Estas palabras pronunciadas por Jesús poco antes de ser arrestado dan noticia del gran regalo de la paz que puso en manos de sus discípulos. Previendo lo que iba a suceder, añadió también: “No os inquietéis ni temáis” (Jn 14, 27). A aquellos discípulos de primera hora les costaba asimilar que su Maestro no se defendiera al ser agredido, les desconcertaba su respuesta no violenta. El primero en mostrar su desacuerdo fue Pedro, por eso el Señor le tuvo que ordenar que envainara la espada con la que quería defenderlo. Como nos recuerda el Papa León XIV, la paz de Cristo es una paz “desarmada” y los cristianos tenemos el deber de hacernos testigos de esta novedad.

Mirando el panorama mundial, las relaciones entre países, el mundo familiar, incluso nuestro interior, descubrimos que, lamentablemente, no predomina la paz sino el conflicto. Estamos sufriendo guerras sangrientas como la de Rusia frente a Ucrania y la de Estados Unidos e Israel contra Irán. A nivel político, también entre nosotros, se está imponiendo un discurso polarizador, donde se demoniza al que piensa distinto convirtiéndolo en enemigo. El sufrimiento por las rupturas familiares es enorme y las enfermedades mentales y los desequilibrios personales van en aumento. Ante este panorama, nos preguntamos: ¿Qué ha sido del regalo de la paz que el Señor nos ha hecho?

El Papa León XIV denuncia también que la relación entre los pueblos, en vez de basarse en el derecho, la justicia y la confianza, se está apoyando en el miedo y en el dominio por la fuerza. A partir de ahí, se entiende perfectamente la llamada a incrementar el gasto militar. De hecho, en el año 2024, ese gasto a nivel mundial aumentó más de un nueve por ciento respecto al año anterior. Añade gravedad al asunto la aplicación de la Inteligencia Artificial en los conflictos armados, lo que contribuye a descargar las responsabilidades personales y a disminuir el peso de tantas y tan graves tragedias.

Por su parte, el Papa s. Juan XXIII nos recordaba la necesidad de un desarme integral que debe comenzar por la conversión personal del corazón y de la inteligencia. El Santo Padre hacía una invitación a “eliminar de los corazones el temor y la angustiosa perspectiva de la guerra”. Invitaba también a “la confianza recíproca”. Como hijos del mismo Dios, estamos llamados al cultivo de la dimensión espiritual y a la oración. La paz es un regalo de Cristo resucitado, un don que tenemos que preservar y hacer crecer desde la misma raíz del corazón superando la desconfianza, el odio y la violencia.

Debemos apostar también por la educación. Nos recordaba el Papa Francisco que “invertir en cultura ayuda a que disminuya el odio y aumente la civilización y la prosperidad”. A los jóvenes hay que ayudarles a entender que no deben rendirse a las seducciones del materialismo, del odio y de los prejuicios, que deben reaccionar ante la injusticia y “defender los derechos de los demás con el mismo vigor con el que defienden sus derechos…”. El mismo Papa nos recordaba que “la paz muere cuando se divorcia de la justicia, pero la justicia es falsa si no es universal”. Por lo tanto, es necesario trabajar por implantarla en todos los ámbitos. Finalmente, hacemos un llamamiento al mundo de la política para que eche mano del diálogo y la diplomacia, para que defienda el derecho internacional y que no vuelva la mirada a otro lado cuando en un determinado país se violan de forma sistemática los derechos humanos.

+ Jesús, Obispo de Córdoba