
Hay figuras en la historia de la Iglesia que parecen vivir adelantadas a su tiempo, como si en su interior resonara un futuro aún por formularse. John Henry Newman fue uno de esos hombres que caminaron por el siglo XIX con la mirada puesta en un horizonte que no vería plenamente, pero que él ya intuía con una claridad sorprendente. Cuando se leen sus libros o sus sermones uno tiene la impresión de estar escuchando, en voz baja, los primeros latidos del Concilio Vaticano II. A mediados del siglo XIX, cuando la Iglesia católica veía con recelo los vientos de la modernidad, un hombre comenzó a pensar que la fe cristiana no podía encerrarse en trincheras. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, no veía en la historia una amenaza, sino el espacio donde la verdad se despliega; no veía en la razón un adversario, sino un instrumento que purifica la fe; no veía en la tradición un archivo muerto, sino un organismo vivo. Su célebre sentencia “Vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado a menudo” no era un elogio del relativismo, sino una intuición profunda sobre el modo en que la Iglesia crece sin romper su identidad. A esa intuición la llamó “desarrollo doctrinal”: la idea de que la comprensión de la fe madura se expande, se hace más clara a lo largo del tiempo. Esa visión se convertiría más tarde en una de las claves hermenéuticas del Vaticano II, como subrayaría Benedicto XVI al señalar que Newman hizo posible conciliar continuidad y renovación.
Pero Newman no solo habló de doctrina. Fue también un precursor de una eclesiología que tardaría décadas en ser reconocida: la del protagonismo del laico. En una Iglesia marcada por un fuerte clericalismo, Newman se atrevió a afirmar que los laicos habían sido, en momentos decisivos, «los guardianes de la fe más fieles que el propio episcopado». Para él, el laico no era un actor pasivo, sino un cristiano llamado a transformar desde dentro la cultura, la educación, la política. Su defensa del sensus fidei (la capacidad espiritual por la cual todo el pueblo creyente, iluminado por el Espíritu Santo reconoce instintivamente la verdad de la fe) anticipó casi en un siglo la teología que inspiraría la visión de la Iglesia que desarrollarían los documentos del Concilio. Llegó incluso a escribir que deseaba «un laicado inteligente, que conozca su religión», frase que hoy parece extraída de una exhortación pastoral contemporánea.
Si la tradición era para Newman un río vivo, la conciencia era su manantial interior. Pocas expresiones resumen tanto su genialidad como aquella que provocó admiración y sospecha a partes iguales: “La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo”. No se refería a la autonomía absoluta del individuo, sino a la certeza de que en el corazón humano resuena una voz que no es propia, sino de Dios. El Vaticano II recogería al afirmar que el hombre descubre en su conciencia “una ley que no se dicta a sí mismo”. A través de Newman, la conciencia entraba definitivamente en el vocabulario teológico moderno, ya no como refugio subjetivo, sino como espacio de encuentro con la verdad.
Newman estaba convencido de que la fidelidad no consiste en inmovilismo, sino en apertura al Espíritu que actúa en la historia. “El Espíritu no ha dejado de hablar”, decía en uno de sus sermones. Esa convicción sería llevada al centro de la vida eclesial por Juan XXIII cuando convocó el Concilio y habló de aggiornamento, de actualización. La reforma que imaginaba Newman no destruía el pasado ni repetía mecánicamente lo recibido: lo hacía fructificar. Benedicto XVI encontró en él el mejor ejemplo de lo que llamó “hermenéutica de la reforma en la continuidad”.
Newman no vio el Concilio, pero el Concilio respiró Newman. Su influencia se percibe en la formulación de Dei Verbum, al concebir la Revelación como algo vivo; en Lumen Gentium, al subrayar la dignidad bautismal y la corresponsabilidad de todos los fieles; en Gaudium et Spes, al proponer una visión de la conciencia profundamente personal; en Apostolicam Actuositatem, al afirmar la misión activa del laico en el mundo. Juan Pablo II lo llamó “pionero del diálogo entre fe y razón”, y Francisco subrayó su capacidad para evangelizar desde la cercanía y la escucha. León XIII, al hacerlo cardenal en 1879, selló con una frase su lugar en la historia: «He deseado honrar a la Iglesia inglesa en la persona del hombre más sabio».
Hoy, en un tiempo marcado por cambios vertiginosos y tensiones dentro y fuera de la Iglesia, Newman vuelve a ser un compañero necesario. Sus palabras resuenan con la misma frescura con la que fueron escritas, recordando que el secreto de toda renovación auténtica es escuchar la verdad antigua con oídos nuevos. En su obra laten los primeros signos de aquel Concilio que él no pudo ver, pero que lo reconoció silenciosamente como uno de sus maestros. Newman sigue siendo, en el fondo, una brújula: no para volver al pasado, sino para atravesarlo y descubrir, en su interior, la semilla de lo que todavía está por nacer.
Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía
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