La Pastoral Vocacional, en colaboración con la Vicaría Episcopal para la Vida Consagrada y las delegaciones diocesanas de Familia y Vida, Misiones, Pastoral Juvenil y Universitaria, ha organizado el próximo 11 de abril la Jornada del Buen Pastor, un encuentro en el Seminario Metropolitano de Sevilla para toda la familia bajo el lema ‘Para el Señor en los hermanos’.
Se trata de una actividad relacionada con la celebración de otras dos jornadas mundiales: la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y la Jornada de la Obra Misional Pontificia de San Pedro Apóstol, conocida como Jornada de Vocaciones Nativas, que tienen lugar el 26 de abril.
El objetivo de esta convocatoria organizada para toda la Archidiócesis “es abrir el horizonte del fenómeno vocacional y descubrir que todos tenemos una vocación concreta; todos somos vocación. La cuestión está en preguntar al Creador de tu vida para qué te creó, cuál es el molde perfecto de tu corazón”, destacan los organizadores.
La Jornada del Buen Pastor se iniciará a las diez y media de la mañana con la recepción de los participantes. Tras media hora de adoración en la capilla mayor del Seminario y el rezo de Ángelus, tendrá lugar la presentación de los ponentes.
Llamada universal a la santidad
La primera experiencia vocacional está prevista desde las doce y media a las dos y media de la tarde, a cargo de Álvaro Quesada y Carla Restoy, que versará sobre ‘Cuerpo y alma, expresión del amor que la Trinidad profesa a la humanidad, su creación más excelsa’. Posteriormente será el testimonio de las Hermanas Pobres de Santa Clara, una fraternidad de consagradas con sede en Murcia “que viven desde la sencillez” su carisma. El objetivo de este primer bloque, que lleva por nombre ‘llamada universal a la santidad’, es profundizar “en el hombre y la mujer que han sido creados como un ser a la vez corporal y espiritual. En este sentido, conocer estas realidades se convierte en la piedra angular de todo proceso de santificación”.
La vocación, diversidad de medios para alcanzar el mismo fin
A las cuatro de la tarde intervendrá la pareja de novios conformada por Alberto Mateo y María Luisa Torralba, junto al seminarista Javier Juárez. Seguirá la experiencia matrimonial de Teresa García y Antonio Morillo junto al sacerdote Pablo Guija, delegado diocesano de Pastoral Universitaria.
La Jornada del Buen Pastor concluirá con la celebración eucarística a las seis y veinte de la tarde. Puede inscribirse a través del siguiente enlace.
El sacerdote Manuel Jiménez, delegado diocesano de Juventud, ha agradecido a Dios por estos días “de oración, encuentro y fraternidad”, donde han podido celebrar la Pascua con los jóvenes “en el seno de una comunidad parroquial”.
“Ha sido una experiencia del paso del Señor por nuestra vida. Estos días nos han permitido vivir la Pascua desde la profundidad, el compromiso y la misión”.
Agradeció también la implicación del Seminario Metropolitano de Sevilla y de la Delegación de Pastoral Universitaria. Durante esta nueva edición de la Pascua Joven, los participantes dedicaron tiempo a la oración y a la formación, además de celebrar juntos el Triduo Santo y realizar distintas prácticas piadosas.
Durante la clausura de la Pascua Joven el pasado Domingo de Resurrección, los jóvenes se unieron en oración para dar gracias al Señor por su cruz, entrega y salvación. Agradecieron especialmente el servicio de las parroquias que los han acogido: San Juan Bautista y Los Sagrados Corazones de San Juan de Aznalfarache. “Por sus laicos comprometidos, su diácono y la vida consagrada. Testimonio vivo de que Cristo resucitado habita en ellos y quiere seguir haciéndose presente”.
El Colegio Vedruna Nuestra Señora del Carmen de San Fernando será la sede del Encuentro Diocesano de Juventud 2026, que se celebrará el próximo 25 de abril a partir de las 17.00 horas. La cita está dirigida a jóvenes de entre 16 y 30 años y contará con la presencia del administrador apostólico de la diócesis, Mons. Ramón Valdivia.
El encuentro dará comienzo con el saludo inicial de Mons. Valdivia, quien se dirigirá por primera vez a los jóvenes participantes. A continuación, tendrá lugar una charla-testimonio a cargo de las Hermanitas del Cordero, una comunidad de vida consagrada caracterizada por su estilo de vida peregrino, orante y pobre, inspirado en las figuras de santo Domingo y san Francisco. Su misión se centra en acercarse a los más necesitados y anunciar el Evangelio desde la sencillez, la oración y la vida fraterna en pequeños monasterios abiertos a la acogida.
Tras la intervención, los asistentes podrán dialogar con las religiosas y plantearles preguntas. Después de un breve descanso, se desarrollarán talleres rotativos enfocados en las tres grandes vocaciones dentro de la Iglesia: el sacerdocio misionero, el matrimonio y la vida consagrada.
El programa incluirá también un tiempo de adoración ante el Santísimo, ofreciendo a los jóvenes un espacio de recogimiento y oración. A las 20.30 horas se celebrará la Eucaristía, presidida por el administrador apostólico, como momento central del encuentro.
La jornada continuará con una cena en la que se habilitará una barra con precios populares. La recaudación se destinará a las necesidades de la Delegación de Juventud. Finalmente, el encuentro concluirá a las 22.00 horas con una Vigilia de Oración dirigida por las Hermanitas del Cordero.
La inscripción tiene un coste de 3 euros, destinados a cubrir los gastos organizativos, y podrá formalizarse hasta el próximo 17 de abril.
El pasado día 22 de marzo, la Institución Teresiana de Linares acogió, como cada año, a un grupo de internos de la Cárcel “Jaén II” y a voluntarios de Pastoral Penitenciaria de la Diócesis de Jaén.
La mañana se inició con una visita por el rico patrimonio minero de esta ciudad, magistralmente expuesto por Isaac, miembro de la Institución Teresiana de Linares y que, por diferentes minas, nos hizo un recorrido alegórico de nuestro camino cuaresmal y así iniciamos con el símbolo del agua en la mina donde se lavaba el mineral extraído, el agua viva de la samaritana vino a nuestra mente. Continuamos adentrándonos con linternas en la intensa oscuridad de una galería de estas minas y dentro se apagaron las luces…nos hicimos conscientes en qué situación de oscuridad podían llegar a trabajar aquellos hombres mineros de inicios del siglo XX . Al salir, la luz que rompía nuestras miradas nos recordó al ciego de nacimiento curado por Cristo de su ceguera.
Finalizamos la mañana en la mina de S Vicente, donde tras un accidente, fallecieron 6 mineros que reposan en su profundidad de más de 1000 metros y que quedaron en ese fondo sin poder ser rescatados hace ya casi 60 años. Allí, la oración y el silencio nos trajo la muerte y resurrección de Lázaro, como signo de la salvación y vida de Jesús
Ya en el Centro Cultural Pedro Poveda de Linares, se degustaron unas magníficas migas con sus “avíos” que a todos y sobre todo a los internos le supieron a gloria.
El café compartido en el patio fue el momento para presentaciones, experiencias, situaciones vividas por cada uno y…la llegada de algunos familiares de los internos de la cárcel que cautivaron de emoción a todos los participantes
La pareja de uno de los chicos, antigua alumna del colegio de Teresianas “Pedro Poveda” de Jaén, nos relató emocionada cómo vivía la presencia de Poveda entre los gitanos de las cuevas de Guadix o acogiendo a los niños de la calle de Madrid y cómo sentía que ese tarde lo estaba experimentando en la acogida de la Institución Teresiana a los presos de la cárcel. La emoción de esta antigua alumna embargó a todo el grupo y a partir de ahí nos reconocimos todos como comunidad que acoge a Cristo en los últimos de nuestra sociedad y cómo la comunidad es la que mantiene la Esperanza a pesar de tantas noticias de guerra y desamparo como nos rodean
La Eucaristía celebrada por el sacerdote J González, salesiano capellán de la cárcel, puso el broche de oro y supuso la Acción de gracias por todo lo compartido en esta jornada. Una vez más desde la Pastoral Penitenciaria se hizo patente la presencia de Cristo servidor entre los muros de una cárcel acompañando a los hijos de Dios más estigmatizados de nuestra sociedad.
Su testimonio y el de los familiares que los acompañaban nos hicieron experimentar el rostro de Dios que late y brilla en el interior de cada persona. También en los presos de una cárcel.
El administrador apostólico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, Mons. Ramón Valdivia, ha protagonizado este año su primera Semana Santa al frente de la diócesis, marcada por una intensa agenda de celebraciones litúrgicas y un notable acercamiento a las hermandades y cofradías tanto de Cádiz como de Ceuta.
Los primeros días de la Semana Santa, Mons. Valdivia los vivió en la ciudad autónoma de Ceuta, donde presidió diversas celebraciones, participando activamente en los actos iniciales de la Semana Santa ceutí. Posteriormente, se trasladó a Cádiz, donde desde el Miércoles Santo encabezó los principales cultos de la Semana Mayor gaditana.
Durante su estancia en la capital gaditana, el prelado presidió el Triduo Pascual en la Catedral. En la tarde del Jueves Santo, ofició la Misa de la Cena del Señor, uno de los momentos más significativos del calendario litúrgico, en la que llevó a cabo el tradicional lavatorio de los pies a varios seminaristas y fieles, gesto que simboliza la humildad y el servicio.
Al día siguiente, Viernes Santo, presidió la celebración de la Pasión y Muerte del Señor, también en la Catedral, en un ambiente de recogimiento y solemnidad. La noche del Sábado Santo estuvo marcada por la celebración de la Solemne Vigilia Pascual, mientras que el Domingo de Resurrección culminó su participación con la Misa Pontifical de la Resurrección del Señor.
Tras esta última ceremonia, Mons. Valdivia acompañó durante todo su recorrido al cortejo de la Hermandad de Columna, en una jornada que congregó a numeroso público en las calles de Cádiz.
La presencia del administrador apostólico durante esta Semana Santa ha sido ampliamente valorada por las hermandades y cofradías de ambas ciudades. Su cercanía se ha hecho patente tanto en los actos oficiales —desde la tribuna o en el interior de la Catedral— como a pie de calle, donde no dudó en presenciar diversos desfiles procesionales.
Esta primera Semana Santa ha supuesto, así, una oportunidad para el encuentro directo entre Mons. Valdivia y el tejido cofrade de la diócesis, reforzando los lazos en una de las celebraciones más arraigadas y significativas del calendario religioso.
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El pasado Lunes Santo, un buen grupo de chavales de Confirmación de nuestra parroquia, acompañados por sus catequistas, su párroco, algunos padres y también otros jóvenes algo mayores, disfrutaron de una bonita jornada de convivencia en Jaén para vivir de cerca el ambiente de la Semana Santa.
Fue un día muy completo, de esos que mezclan perfectamente la fe, la convivencia, el descubrimiento, las risas y también el buen rato compartido entre todos.
La mañana comenzó con la visita al Camarín de Nuestro Padre Jesús, el popular “Abuelo”, uno de los lugares más emblemáticos y queridos de la ciudad. Allí pudimos detenernos un momento, rezar y acercarnos a una devoción tan arraigada en la fe del pueblo.
Después visitamos la Catedral de Jaén, donde tuvimos la oportunidad de ver ya preparados los pasos de la cofradía de la Buena Muerte, algo que impresionó bastante a los chavales y que nos ayudó también a hablar del sentido profundo de todo lo que celebramos estos días.
Uno de los momentos más especiales de la jornada fue, sin duda, la visita al convento de las Hermanas Clarisas. Allí pudimos hablar con ellas, hacerles preguntas y conocer un poco mejor cómo es su vida. Para muchos de los chavales era la primera vez que veían de cerca a unas monjas de clausura, así que fue una experiencia muy curiosa, cercana y enriquecedora.
Después de la comida, llegó el momento de meternos de lleno en el ambiente del Lunes Santo jiennense. Pudimos asistir a la salida de la procesión de Caridad y Salud, después a la del Despojado y la Virgen de la Amargura, y más tarde, dando un paseo por la ciudad, también nos encontramos con la procesión de La Sentencia, que además se estrenaba este año, y con la de Los Estudiantes, con la que prácticamente pusimos el broche final al día.
Más allá de todo lo que vimos, lo más importante fue poder compartir juntos una jornada distinta, bonita y muy propia de estos días santos. Para los chavales fue una oportunidad de vivir la Semana Santa no solo como espectadores, sino también como una experiencia de Iglesia, de amistad, de fe y de descubrimiento.
Sin duda, fue un día de esos que dejan buen recuerdo… y que también ayudan a seguir creciendo en el camino de la fe hacia la formación del grupo Kairós para nuestra parroquia y todos esos jóvenes que tienen ganas de más.
La Hermandad posee además como titular la reliquia del Lignum Crucis, venerada en los cultos y portada por un hermano en la procesión del Martes Santo
El Cristo del Calvario es una talla realizada en 1642 por Sebastián de Venegas para la antigua ermita del Calvario, situada en la parte alta del pueblo. La imagen, que poseía los brazos articulados para el Auto del Descendimiento en la tarde del Viernes Santo, procesionaba originalmente como crucificado y recibía culto como yacente en dicha ermita.
A lo largo del siglo XIX fue trasladada a la Parroquia de Nuestra Señora de la Purificación, donde ocupó distintos altares: la capilla bautismal, la ermita del Dulce Nombre y el retablo de Ntra. Sra. de las Angustias (antiguo retablo de Ntra. Sra. del Rosario). Actualmente se venera en la capilla del Sagrario.
En 1942 se refunda la Hermandad y, en 1948, se acomete una profunda remodelación del paso, incorporando la antigua imagen de San Dimas y encargando la hechura del mal ladrón a Federico Coullaut Valera. El nuevo conjunto se estrenó en la Semana Santa de 1949, procesionando hasta 1975 en la noche del Viernes Santo.
En 1976 se incorpora la imagen de Ntra. Sra. del Consuelo, donada a la Hermandad y bendecida el 26 de febrero, Jueves Lardero de ese mismo año. Desde entonces, la cofradía pasa a realizar su estación de penitencia en la tarde-noche del Martes Santo, consolidando una nueva jornada en la Semana Santa local.
La Hermandad posee además como titular la reliquia del Lignum Crucis, venerada en los cultos y portada por un hermano en la procesión del Martes Santo.
Los cultos principales se celebran en la semana previa a la Cuaresma, comenzando el Jueves Lardero y culminando con la Función Principal el Domingo de Carnaval, destacando el altar de cultos en el altar mayor y la participación de la Schola Cantorum Santa Cecilia. Asimismo, el domingo posterior a la festividad de Todos los Santos se celebra la Función de Ntra. Sra. del Consuelo, con solemne besamanos en la capilla del Sagrario.
El carácter serio y recogido del Martes Santo constituye su principal seña de identidad. Destaca el Vía Crucis del Viernes de Dolores para el traslado de las imágenes a la Casa Hermandad, acto de profundo recogimiento. El Cristo es portado a hombros por sus hermanos, mientras la Virgen procesiona en un paso de palio de inspiración clásica, iluminado por varales con tulipas.
También desde hace unos años tiene de titular gloriosa a la Virgen del Carmen, Imagen que se venera en la capilla de Animas, actualmente capilla del Santo Sepulcro, en su propio retablo. El 16 de Julio se celebra la Función de Ntra. Sra. del Carmen, en el altar mayor, donde se coloca la Imagen en los días previos a su festividad.
Desde mediados de los años ochenta, la Hermandad ha experimentado un notable crecimiento, incrementando el número de hermanos y enriqueciendo su patrimonio. Sus pasos procesionales, portados por treinta costaleros cada uno, van acompañados por un amplio cortejo de nazarenos e insignias de gran valor artístico y devocional.
«Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10).
Queridos fieles diocesanos: Cada año la Iglesia vuelve a la aurora del primer día de la semana. Las mujeres caminan hacia el sepulcro todavía con el corazón herido por la cruz, llevando aromas para un cuerpo que creen vencido por la muerte. Sin embargo, lo que encuentran no es un cadáver que venerar, sino una tumba abierta y una palabra que cambia el destino del mundo: «Ha resucitado. No está aquí». Jesucristo, el Crucificado, vive para siempre, y su Resurrección inaugura para el mundo una vida nueva; con Él ha nacido para la humanidad una paz que el mundo no puede dar ni arrebatar, la paz del sepulcro vacío, que nos abre a todos el horizonte como renacidos para la Vida.
En la Vigilia Pascual, la liturgia nos invita al más profundo gozo porque, por la resurrección de Jesucristo, «se une el cielo con la tierra, lo humano con lo divino». Cristo resucitado, «como lucero matinal, brilla sereno para el linaje humano, y vive glorioso por los siglos de los siglos». «Goce, pues, la tierra inundada de tanta claridad y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero» (Pregón Pascual de la Vigilia de Resurrección); así, todo queda transfigurado por la luz pascual, iluminados y recreados como hijos llamados a la Vida.
Como bien conocéis, Pascua significa «paso». Se trata del paso del Señor de la muerte a la vida; se trata, también, del paso del Señor entre nosotros rompiendo las ataduras del pecado y de la muerte: «Si por un hombre vino la muerte, Adán; por un hombre-Cristo Jesús ha venido la resurrección; si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida» (1Cor 15,22); se trata, en definitiva, de la vida de Cristo que se desborda sobre todos aquellos que se acercan con fe al Crucificado-Resucitado acogiéndolo en su vidas como su Señor y Maestro. Este tiempo es una invitación a vivir en plenitud; a sembrar vida en nuestro alrededor; a defender la vida como don precioso del Creador, llamados a ser sembradores de Vida.
Por todos lados se nos habla de bienestar, de progreso, de calidad de vida; sin embargo, al mismo tiempo, crece silenciosamente un fenómeno inquietante como es la soledad, la confusión o la falta de sentido. Son innumerables las personas que, aun teniéndolo casi todo, en lo material, experimentan un vacío profundo como si les faltara aquello que plenifica su vida. Porque, en el fondo, lo que escasea no son los bienes ni las oportunidades, sino una razón sólida y concreta para vivir, un fundamento que sostenga el alma en medio de las tormentas. Así, el hombre contemporáneo corre el riesgo de tenerlo todo al alcance de la mano y, sin embargo, caminar sin rumbo, como quien avanza sin saber hacia dónde, con el alma sedienta de algo que ni el consumo ni el éxito logran saciar. Queremos felicidad y progreso, pero la cultura de la muerte pone en cuestión el derecho fundamental a existir precisamente de quienes encarnan la esperanza del mañana. Reclamamos comprensión, respeto y tolerancia, pero, cuando descendemos al terreno concreto de la vida diaria, surge una contradicción dolorosa: el valor de la persona parece medirse por su utilidad. Aquellos que no encajan en nuestros planes, que no aportan según nuestros criterios o que simplemente incomodan, corren el riesgo de ser relegados, ignorados o descartados, como si no fueran dignos de la Vida.
Como nos ha recordado el papa León XIV, en el inicio de su pontificado: «en nuestro tiempo, vemos aún demasiada discordia, demasiadas heridas causadas por el odio, la violencia, los prejuicios, el miedo a lo diferente, por un paradigma económico que explota los recursos de la tierra y margina a los más pobres» (Inicio del ministerio petrino, 18 de mayo de 2025). ¿Nos queda alguna esperanza que no nos defraude? La respuesta es sí, y se llama Jesús de Nazaret. Su resurrección nos enseña la verdadera dignidad del hombre: no somos pura materia, somos hijos de Dios que encierran la semilla de la eternidad en el alma, conseguida con su pasión y muerte. No hemos sido creados para yacer postrados, sino para hacer, hacer obras grandes y comprometidas, transidas por el amor, llamadas a engendrar Vida. Esta vida nueva que anhelamos no es una ilusión ni un ideal reservado para unos pocos. Es una realidad viva, concreta, que ya ha comenzado a ser derramada sobre nosotros. No estamos condenados a esperar pasivamente; podemos participar de ella aquí y ahora, porque Dios mismo se nos comunica sin cesar a través de los sacramentos. En ellos, y de manera eminente en la Eucaristía, esa vida divina no solo se promete, sino que se nos entrega verdaderamente. «Aquesta eterna fonte que deseo, en este pan de vida yo la veo; aunque es de noche», como cantó San Juan de la Cruz. En este misterio aprendemos a beber de la fuente y a vivir como quienes se alimentan de la Vida.
Por nuestra parte, ante tanta grandeza y misericordia recibidas, no cabe una respuesta tibia ni superficial, sino una adhesión firme, visible y constante, coherente con la fe que profesamos y confesamos con los labios. La vida cristiana no puede quedar reducida a un puro sentimentalismo o a una intimidad sin fruto; está llamada, por su propia naturaleza, a irradiar luz. Como nos exhorta el Señor: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Esa luz no es otra cosa que el testimonio concreto de una fe encarnada en la vida diaria, hecha obras de caridad, justicia y verdad; que nos convierte en reflejos de la Vida. Ser cristiano implica, por tanto, asumir con responsabilidad y determinación la promoción de una auténtica cultura de la vida. La dignidad de la persona «es un valor intrínseco que exige ser reconocido, protegido y promovido en toda circunstancia. Por ello, la respuesta verdaderamente humana ante el sufrimiento no puede ser provocar la muerte, sino ofrecer cercanía, acompañamiento, cuidados adecuados y apoyo integral» (Nota de la Subcomisión para la Familia y Defensa de la Vida, 26 de marzo de 2026). Se trata de un compromiso real y exigente: defender la vida humana en todas sus etapas, custodiar su dignidad en cada circunstancia, y alzar la voz —con caridad y claridad— allí donde esta se vea amenazada o despreciada, comprometiéndonos sin reservas como defensores y custodios de la Vida. El apóstol nos lo recuerda con fuerza: «Arrimemos nuestro hombro a las cargas de los demás» (Gál 6,2). Este mandato adquiere hoy una urgencia particular ante el sufrimiento, la soledad, la pobreza y la incertidumbre que pesan sobre tantos de nuestros hermanos. No podemos permanecer indiferentes ni refugiarnos en una cómoda pasividad; el amor cristiano es siempre activo, creativo y sacrificado. No sería coherente llamarnos cristianos si, ante las heridas de nuestro tiempo, optáramos por cruzarnos de brazos o mirar hacia otro lado. La fe verdadera nos inquieta, nos saca de la comodidad y nos envía al encuentro del otro, especialmente del más frágil, haciéndonos cirineos de la Vida.
La Virgen María, nuestra Madre, es para el mundo entero «fuente de vida» porque nos dio a Jesús, el verdadero y único pan de vida con el que los fieles nos alimentamos. En nuestra geografía diocesana, casi todas las imágenes que la representan sostienen en su regazo la imagen del Niño Jesús ofreciéndonoslo como único «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6) Acojamos su don e imitemos su actitud de apertura a la vida de Dios y al deseo de felicidad de los demás (cf. Lc 1,39), aprendiendo de ella a ser centinelas de la Vida.
Que al contemplarla e imitarla en su coherencia con el evangelio, seamos testigos del Dios vivo, del Dios de la vida, para «decirle al mundo, con humildad y alegría: ¡mirad a Cristo! ¡Acercaos a Él! ¡Acoged su Palabra que ilumina y consuela! Escuchad su propuesta de amor para formar su única familia: en el único Cristo nosotros somos uno» (León XIV, 18 de mayo de 2025), para que seáis «irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como antorchas en el mundo» (Flp 2,15), como testigos fieles de la Vida. Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.
+ Sebastián Chico Martínez Obispo de Jaén
Jaén, 25 de marzo de 2026 Solemnidad de la Anunciación del Señor
Con una Misa Pontifical con bendición apostólica e indulgencia plenaria terminó la Semana Santa en la Catedral de Guadix. Y lo hizo con alegría y con una procesión claustral con la custodia y la imagen del Facundillo, que representa la Resurrección del Señor. La imagen del hombre nuevo resucitado se expresa, como en tantos lugares de la diócesis, con la imagen de un Niño Jesús, signo de la nueva vida de Cristo tras su resurrección.
En esta celebración, el obispo de Guadix invitó a vivir la alegría de la Resurrección del Señor. Monseñor Francisco Jesús Orozco, en la homilía, recordó que la Resurrección de Cristo es el anuncio central de la Pascua y destacó que la Resurrección no es una esperanza futura, sino un hecho ya cumplido, que cambia la vida de los creyentes. A partir de las lecturas, invitó a vivir la fe como un encuentro real con el Resucitado, especialmente en la Eucaristía, y a dar testimonio de ello con la palabra y con la vida.
También afirmó que la Resurrección de Jesús no es un mito, sino un acontecimiento histórico respaldado por los testimonios evangélicos, con María Magdalena como primera testigo. Recordó además que las apariciones del Resucitado transformaron a los discípulos, que pasaron del miedo a anunciar públicamente el Evangelio y a entregar su vida por Cristo.
Y animó a vivir desde la Resurrección del Señor: “Vivamos la vida resucitada desde ya; seamos hijos de la Resurrección y no del sepulcro. Vivamos en la gracia de Dios, gocemos de ser cristianos, de ser hijos de la Iglesia, de celebrar la Eucaristía, de vivir la vida de Cristo… Vivamos como resucitados, llevemos esperanza donde hay tanta muerte y tanta desesperanza: a las tumbas de nuestro tiempo, la guerra, los atentados contra la dignidad de la vida en el aborto, en la eutanasia, tantas familias rotas, tantos jóvenes en la droga, esclavos de la pornografía. Seamos luz en medio de la oscuridad”.
En la homilía, hizo alusión a la tradición del Facundillo, recuperada por la Hermandad de los Favores. Con esa imagen del Niño Jesús, procesionada el Domingo de Resurrección, se anuncia que Cristo ha resucitado, ha nacido a la vida nueva de la resurrección. Es así como se expresa la Resurrección del Señor en la mayor parte de los pueblos de la diócesis de Guadix, donde también se sacan imágenes del Niño Jesús en las procesiones del Encuentro. Se trata de una tradición que se recupera ahora en la ciudad accitana con la procesión del Facundillo al final de esta Misa.
La celebración terminó con la bendición apostólica con indulgencia plenaria y con la procesión del Facundillo y del Señor expuesto en la custodia, que recorrieron las naves laterales de la Catedral. Una bendición que invita a “ser signo de la mañana de Pascua en un mundo que a veces parece vivir en la noche”, como recordó el obispo.
Antonio Gómez Delegado diocesano de Medios de Comunicación Social. Guadix
Se ha cumplido lo anunciado, Jesús resucitó de entre los muertos y venció al mundo. Él es el creador del cielo y de la tierra, y de todo lo que hay en ella. Creador de todo y no creado por nadie. Él se sacrificó para ofrecernos otro camino, para salvarnos del pecado y que podamos seguirlo a Él. Con su sacrificio, nos ofreció el camino de la Verdad y la Vida Eterna, y sembró con su misericordia un tesoro en nuestros corazones: el Amor verdadero. Podemos elegir ese amor, o no, podemos hacer que ese fuego siempre esté vivo en nuestros corazones, o no, podemos hacer que ese fuego nunca se apague e ilumine nuestra alma. El alma, es de Dios y necesita a Dios, necesita que el amor siempre lo mantengamos vivo; pues como nos enseñó San Agustín: “Nunca se es más libre que cuando se depende de Dios”; no podemos ser libres sin Él.
Ese amor infinito de Dios se encuentra en cada una de las almas sin excepción, porque el alma no entiende de status, de razas, de países, de riquezas o de pobrezas. El alma está libre de categorías, es lo más puro que existe. Dios está ahí, en esa morada, esperando pacientemente a ser amado, a que lo elijamos. De esta forma, Dios se hace presente en el prójimo, y amar al prójimo es por lo tanto amar a Dios; amar al Amor que reside en ese corazón, en esa alma.
A través del amor, Él nos enseñó la esencia de la vida, nos mostró el camino a seguir para hacer presente el Reino de Dios en medio de su pueblo; y para que llegado el día pueda decirnos al fin de nuestra vida terrena y al fin de los tiempos: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”. (Mateo 25:34-46)
Todos somos uno. Si lo amamos con todo nuestro corazón y no deseamos nada más sino a Dios, nos atraerá hacia Él a través de la caridad. Cuando descartamos, juzgamos y categorizamos, estamos haciendo un acto muy mundano, pues si Dios es el Padre de todas las almas y está en cada uno de nosotros, estaríamos descartando al Dios mismo.
Resucitémoslo en nuestros corazones, porque el alma necesita a Dios para ser libre y el corazón necesita el amor de Dios para estar vivo. Hoy tenemos esa oportunidad; la oportunidad de evitar que Dios sea, el Amor no Amado.
Lola Ruiz, Directora de Cominicación de Cáritas Diocesana de Almería
-Imagen: Mur des Je t’aime (El muro de los te amo) en París. Obra de Fréderic Baron y Claire Kito.