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Homilía en la Misa Crismal (2026)

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Martes santo, 31 de marzo de 2026. Catedral de Sevilla

Lecturas: Is 61,1-3a.8b-9; Sal 88,21-22.25.27; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21

Nos reunimos un año más en la misa Crismal para renovar el «sí» que pronunciamos el día de nuestra ordenación sacerdotal como respuesta a la llamada de Dios. Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: obispos auxiliares, vicario judicial, vicarios episcopales, secretario general, arciprestes, delegados, presbíteros y diáconos, seminaristas, miembros de la vida consagrada, miembros del laicado. Un año más nos reunimos para la bendición de los santos óleos y la consagración del Crisma que utilizaremos como instrumentos de salvación en el bautismo, la confirmación, el orden sagrado y la unción de los enfermos.

La Misa Crismal es una expresión de comunión y sinodalidad, una celebración que nos introduce en el corazón mismo del misterio pascual que vamos a conmemorar en estos días santos. En esta mañana, la Catedral se convierte de modo especialmente visible en la iglesia madre de la Archidiócesis. Aquí se hace presente el presbiterio diocesano, y el pueblo santo de Dios ora por sus sacerdotes; aquí son bendecidos los santos óleos y consagrado el Santo Crisma; aquí los presbíteros renuevan las promesas de su ordenación. Todo habla de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote; todo habla de unción, de misión, de comunión, de fidelidad.

Hemos escuchado las palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido”. Y en el evangelio, Jesucristo aplica a sí mismo ese pasaje: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”. Cristo es el Ungido del Padre. Él es el Mesías. Él es aquel sobre quien reposa en plenitud el Espíritu Santo. Él ha sido enviado para evangelizar a los pobres, curar los corazones desgarrados, proclamar la libertad a los cautivos y anunciar un año de gracia del Señor. La Misa Crismal sólo se entiende desde ahí: no celebramos nuestra obra, sino la obra de Cristo, la unción de Cristo; no celebramos una identidad sociológica, sino una configuración sacramental con Cristo Sacerdote, Profeta y Rey.

Por eso, nuestra atención se centra en los óleos y el Crisma que hoy serán bendecidos y consagrado. No se trata de un rito accesorio o meramente simbólico. En estos signos la Iglesia reconoce instrumentos escogidos por Dios para comunicar la gracia de Cristo. El óleo de los enfermos llevará el consuelo del Señor a quienes padecen la enfermedad, la debilidad o la ancianidad. El óleo de los catecúmenos fortalecerá a quienes se preparan para el combate espiritual y para nacer a la vida nueva. Y el Santo Crisma quedará vinculado de modo especial a los sacramentos que imprimen carácter y consagran para siempre: el Bautismo, la Confirmación, el Orden sagrado.

De aquí se desprende una lección fundamental para nosotros: La gracia de Dios no actúa al margen de lo visible, de lo concreto, de lo eclesial, de lo litúrgico. Dios no nos salva de manera desencarnada. Nos salva por la humanidad santísima de Jesucristo, y prolonga esa economía de la salvación mediante signos sacramentales confiados a la Iglesia. Por eso la liturgia es acción de Cristo y de la Iglesia, es el ámbito en que la obra de la redención se hace presente y operante. Este aceite llegará a los recién bautizados, a los confirmandos, a los ordenandos, a los enfermos; ungirá la frente, el pecho, las manos, como signo de una consagración interior que sólo el Espíritu Santo puede realizar.

En la oración consecratoria del Crisma pedimos al Padre que santifique este óleo perfumado, para que quienes sean ungidos con él participen de la misión de Cristo Redentor. El Crisma habla de plenitud del Espíritu Santo, de belleza espiritual, de pertenencia estable a Cristo, de misión recibida para el bien de la Iglesia y del mundo. Cuando se unge a un bautizado o a un confirmado, la Iglesia proclama que esa persona pertenece para siempre a Cristo. Cuando se unge las manos del presbítero o la cabeza del obispo, la Iglesia proclama que ese ministerio no nace de una delegación humana, sino de una consagración sacramental. La unción no es un ornamento: es signo de elección, de consagración y de envío.

En el prefacio de la Misa Crismal, la Iglesia da gracias al Padre porque Cristo no sólo ha conferido a todo el pueblo santo la dignidad del sacerdocio real, sino que también elige a hombres de este pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión. Ahí está la identidad del presbítero. No somos funcionarios de lo sagrado, ni gestores religiosos, ni animadores de una comunidad meramente humana. Somos, por pura gracia, ministros de Cristo para el servicio del pueblo santo de Dios.

Y aquí aparece con fuerza el segundo gran acento de esta celebración: la comunión entre el obispo y el presbiterio diocesano, manifestada hoy de modo eminente en la renovación de las promesas sacerdotales. Hoy volvemos a decirle al Señor: sí, quiero unirme más fuertemente a ti; quiero configurarme contigo; quiero ser fiel dispensador de los misterios de Dios; quiero enseñar, santificar y regir no según mi criterio, sino en comunión con la Iglesia; quiero vivir con entrega y caridad pastoral. En esta mañana, el clero de Sevilla se pone ante el Señor con el corazón abierto. Traemos nuestras fatigas y nuestras alegrías, nuestras pobrezas y nuestras esperanzas, los frutos apostólicos y también las heridas del camino. Pero lo decisivo es la fidelidad de Cristo, que no retira sus dones y que sostiene a sus ministros con la gracia del Espíritu Santo.

Al renovar nuestras promesas comprendemos que el sacerdocio sólo se mantiene firme cuando vive de la adoración, de la obediencia de la fe, de la caridad pastoral y de la comunión eclesial. Un sacerdote separado interiormente de la liturgia viva de la Iglesia termina vaciándose. Un sacerdote separado de la oración, de la Eucaristía celebrada con fe, de la Liturgia de las Horas rezada con amor, del sacramento de la Penitencia recibido con humildad, de la piedad sacerdotal seria y sobria, termina debilitando también su ministerio. La Misa Crismal nos llama a volver a las fuentes.

Permitidme añadir una palabra a los fieles laicos que participáis en esta celebración. Rezad por vuestros sacerdotes, queredlos con realismo y con fe. Son hombres tomados de entre los hombres y puestos en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios. Necesitan vuestra oración, vuestra cercanía y vuestro afecto eclesial. Es muy importante acompañar con vuestra oración a los sacerdotes en esta jornada en que renuevan los compromisos de su ordenación, y tenerlos presentes en la oración todo el año. Una diócesis florece cuando ora por sus sacerdotes, cuando cuida sus vocaciones y cuando valora el don inmenso del ministerio ordenado.

Y a vosotros, queridos hermanos presbíteros, os digo con afecto de padre y hermano: permanezcamos en la unidad, cuidemos los unos de los otros. Nada puede dañar tanto el alma del sacerdote como el aislamiento orgulloso, la autosuficiencia, la crítica amarga, la rutina sin vida interior o la pérdida del fervor litúrgico. La comunión presbiteral nace del sacramento del Orden, se expresa en la concelebración, se robustece en la caridad fraterna y se prueba en la obediencia eclesial. En este momento también quiero agradeceros vuestra labor pastoral, la ofrenda generosa de vuestra vida al servicio de Dios y de los hermanos, en estos tiempos plagados de nuevos desafíos, que requieren fidelidad creativa y una entrega sin límites.

Pidamos al Señor que el óleo de los catecúmenos fortalezca a quienes se preparan para el bautismo, que el Santo Crisma consagre abundantemente a quienes serán ungidos en los sacramentos; que nuestros sacerdotes renueven hoy sus promesas con humildad, verdad y alegría; que el obispo y su presbiterio caminen de verdad con un solo corazón y una sola alma al servicio del Evangelio. María Santísima, Madre de los sacerdotes, nos acompaña en esta Semana Santa, y nos enseña a permanecer junto a la cruz, a recibir con fe la misión que Dios nos confía y a guardar en el corazón el fuego de la unción recibida. Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla 

Homilía del Domingo de Ramos (2026)

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Con la bendición y la procesión de los ramos entramos hoy, solemnemente, en la Semana Santa. La Iglesia nos ayuda a vivir en una sola celebración dos aspectos inseparables del misterio de Cristo: su entrada mesiánica en Jerusalén y el anuncio de su Pasión. Este domingo comprende por una parte el triunfo real de Cristo, y también el anuncio de la Pasión. La liturgia de este día nos introduce de lleno en el corazón del Evangelio. En la procesión hemos recordado la entrada del Señor en Jerusalén; y en la celebración de la Eucaristía, la Iglesia proclama la Pasión según san Mateo, junto con el canto del Siervo sufriente de Isaías y el himno cristológico de la carta a los Filipenses. No estamos ante un simple recuerdo, estamos ante el misterio central de nuestra redención, que la Iglesia actualiza sacramentalmente para que lo contemplemos, lo agradezcamos y lo vivamos.

Hemos salido con ramos en las manos y con cantos en los labios. Hemos acompañado a Cristo como aquella muchedumbre que gritaba: “¡Hosanna al Hijo de David!”. Pero la liturgia, con una pedagogía sabia y profundamente realista, no nos deja instalarnos en el entusiasmo superficial. Nos conduce enseguida al drama de la Pasión. La misma ciudad que aclama, unos días después rechazará; la misma multitud que acompaña, después abandonará; el mismo pueblo que extiende mantos, posteriormente gritará: “¡Crucifícalo!”. Y esto no sucede solo en Jerusalén hace dos mil años. Esto puede suceder también en nuestro corazón.

Por eso, el Domingo de Ramos es una llamada a la verdad, a la coherencia. No basta aclamar a Cristo un momento, hay que seguirlo hasta el Calvario; no basta llevar un ramo en la mano, hay que dejar que la cruz del Señor entre en la propia vida; no basta conmoverse ante la belleza de la liturgia, hay que convertirse de verdad. En la celebración se unen las aclamaciones de la entrada en Jerusalén y la humillación de Jesús en la cruz, y contemplamos el camino de la humildad y de la obediencia.

La primera lectura, tomada del tercer canto del Siervo del Señor, nos presenta a Cristo obediente, fiel, manso y fuerte a la vez. “No me rebelé, no me eché atrás”. El Siervo escucha, acoge, obedece y se entrega. Tiene espalda para los golpes y rostro firme ante la humillación. Aquí encontramos una primera lección para nuestra vida cristiana: la fidelidad a Dios no consiste en hacer nuestra voluntad con lenguaje religioso, sino en escuchar y obedecer, también cuando cuesta, también cuando duele, también cuando el camino pasa por la incomprensión.

Cuántas veces querríamos un cristianismo sin cruz, una fe sin combate, una caridad sin sacrificio, una Iglesia sin heridas. Pero el Señor no nos engaña. Entra en Jerusalén para dar la vida. No viene a conquistar por la fuerza, sino a vencer amando. No se impone, se entrega. No aplasta a sus enemigos, sino que los redime desde la cruz. San Pablo lo resume admirablemente en la segunda lectura: Cristo Jesús, “siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo” y “se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 6-8).

Éste es el camino del Señor. Y éste es también el camino del discípulo. El seguimiento de Cristo exige escuchar la Palabra y vivirla con fe, esperanza y amor, como peregrinos que se dirigen hacia la Jerusalén definitiva. Qué importante es esto para nosotros hoy. No venimos a la catedral solo a asistir a una ceremonia hermosa; venimos a renovar nuestra condición de discípulos, venimos a decirle al Señor: quiero caminar contigo, no sólo cuando eres aclamado, sino también cuando eres rechazado; no sólo en la gloria, sino también en la cruz.

En el relato de la Pasión según san Mateo, hemos escuchado la traición de Judas, la debilidad de Pedro, el sueño de los discípulos, la injusticia del Sanedrín, el cálculo cobarde de Pilato, la crueldad de los soldados, los insultos al Crucificado, el silencio impresionante de Jesús. Cada personaje nos interpela. En Judas advertimos el peligro de la autosuficiencia, de no abrir el corazón al Señor. Pedro nos muestra que el amor sincero, si no vela y no ora, puede venirse abajo. Pilato representa la conciencia que sabe la verdad, pero no se atreve a defenderla. Y Jesús, en medio de todo, aparece como el inocente que ama hasta el extremo.

Hermanos, no escuchemos la Pasión como espectadores. Escuchémosla como pecadores amados. Porque la Pasión no es solo la historia de lo que otros hicieron a Jesús, es también la revelación de lo que el pecado puede hacer en el corazón del hombre, y de lo que el amor de Dios es capaz de hacer para salvarlo. En la cruz se desenmascara el pecado, pero sobre todo se manifiesta la misericordia. Allí vemos hasta dónde llega el rechazo del hombre; pero allí vemos, sobre todo, hasta dónde llega el amor de Dios.

Ésta es la gran esperanza de la Semana Santa: saber que nuestro pecado no tiene la última palabra, que la última palabra la tiene el amor crucificado de Cristo. Por eso, la Iglesia no se cansa de contemplar la Pasión. No lo hace para recrearse en el dolor, sino para entrar en la hondura del amor redentor. Como enseña el Concilio Vaticano II, en la liturgia “se ejerce la obra de nuestra Redención”; y la liturgia es “la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y la fuente de donde mana toda su fuerza” (Sacrosanctum Concilium, 2 y 10). Lo que celebramos hoy ha de transformar nuestra vida.

Por eso os exhorto a vivir con atención, con intensidad, con hondura, esta Semana Santa. Vividla con fe, con recogimiento, con espíritu de oración. Participad en las celebraciones litúrgicas del Triduo Pascual; acompañad al Señor, no os quedéis en lo exterior. Que las palmas bendecidas que lleváis a casa no acaben siendo un simple adorno, uh mero recuerdo; que sean un signo de vuestra fe en Cristo Rey y de vuestra voluntad de seguirlo en su victoria pascual. Vivid estos días también con caridad concreta. Junto a Cristo que padece, contemplad a tantos hermanos que sufren: enfermos, ancianos solos, familias heridas, pobres, parados, inmigrantes, personas sin esperanza. El Señor entra en Jerusalén para entregar su vida por todos; nosotros no podemos celebrar su Pasión sin abrir el corazón a los crucificados de nuestro tiempo.

Nos unimos al Papa León XIV en su urgente llamada a la paz, en su promoción de una paz “desarmada y desarmante» que nazca del corazón y se refleje en el fin de los conflictos, especialmente en Medio Oriente y Ucrania. Oremos por la paz y trabajemos en la construcción de un mundo en paz. Que la Santísima Virgen María, Reina de la Paz, que permaneció fiel junto a la cruz de su Hijo, nos enseñe a acompañar a Jesús con amor perseverante. Que ella nos alcance la gracia de no ser cristianos de un momento, sino discípulos fieles. Y que, comenzando hoy con gozo esta Semana Santa, podamos llegar con corazón limpio a la alegría de la Pascua. Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla 

Resurrección de Cristo, la alegría de la Pascua

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Homilía del arzobispo de Granada, D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía celebrada en el Domingo de Resurrección, en la Catedral, el 5 de abril de 2026, presidida por la Sagrada Imagen en su rama infantil del Dulce Nombre de Jesús (Los Facundillos).

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes;
diácono, seminaristas;
queridos miembros de la vida consagrada;
queridos hermanos y hermanas;
queridos niños y los padres que los acompañáis:

¡Feliz Pascua de Resurrección, de nuevo! ¡Cristo ha resucitado! Es la gran noticia cristiana que resuena desde hace dos mil años.

Es el anuncio de los discípulos de Jesús, que, generación tras generación, nos hacemos eco de los primeros apóstoles, de los primeros discípulos de Jesús. Nos hacemos eco y no decimos otra cosa que lo que Pedro anuncia como cabeza de la Iglesia, que como aquellos también nosotros hemos visto y hemos creído.

Queridos hermanos, los cristianos no seguimos a un muerto ilustre. No seguimos a un personaje que se nos pierde en la noche de los tiempos. No seguimos a nadie que está enterrado en algún lado. Seguimos a alguien y damos nuestra vida por él y, sobre todo, damos testimonio de que es el Hijo de Dios, que se ha encarnado, que nos ha mostrado el amor misericordioso de Dios, que nos ha traído palabras de vida eterna y nos ha mostrado el verdadero rostro de Dios.

Nos ha dejado su Palabra. Nos ha dejado su Evangelio, su Buena Noticia. Hemos visto los signos y hemos creído. Le hemos visto andar por nuestros caminos, sufrir con los hombres y mujeres. Le hemos visto ser uno de nosotros menos en el pecado. Cristo, el Hijo de María, el Carpintero de Nazaret, el Nazareno, el que ha sufrido la Pasión, el que ha sido crucificado entre los malhechores.

Cristo ha resucitado. Ha vencido al pecado y a la muerte y se ha convertido para el ser humano en su auténtica vocación, en la plenitud a la que está llamado el ser humano. Esa plenitud que rompe el techo de la muerte, que da razón al anhelo permanente de la humanidad, de la vida eterna, de la vida para siempre.

Cristo el Señor, es el Señor de nuestras vidas, es el Alfa y la Omega, como dice la propia Sagrada Escritura. Es el que ha sido crucificado, pero ha vencido. Es nuestro Señor, el Señor de la Historia, al que nos encaminamos, pero que también está presente en medio de nosotros. “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”, nos ha dicho. Ese Jesús que se ha ido junto al Padre, que está sentado a la derecha del Padre, como confesamos. Ese Jesús, el Hijo de María, que tiene nuestra naturaleza humana, sumida y unida a su naturaleza divina en su Persona divina. Ese Cristo es el Señor. Es hombre verdadero, igual a nosotros, y por eso entiende de nuestros sufrimientos, de nuestras angustias, de nuestros dolores, de nuestras dificultades, de nuestros cansancios.

Por eso es solidario con el ser humano. Por eso nos entiende tan bien. Pero, al mismo tiempo, es la plenitud de lo que estamos llamados a ser, hijos en el Hijo, coherederos con Él de la Gloria, porque en Él hemos sido nosotros también hechos partícipes de la vida divina, de ese viejo sueño adamítico, de ese viejo sueño de nuestros primeros padres. Y es a esa plenitud a la que nos encaminamos y que ya se nos ha dado anticipadamente, aquí.

Luego, la Resurrección, queridos amigos, no es algo marginal en el cristianismo. No es un artículo más en el credo que confesamos. Es algo esencial. Nos dice San Pablo que, si los muertos no resucitan, Cristo tampoco ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, somos los más tontos de los hombres. Nuestra predicación sería vana, sería un engaño. Los cristianos no seguimos una ilusión. Los cristianos no practicamos un opio del pueblo para contentarnos de los sufrimientos y aguantar, sino que la Resurrección de Cristo nos ha dado el sentido pleno de la vida, que hace que la muerte no sea el final; que nuestros seres queridos no sólo pervivan en la memoria, sino también si han seguido al Señor y han vivido coherentemente, con aquel que ha dicho “Yo soy la Resurrección y la vida, el que cree en mí aunque haya muerto vivirá, y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”, nosotros por eso mantenemos la esperanza, por eso la vida merece la pena ser vivida, la entrega y el sacrificio esperamos su fruto. Por eso, nos desvivimos en nuestra vida para llegar a esa plenitud. Por eso sabemos que la muerte no es el final, sino que es el paso doloroso ciertamente hacia la Vida con mayúscula.

La Resurrección de Cristo es la garantía, es lo que sella nuestra esperanza, es lo que nos da ánimo en los momentos de dificultad, es lo que nos da fuerza en los momentos de debilidad, es lo que hace secar nuestras lágrimas cuando sentimos el golpazo de la muerte en los seres queridos, en los más cercanos aquellos a los que estamos unidos por la sangre, la amistad y la estima.

Queridos amigos, la Resurrección de Cristo es ya la nuestra. Por eso vivimos la alegría de la Pascua. Por eso el cristianismo pervive y pervivirá hasta el final de los tiempos. “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Con esta confianza, vamos a pedirle al Señor que nuestra fe no se debilite; que nuestra esperanza nos dé fuerza en la lucha de cada día, que estamos llamados a vivir de una manera nueva, a transformar el mundo, a no quedar nuestra fe en la Resurrección en nuestra cabeza sin que sea operativa en nuestra existencia de cada día, como nos ha invitado el apóstol diciéndonos que busquemos los bienes de ahí arriba, que levantemos el vuelo, que no nos quedemos solos en las cosas materiales, en el que “comamos y bebamos, que mañana moriremos”, “en el apaga y vámonos”. No bebamos, queridos amigos, solo de tejas para abajo. No busquemos solo esos medios de vida necesarios, claro que sí, para nosotros y para los demás, sin que nadie se quede atrás.

Pero, busquemos y no cerremos el techo a una plenitud a la que estamos llamados, a una esperanza que no es algo iluso, sino que Cristo ha resucitado, su sepulcro está vacío, los testigos lo han visto, dichosos los que creen sin haber visto, nosotros hemos creído por el testimonio de otros.

Queridos amigos, en este día de alegría, pidamos al Señor que da la paz a sus discípulos con su saludo, que dé la paz también a nuestro mundo. Esa paz que nace de su victoria, que es la victoria del bien, la victoria de la misericordia, la victoria del Dios de la vida y de la paz.

Pidamos esa paz para nuestro mundo. Demos a nuestros niños un mundo mejor, donde las armas, donde los odios, donde las divisiones queden superadas. Pidámosle al Señor de la vida y Señor de la paz a Cristo Resucitado que no haya locos que nos lleven a las guerras y al enfrentamiento; que no busquemos los intereses partidistas, sino el bien común de una humanidad que quiere progresar, de una humanidad que espera también ella la victoria que ha conseguido Cristo, cabeza de la nueva humanidad, Dios y Señor nuestro.

Que Santa María a la que felicitamos, que Ella nos ayude y, como le dice el pueblo cristiano, “nos haga dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo”.

Amén.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

Catedral de Granada
5 de abril de 2026

“Cristo ha resucitado. Cristo vive. Vive en su Iglesia”

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Homilía del arzobispo D. José María Gil Tamayo en la vigilia pascual, celebrada en la Catedral el 4 de abril de 2026, donde un grupo de siete personas adultas han sido bautizados, y con ello también han recibido los Sacramentos de la Confirmación y Comunión.

Queridos sacerdotes concelebrantes y diáconos;
queridos seminaristas;
queridos miembros de la vida consagrada;
queridos amigos, que nos seguís a través de La 2 de Televisión Española, a la que agradezco especialmente que en este triduo pascual que hemos celebrado en Granada haya retransmitido los Oficios Santo, Jueves, Viernes y esta Vigilia, desde la Catedral de Granada, aumentando nuestra familia eclesial;
un saludo especialmente a los enfermos, a los que estáis imposibilitados para salir de casa:

¡Cristo ha resucitado!

Queridos catecúmenos, que vais a ser bautizados. Hoy sois protagonistas especiales de esta celebración de la vigilia pascual, que es la celebración más importante del año cristiano. Esta vigilia en que hemos recorrido la historia de la salvación desde el comienzo con el hecho maravilloso de la creación del mundo por parte de Dios.

Con ese lenguaje sencillo nos ha ido describiendo la obra de Dios esa obra maravillosa a través de la cual el ser humano, con el uso de su razón y admirándose, puede llegar al conocimiento de Dios. Pero, más maravilloso ha sido la intervención de Dios eligiéndose un pueblo y liberándolo de la esclavitud de Egipto. Ese pueblo, el pueblo escogido de Israel, recibe la Ley del Señor y hace alianza con él, comprometiéndose a observar sus mandatos.

Esos mandatos que esencialmente están contenidos en los Diez Mandamientos, como expresión de ese deber ser que hay en el ser humano, que busca no sólo los medios de vida, sino las razones por las que vivir: el sentido que sabe que está hecho para la eternidad, está hecho para Dios. Y que Dios es el fundamento de su vida y de todo el orden constituido. Desde esa manera de pensar, desde esa manera de creer, el pueblo de Dios no fue siempre fiel a él, sino que cae a veces en la idolatría y se aparta de Dios. Y Dios envía a sus profetas, pero, por encima de todo, está la voluntad salvífica de Dios en favor de los hombres. Y como nos dice la Carta a los hebreos, Dios habló de muchas maneras a nuestros padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por su Hijo Jesucristo.

Y Cristo con su Encarnación nos ha mostrado el Rostro de Dios, haciéndose cercano, haciéndose uno de nosotros, siendo uno de nosotros. Pero es, nada más y nada menos, el Hijo de Dios, que ha tomado nuestra condición humana menos en el pecado, pasando por el Misterio de la muerte, por el Misterio de la Pasión que hemos celebrado estos días, incluso de manera plástica en nuestras calles, con esos bellos pasos donde la religiosidad popular ha manifestado sus sentimientos, hechos oración y admiración ante la belleza, pero, sobre todo, del reconocimiento de que Dios en su Hijo Jesucristo nos ha salvado.

Pero, no somos la religión de un muerto. No somos la religión de un muerto ilustre, que se nos pierde en la noche de los tiempos, sino de Alguien que está vivo, que es Cristo resucitado, que ha vencido el pecado y la muerte, y que no sólo ha hecho realidad el viejo sueño de nuestros primeros padres de querer ser como Dios. Ellos, por el camino de la soberbia, arrastrando la humanidad al pecado, y Cristo, por el camino de la humildad, del anonadamiento, de su Encarnación, de su Pasión, muerte y Resurrección, nos ha salvado. Y esa salvación de Cristo tenida con su Misterio Pascual, con su Resurrección, que certifica, de manera real, Su presencia, en medio de nosotros, es la salvación que, queridos catecúmenos, vais a recibir ahora. Esa salvación se hará realidad por el ministerio de la Iglesia en vosotros y en vosotras.

Venís como hijos de la humanidad, pero vais a salir también como hijos e hijas de Dios, con esa dignidad que el resto os va a acompañar como cristianos que ya somos desde hace mucho tiempo. La Cuaresma nos ha salvado para renovar nuestra vida cristiana; a vosotros, para prepararos de manera próxima, para renovarnos y hacer realidad esa Victoria de Cristo que San Pablo en la proclamación de la Epístola nos ha dicho en la Carta a los romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte”.

Pues, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la Gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Hemos sido revestidos de Cristo y eso es lo que tenemos que tomar conciencia los cristianos en la pascua. Somos criaturas nuevas.

Estamos llamados a una plenitud ya por ser seres humanos con una dignidad inalienable que Cristo ha plenificado. Pero nos llama a una plenitud de vida, que se completará en la vida eterna y que ya se nos anticipa como cristianos con la certeza de la Resurrección de Cristo. Cuando San Pablo recrimina a las primeras comunidades, especialmente a los de Tesalónica o a los Corintios. A los de Tesalónica, porque estaban expectantes por la vuelta del Señor; y a los corintios, porque había gente que dudaba de la Resurrección de los muertos y San Pablo les dice ‘si los muertos no resucitan, Cristo no ha resucitado y si Cristo no ha resucitado somos los más tontos de los hombres, nuestra predicación es estéril’.

Queridos amigos, Cristo ha resucitado. Cristo vive. Vive en su Iglesia. Vive en su Palabra, vive en la liturgia y la obra de Dios por antonomasia, en los Sacramentos. Vive en los hermanos, especialmente en los más débiles, en los más necesitados. Y nos invita a vivir ese amor fraterno que certifica nuestro amor a Dios. Estamos llamados a la santidad, estamos llamados a vivir como cristianos, a la coherencia de vida, a dejar a un lado esa modalidad de cristianismo de “creyente y no practicante”. No cabe. No cabe una fe sin obras. El apóstol Santiago nos dice en su Carta que es una fe muerta. Mostremos con nuestro amor a los demás nuestra fe en el Dios de la vida, en el Dios vivo. Hagamos realidad el Evangelio como criaturas nuevas. Vivamos la misma vida de Cristo.

Queridos catecúmenos, que vais a ser bautizados. Vais a ser revestidos de Cristo. Vais a ser injertados en Cristo. Fijaros qué palabras usa el Apóstol para decirnos que vamos a ser, que somos, otros cristos, el mismo Cristo, que la vida de Cristo, su Espíritu habita en nosotros. Luego, criaturas nuevas a las que se les exige un modo de vida, un estilo de vida nuevo del que debemos de tomar conciencia los cristianos.

El bautismo no es un puro protocolo. Es lo más importante que nos ha ocurrido en nuestra vida. San Agustín decía “yo con vosotros soy, estoy, soy cristiano, y este es mi timbre de gloria, yo para vosotros soy obispo, y esta es mi tarea, este es mi encargo”. Pero, lo más importante, queridos hermanos: que somos hijos e hijas de Dios, que somos bautizados. Esa es nuestra dignidad: que hemos sido revestidos de Cristo.

Por tanto, esto nos lleva a unas relaciones distintas con los demás, a ver en nosotros, no simplemente coetáneos o compañeros de camino en la vida, sino hermanos y hermanas, en los que también se refleja Cristo, sobre todo, los más necesitados, el que seremos una manera de vivir. Es un encuentro con Cristo Resucitado, en su Palabra -repito- en sus Sacramentos, como en vosotros ahora en el Bautismo salvador, la Confirmación, vais a recibir al Espíritu Santo, y vais también a participar de la Mesa eucarística, donde Cristo se nos da como pan de vida.

Luego, queridos hermanos y hermanas, en este día de la fiesta más grande del año cristiano, alegraos. Pero, al mismo tiempo, el Señor nos invita a salir, a no encerrarnos, a no quedarnos de puertas adentro, a no quedarnos en el interior de los templos, sino a transformar el mundo. Hemos recibido un mandato misional de Cristo, de salir, de evangelizar, de anunciar, de cambiar el mundo, y fijaros si lo necesita. Fijaros si necesita que pongamos en práctica de una vez, y desenvolvamos el mandamiento nuevo, para que deje de ser nuevo en su cumplimiento.

Fijaros nuestro mundo, con divisiones y con guerras, si necesita a los cristianos, si necesita la luz de Cristo. Vamos a intentarlo.

Queridos catecúmenos, que vais a ser baptizados. Darle gracias a Dios. Y le pido especialmente a la Virgen Santísima por vosotros. El apóstol Juan la recibió como algo propio, como alguien propio. Sin Ella no entenderíamos plenamente el Misterio cristiano. Forma parte del Misterio cristiano. Que Ella, como madre, os acompañe y os guíe.

Y vamos ahora a proseguir en esta bella liturgia, con la celebración bautismal. Para vosotros, el inicio de la salvación. Para los demás, el recordatorio y la renovación de nuestras promesas bautismales, para comprometernos, ya que somos hijos de la luz, hijos de Dios, hermanos y coherederos con Cristo, de una vida nueva que exige que la actualicemos, la renovemos y cambiemos el mundo. Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

4 de abril de 2026, vigilia pascual
S.A.I Catedral de Granada

«¡Verdaderamente ha resucitado; aleluya!»

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«¡Verdaderamente ha resucitado; aleluya!»
Felicitación pascual del obispo Eloy Santiago

Querida familia diocesana, feliz Pascua de resurrección. ¡Verdaderamente ha resucitado; aleluya, aleluya!, nos hace repetir la liturgia en este día, exultante de gozo porque Cristo ha vencido a la muerte. La muerte, el dolor, ya no tiene la última palabra. Cristo se ha entregado por nosotros y nos ha dado la vida plena que celebramos en la Pascua.

Como obispo de esta diócesis, quiero felicitar de corazón a todo el pueblo de Dios que peregrina en La Gomera, El Hierro, La Palma y Tenerife, deseando que realmente Cristo haya resucitado en nuestras vidas.

Que envíe su Espíritu Santo a nuestra Iglesia diocesana para, como los primeros apóstoles, tengamos la fuerza del Espíritu para evangelizar, para vivir la fe unidos. Mirad cómo se aman, dicen los apóstoles. Pues ojalá que nuestra Iglesia diocesana viva esa unidad para la misión, para la evangelización, teniendo muy en cuenta a los pobres, a los vulnerables.

Además, en esta Pascua ya nos preparamos para la venida del Santo Padre. Por eso, la alegría pascual se prolongará hasta ese encuentro con el sucesor de Pedro.

Que llegue mi invitación más cordial a todos y cada uno de ustedes, a toda nuestra Iglesia Nivariense, con ese deseo de que el Señor resucitado nos llene con su Espíritu, nos llene de alegría y de gozo y así demos testimonio de la alegría del Evangelio.

Que Cristo resucitado les bendiga a todos ustedes y a sus familias.

«¡Verdaderamente ha resucitado; aleluya!»

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Felicitación pascual del obispo Eloy Santiago

Querida familia diocesana, feliz Pascua de resurrección. ¡Verdaderamente ha resucitado; aleluya, aleluya!, nos hace repetir la liturgia en este día, exultante de gozo porque Cristo ha vencido a la muerte. La muerte, el dolor, ya no tiene la última palabra. Cristo se ha entregado por nosotros y nos ha dado la vida plena que celebramos en la Pascua.

Como obispo de esta diócesis, quiero felicitar de corazón a todo el pueblo de Dios que peregrina en La Gomera, El Hierro, La Palma y Tenerife, deseando que realmente Cristo haya resucitado en nuestras vidas.

Que envíe su Espíritu Santo a nuestra Iglesia diocesana para, como los primeros apóstoles, tengamos la fuerza del Espíritu para evangelizar, para vivir la fe unidos. Mirad cómo se aman, dicen los apóstoles. Pues ojalá que nuestra Iglesia diocesana viva esa unidad para la misión, para la evangelización, teniendo muy en cuenta a los pobres, a los vulnerables.

Además, en esta Pascua ya nos preparamos para la venida del Santo Padre. Por eso, la alegría pascual se prolongará hasta ese encuentro con el sucesor de Pedro.

Que llegue mi invitación más cordial a todos y cada uno de ustedes, a toda nuestra Iglesia Nivariense, con ese deseo de que el Señor resucitado nos llene con su Espíritu, nos llene de alegría y de gozo y así demos testimonio de la alegría del Evangelio.

Que Cristo resucitado les bendiga a todos ustedes y a sus familias.

Domingo de Resurrección. “Que el encuentro con Cristo vivo no nos deje indiferentes ante los más vulnerables”

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Este 5 de abril, nuestra Iglesia diocesana ha celebrado con la máxima solemnidad, el Domingo de Resurrección.

El obispo Eloy Santiago presidió a mediodía, en la Catedral, la Eucaristía. Posteriormente, tuvo lugar la procesión con el Santísimo Sacramento hasta la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción donde tuvo lugar el acto de adoración a Jesús Sacramentado.

El prelado quiso empezar su homilía recordando las palabras del papa León XIV en su bendición Urbi et orbi de esta mañana. “Cristo ha resucitado. Es la victoria de la vida sobre la muerte, de la luz sobre las tinieblas, del amor sobre el odio”.

 

La experiencia de la Resurrección, indicó Santiago, hace que nos pongamos en movimiento, como le ocurrió a María Magdalena, a Simón Pedro y a Juan. “Qué bella imagen para expresar cómo la Resurrección de Cristo y su anuncio no puede dejarnos indiferentes y quietos. ¡Al contrario! Nos pone en movimiento. Un movimiento que no es pausado, cansino, desanimado, sino rápido, y que nos llena de vida y de energía”.

En otro momento de su homilía, el obispo expresó que el encuentro con Cristo vivo y resucitado ha de llevarnos a buscar los bienes del cielo y no la codicia de los bienes terrenales que en muchas ocasiones crean grandes desigualdades. “La historia, e incluso el momento presente, nos hace conocer qué sucede cuando se busca solamente los bienes de este mundo. El informe FOESSA también nos ha ayudado a tomar conciencia de esta realidad, incluso en nuestras islas, donde el 25%, vive en situación de exclusión social por no tener acceso a una vivienda o a un trabajo dignos. Una situación que no nos puede dejar indiferentes a quienes creemos en el Resucitado y estamos llamados a buscar los bienes de allá arriba”.

En este sentido, monseñor Santiago hizo hincapié en que los bienes a los que debemos aspirar son el amor, el perdón, la justicia y la paz.

Por último, el obispo invitó a todos los diocesanos a ponerse en camino raudos y veloces para encontrarse con Aquel que vive y luego ir a anunciarlo “a todos los hombres y mujeres, especialmente a los que viven sin esperanza en un vacío existencial. Que María, la mujer que también fue a prisa a la montaña a la casa de su pariente Isabel, nos acompañe en nuestra misión de anunciar a su Hijo resucitado”.

¡¡Resucitó!! Un ardor que se transmite en pasión por la misión

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El obispo, Eloy A. Santiago, presidió en la Catedral la Vigilia Pascal, la más importante de las celebraciones

“La noticia de la Pascua tiene que hacer arder nuestro corazón, como los discípulos camino de Emaús que se encontraron con Cristo resucitado. Un ardor que se transmite en pasión por la misión, por la evangelización, en hacer presente al Resucitado en la vida pública, en nuestra sociedad que tantas veces sigue buscando a Jesús en el lugar de los muertos o no se acaba de encontrar con Él”.

Esa era la invitación del prelado nivariense en la homilía de la Vigilia Pascual que presidió en la Catedral la noche de este sábado al Domingo de Resurrección. Según una antiquísima tradición, ésta es una noche de vela en honor del Señor, y la Vigilia que tiene lugar en la misma, conmemorando la noche santa en la que el Señor resucitó, ha de considerarse como “la madre de todas las santas vigilias”.

La celebración se desarrolla en cuatro partes: el lucernario y el pregón pascual forman la primera parte de la Eucaristía. La misma comenzó en el exterior de la Catedral donde el obispo bendijo el fuego y el Cirio Pascual que fue introducido solemnemente en el templo.

En la segunda parte la Iglesia contempla a través de la liturgia de la Palabra, las maravillas que Dios ha hecho en favor de su pueblo desde los comienzos. Precisamente el obispo subrayó en la homilía que la Palabra proclamada “permite descubrir cómo toda la historia de la salvación (desde la creación del mundo, pasando por el sacrificio de Isaac y la salida de los israelitas de Egipto hasta las profecías) adquiere su sentido y su interpretación desde la Pascua, la nueva creación desde la que mirar toda la realidad.

Una mirada desde la confianza, ya que somos invitados a “no temer”. “Confianza en aquel que ha vencido nuestros miedos y temores (como la muerte). Confianza en quien vive y acompaña a su Iglesia, yendo por delante en la misión. Confianza porque ha cumplido su palabra: ¡ha resucitado!, y quien anunció eso, Jesucristo, es el mismo que nos ha prometido que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos, puesto que Él nos acompaña en la misión”- señaló el obispo

Para Santiago “la Pascua es una invitación a salir de la vida pasiva o del inmovilismo para ponerse en camino. El Resucitado nos invita a movernos, como las mujeres que se marcharon a toda prisa del sepulcro corriendo para llevar el anuncio a los discípulos: la noticia de la Pascua tiene que hacer arder nuestro corazón, como el de los discípulos camino de Emaús que se encontraron con Cristo resucitado. Un ardor que se transmite en pasión por la misión, por la evangelización, por hacer presente al Resucitado en la vida pública, en nuestra sociedad que tantas veces sigue buscando a Jesús en el lugar de los muertos o no se acaba de encontrar con Él.”

En otro momento de su homilía el obispo invitó a los presentes en el primer templo de la diócesis a “volver a Galilea, al lugar de la primera llamada, donde todo empezó para releer todo a partir de la Pascua, como invitaba el papa Francisco”.

“También nuestra Diócesis, y cada uno de quienes la formamos, estamos llamados a volver a Galilea, no como un repliegue al pasado, sino como invitación a recuperar el amor primero y vivirlo desde la Pascua”- Concluyó

La tercera parte de la Vigilia , es la liturgia bautismal o, como ocurrió en esta ocasión, la renovación de las promesas del bautismo.

Finalmente, la comunidad fue invitada a la mesa, preparada por el Señor para su pueblo, memorial de su Muerte y Resurrección, en espera de su nueva venida (cuarta parte).

Mensaje de Pascua ante la imagen del Resucitado

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Lo hace en el acto celebrado en la plaza del Obispo junto a la imagen del Resucitado y la Virgen, María Santísima Reina de los Cielos, durante su procesión.

 

Amigos y amigas, malagueños y visitantes de esta preciosa ciudad:

La paz sea con todos vosotros.

Queridos hermanos y hermanas, este es el primer saludo de Cristo resucitado, el Buen Pastor que ha dado la vida por el rebaño de Dios. 

También yo quisiera que este saludo de paz llegue hasta vuestros corazones, alcance a vuestras familias, a todas las personas, donde sea que se encuentren, a todos los pueblos, a toda la tierra. 

La paz esté con vosotros.

Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, que nos ama a todos incondicionalmente… 

Dios nos quiere, Dios nos ama a todos, y el mal no prevalecerá. Estamos todos en las manos de Dios. Por lo tanto, sin miedo, unidos, tomados de la mano con Dios y entre nosotros sigamos adelante. Somos discípulos de Cristo. Cristo nos precede. El mundo necesita su luz. La humanidad lo necesita como puente para ser alcanzadapor Dios y por su amor….

Ayudaos unos a otros a construir puentes, con el diálogo, con el encuentro, uniéndonos todos para ser un solo pueblo siempre en paz.

Con estas palabras de León XIV –pronunciadas en la plaza de San Pedro, apenas unos instantes después de haber sido elegido papa– deseo concluir esta celebración de Pascua, que corona la Semana Santa; una Semana Santa preciosa aquí en Málaga, en la que no hemos mirado al cielo para ver si llueve, sino para dar gracias a Dios.

La paz esté con todos vosotros.

He elegido estas palabras porque todos somos conscientes de los horrores de la guerra en Irán, en Ucrania y en tantos pueblos del mundo donde innumerables inocentes sufren y mueren.

Urge, por consiguiente, dejarnos alcanzar por la Paz que Cristo nos regala y trabajar unidos, cada uno con su forma de ser y de pensar –como en esta procesión, en la que avanzamos juntos, cada cual con su túnica propia–, para extender esta paz a nuestras familias, a nuestras parroquias y hermandades, a nuestros lugares de trabajo y a nuestros barrios; para que llegue a todos los rincones de la Tierra.

Aunque a veces parezca que todo compromiso por la paz resulta inútil, la Pascua nos asegura que Dios valora, multiplica y da eficacia a todo gesto de reconciliación, a toda palabra que busca el diálogo, a todo compromiso por la verdad, la justicia y la paz. La resurrección de Jesús no es sólo un hecho que tuvo lugar en un momento preciso de la historia humana, sino también una fuerza transformadora del presente.

La Pascua nos invita a vivir como hombres y mujeres nuevos, testigos de la esperanza que no defrauda, portadores de la alegría que nace del encuentro con el Resucitado, constructores de fraternidad y de paz en un mundo atemorizado por las guerras.

La paz esté con todos vosotros. ¡Acogedla, cuidadla, transmitidla!

¡Feliz Pascua!

+ José Antonio Satué

Obispo de Málaga

Mensaje de Pascua de Mons. Satué ante la imagen del Resucitado

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Mensaje de Pascua de Mons. Satué ante la imagen del Resucitado

Lo hace en el acto celebrado en la plaza del Obispo junto a la imagen del Resucitado y la Virgen, María Santísima Reina de los Cielos, durante su procesión.

Amigos y amigas, malagueños y visitantes de esta preciosa ciudad:

La paz sea con todos vosotros.

Queridos hermanos y hermanas, este es el primer saludo de Cristo resucitado, el Buen Pastor que ha dado la vida por el rebaño de Dios. 

También yo quisiera que este saludo de paz llegue hasta vuestros corazones, alcance a vuestras familias, a todas las personas, donde sea que se encuentren, a todos los pueblos, a toda la tierra. 

La paz esté con vosotros.

Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, que nos ama a todos incondicionalmente… 

Dios nos quiere, Dios nos ama a todos, y el mal no prevalecerá. Estamos todos en las manos de Dios. Por lo tanto, sin miedo, unidos, tomados de la mano con Dios y entre nosotros sigamos adelante. Somos discípulos de Cristo. Cristo nos precede. El mundo necesita su luz. La humanidad lo necesita como puente para ser alcanzadapor Dios y por su amor….

Ayudaos unos a otros a construir puentes, con el diálogo, con el encuentro, uniéndonos todos para ser un solo pueblo siempre en paz.

Con estas palabras de León XIV –pronunciadas en la plaza de San Pedro, apenas unos instantes después de haber sido elegido papa– deseo concluir esta celebración de Pascua, que corona la Semana Santa; una Semana Santa preciosa aquí en Málaga, en la que no hemos mirado al cielo para ver si llueve, sino para dar gracias a Dios.

La paz esté con todos vosotros.

He elegido estas palabras porque todos somos conscientes de los horrores de la guerra en Irán, en Ucrania y en tantos pueblos del mundo donde innumerables inocentes sufren y mueren.

Urge, por consiguiente, dejarnos alcanzar por la Paz que Cristo nos regala y trabajar unidos, cada uno con su forma de ser y de pensar –como en esta procesión, en la que avanzamos juntos, cada cual con su túnica propia–, para extender esta paz a nuestras familias, a nuestras parroquias y hermandades, a nuestros lugares de trabajo y a nuestros barrios; para que llegue a todos los rincones de la Tierra.

Aunque a veces parezca que todo compromiso por la paz resulta inútil, la Pascua nos asegura que Dios valora, multiplica y da eficacia a todo gesto de reconciliación, a toda palabra que busca el diálogo, a todo compromiso por la verdad, la justicia y la paz. La resurrección de Jesús no es sólo un hecho que tuvo lugar en un momento preciso de la historia humana, sino también una fuerza transformadora del presente.

La Pascua nos invita a vivir como hombres y mujeres nuevos, testigos de la esperanza que no defrauda, portadores de la alegría que nace del encuentro con el Resucitado, constructores de fraternidad y de paz en un mundo atemorizado por las guerras.

La paz esté con todos vosotros. ¡Acogedla, cuidadla, transmitidla!

¡Feliz Pascua!

+ José Antonio Satué

Obispo de Málaga

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