanto de la gloria pascual y hacia ella debemos ir, siguiéndolo “a Él solo”. La Cuaresma está orientada a la Pascua. El “retiro” no es un fin en sí mismo, sino que nos prepara para vivir la pasión y la cruz con fe, esperanza y amor, para llegar a la resurrección. De igual modo, el camino sinodal no debe hacernos creer en la ilusión de que hemos llegado cuando Dios nos concede la gracia de algunas experiencias fuertes de comunión. También allí el Señor nos repite: «Levántense, no tengan miedo». Bajemos a la llanura y que la gracia que hemos experimentado nos sostenga para ser artesanos de la sinodalidad en la vida ordinaria de nuestras comunidades.
Queridos hermanos y hermanas, que el Espíritu Santo nos anime durante esta Cuaresma en nuestra escalada con Jesús, para que experimentemos su resplandor divino y así, fortalecidos en la fe, prosigamos juntos el camino con Él, gloria de su pueblo y luz de las naciones.
Roma, San Juan de Letrán, 25 de enero de 2023, Fiesta de la Conversión de san Pablo
Francisco

«Rasgad los corazones, no las vestiduras;
convertíos al Señor Dios vuestro,
porque es compasivo y misericordioso».
Joel 2,13
Queridos fieles diocesanos:
La Cuaresma, que comienza el miércoles de Ceniza, nos pone en marcha hacia un camino que nos conduce a la gran fiesta de los cristianos: la Pascua de Resurrección. Recorremos estos cuarenta días como un retiro ininterrumpido de toda la comunidad cristiana, junto con Jesucristo, en el desierto. Son días de conversión personal y comunitaria que pasan por la oración, el ayuno y la limosna, por la renuncia y la humildad. El rito de la imposición de la ceniza nos introducirá en este espíritu cuaresmal. «Es esencialmente un gesto de humildad, que significa: reconozco lo que soy, una criatura frágil, hecha de tierra y destinada a la tierra, pero hecha también a imagen de Dios y destinada a él. Polvo, sí, pero amado, plasmado por su amor, animado por su soplo vital, capaz de reconocer su voz y de responderle; libre y, por esto, capaz también de desobedecerle, cediendo a la tentación del orgullo y de la autosuficiencia» (Benedicto XVI, 17 de febrero de 2010).
Tiempo para volver
En este tiempo litúrgico se nos concede la gracia de contemplar, ante nuestros ojos, el camino para regresar al Padre, para volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12); dejar el pecado y llegar a la luz del Señor Resucitado, que se nos concede por medio de su perdón. Como nos dice el Papa Francisco: «La Cuaresma es un viaje que implica toda nuestra vida, todo lo que somos. Es tiempo de verificar las sendas que estamos recorriendo, para volver a encontrar el camino de regreso a casa, para redescubrir el vínculo fundamental con Dios, del que depende todo. La Cuaresma es discernir hacia donde está orientado el corazón. Este es el centro de la Cuaresma: hacia dónde está orientado mi corazón» (Miércoles de Ceniza, 17 de febrero de 2021). Ello conlleva entrar en nosotros mismos; escuchar en lo profundo la Palabra del Señor; y descubrir hacia dónde estamos caminando: qué valores nos dirigen la vida; cuál es la orientación de nuestro vivir: qué ansía y busca nuestro corazón… y, con todo ello, acogernos a su misericordia y compasión.
El hombre, frecuentemente anda errante, fuera de camino, por sendas perdidas. Pero llega un momento en que se vuelve con todo su ser a Dios que lo llama y desanda sus sendas extraviadas, descubriendo la verdadera alegría. La conocida parábola del Hijo pródigo, describe así esta vuelta. El hijo menor emancipado «se marchó a un país lejano y allí despilfarró de mala manera toda su fortuna». Caído en extrema miseria, recapacitó y se dijo: «me pondré en camino y volveré a la casa de mi padre» (Lc 15,11-33). El cuadro de miseria y de abandono en que se ve postrado el hijo pródigo de la parábola es la imagen real de tantos hombres, de tantos cristianos, que han creído poseerlo todo y disfrutarlo todo, lejos de la casa paterna. Lo más grave no consiste solo en caer en una situación de miseria moral y de pecado. Lo más grave es conformarse y acostumbrarse a esas situaciones injustas que nos esclavizan. Volver al hogar de Dios, el Padre, después de haber vagado por tierras lejanas y extrañas a la intemperie, eso es la conversión.
Tiempo para la acción
Este año, en nuestra Diócesis de Jaén estamos trabajando un itinerario para la conversión pastoral. Éste nos exige a todos ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las comunidades parroquiales, de los organismos diocesanos, y transformarlo todo —costumbres, estilos, horarios, lenguaje, espacios, prioridades— para que la Iglesia de Jaén esté más al servicio de la evangelización que de autopreservarse a sí misma (EG 27; 33).
Pero, para llegar a una conversión pastoral tenemos que tener la experiencia de una conversión personal. La conversión está en la base de la vida cristiana y en el centro del mensaje de Jesús, porque representa la apertura de la mente y del corazón del hombre para acoger la gracia divina de la salvación y de la santificación. No obstante, esta apertura de la mente y del corazón es, a su vez, un don de Dios. El hombre por sí solo no puede procurársela ni realizarla, sino que debe responder, dócilmente, a la acción estimulante del Espíritu Santo que transforma los corazones. Por eso, es necesario que pidamos esta gracia con humildad: «Conviértenos a ti, Señor, y nos convertiremos» (Lam 5,21); «conviértenos, Dios, Salvador nuestro» (Sal 84,5).
Este volver a Dios se traduce en actitudes nuevas y vitales de arrepentimiento, de deseos de reparación, de cambio de criterios y de conducta, siempre bajo la moción interna del Espíritu. En cierto sentido, la conversión es dejarnos ayudar por Dios, porque Él quiere contar con nosotros para redimirnos y transformarnos.
Transformarnos para transformar. La conversión es también condición previa para dar paso en nuestro interior a la alegría verdadera, es decir, la alegría que es gozo profundo, pero que se manifiesta también hacia fuera en el optimismo, en el buen humor, en la capacidad de acoger a los demás, y en la disponibilidad para ayudar a los necesitados y para compartir nuestros bienes. Solo, si estamos verdaderamente vueltos a Dios, convertidos a Él, oiremos con más claridad el clamor de los pobres y de los oprimidos. Nuestro pueblo tiene necesidad de que se le ayude a salir de la atonía, de la nostalgia inoperante y de la falta de esperanza.
Podemos preguntarnos, como San Ignacio de Loyola en el libro de sus Ejercicios Espirituales, cuando propone la contemplación de la cruz: «Cristo ha muerto en la cruz por mí. Yo ¿que he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? y ¿Qué estoy dispuesto hacer por Cristo?». Y ¿esta Cuaresma?
Que nuestra Madre, la Virgen María, nos acompañe en este itinerario hacia un nuevo y renovado encuentro con su Hijo en la alegría Pascual.
Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.
+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén