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Domingo de Ramos: no nos quedemos en la puerta’

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Con el Domingo de Ramos entramos en la Semana Santa, la semana más grande del año cristiano. Nuestras calles y plazas se llenan de fieles; muchos niños acuden con sus palmas y ramas de olivo acompañados por sus padres y abuelos; no pocos se acercan movidos por la tradición, por el recuerdo de la infancia o por el deseo sincero de empezar bien estos días santos. Todo ello es hermoso y tiene valor. Pero conviene decirlo con claridad: no basta con quedarnos en lo exterior, en el ambiente, en la emoción del momento o en la estampa entrañable de una mañana festiva. El Domingo de Ramos es una puerta, y una puerta está para atravesarla. La Iglesia nos sitúa hoy ante Cristo, que entra en Jerusalén aclamado por la multitud y, al mismo tiempo, nos hace escuchar ya el relato de su Pasión. La liturgia une el júbilo y el dolor, la aclamación y la cruz, la gloria y el anonadamiento. De este modo nos enseña una verdad decisiva: no hay cristianismo auténtico sin acompañar al Señor hasta el final. No podemos querer a Cristo solo cuando pasa entre palmas; hemos de permanecer con Él también cuando sube al Calvario.

Por eso, al comenzar esta Semana Santa, quisiera dirigir una invitación muy concreta a todos los diocesanos: no os quedéis fuera. Después de la bendición de los ramos, entrad en el templo; después de la emoción del primer momento, adentraos en el misterio; después del gesto tradicional, vivid la fe con hondura. La Semana Santa no es un simple recuerdo piadoso del pasado, es la actualización sacramental del misterio de la redención. Lo que Cristo realizó una vez para siempre en su Pasión, Muerte y Resurrección, la Iglesia lo celebra para que nosotros participemos de sus frutos. Como enseña santo Tomás de Aquino, “Cristo por su pasión nos libró de los pecados” (Suma Teológica, III, q. 49, a. 1). Necesitamos redescubrir esto con nueva profundidad. Hay muchos bautizados que aman sinceramente al Señor, pero viven estos días casi desde fuera: contemplan, observan, acompañan hasta cierto punto, pero no acaban de entrar. Y, sin embargo, la Iglesia nos llama a una participación más plena, más consciente, más interior. La palma bendecida tiene sentido si va unida a un corazón convertido. La emoción religiosa da fruto cuando desemboca en oración, penitencia, caridad y vida sacramental.

El Jueves Santo por la tarde comienza el Triduo Pascual. No es un día más, ni una misa más. La Iglesia celebra la Cena del Señor, y en ella contemplamos tres grandes dones: la institución de la Eucaristía, el nacimiento del sacerdocio ministerial y el mandamiento nuevo del amor fraterno, expresado en el lavatorio de los pies. Cristo se queda con nosotros en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. No nos deja solos, no nos abandona a nuestras fuerzas. Permanece en medio de su Iglesia como alimento, sacrificio y presencia real. En una sociedad marcada por tanta prisa, tanta dispersión y tanta superficialidad, volver de verdad a la Eucaristía es volver al centro.

El Viernes Santo nos postramos ante la cruz. Ese día no celebramos la Misa; la Iglesia, en sobriedad y recogimiento, escucha la Pasión del Señor, ora por todos, adora la santa cruz y comulga con el Pan consagrado el día anterior. Es el día del amor llevado hasta el extremo. No hay en la historia palabra más elocuente que la cruz de Jesucristo. Allí contemplamos hasta dónde llega el amor de Dios por el hombre. Allí comprendemos la gravedad del pecado y, al mismo tiempo, la inmensidad de la misericordia. Allí aprendemos que el sufrimiento unido a Cristo no es absurdo ni estéril. Santo Tomás escribió que “la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida” (Conferencias sobre el Credo, 6). Es una afirmación recia y luminosa: en la cruz aprendemos a amar, a obedecer, a perdonar, a perseverar y a esperar.

El Sábado Santo es día de silencio, de oración y de espera. María sostiene la esperanza de la Iglesia en la hora más oscura. Junto al sepulcro del Señor, el pueblo cristiano aprende a velar, a no desesperar, a esperar contra toda esperanza. Nuestro tiempo necesita esta lección. Vivimos rodeados de ruido, de mensajes inmediatos, de opiniones incesantes; cuesta guardar silencio, cuesta esperar, cuesta permanecer. Pero sin silencio no hay hondura; sin espera no hay esperanza; sin interioridad no hay vida espiritual sólida. Y, finalmente, la noche santa de la Vigilia Pascual nos abre al gozo sin ocaso. La Iglesia proclama exultante que esta es la noche “en que Cristo, rotas las cadenas de la muerte, asciende victorioso del abismo”, como canta el Pregón pascual. San Agustín expresó esta certeza con palabras admirables: “La Resurrección de nuestro Señor Jesucristo es la vida nueva de los creyentes en Jesús” (Sermón 272). Esta es la gran noticia de la Pascua: Cristo ha vencido, y con Él puede renacer también nuestra vida cansada, tibia o herida.

Queridos hermanos, Sevilla ama profundamente la Semana Santa. Demos gracias a Dios por ello. Pero no permitamos que la costumbre vacíe el misterio, ni que lo externo eclipse lo esencial. Vayamos con fe a nuestras celebraciones, confesémonos bien, participemos en la liturgia, acompañemos al Señor con recogimiento, entremos en la iglesia, adentrémonos en el misterio, en el misterio pascual. No somos extraños en la casa de Dios, somos hijos. Somos miembros de la Iglesia por el bautismo, y Cristo nos espera. María Santísima, la Virgen fiel, nos acompaña. Pidámosle que nos ayude a vivir estos días santos en íntima unión con su Hijo, para que, pasando con Él por la cruz, lleguemos también a la alegría de la Resurrección.

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

«Revestíos con las armas de Dios» (Ef 6, 11)

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Mensaje ante la Semana Santa de Córdoba 2026 del obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández

La fabricación y el comercio de armas viven un momento dulce. Los innumerables conflictos que asolan el Planeta engrasan y hacen girar la rueda de la producción, la compra-venta y el consumo de instrumentos de defensa, agresión y muerte. En este contexto triste y lamentable, siguen resonando con fuerza las palabras que el Papa León XIV pronunció poco después de ser elegido, desde la logia vaticana clamando a favor de una paz “desarmada y desarmante”.

En el momento del prendimiento, la pasión y la muerte de Jesús de Nazaret también hubo armas: la primera, la espada de Pedro. Se trataba de un arma defensiva con la que, el que luego sería designado como el primero de los apóstoles, quiso defender a su Maestro de la injusticia que se quería cometer. Es verdad que, de un tajo, se llevó por delante la oreja del criado del sumo sacerdote, pero la cosa no pasó a más, gracias a la intervención pacificadora de Jesús: “Envaina la espada: que todos los que empuñan espada, a espada morirán” (Mt 26, 52).

Un lamentable protagonismo adquirió también el látigo formado por unas cuerdas a las que se amarraban una especie de cuchillas capaces de arrancar la piel del reo. Los cuarenta latigazos que recibió Jesús con ellas le causaron terribles dolores y una importante pérdida de sangre.

Decisiva fue la intervención de los clavos con los que fue sujetado el Señor al madero de la cruz. La pérdida de sangre y, sobre todo, el ahogamiento del ajusticiado fueron sus “méritos”. El que seguramente los había utilizado cuidadosamente ayudando a su padre José en el taller, comprobaba ahora cómo su noble uso se convertía en arma letal.

Finalmente, recordamos la intervención de la lanza con la que el soldado traspasó el costado de Jesús, ya fallecido. De él salió sangre y agua, de él nació la Iglesia, de él brotaron los sacramentos, cauce de salvación para todos los redimidos.

La espada, el látigo, los clavos y la lanza, instrumentos de tortura y de muerte, hoy están prácticamente desactivados y forman parte de nuestros museos y de nuestros pasos. Pero, desgraciadamente, han sido sustituidos por otros más sofisticados y letales: los fusiles, los misiles, las bombas, los drones… Son las armas con las que se sigue matando inocentes. Pidamos al Señor que llegue la paz, que llegue su paz al mundo.

Dejando atrás la Cuaresma, nos adentramos en la Semana Santa en la que la Iglesia celebra los misterios centrales de la fe cristiana: la pasión, muerte y resurrección del Señor. Lo haremos participando activamente en las celebraciones litúrgicas que actualizan esos misterios. También en los ritos, procesiones y demás actos de la piedad popular. Contemplemos con devoción al Cristo desarmado y desarmante. Que movidos por la gracia de Dios, y alentados por el testimonio pacificador de María que, a pesar de nuestra traición, nos acoge como hijos, destruyamos la espada de la difamación, el látigo del insulto, los clavos de la injusticia y la lanza de la traición. Al mismo tiempo, revistámonos con las armas de Dios, con las armas de la paz, esto es: la paciencia, el diálogo, la compasión, la justicia y el perdón. Que así sea.

+ Jesús, Obispo de Córdoba

Semana Santa: Amor, Cruz y Vida

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Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Durante la Semana Santa, la Iglesia nos invita a compartir los sentimientos del corazón de Cristo en aquellos intensos días de su Pascua o “paso” de este mundo al Padre. En ellos se revela el misterio del Hijo de Dios en un dinamismo que podríamos describir con las palabras “amor”, “cruz” y “vida”.

“Amor”. El Jueves Santo nos hace revivir el amor en su forma más pura y desbordante. Jesús, el Maestro y Señor, se ciñe una toalla y se arrodilla delante de cada discípulo para lavarle los pies. Con este gesto, nos da a entender que el amor no es un sentimiento pasajero, sino un estilo de vida que se concreta en hechos de humilde servicialidad. En la Última Cena se entregó a sus discípulos como alimento, y en cada Eucaristía sigue entregándonos su Cuerpo y su Sangre, como el alimento y la bebida que sostienen y fortalecen nuestro espíritu para ser capaces de amar como Él y con Él.

«Amar y morir con Cristo para resucitar con Él es el dinamismo de la Semana Santa y de la vida cristiana»
“Cruz”. En el Viernes Santo contemplamos a Cristo abrazando el sufrimiento y la muerte por amor al Padre y a la humanidad. La Cruz no es el símbolo de una vida derrotada, sino de una fidelidad llevada hasta el extremo. En la Cruz, Jesús carga con el dolor de los seres humanos, nos abre un camino hacia la esperanza e instaura el reinado de Dios: el sueño del Padre de una fraternidad efectiva entre todos sus hijos e hijas. Abrazar la cruz como Jesús y con Jesús implica asumir nuestras heridas y limitaciones. Significa también aceptar el sufrimiento que comporta el compromiso de vivir con los que sufren, de defender la verdad y de construir un mundo más justo y en paz.

“Vida”. La Pascua es un canto a la Vida. Cristo resucitado nos muestra que el “amor” entregado hasta el extremo y la “cruz” que se abraza como él la abrazó no terminan en la oscuridad, sino en la luz. La Resurrección de Jesús no es sólo un hecho que tuvo lugar en un momento preciso de la historia humana, sino que también es fuerza transformadora del presente. La Pascua invita a vivir como hombres y mujeres nuevos, testigos de la esperanza que no defrauda, portadores de la alegría que produce el encuentro con el Resucitado, constructores de fraternidad y paz en un mundo atemorizado por las guerras.

Amar y morir con Cristo para resucitar con Él es el dinamismo de la Semana Santa y de la vida cristiana. Dejemos que el ritmo de la liturgia, de las procesiones y de la oración personal, vivido con devoción, abrase nuestro corazón, sane nuestras heridas y renueve nuestra vida con el “amor”, la “cruz” y la “vida” de Cristo.

Un saludo muy cordial en el Señor.

+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

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El final, es el verdadero principio. Deja que me explique. En la noche del jueves santo un acto de amor en la mesa del cordero degollado. La noche termina en una traición, con la pantomima de un beso, que siempre ha sido un regalo, una manifestación de amor. Y luego los juicios cicateros, el escarmiento arrancado a latigazos, los gritos de un pueblo manipulado, la impotencia de la madre y las mujeres que le siguen tras la cruz, la mujer valiente que sale para enjugarle el rostro, el suplicio de la cruz, entre dos ladrones. Uno demostró ser el mejor, el mayor robo de su vida, conseguir el reino de los cielos en el último momento. Pero, no nosotros, Señor.

Terminaremos las procesiones en la noche, derramando cera, perfumando con incienso el dolor y la muerte, arrastrando nuestra penitencia, todos somos reos y verdugos, todos –aunque muchos no lo sepamos– buscadores de Dios en la noche de este largo sábado santo que es la vida. Y la humanidad, tozuda en sus quehaceres, recreando guerras, martirizando inocentes, reventando la poca paz, la poca luz, la poca justicia, la poca verdad, que a veces arañamos y que como cachorros sedientos nos empeñamos en sacar la última gota, empujando insistentemente la ubre de la felicidad, cuando ya no queda nada.  Pero, no nosotros, Señor.

Y mientras, los poderes de este mundo muestran el martirio del inocente, injustamente condenado, televisado en directo para todos, así como tantas guerras e injusticias, y sin darnos cuenta, a veces, nos hemos puesto al margen del sufrimiento ajeno, inconscientes de que los próximos podemos ser nosotros.

Pero, cuando estalla la primavera, los que provocaron tan insistentemente la muerte, sólo se encontrarán con el sepulcro vacío.  Es curioso, cuando todos estaban desolados por la pérdida, Cristo se presenta en medio de ellos como Luz y Paz, nunca se ha podido decir tanto en dos monosílabos. Y ellos, ciegos como muchas veces también nosotros, se empeñaban en que la resurrección eran fábulas de mujeres o que habían visto un fantasma. ¿Por qué, cuando estamos tan necesitados de luz cerramos, como ellos, todas las puertas y ventanas? ¿Por qué nos negamos a dar crédito de lo que vemos, como ellos? Por miedo, por prejuicios, por falta de espíritu… como ellos. Pero, no nosotros, Señor.

Los creyentes en Cristo Resucitado, nos debemos de ocupar y preocupar por la cultura de la Vida, es lo nuestro. Los creyentes en la resurrección debemos superar las angustias, las soledades, los abandonos, las huidas, las traiciones… después de tanto sufrimiento. ¿Quién se atreve a dar la cara?

El domingo, la mañana del día primero, todos los cristianos debemos manifestar públicamente la alegría de nuestra fe. Porque no somos cristianos por la noche del huerto, ni por el prendimiento, ni por los azotes, ni por el despojo, ni por la piedad o soledad de la madre, ni por la corona de espinas, los clavos o la cruz… todo eso está de paso. Somos cristianos por la resurrección de Cristo, como el primero en vencer a la muerte y nosotros en él. El resto, sino es preparación para lo fundamental, que es comenzar de nuevo, rozaría el entretenimiento. Gracias hermandades y cofradías por mantener la fe en nuestras parroquias y procesionarla por nuestras calles. ¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡Ánimo y adelante!

Antonio Gómez Cantero

Obispo de Almería

“Cine con valores” con D. Francisco Varela nos propone dos películas para vivir la Semana Santa

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“Cine con valores” con D. Francisco Varela nos propone dos películas para vivir la Semana Santa

Continuamos ofreciendo el espacio “Cine con valores”, una sección conducida por el sacerdote diocesano D. Francisco Varela, que en esta ocasión propone dos películas para profundizar en el sentido de la Semana Santa desde una perspectiva distinta.

VÍDEO COMPLETO DE LAS RECOMENDACIONES DE D. FRANCISCO VARELA

Tras las recomendaciones realizadas durante la Cuaresma, este nuevo episodio invita a mirar la fe desde ángulos menos habituales, alejándose de los títulos clásicos para adentrarse en historias que conectan la experiencia cristiana con la realidad humana.

TRÁILER DE LA PELÍCULA «LA APARICIÓN»

En primer lugar, D. Francisco Varela recomienda la película “La aparición” (2018), un film que narra la historia de un periodista no creyente que recibe el encargo del Vaticano de investigar una supuesta aparición mariana. A través de esta trama, la película plantea el diálogo entre fe y razón, mostrando cómo la Iglesia aborda con rigor y prudencia estos acontecimientos, integrando también el conocimiento científico.

TRÁILER DE LA PELÍCULA «LA PROFESORA DE HISTORIA»

Junto a esta propuesta, el sacerdote presenta la película “La profesora de historia” (2014), basada en hechos reales, que traslada al espectador a un aula marcada por la diversidad y las dificultades sociales. En ella, una docente acompaña a sus alumnos en un proceso de descubrimiento de la dignidad humana, poniendo en el centro el valor de cada persona y la necesidad de construir una sociedad basada en el respeto y la verdad.

Ambas recomendaciones invitan a vivir la Semana Santa no solo como un tiempo de contemplación, sino también como una llamada a encarnar la fe en la vida cotidiana, recordando que el encuentro con Cristo lleva necesariamente al encuentro con el prójimo.

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Horarios de los Oficios de Semana Santa en las parroquias de la Archidiócesis

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Horarios de los Oficios de Semana Santa en las parroquias de la Archidiócesis

La Delegación Diocesana de Medios de Comunicación, con el fin de ofrecer un mejor servicio a los fieles de la Archidiócesis de Sevilla, ha actualizado la sección ‘Horarios de Misas’ con los horarios de los Oficios durante la Semana Santa en las parroquias de la diócesis, que puede consultar aquí.

Esta iniciativa responde al deseo de facilitar a los fieles una información clara y accesible en unos días especialmente significativos para la vida cristiana. Esta actualización no solo recopila de manera ordenada los horarios de los Oficios en las distintas parroquias, sino que también permite a los creyentes organizar mejor su participación en las celebraciones litúrgicas de la Semana Santa.

Aquellas parroquias que quieran actualizar la información de sus horarios de misa pueden escribir un correo a iglesiaensevilla@archisevilla.org 

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La Fundación Atlantic Copper y la Diócesis de Huelva refuerzan lazos en favor del compromiso social y el desarrollo de la provincia

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La Fundación Atlantic Copper y la Diócesis de Huelva refuerzan lazos en favor del compromiso social y el desarrollo de la provincia

La directora de la Fundación Atlantic Copper, Ángeles Sánchez Cueca, ha realizado en la mañana de este viernes, 27 de marzo, una visita institucional al Obispado de Huelva, donde ha sido recibida por el obispo de la diócesis, Mons. Santiago Gómez Sierra, y el vicario episcopal para la Administración de los Bienes Diocesanos y Relaciones Institucionales, Jaime J. Cano Gamero.

Durante el encuentro, Sánchez Cueca presentó las principales líneas de actuación de la Fundación, centradas en el compromiso social con la provincia y la promoción del talento juvenil mediante programas educativos, becas y prácticas en colaboración con instituciones académicas.

Asimismo, destacó iniciativas orientadas a fomentar las vocaciones científicas y tecnológicas, especialmente entre las jóvenes, junto a actividades formativas que impulsan la excelencia académica.

En el ámbito medioambiental, subrayó el trabajo continuado en las Marismas del Odiel a través de proyectos de educación, sensibilización y conservación, en colaboración con centros educativos y con acciones que favorecen el conocimiento y cuidado de la biodiversidad.

La labor de la Fundación se completa con su apoyo a la cultura y al deporte social, colaborando en iniciativas relevantes para la vida cultural y solidaria de la provincia.

Por su parte, el obispo de Huelva compartió algunas de las preocupaciones pastorales que percibe en sus visitas a las distintas comunidades parroquiales, señalando especialmente la incidencia de la droga en determinados entornos, así como la realidad de los flujos migratorios y las dificultades que afrontan muchas personas en situación de vulnerabilidad en la provincia.

Tras la reunión, la directora de la Fundación recorrió diversas dependencias del Palacio Episcopal, como el Salón del Trono, donde firmó en el libro de honor del Obispado, así como la capilla y otras estancias significativas, entre ellas el comedor en el que almorzó san Juan Pablo II durante su visita a Huelva.

Al término del encuentro, Ángeles Sánchez Cueca agradeció la acogida y la cercanía recibidas, mientras que Mons. Santiago Gómez Sierra expresó su gratitud por la visita y por la labor que la Fundación Atlantic Copper desarrolla en favor del bien común.

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Pascua monástica, en San Jerónimo, para vivir el triduo pascual

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En el monasterio de San Jerónimo, en una iniciativa promovida con la Delegación episcopal para la vida consagrada.

Con la invitación de vivir una Pascua desde el convento de San Jerónimo, su comunidad de monjas contemplativas y la Delegación episcopal para la vida consagrada lanzan “Pascua monástica”, la iniciativa dirigida a chicas de entre 18 y 35 años, en unos “días especiales para vivir la Pasión y Resurrección del Señor”.

El monasterio de San Jerónimo abre así sus puertas para que, desde el Jueves Santo, el 2 de abril, y hasta el Domingo de Resurrección, el 5 de abril, las chicas puedan vivir estos días de Semana Santa, con la posibilidad de descubrir una posible llamada del Señor a la vida contemplativa y/o consagrada.

Aunque no sólo a ellas está dirigida la propuesta, según explica el delegado episcopal para la vida consagrada en la Archidiócesis de Granada, D. Francisco Tejerizo: “Es verdad que la propuesta está abierta no solo para la experiencia vocacional de aquellas chicas que, escuchando la llamada del Señor, se atrevan a compartir esos días con la comunidad jerónima, sino también para todas las personas que deseen compartir en este monasterio las celebraciones de estos días de la Pascua del Señor”.

Las chicas que participen vivirán comunitariamente con las hermanas de monjas contemplativas, compartiendo con ellas tiempo de oración, trabajo, oración y conversaciones.

Las personas interesadas pueden contactar con el monasterio en los teléfono 958-279-337 y 605-158-361 y en el correo electrónico realmonasteriodesanjeronimo@gmail.com

Por otra parte, la comunidad de fieles que lo desee puede participar de las celebraciones litúrgicas en el monasterio de san Jerónimo durante esta Semana Santa, en los siguientes horarios disponibles: Domingo de ramos, 10 horas; Jueves Santo, 19 horas; Viernes Santo, 16 horas; Sábado Santo, 22 horas; y Domingo de Resurrección, 11 horas.

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Semana Santa 2026: Cristo es nuestra Paz

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Semana Santa 2026: Cristo es nuestra Paz

«El amor se opone a la muerte; el amor es vida. Todo lo que comprendo lo entiendo porque amo. Todo existe únicamente porque soy amado» (L. Tolstói, Guerra y Paz). Pocos pasajes de la literatura universal condensan con tanta densidad lo que la Semana Santa proclama. León Tolstói, que conoció el peso de la guerra y la fragilidad de la paz entre los hombres, supo ver en el amor la única fuerza capaz de oponerse a la muerte. Cuando se acerca la Semana Santa, Sevilla se dispone de nuevo a vivir unos días que forman parte de lo más hondo de su alma cristiana. Conviene recordarlo con claridad; no estamos únicamente ante una tradición venerable, sino ante la actualización del misterio central de nuestra fe: Jesucristo, que se entrega por la salvación del mundo y que, resucitado, ofrece al hombre la paz verdadera. La intuición del gran novelista ruso halla únicamente en el misterio pascual su fundamento más hondo y su cumplimiento más pleno. Por ello, vincular la Semana Santa y la paz es una necesidad espiritual y moral, sobre todo en esta hora marcada por guerras, terrorismo, persecuciones, violencia ideológica, crispación social y una creciente dureza en las relaciones humanas. Hay pueblos enteros bajo el estruendo de las armas, y ambientes sociales donde la agresividad verbal parece haberse instalado como costumbre. En medio de este panorama, la Semana Santa proclama una verdad decisiva: la paz nace del amor redentor de Cristo, y en él halla su fuente y su plena consistencia.

El Concilio Vaticano II enseñó con singular lucidez que «la paz no es la mera ausencia de guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias», sino que «con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia» (Gaudium et spes, 78). La paz verdadera demanda conversión, verdad, justicia, perdón y caridad; requiere que el corazón deje de estar dominado por el odio, y que todo acuerdo exterior sea expresión de una transformación interior modelada por la verdad, el perdón, la justicia y la caridad. Y precisamente eso es lo que se revela en la Semana Santa. Contemplamos a Cristo entrando en Jerusalén, lejos de toda violencia, como el Mesías humilde. Lo vemos en la Última Cena, entregando su Cuerpo y su Sangre por nosotros. Lo seguimos en Getsemaní, en donde rechaza el camino de la espada. Lo contemplamos en el pretorio, en la calle de la Amargura y

en el Calvario, cargando sobre sí el peso del pecado del mundo, con una mansedumbre que asombra. Y desde la cruz escuchamos una de las palabras más sobrecogedoras del Evangelio, en las que se condensa la lógica de la salvación: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Finalmente, el Resucitado se presenta a los suyos con el gran saludo pascual: «Paz a vosotros» (Jn 20, 19). El amor, como intuía Tolstói, se ha opuesto a la muerte y la ha vencido.

Éste es el gran mensaje: Jesucristo, Él es en sí mismo nuestra paz (cf. Ef 2, 14). La paz cristiana nace de su Corazón traspasado y glorioso; brota de la victoria del amor sobre el pecado, del perdón sobre la venganza, de la misericordia sobre la condena, de la vida sobre la muerte. Por eso la Semana Santa posee una inmensa fuerza transformadora también para nuestro tiempo, que, en tantos ámbitos, absolutiza el poder. El Señor crucificado continúa manifestando la fecundidad paradójica de la mansedumbre; incluso cuando se premia la dureza, Cristo muestra la grandeza del perdón. El papa san Juan Pablo II formuló una enseñanza que sigue siendo imprescindible: «No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón» (Mensaje para la XXXV Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2002). Únicamente quien ama es capaz de perdonar; y sólo quien perdona comprende, como escribía Tolstói, porque el amor es la única luz con la que ciertas realidades llegan a contemplarse en profundidad. El perdón es una fuerza espiritual que rompe la espiral de la violencia y, abre caminos nuevos donde estos parecían imposibles, puesto que, lejos de ser debilidad o renuncia a la verdad, constituye una de las lecciones más arduas y más necesarias de la cruz.

El papa Francisco ha recordado con vigor que «toda guerra deja al mundo peor de como lo había encontrado» (Fratelli tutti, 261). Basta mirar la realidad para comprobarlo. Las guerras destruyen ciudades, generaciones enteras, siembran traumas profundos y normalizan la lógica de la enemistad. Existen también pequeñas guerras cotidianas: las del hogar, las de los grupos humanos, las de las redes sociales, las de la vida política, las del desprecio, la calumnia y la descalificación constante. También ahí necesitamos la paz de Cristo, porque también ahí muere algo cuando el amor se retira. En este punto resultan especialmente iluminadoras las continuas llamadas a la paz, desde el inicio mismo de su ministerio papal, de León XIV. En su Mensaje para la Cuaresma, nos ha invitado a «desarmar el lenguaje», renunciando a

«las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias», para que «muchas palabras de odio den paso a palabras de esperanza y paz» (Mensaje para la Cuaresma 2026, 5 de febrero de 2026). Y añade que la humanidad está «sedienta de justicia y reconciliación» (Ibíd.). Son palabras de singular oportunidad para preparar la Semana Santa, porque quien acompaña de verdad a Cristo en estos días santos está llamado a erradicar de su interior todo lenguaje de hostilidad, de desprecio o de ruptura.

Nuestras hermandades y cofradías están llamadas a ser escuelas de paz. Lo serán en la medida en que sean lugares de comunión eclesial, de caridad con los pobres, de reconciliación sincera y de formación cristiana sólida. La contemplación de nuestros sagrados titulares transforma el corazón: el Cristo que sufre y la Virgen dolorosa nos convocan a una conversión real. Que nadie banalice lo que celebramos: la Semana Santa es una inmensa catequesis sobre la paz, que nos enseña que la violencia carece de la última palabra; al tiempo que nos recuerda que el mal ha sido vencido en la entrega obediente del Hijo de Dios. Estos días nos impulsan a preguntarnos si sembramos paz o discordia, si construimos comunión o alimentamos divisiones. En esta Semana Santa de 2026, pido al Señor que nuestra vida cristiana sea renovada en profundidad. Que nuestras celebraciones litúrgicas, nuestras estaciones de penitencia y nuestras manifestaciones de piedad popular nos conduzcan a una adhesión más firme a Jesucristo. Que nuestros hogares sean ámbitos de reconciliación. Que nuestras hermandades sean casa y escuela de comunión. Y que Sevilla, que, con devoción, sabe mirada por el Crucificado y su Santísima Madre, sepa también irradiar la paz que nace de la cruz y resplandece gloriosa en la mañana de Pascua. Porque el amor se opone a la muerte. Porque el amor es vida. Y porque todo existe, en última instancia, únicamente porque somos amados: esta es la verdad que la Resurrección de Cristo confirma y que la Semana Santa nos llama a vivir, con corazón abierto y hondura renovada.

+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

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Mons. Jesús Fernández ante la muerte de Noelia: «Hemos fallado como sociedad»

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El jueves, 26 de marzo, la joven de 25 años, Noelia Castillo, recibió la eutanasia después de varios años de lucha

Monseñor Jesús Fernández en la homilía del Viernes de Dolores ante la Señora de Córdoba ha tenido un especial recuerdo para Noelia Castillo, joven de 25 años que recibió la eutanasia el pasado jueves, 26 de marzo. El Obispo ha querido poner a la Virgen como intercesora, especialmente “pidiendo por las madres que sufren la pérdida de sus seres queridos, porque se los roban las adicciones, la guerra o el terrorismo”. Muchas veces se los roba en medio de la sensación que tenemos hoy al haber comprobado que como sociedad “hemos fallado y una joven ha pedido la muerte”, ha lamentado el prelado. Ha fallado toda la sociedad, si bien es cierto que algunos tienen más responsabilidad que otros, pero es cierto que todos hemos fallado porque una joven que no quiera vivir es porque no le hemos facilitado vivir sin dolor y no hemos sido capaces de estar cerca de ella, ha añadido.

Pedimos por las madres y los padres que pierden a sus hijos porque se los roban, como se lo robaron a María. Contemplando y sintiendo el dolor de la Virgen nos sentimos cercanos a todas esas personas y pedimos por ellas para que el Señor las consuele y les de esperanza, también pedimos para nosotros “responsabilidad y compromiso a favor de la vida”, ha terminado monseñor Jesús Fernández.

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