
Damos gracias a Dios porque estamos celebrando el 75 aniversario de la Coronación Canónica de nuestra Madre y Patrona: Nuestra Señora, la Virgen del Mar. Recordamos con amor y agradecimiento a los devotos y a las personas enfermas e impedidas que no pueden estar entre nosotros pero que, gracias a Canal Sur, y a sus técnicos, pueden participar ahora de esta celebración.
Hoy, domingo de la Divina Misericordia, pedimos a Nuestra Señora: vuelve esos tus ojos misericordiosos y muéstranos a Jesús.
El domingo pasado nos encontrábamos celebrando la Pascua. Como la celebramos hoy también a los ocho días. El domingo pasado celebrábamos que Jesús no está muerto, sino que vive. Era una noticia ciertamente insólita. Y hoy lo experimentamos presente entre nosotros, en medio de la comunidad.
Hoy podríamos decir que es la “Pascua de la comunidad”. Porque, así como el otro domingo se hacía hincapié en el Resucitado y en las personas individuales a las que se aparecía, a partir de hoy, Jesús y la comunidad, son los protagonistas. Jesús se manifiesta vivo cuando la comunidad está reunida y además parece que insiste en que estén todos. Lo hace el primer día de la semana judía, nuestro domingo. Y lo vuelve a repetir al domingo siguiente, a los ocho días, como dice el evangelio que acabamos de escuchar. Y así cada domingo, hasta la definitiva Ascensión al cielo.
Esta repetición, casi como una cadencia, como los latidos acompasados del corazón, es la que ha marcado que los cristianos también nos reunamos cada domingo: para encontrarnos también con él. Porque como vemos hoy, encontrarnos con Jesús resucitado es absolutamente necesario para poder creer en él.
Por eso, como el apóstol Tomás no está con el resto de los apóstoles cuando Jesús se presenta, Tomás no se lo puede creer. Él, –como nosotros– no está dispuesto a creer nada que él mismo no haya podido ver ni tocar. Es decir, que él mismo no haya podido experimentar. La experiencia que le comunican los demás apóstoles: hemos visto al Señor, no le vale y además le confunde. Y con razón se defiende de aquellos iluminados que le explican cosas extrañas. Por eso dice, si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mis dedos en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
Tomás está todavía impactado por la última imagen que guarda de Jesús, desgarrado en una cruz. Y está incapacitado para ver más allá del dolor, del sufrimiento, de la muerte. Ante la muerte muchas veces nosotros actuamos como él. A Tomás no le vale el testimonio de los apóstoles, él necesita su propia comprobación individual. Y Jesús no se niega, al contrario, se lo facilita. Sólo después de esta experiencia, de este paso de la confusión, es cuando viene la confesión: Señor mío y Dios mío.
Después de la Pascua nació la Iglesia. Nosotros somos los herederos de los apóstoles, de aquellos que tuvieron la experiencia de Jesús, somos la comunidad que hoy recibe la felicitación del Señor: dichosos los que crean sin haber visto. La felicitación que Jesús hoy nos hace es una llamada a profundizar en nuestra fe, a confiar totalmente en el testimonio de la Iglesia, para no caer en el peligro –tan difundido hoy en día– de hacer nuestra propia religión a la carta. Nosotros no vamos por libre, porque al final sólo importa lo que yo pienso, yo quiero o a mí me conviene. Nuestra fe no es individual, sino que nos ata a los demás, a todos los que creemos en un solo Señor, una sola Fe, un solo Bautismo.
Por eso decimos que hoy es la Pascua de la Comunidad. Al igual que la salida de Egipto conformó al pueblo hebreo, la presencia de Jesús resucitado conforma a nuestra comunidad, a la Iglesia, que sale del miedo para ser totalmente libre en Cristo Resucitado.
Este encuentro de Jesús con sus apóstoles se produce en el Cenáculo, la misma sala de la Última Cena. El mismo lugar donde Jesús les había dicho que aquel pan era su Cuerpo y aquel vino era su Sangre. Profecía e institución de nuestra Eucaristía, que celebramos ahora. Para nosotros la Eucaristía es el encuentro con Jesús resucitado, que como comunidad creemos en él y lo confesamos vivo y presente entre nosotros.
Pero el Cenáculo también es el lugar de Pentecostés, allí donde, desde el principio, los discípulos se reunían en oración con María y las mujeres. Donde nació la Iglesia impulsada por el Espíritu Santo. María, madre y discípula, que cuida de los amigos de su Hijo, haciéndose sierva de todos ellos, generadora de nuestra fe, lo más valioso que tenemos. Lo hemos escuchado hoy en la carta de Pedro: la autenticidad de vuestra fe, -de más valor que todo el oro, que no deja de ser caduco-, será motivo de alabanza, de gloria y de honor. No sé por qué Pedro sacó a cuento a los primeros cristianos el oro. Lo que está claro es que la fe unifica, el oro y el poder que genera dividen.
Querida comunidad, ya termino. Dios llega a nosotros de muchas maneras. Los corazones que aman, y que buscan, son los que descubren estos signos auténticos de Dios. Como María, el espejo donde nos miramos, seamos personas sencillas, laboriosas, aquellas que cada día -con pequeños gestos- buscamos la PAZ [tan necesaria en estos momentos, la del corazón, la de las naciones y la geopolítica], seamos personas anónimas, de estos de andar por la calle, los de la puerta de al lado, madres, padres, niños y jóvenes … las personas que, como María, saben descubrir y vivir aquello que es esencial para nuestras vidas, los deseos del Corazón de su Hijo.
Que María nos ayude a volver a la espiritualidad de la vida diaria, la espiritualidad de la comunidad diocesana, la espiritualidad de la parroquia, comunidad de comunidades. Espiritualidad de comunión, de ser y sentirnos Cuerpo de Cristo. Os invito, ante la Virgen del Mar como testigo, a reavivar la llama de nuestra fe.
+ Antonio, vuestro obispo











































