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Jueves Santo, la cena

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Cada día de la Semana Santa en diálogo con María, a través de la obra del sacerdote Alfonso Crespo “La Pasión desde una mirada femenina”.

-Madre, permíteme que siga preguntándote. Dime, ¿qué recuerdo de aquella tarde de Jueves Santo está más vivo en tu corazón? ¿Fuiste tú quien dispuso la mesa, con las otras mujeres, prendidas en el amor del perdón y discípulas de tu Hijo? ¿Cómo dispusiste para tanto comensal una mesa tan estrecha? Abriste los ojos de sorpresa, cuando al levantarse tu Hijo, le dirigiste la mirada suplicante: ¿qué falta en la mesa? Nada… respondería Jesús, estrechando tus manos. Y cogiéndote la toalla se la ciñe, y pide una palangana con agua… Y se inclina a lavar los pies de sus discípulos, y se los seca y los besa… Pero aún el Maestro nos sorprende. Después de hablar de traición, de mirar a Judas cara a cara… toma el pan y lo bendice, y lo ofrece siempre multiplicado, repartido para todos, Pan de Vida: «¡Tomad y comed, esto es mi Cuerpo!». Y estrechando el cáliz, con las manos y la fe en Dios Padre, saborea el vino y susurra, como una súplica: «¡Tomad y bebed, es mi Sangre, que será derramada por vosotros!».

Homilía de Mons. Satué en la Misa Crismal

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Queridos hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos y seminaristas, laicas y laicos:

La Misa Crismal es, para mí, una de las celebraciones más intensas de todo el año litúrgico. Me gusta prepararla despacio: con la lista de sacerdotes y diáconos delante, rezando por cada uno, y con el Misal abierto, releyendo sus comentarios y oraciones. «El obispo –dice el Misal– ha de ser tenido como el gran sacerdote de su grey, del cual se deriva y depende, en cierto modo, la vida de sus fieles en Cristo. La Misa Crismal… ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo y como un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él».

Me sobrecogen estas palabras al recordar la grandeza de la misión que Dios me ha confiado, que contrasta con mis muchas limitaciones y pecados. Me consuela, sin embargo, saber y experimentar que el Espíritu de Dios guía a esta Iglesia particular de Málaga más allá de mis pobrezas. Me conforta también sentir vuestra acogida, cercanía y disponibilidad, queridos sacerdotes, laicos y consagrados. Porque, aunque a veces me sienta desubicado, cuando os miro percibo, cada vez con más fuerza, que sois mi familia, mi pueblo; un gran presbiterio, una gran Diócesis, con un precioso patrimonio espiritual, a la que deseo entregar lo mejor de mí.

Y después de la confesión personal, quisiera dirigirme especialmente a vosotros, mis hermanos sacerdotes, que hoy vais a renovar vuestras promesas, respaldados por esta amplia representación de fieles, que hacen presentes a las comunidades donde vivís la fe y ejercéis el ministerio. Os invito, queridos hermanos, a acoger la Palabra de Dios que hemos proclamado. Al meditarla, me venían al corazón las tres actitudes con las que comencé mi ministerio episcopal entre vosotros el pasado 13 de septiembre.

Primera actitud: humildad.

Queridos hermanos, Cristo es el “testigo fiel”, el “Alfa y la Omega”, como afirma el libro del Apocalipsis. Nosotros, en cambio, no somos otra cosa que mensajeros vacilantes, letras diminutas en el alfabeto de la historia de la salvación; letras pequeñas, sí, pero que pueden ser preciosas. Haber sido redimidos no nos libra de nuestra pequeñez; más bien nos permite reconocerla con lucidez e integrarla con acierto en nuestra vida.

Con la sabiduría popular que lo caracterizaba, san Manuel González decía a los sacerdotes: “El cura, como el hombre, está hecho del mismo barro de que se han hecho los hijos de Adán. Y una larga y triste experiencia demuestra que es un barro bastante frágil y quebradizo” (Lo que puede un cura, 1629)

Por su parte, el papa León XIV nos ha recordado recientemente la importancia de acoger y nombrar nuestra vulnerabilidad. Decía a los sacerdotes el pasado 27 de junio: «No le teman a su fragilidad: el Señor no busca sacerdotes perfectos, sino corazones humildes, disponibles a la conversión y dispuestos a amar como Él mismo nos ha amado» (Mensaje con motivo de la Jornada de Santificación Sacerdotal, 2025). Y el 24 de junio exhortaba a los seminaristas: «Es necesario apostar mucho por la madurez humana, rechazando todo disfraz e hipocresía. Con la mirada puesta en Jesús, hay que aprender a dar nombre y voz también a la tristeza, al miedo, a la angustia, a la indignación, llevando todo a la relación con Dios. Las crisis, los límites, las fragilidades no deben ocultarse, sino que son ocasiones de gracia y de experiencia pascual» (Meditación en el Jubileo de los seminaristas, 2025).

Por estas y por tantas otras razones, debemos resistir –con la ayuda de Dios– la tentación de negar la verdad de nuestra fragilidad, de enseñar el Evangelio como si no fuéramos torpes discípulos, de ejercer el ministerio desde la superioridad frente a laicas y laicos, o de menospreciar en la tarea evangelizadora a la gente sencilla, a las realidades pequeñas y a los medios humildes. Sí, hermanos sacerdotes, somos y estamos llamados a ser, cada día con mayor autenticidad, transparencia sacramental de Cristo, humilde de corazón (cf. Mt 11,29).

Segunda actitud: misión

Hoy resuenan en nosotros las palabras del profeta Isaías, que Jesucristo pronunció con emoción en la sinagoga de su pueblo: «Me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres, a vendar corazones rotos, a liberar a los cautivos…» (cf. Is 61, 1-3; Lc 4,17-19). Así pues, no podemos permitirnos ser una Iglesia autorreferencial, encerrada en sí misma y preocupada únicamente por sus propias necesidades. Tampoco podemos reducir el sacerdocio a un camino para buscar nuestra felicidad o autorrealización personal.

Alentados por las palabras y el testimonio del recordado papa Francisco, hagamos de nuestras comunidades “hospitales de campaña” donde acoger, liberar y sanar a quienes son descartados; y anunciemos el Evangelio «no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable» (EG 14). ¡Ojalá que nuestras preocupaciones, conversaciones y ocupaciones se centren en la preciosa misión a la que somos convocados!

Pidamos a Dios que el proceso sinodal que hemos emprendido con esperanza, nos ayude a concretar un plan pastoral que permita a los creyentes vivir la fe con mayor hondura y nos impulse a llegar a quienes se han alejado de la Iglesia o nunca han conocido a Jesucristo.

Así, “todos, todos, todos”, también quienes habitan nuestras periferias concretas –Melilla, los pueblos más pequeños y alejados de la capital, o la misión en Caicara del Orinoco– podrán experimentar con más fuerza la ternura y la salvación de Dios.

Tercera actitud: coherencia

Necesitamos crecer en coherencia para asumir con verdad nuestra fragilidad y la misión que el Señor nos confía: una misión preciosa, pero marcada en muchos momentos por la cruz. No tendría sentido reconocer que la misión es exigente y que cada día pecamos “de pensamiento, palabra, obra y omisión”, y luego vivir como si fuéramos superhombres, cerrados a la luz y a la fuerza del Espíritu, y de espaldas a la ayuda de nuestros hermanos y hermanas.

Abramos, por tanto, el corazón a Dios. Su Espíritu es el verdadero protagonista de la vida cristiana y del ministerio sacerdotal. Hasta el mismo Hijo de Dios proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido» (Lc 4,18). Y la segunda lectura nos recuerda que Él «nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios su Padre» (Ap 1,6). Es el Espíritu quien hace posible que seamos buenos sacerdotes, buenos laicos y laicas, buenos religiosos y religiosas.

No basta con anunciar su palabra y actuar en su nombre; es necesario abrirle cada día nuestro corazón y permitirle transformar desde nuestra sensibilidad más profunda hasta la manera en que nos relacionamos con los hermanos sacerdotes, con la feligresía y con quienes no participan en nuestras actividades, sin descuidar la relación con nosotros mismos.

El Señor, con su gracia, es el principal actor de nuestra vida y de nuestro ministerio porque —como dice el Salmo— «si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (Sal 127,1).

En lugar de resignarnos al “soy así y no puedo cambiar”, abramos también el corazón a la ayuda de la Iglesia y de tantas personas que nos quieren, nos acompañan y nos sostienen. Permitidme descender a algunos ejemplos concretos:

Si sufrimos problemas de salud, si el desánimo nos atenaza o si no logramos superar dificultades que nos pesan, ¿no sería mejor buscar ayuda profesional?
Si deseamos crecer en nuestra relación con Dios —fundamento de toda nuestra vida— y tropezamos una y otra vez, ¿no deberíamos asegurar un acompañamiento personal serio y continuado?
Si constatamos que prácticas pastorales que fueron fecundas durante años ya casi no dan fruto, ¿no deberíamos discernir juntos los caminos que el Espíritu señala hoy a la Iglesia?
Y, finalmente, si somos frágiles y se nos ha confiado una misión que nos sobrepasa, ¿no deberíamos dedicar en la Diócesis más recursos al cuidado y acompañamiento de los pastores? Sería una inversión que redundaría a favor de todo el Pueblo de Dios.
Conclusión

Queridos laicos y laicas, pedid al “Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,38) y rezad por los sacerdotes y por mí, para que nunca nos apartemos del camino de Jesús: humilde, misionero y coherente.

Y nosotros, queridos hermanos sacerdotes, renovemos las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación con la confianza de María, nuestra Madre, inspirados por las palabras de San Manuel González, dirigidas al presbiterio de su tiempo: “Confiad, sí, porque Él lo quiere. Confiad, porque su victoria es prenda de nuestra victoria. Confiad, porque si es mucho lo que no podéis, es mucho, muchísimo más, lo que podéis” (Lo que puede un cura, 1630).

Amén.

+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

«Me gusta preparar la Misa Crismal con la lista de sacerdotes y diáconos delante, rezando por cada uno»

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En la mañana del Miércoles Santo, la Catedral de Málaga acogió la celebración de la Misa Crismal, la primera que preside D. José Antonio Satué como obispo de Málaga.

Una Eucaristía concelebrada por el obispo emérito de Pamplona Tudela, Francisco Pérez, y numerosos sacerdotes y religiosos llegados de todos los puntos de la diócesis de Málaga.

Los sacerdotes, religiosos y diáconos se reunieron en el trascoro del primer templo malagueño para revestirse y compartir una celebración con dos momentos muy especiales: la renovación de sus promesas sacerdotales y diaconales, y la bendición de los santos óleos. Desde la sacristía se les unían, en procesión, el Obispo, los vicarios, los formadores del Seminario y el Cabildo Catedral.

En su homilía (que pueden leer completa aquí), Mons. Satué hacía una confesión: «La Misa Crismal es, para mí, una de las celebraciones más intensas de todo el año litúrgico. Me gusta prepararla despacio: con la lista de sacerdotes y diáconos delante, rezando por cada uno, y con el Misal abierto, releyendo sus comentarios y oraciones».

Y recordaba las tres actitudes con las que comenzó su ministerio episcopal el pasado 13 de septiembre: humildad, misión y coherencia.

D. José Antonio animaba a los sacerdotes y diáconos a «resistir –con la ayuda de Dios– la tentación de negar la verdad de nuestra fragilidad, de enseñar el Evangelio como si no fuéramos torpes discípulos, de ejercer el ministerio desde la superioridad frente a laicas y laicos, o de menospreciar en la tarea evangelizadora a la gente sencilla, a las realidades pequeñas y a los medios humildes. Sí, hermanos sacerdotes, somos y estamos llamados a ser, cada día con mayor autenticidad, transparencia sacramental de Cristo, humilde de corazón».

Y los alentaba a la misión para que así «“todos, todos, todos”, también quienes habitan nuestras periferias concretas –Melilla, los pueblos más pequeños y alejados de la capital, o la misión en Caicara del Orinoco– podrán experimentar con más fuerza la ternura y la salvación de Dios».

Recordando también la actitud de la coherencia porque «no basta con anunciar su palabra y actuar en su nombre; es necesario abrirle cada día nuestro corazón y permitirle transformar desde nuestra sensibilidad más profunda hasta la manera en que nos relacionamos con los hermanos sacerdotes, con la feligresía y con quienes no participan en nuestras actividades, sin descuidar la relación con nosotros mismos».

También tuvo palabras para los cientos de seglares que acompañaban a sus sacerdotes en la celebración a quienes invito a pedir al «Señor de la mies que envíe obreros a su mies y rezad por los sacerdotes y por mí, para que nunca nos apartemos del camino de Jesús: humilde, misionero y coherente».

Santos Óleos

Mons. Satué bendijo los Santos Óleos y consagró el Santo Crisma, cuyas ánforas portaron los arciprestes Manuel Jiménez y Wilfer Darío Alzate; y los diáconos José Antonio Aguilar, José Francisco Fernández, Julio Morales y Salvador Martín.

El óleo de los catecúmenos se usa para ungir a los que están preparándose para el bautismo; el óleo de los enfermos, en el sacramento de la unción de los enfermos; y el santo crisma, en ordenaciones, confirmaciones, bautizos y consagraciones de altares e iglesias.

Para preparar el Santo Crisma, el Obispo mezcla una porción de perfume con el aceite, con lo que se expresa que el aceite es fecundado por la gracia del Espíritu Santo simbolizado en el perfume; también recuerda el buen olor a Cristo que deben propagar los que son ungidos con él.

Al concluir la celebración, los arciprestes se acercaron al trascoro de la Catedral para recoger los óleos y entregarlos en los próximos días a los sacerdotes de su zona.

Santo Crisma y Santos Óleos no son lo mismo

El Santo Crisma proviene de la palabra latina “chrisma”, que significa “unción”. El Crisma es el aceite con el cual son ungidos los nuevos bautizados, son signados los que reciben la confirmación y son ordenados los obispos y sacerdotes. También se emplea en la dedicación de las nuevas iglesias, la consagración de los nuevos altares o la consagración de campanas.

El Santo Crisma representa la gracia del Espíritu Santo, y está compuesto por una mezcla de aceite de oliva y de perfumes, por lo que, como dice san Pablo en su Segunda Carta a los Corintios, nos ayuda a “desprender el buen olor de Cristo”. El Santo Crisma no se bendice, sino que se consagra, por lo que lleva el sello del don del Espíritu Santo.

Los Santos Óleos son dos: el de los catecúmenos y el de los enfermos. Ambos se bendicen, no se consagran como ocurre con el Santo Crisma. El de los catecúmenos se impone justo antes del bautismo y el de los enfermos, en la Unción.

Jueves Santo, la cena

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Cada día de la Semana Santa en diálogo con María, a través de la obra del sacerdote Alfonso Crespo “La Pasión desde una mirada femenina”.

-Madre, permíteme que siga preguntándote. Dime, ¿qué recuerdo de aquella tarde de Jueves Santo está más vivo en tu corazón? ¿Fuiste tú quien dispuso la mesa, con las otras mujeres, prendidas en el amor del perdón y discípulas de tu Hijo? ¿Cómo dispusiste para tanto comensal una mesa tan estrecha? Abriste los ojos de sorpresa, cuando al levantarse tu Hijo, le dirigiste la mirada suplicante: ¿qué falta en la mesa? Nada… respondería Jesús, estrechando tus manos. Y cogiéndote la toalla se la ciñe, y pide una palangana con agua… Y se inclina a lavar los pies de sus discípulos, y se los seca y los besa… Pero aún el Maestro nos sorprende. Después de hablar de traición, de mirar a Judas cara a cara… toma el pan y lo bendice, y lo ofrece siempre multiplicado, repartido para todos, Pan de Vida: «¡Tomad y comed, esto es mi Cuerpo!». Y estrechando el cáliz, con las manos y la fe en Dios Padre, saborea el vino y susurra, como una súplica: «¡Tomad y bebed, es mi Sangre, que será derramada por vosotros!».

Diócesis Málaga

Mons. Santiago Gómez Sierra preside en la Catedral la Misa de la Cena del Señor en el inicio del Triduo Pascual

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Mons. Santiago Gómez Sierra preside en la Catedral la Misa de la Cena del Señor en el inicio del Triduo Pascual

La Santa Iglesia Catedral de Huelva acogió en la tarde de este Jueves Santo la celebración de la Misa de la Cena del Señor, presidida por el obispo diocesano, Mons. Santiago Gómez Sierra, dando así comienzo al Triduo Pascual, centro de la vida litúrgica de la Iglesia.

Numerosos fieles participaron en esta Eucaristía, que conmemora la institución de la Eucaristía, del sacerdocio ministerial y el mandamiento nuevo del amor fraterno. En su homilía, el obispo invitó a vivir esta celebración como una auténtica gracia: “no de costumbre, sino para descubrir una vez más el camino que el Señor nos pone para nuestra salvación”.

Mons. Gómez Sierra situó la celebración en continuidad con la tradición pascual del pueblo de Israel, recordando cómo la liturgia conduce a comprender la novedad definitiva que Cristo introduce en la Última Cena: “viven la Pascua definitiva”, señaló, haciendo referencia al paso de este mundo al Reino de Dios, “a esa victoria de Dios sobre la muerte”.

En este contexto, destacó el profundo significado del gesto del lavatorio de los pies, subrayando que en él se revela el modo de amar de Cristo: “no estamos hablando de un momento romántico e idílico”, advirtió, recordando que incluso en medio de la traición, Jesús se entrega y se hace servidor. “Con ello el Señor da ese amor fraterno, servicial que se pone a los pies de los discípulos”, afirmó.

Durante la celebración tuvo lugar este gesto significativo, que expresa la llamada a vivir el servicio humilde como camino cristiano. En esta línea, el obispo invitó a los fieles a reconocer en su propia vida esa misma llamada: “ese camino que pasa por el servicio humilde, pero que pasa por la fuerza de tu amor y que se manifiesta poniéndote el último y servidor de todos”.

El prelado también hizo referencia a la dificultad de comprender este estilo de vida, evocando la reacción del apóstol Pedro ante el gesto de Jesús, y alentó a los presentes a dejarse interpelar por el Señor: “si eso le pasó a Pedro, ¿no nos pasa a nosotros?”, preguntó, invitando a buscar con sinceridad el camino que conduce al Padre.

Al término de la Eucaristía, el Santísimo Sacramento fue trasladado solemnemente al monumento para la adoración de los fieles, iniciando así la noche santa en la que la Iglesia vela junto al Señor.

La Diócesis de Huelva continúa así la celebración del Triduo Pascual, invitando a todos los fieles a acompañar al Señor en estos días centrales de la fe, profundizando en el misterio de su amor entregado.

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Monseñor Saiz Meneses en la celebración de la Cena del Señor: «Es el centro de todo el año litúrgico y corazón palpitante de la vida de la Iglesia»

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La Catedral de Sevilla acogió la tarde de este Jueves Santo la celebración de la Cena del Señor. La misa fue presidida por el arzobispo hispalense, monseñor José Ángel Saiz Meneses. En el inicio del Triduo Pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, “centro de todo el año litúrgico y corazón palpitante de la vida de la Iglesia”, monseñor Saiz destacó que “esta celebración nos introduce en lo más hondo del misterio cristiano”.

Ha referido que todo converge en esta celebración. “La Eucaristía, el sacerdocio ministerial, el servicio humilde, la fraternidad eclesial, la caridad concreta y el sacrificio de la Cruz”. Esta tarde, “la Iglesia nos reúne para contemplar y recibir la institución de la Eucaristía, el sacerdocio y el mandamiento del amor, y el lavatorio de los pies, que simboliza el servicio y la humildad”.

A la celebración eucarística han asistido presbíteros y diáconos, seminaristas, miembros de la vida consagrada y del laicado.

Habiendo amado a los suyos

Sobre las lecturas proclamadas, monseñor Saiz ha subrayado que “san Juan nos introduce en esta escena con una frase de una densidad inmensa: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Aquí está la clave de todo lo que celebramos esta tarde. Jesucristo no se reserva nada. No entrega algo suyo, se entrega a sí mismo; no ama de palabra, sino con obras y en verdad; no ama de un modo genérico, sino personal, concreto, fiel, perseverante. Comienza el Triduo Pascual, y con él la contemplación del misterio central de nuestra fe: Cristo muerto y resucitado por nuestra salvación”.

“El Evangelio —continuó el arzobispo— no relata directamente las palabras de la institución de la Eucaristía. San Juan, en cambio, nos presenta un gesto muy elocuente de Jesús: se levanta de la mesa, se ciñe la toalla y se pone a lavar los pies de sus discípulos”.

Don José Ángel ha descrito este acontecimiento “como un gesto desconcertante”. “El Maestro se hace servidor, el Señor se abaja, el Santo se arrodilla ante hombres frágiles, torpes y pecadores. Lava los pies incluso a Judas, que ya está ultimando la traición. Cristo no ama porque los suyos sean dignos; ama porque Él es Amor”.

En este sentido, ha destacado “una lección decisiva para todos: para los pastores, para los consagrados, para los responsables de la vida pública, para las familias, para las parroquias, para las hermandades, para cada bautizado”. Añadió que “en la Iglesia, la autoridad verdadera se entiende únicamente desde el servicio. El que quiera ser grande ha de hacerse pequeño. El que quiera seguir a Cristo no puede instalarse en la autosuficiencia, en la vanidad o en la dureza de corazón”.

Institución de la Eucaristía

La Iglesia contempla hoy la institución de la Eucaristía. “San Pablo nos ha transmitido el relato más antiguo que conservamos: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía… Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” (1 Co 11,24-25)”. El arzobispo de Sevilla ha referido que “estamos ante el don inmenso del Cuerpo y la Sangre del Señor”. “No se trata de un símbolo vacío ni de un mero recuerdo afectivo”. Por tanto, “la Iglesia cree, adora y confiesa que en la Eucaristía está real, verdadera y sustancialmente presente Jesucristo, entero y vivo”.

Y, junto a la Eucaristía, “Jesús instituye el Orden Sacerdotal para garantizar la perpetuidad de la Eucaristía y la entrega de su amor hasta el extremo”.

Caridad fraterna

Monseñor Saiz Meneses ha añadido un último acento: la caridad fraterna. “La Eucaristía no puede separarse del amor al prójimo. Lo que recibimos en el altar ha de traducirse en obras de misericordia, en perdón, en reconciliación, en servicio a los pobres, en atención a los pacientes, en cercanía a quienes sufren”.

Durante su homilía, dio gracias a Dios “por el don de la Eucaristía». Pidió «al Señor que renueve en Sevilla el asombro ante este misterio, para que nunca nos acostumbremos, ni reduzcamos la liturgia a costumbre o formalidad y, para que tampoco, perdamos el temblor santo ante el Sacramento del altar”. Finalmente, encomendó también a los sacerdotes, “llamados a celebrar estos santos misterios con fidelidad, piedad y entrega”.

Al término de la misa se trasladó al Santísimo Sacramento, en procesión, desde el trascoro hasta la Capilla Real.

 

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El Obispo termina la visita a las hermandades del Jueves Santo conociendo la Buena Muerte

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Se trata de la única hermandad que procesiona la madrugada del Viernes Santo en la capital

En la Real Colegiata de San Hipólito tiene su sede la Hdad. de Nazarenos y Congregantes del Santísimo Cristo de la buena Muerte y Nuestra Señora Reina de los Mártires de Córdoba, la única que procesiona en Córdoba la madrugada del Viernes Santo. La hermandad la fundaron un grupo de jóvenes profesionales, mayoritariamente médicos y abogados de la alta sociedad cordobesa en 1943. La imagen del Cristo de la Buena Muerte es obra del prestigioso imaginero sevillano, Antonio Castillo Lastruci, a quien también se le encargó posteriormente la imagen de Ntra. Sra. Reina de los Mártires. Su vinculación con el Ilustre Colegio de Abogados de Córdoba se reconoció nombrando a éste hermano mayor honorario.

Con la visita a la hermandad de la Buena Muerte termina monseñor Jesús Fernández las visitas a las hermandades este Jueves Santo, en las que ha estado acompañado por el Delegado de hermandades, José Juan Jiménez Güeto, y el consiliario, Juan José Romero Coleto. En San Hipólito han estado con el prelado el hermano mayor, Joaquín de Velasco, el alcalde de la ciudad, José María Bellido, y miembros de la cofradía.

La hermandad de la Buena Muerte es conocida por su riguroso silencio y sobriedad, lo que invita en la madrugada cordobesa a la oración y el recogimiento. Este año se cumple el 75 aniversario de la primera salida procesional de la Reina de los Mártires por las calles de la ciudad.














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Jueves Santo, día del amor fraterno: “Haced lo que Él os diga”

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Jueves Santo, día del amor fraterno: “Haced lo que Él os diga”

Cuenta Juan en su Evangelio que, en una boda, durante la fiesta, cuando todo parecía estar en orden, algo importante comenzó a faltar. El vino se había acabado y María, atenta, se da cuenta: “No tienen vino”. No dramatiza ni llama la atención. Ve la carencia, la nombra y acude al Hijo.

María conoce bien lo que sucede en el mundo, a su alrededor. Conoce las dificultades y el dolor de quienes sufren. Está en el mundo sin ser del mundo, porque María es una mujer de Dios, y ese “no tienen vino” es una declaración de fe. Sabe del poder de Dios, de lo que es capaz de hacer. Conoce a su hijo y le llama.

Así es como María intercede y se compromete con los problemas del mundo influyendo en su hijo. Le llama confiada y deja espacio para que el milagro ocurra.

Ese mismo gesto, esa misma sensibilidad, se vuelve urgente hoy. Mientras en Sevilla vivimos nuestra Semana Grande: una mujer buscará trabajo sin saber por dónde empezar; un hombre intentará tramitar unos papeles que podrían abrirle las puertas a una vida más digna y segura;
una familia no se verá un mes más ahogada por un alquiler imposible; o una señora mayor pedirá de nuevo a quien la visita que se quede diez minutos más…

Son nuestros “no tienen” y necesitan una mirada atenta y delicada como la de María.

En Andalucía, casi dos millones de personas viven en situación de exclusión social. La vivienda es el golpe más duro y más de 400.000 hogares caen bajo el umbral de la pobreza tras pagar casa y suministros. “La precariedad laboral hace que las familias no puedan llegar a final de mes y vivan en una continua situación de incertidumbre.

Son datos, pero todos y cada uno tienen rostros, y nos ayuda a ver la necesidad de dirigir nuestra mirada, y escuchar la voz de María: “Haced lo que Él os diga”.

Esta Semana Santa es una nueva oportunidad para contemplar el corazón. Para interpelarnos y dejarnos cuestionar. Para fijar la mirada en María y dejarnos moldear por el Espíritu para que nos impulse a mirar con más hondura. A no pasar de largo. A detectar esos “no tienen”. A ponernos en marcha sin hacer ruido. A ofrecer nuestras manos, tiempo y dones al servicio de quienes hoy necesitan que alguien vea su carencia, su dolor, su soledad.

María acompañó siempre a su hijo y permaneció junto a él, en Jerusalén, en Caná, en su camino hacia la cruz, en su muerte…, y supo esperar contra toda esperanza la Resurrección de Jesús. Y en ese camino, su corazón se fue configurando con el de su Hijo paso a paso, en disponibilidad, entrega, silencio y confianza.

Esa es la invitación de esta Pascua: que nuestra presencia en el mundo se parezca un poco más a la suya: atentos, disponibles, humildes, en camino, amando, entregándonos, confiados, junto a Jesús.

Ainhoa Ulla

 

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“Los legionarios” de San Francisco reciben al Obispo

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La hermandad de la Caridad es un icono de la Semana Santa de Córdoba, realiza su estación de penitencia el Jueves Santo acompañada de la Legión

Los inicios de la hermandad de la Caridad enlace web Hermandad de la Caridad se remontan al siglo XV, no como cofradía de penitencia, sino como hermandad para asistir a desvalidos y moribundos. A lo largo de los años, pasó por épocas de inactividad y fue refundada en 1939. El Santísimo Cristo de la Caridad se venera en la parroquia de San Francisco y San Eulogio, es una imagen anónima del siglo XVI que representa a Cristo muerto en la cruz. La imagen de la Dolorosa (siglo XVIII) que lo acompaña en el paso se le atribuye a José de Mora y representa a la Virgen arrodillada a los pies de Cristo.

El párroco de San Francisco y San Eulogio y Deán-Presidente del Cabildo de la Santa Iglesia Catedral, Joaquín Alberto Nieva, ha recibido a monseñor Jesús Fernández, que venía acompañado del Delegado de hermandades, José Juan Jiménez Güeto, y del consiliario, Juan José Romero Coleto, en su visita, junto a miembros de la hermandad del Jueves Santo.

Desde mediados del siglo XX la hermandad está vinculada a la Legión, siendo el Tercio Gran Capitán de la Legión Española Hermano Mayor Honorario. Es tradicional ver a legionarios escoltando al paso con toques de corneta, desfiles y oraciones, siendo una de las imágenes más icónicas del Jueves Santo cordobés. De ahí que se conozca a esta hermandad como “los legionarios”.





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Jesús Nazareno y su bendita Madre reciben al Obispo

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La hermandad del casco histórico es la primera en pasar por carrera oficial la tarde del Jueves Santo 

La Hdad. de Ntro. Padre Jesús Nazareno, María Stma. Nazarena, San Bartolomé y Beato Padre Cristóbal de Santa Catalina enlace web Hermandad Nazareno tiene su sede en la Iglesia Hospital de Jesús Nazareno, sus orígenes se remontan al siglo XV y destaca por su vinculación histórica al gremio de los tejedores y por su carácter asistencial vinculado a las Hermanas Hospitalarias Franciscanas. La hermandad está íntimamente ligada al Hospital de Jesús Nazareno, fundado para atender a los necesitados, manteniendo hoy en día una residencia de ancianos y el Colegio Diocesano de Jesús Nazareno, de ahí que se conozca popularmente como la hermandad de “los siervos”.

Uno de los fines de la hermandad es la caridad cristiana, que lo lleva fomentando desde su fundación, y de manera especial con la obra asistencial de la Congregación de Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, institución que vinculada a la Cofradía atiende las necesidades básicas en favor de los enfermos y ancianos.

Durante la visita, en la que monseñor Jesús Fernández ha estado acompañado del Delegado de hermandades, José Juan Jiménez Güeto, y el consiliario, Juan José Romero Coleto, han estado presentes, además de los miembros de la junta directiva, el alcalde de Córdoba, José María Bellido, la Delegada de Cultura y Patrimonio Histórico, Isabel Albás, y el Delegado de Fiestas y Tradiciones, Julián Urbano, entre otros.

Como cofradía se funda en 1579 y se reorganiza en 1971. La imagen de Jesús Nazareno es una talla anónima de finales del siglo XVI o principios del XVII, con gran expresividad y dolor, que carga la cruz sobre su hombro izquierdo. María Santísima Nazarena fue coronada litúrgicamente el 19 de marzo de 1977 por monseñor Antonio Gómez Aguilar.











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