Ante la exclusión, trabajo decente
Queridos feligreses:
Con motivo de la memoria litúrgica de san José Obrero, la Iglesia quiere estar cercana al mundo del trabajo. Con esta celebración, recordamos que Jesús nos enseñó que su Padre del cielo trabaja siempre (Jn 5, 17), y que Él mismo, Hijo de Dios, aprendió del esposo de la Virgen María, en el humilde hogar de Nazaret, a trabajar con sus manos.
De esta forma, el Señor nos enseña a santificar, a través de la redención, en sus días de vida oculta, el trabajo cotidiano como una ocasión preciosa para que Dios sea conocido y amado a partir de las obras que nacen de nuestras manos. Esta forma de trabajar de Jesús, que queremos imitar los cristianos, contrasta con la cultura del éxito que propugna la mentalidad individualista, muy lejana a la búsqueda del bien común. Para los cristianos, el valor del trabajo no se mide exclusivamente por la remuneración por la actividad física o intelectual, sino que el trabajo adquiere una trascendencia más profunda, porque afecta a la dignidad de la persona, porque es el modo con el que, cada persona plasma su vocación de ser “imagen de Dios” que crea y hace crecer.
Sin embargo, el pecado original, que se ha introducido en las relaciones sociales, hace que el trabajo esté marcado también por las ofensas a la ley de Dios: “No explotarás al pobre” (Dt 24,14). Desgraciadamente, nuestra humanidad sigue sin oír el llanto de los pobres, y de quienes, aun teniendo un puesto de trabajo, son incapaces de satisfacer las necesidades de su familia, impidiéndoles generar una cultura de la vida por el miedo a las condiciones desfavorables. Este silencio de la sociedad afecta aún más cuando un trabajador fallece en su puesto, porque no se han arbitrado las medidas oportunas para que la precariedad laboral deje de ser una losa para la seguridad, ya sea por irresponsabilidad o por falta de formación adecuada.
La Iglesia está preocupada por la degradación paulatina de las condiciones en el mundo del trabajo por causas como esa precariedad, o por la temporalidad, o la difícil conciliación o la imposibilidad de acceder a viviendas para dar estabilidad familiar. Otro de los problemas acuciantes es la situación de los migrantes quienes, sin tener seguridad jurídica, desempeñan una labor imprescindible en nuestra sociedad, ocupando los trabajos que nadie quiere asumir. La falta de regulación hace que su trabajo sea considerado “invisible” para poder recibir la prestación que debería corresponderle.
Y, especialmente preocupante es el problema de la siniestralidad laboral, tema que personalmente no alcanzaba a comprender su alcance hasta que la Delegada de pastoral del trabajo de la Diócesis de Sevilla me abrió los ojos contándome las tremendas cifras de accidentes, ya fueran graves, o peor aún, mortales. En nuestra diócesis, el año pasado murieron 7 personas en accidentes laborales, y en este trimestre han fallecido 3 personas; mientras que los accidentes de gravedad fueron 31. Por eso, invito a todos los que reciban este mensaje, a que caigan en la cuenta de que, cada vez que reciban la triste noticia de un accidente o una muerte, sepan que hay un rostro y una familia que se encuentra desamparada, y que, como comunidad cristiana, estamos llamados a protegerles y ofrecerles nuestra ayuda, la que podamos, además de nuestro consuelo.
No podemos resistirnos a contar, impávidos o indolentes, el número que vaya a engrosar esta negra lista, sino que debemos preocuparnos en mejorar las condiciones del trabajo y apostar por la formación con el fin de ofrecer una seguridad imprescindible en el desempeño de su vocación. Pero, desgraciadamente, cuando sucedan estas tragedias, debemos prepararnos para estar cerca de ellos y de sus familias, para que no se encuentren desamparadas. Nuestra mano tendida debe ser expresión de la mano de Cristo, que se acerca a los pobres para que recobren la esperanza.
La Iglesia tiene también la misión de alzar su voz, como los profetas, para pedir condiciones laborales dignas, e invita a quienes son responsables de la promoción del trabajo a que promuevan condiciones más seguras y faciliten un trabajo decente. Necesitamos una cultura de los cuidados que fortalezca la confianza en el mundo laboral, también para quienes se esfuerzan por conseguir trabajo, arriesgando sus recursos y conocimientos.
Ojalá que esta celebración nos ayude a tomar conciencia a buscar consensos que ayuden al bien común de la mejor calidad del trabajo, para la seguridad de todos. Que San José, obrero, cuide de nuestros trabajadores y nos ayude a valorar el trabajo decente, para erradicar la exclusión y hacer una familia en la que nos cuidemos entre todos.
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