El arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), monseñor Luis Argüello, inauguró ayer lunes la 129ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española. Tras el discurso del presidente, monseñor Piero Pioppo ha dirigido su primer saludo a la Plenaria desde su nombramiento como nuncio apostólico en España, en el mes de septiembre de 2025.
Tanto el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses; como los obispos auxiliares, monseñor Teodoro León y monseñor Ramón Valdivia, participan en esta cita del episcopado español que se celebra en la Casa de la Iglesia. Precisamente, el presidente de la CEE felicitó a monseñor Valdivia al inicio de su discurso por su nombramiento como administrador apostólico de la diócesis de Cádiz y Ceuta.
Orden del día de los obispos
Entre otros temas previstos en el orden del día, los obispos recibirán información sobre los trabajos de organización de la visita del papa León XIV a España, que tendrá lugar entre el 6 y el 12 de junio. Fernando Giménez Barriocanal, que junto a Yago de la Cierva, es responsable de la comisión nacional para este viaje, dará cuenta de estos trabajos.
Por otra parte, los obispos españoles van a recibir de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, presidida por Mons. Conesa, la información sobre la Nota doctrinal Cor ad cor loquitur (El corazón habla al corazón), aprobada por la Comisión Permanente, en su reunión de enero.
El Servicio de Coordinación y Asesoramiento de las Oficinas para la Protección de Menores presentará a la Plenaria las actividades de prevención y formación realizada por las Oficinas de Protección de Menores durante 2025. También se presentarán las propuestas de cursos de la Escuela de Verano de la Conferencia Episcopal y se dará la información pertinente sobre su estructura y organización.
El portavoz del Cabildo, José Juan Jiménez Güeto, ofreció la conferencia titulada “Patrimonio y fe: 8 siglos de compromiso del Cabildo Catedral”
La Asociación Alcorce celebró en la mañana del pasado miércoles una nueva sesión de su ciclo de charlas-coloquio, que en esta ocasión contó con la participación de José Juan Jiménez Güeto, canónigo y portavoz del Cabildo, quien ofreció la conferencia titulada “Patrimonio y fe: 8 siglos de compromiso del Cabildo Catedral”.
El acto tuvo lugar en la sala de estar de mayores de Alcorce y fue presentado por Antonio Arrabal, quien destacó la trayectoria profesional del ponente, recogida previamente en el cartel anunciador del evento.
Durante su intervención, Jiménez Güeto abordó la labor histórica y actual del Cabildo de la Catedral de Córdoba, una institución con más de ocho siglos de existencia cuya misión principal es garantizar el culto, la atención litúrgica y la conservación del patrimonio cultural y artístico de la Mezquita-Catedral.
El ponente explicó que el Cabildo funciona como un órgano colegiado compuesto por miembros capitulares —antiguamente seleccionados por oposición y actualmente nombrados por el obispo— y subrayó que, aunque su actividad es poco conocida por la ciudadanía, desempeña un papel fundamental tanto en el ámbito religioso como patrimonial.
Entre sus principales objetivos, destacó la organización del culto en la Catedral, la gestión y conservación del patrimonio y el servicio a la sociedad cordobesa y a los numerosos visitantes que recibe el templo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1984.
Asimismo, se presentaron algunos de los proyectos en marcha, como el Plan Director 2025-2035, dotado con más de 25 millones de euros, así como diversas actuaciones de restauración, entre ellas la rehabilitación del Mihrab y la cubierta del coro. También se están desarrollando iniciativas como la restauración del muro norte y la celosía, la digitalización del archivo documental o la promoción del turismo cultural y religioso.
El Cabildo, además, mantiene un compromiso activo con la responsabilidad social, destinando aproximadamente un 20% de sus ingresos a programas de acción caritativa y social dirigidos a personas sin hogar, menores en situación de vulnerabilidad y al mantenimiento de templos de la diócesis.
Durante la sesión, también se puso de relieve la dimensión cultural y educativa de la Catedral, que acoge conciertos, exposiciones y actividades formativas, consolidándose como un espacio de encuentro, oración y referencia cultural en Córdoba.
Esta semana, miércoles y jueves, tendrá lugar la segunda edición de las Jornadas Juan de Yepes: Mística y Patrimonio que organiza la Cátedra Juan de Yepes.
La primera de las actividades tendrá lugar mañana, 22 de abril, a las 19:00 horas en el aula magna del Instituto Teológico San Fulgencio, con la conferencia Ángel Romero y María Seiquer: un amor… dos caminos de santidad. La conferencia –que se encuadra en el año de preparación para la conmemoración del 90 aniversario del martirio de Ángel Romero Elorriaga, clave en la historia de la congregación de las Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado– será impartida por el director del instituto, Juan Carlos García Domene; y el secretario general del centro, Javier Marín Marín.
El jueves, se realizará la visita a la exposición Monte Carmelo. Ascensión y nada de san Juan de la Cruz, que se encuentra en el Museo del Cristo de la Sangre de Murcia. La visita estará guiada por el autor de la exposición, el pintor Omar Daf (para participar en la visita es necesario inscribirse).
Y el viernes tendrá lugar la primera edición del encuentro Orar en la Encarnación. Las Carmelitas Descalzas del Monasterio de la Encarnación de Algezares (Murcia) acogen este tiempo de oración que será a las 20:00 horas.
«Tres días en Murcia que despliegan los formatos y horizontes de las cuatro áreas desde las que trabaja la Cátedra (investigación, formación, cultura y contemplación), haciendo de la propia mística patrimonio, y de este una oportunidad para el estudio, la belleza, el encuentro y el sentido trascendente de la humanidad», explican desde la Cátedra.
La parroquia de Viator da un paso ilusionante en su vida comunitaria con el inicio de cuatro nuevos grupos de “primer anuncio”, que comienzan su andadura utilizando el conocido método Alpha España.
Esta iniciativa, impulsada por su párroco, D. José Rodríguez Bonilla, busca ofrecer un espacio cercano, acogedor y sencillo donde cualquier persona —creyente o no— pueda preguntarse por el sentido de la vida, la fe y Dios, sin presiones y en un ambiente de confianza.
¿Qué es el método Alpha?
El método Alpha es una propuesta de primer anuncio que se ha extendido por todo el mundo. Su clave está en la sencillez. Cada encuentro suele tener tres momentos:
Un tiempo de acogida (a menudo compartiendo algo de comida o café)
Un tema o charla breve, que plantea cuestiones esenciales de la fe cristiana
Un diálogo abierto, donde todos pueden opinar, preguntar o compartir libremente
No se trata de clases ni de catequesis tradicional, sino de un espacio de encuentro, donde lo importante es escuchar, compartir y caminar juntos.
Un impulso para la vida parroquial
Con la puesta en marcha de estos cuatro grupos, la parroquia de Viator apuesta por un modelo que ya está dando frutos en muchas comunidades: acercar la fe desde la experiencia personal y el acompañamiento.
En palabras que resumen bien el espíritu de esta iniciativa, se trata de “volver a anunciar lo esencial, de forma nueva”, afirma el párroco de la localidad, poniendo a las personas en el centro y ofreciendo un camino accesible para todos.
Entre ellas, Editorial Mundo Negro de los Misioneros Combonianos y Librería Paulianas.
El día 23 se inaugura la Feria del libro, evento cultural que cada año se ofrece en la ciudad para el fomento de la lectura. Entre los numerosos sellos editoriales, estarán presentes algunos de ellos de contenidos religioso, como Librería Paulinas y Editorial Mundo Negro de los Misionero Combonianos.
Ambos ofrecerán sus novedades editoriales hasta el 3 de mayo, en la caseta número 41 de la Librería Paulinas y la número 92 de la Editorial Mundo Negro y Misioneros Combonianos.
La Librería Paulinas contará con 23 autores para la firma de libros e intercambio de impresiones sobre sus obras con el público. Entre ellos, estará el sacerdote y escritor Jesús Sánchez Adalid, el agustino Bruno D´Andrea, la religiosa Ianire Angulo o la influencer-misionera digital Paula Vega. También ha organizado dos visitas guiadas al a biblioteca de la Facultad de Teología y tres rutas literarias con los autores.
Por su parte, la Editorial Mundo Negro y los Misioneros Combonianos también presentarán sus novedades editoriales, entre otras “El secreto del mundo”, “Están allí. El día de las misioneras y los misioneros por todo el mundo” o “Samira y el camino de las estrellas”.
La Feria del Libro cumple este año su 44 edición y se ofrece en el recorrido que se extiende desde la Fuente de las Batallas hasta la Carrera de la Virgen. El horario es de 11 a 14 horas y de 17:30 a 21:30 horas; y los fines de semana, de 11 a 14:30 horas y de 17:30 a 22 horas.
Un grupo de 25 religiosas de distintos carismas de vida contemplativa de la Archidiócesis de Sevilla ha participado en un encuentro organizado por la Vicaría para la Vida Consagrada. Este se celebró la pasada semana en la Casa de Espiritualidad de la Inmaculada, en el Puerto de Santa María.
El retiro fue impartido por el jesuita Luis Aparicio, mientras que de la parte formativa -que versó sobre la Eucaristía- se hizo cargo el sacerdote sevillano Antonio Jesús Rodríguez, vicerrector del Seminario Conciliar de Cádiz.
El vicario episcopal para la Vida Consagrada de la Archidiócesis de Sevilla, José Ángel Martín, ha declarado que la experiencia ha sido “muy positiva”, tras 15 años sin celebrarse un encuentro similar. “Las religiosas están muy contentas por haber recibido este curso de formación espiritual e intelectual”, añade. Además, destaca la participación de muchas monjas jóvenes.
Estas palabras pronunciadas por Jesús poco antes de ser arrestado dan noticia del gran regalo de la paz que puso en manos de sus discípulos. Previendo lo que iba a suceder, añadió también: “No os inquietéis ni temáis” (Jn 14, 27). A aquellos discípulos de primera hora les costaba asimilar que su Maestro no se defendiera al ser agredido, les desconcertaba su respuesta no violenta. El primero en mostrar su desacuerdo fue Pedro, por eso el Señor le tuvo que ordenar que envainara la espada con la que quería defenderlo. Como nos recuerda el Papa León XIV, la paz de Cristo es una paz “desarmada” y los cristianos tenemos el deber de hacernos testigos de esta novedad.
Mirando el panorama mundial, las relaciones entre países, el mundo familiar, incluso nuestro interior, descubrimos que, lamentablemente, no predomina la paz sino el conflicto. Estamos sufriendo guerras sangrientas como la de Rusia frente a Ucrania y la de Estados Unidos e Israel contra Irán. A nivel político, también entre nosotros, se está imponiendo un discurso polarizador, donde se demoniza al que piensa distinto convirtiéndolo en enemigo. El sufrimiento por las rupturas familiares es enorme y las enfermedades mentales y los desequilibrios personales van en aumento. Ante este panorama, nos preguntamos: ¿Qué ha sido del regalo de la paz que el Señor nos ha hecho?
El Papa León XIV denuncia también que la relación entre los pueblos, en vez de basarse en el derecho, la justicia y la confianza, se está apoyando en el miedo y en el dominio por la fuerza. A partir de ahí, se entiende perfectamente la llamada a incrementar el gasto militar. De hecho, en el año 2024, ese gasto a nivel mundial aumentó más de un nueve por ciento respecto al año anterior. Añade gravedad al asunto la aplicación de la Inteligencia Artificial en los conflictos armados, lo que contribuye a descargar las responsabilidades personales y a disminuir el peso de tantas y tan graves tragedias.
Por su parte, el Papa s. Juan XXIII nos recordaba la necesidad de un desarme integral que debe comenzar por la conversión personal del corazón y de la inteligencia. El Santo Padre hacía una invitación a “eliminar de los corazones el temor y la angustiosa perspectiva de la guerra”. Invitaba también a “la confianza recíproca”. Como hijos del mismo Dios, estamos llamados al cultivo de la dimensión espiritual y a la oración. La paz es un regalo de Cristo resucitado, un don que tenemos que preservar y hacer crecer desde la misma raíz del corazón superando la desconfianza, el odio y la violencia.
Debemos apostar también por la educación. Nos recordaba el Papa Francisco que “invertir en cultura ayuda a que disminuya el odio y aumente la civilización y la prosperidad”. A los jóvenes hay que ayudarles a entender que no deben rendirse a las seducciones del materialismo, del odio y de los prejuicios, que deben reaccionar ante la injusticia y “defender los derechos de los demás con el mismo vigor con el que defienden sus derechos…”. El mismo Papa nos recordaba que “la paz muere cuando se divorcia de la justicia, pero la justicia es falsa si no es universal”. Por lo tanto, es necesario trabajar por implantarla en todos los ámbitos. Finalmente, hacemos un llamamiento al mundo de la política para que eche mano del diálogo y la diplomacia, para que defienda el derecho internacional y que no vuelva la mirada a otro lado cuando en un determinado país se violan de forma sistemática los derechos humanos.
Organizado por el Movimiento Cultural Cristiano, tuvo lugar el sábado, 18 de abril, en los alrededores de la parroquia de la Consolación
El Movimiento Cultural Cristiano organizó el fin de semana pasado un Vía Lucis contra la esclavitud infantil. El rezo de las 14 estaciones, que celebra la Resurrección de Jesús desde la Pascua hasta Pentecostés, tuvo lugar por los alrededores de la parroquia Ntra. Sra. de la Consolación. Comenzaron en la escultura de Iqbal Masih, ubicada en la Barriada de la Paz, hasta la parroquia Ntra. Sra. de la Consolación, donde se celebró la eucaristía.
Una de las militantes del Movimiento Cultural Cristiano, Consolación, ha reconocido que el Vía Lucis fue “precioso”. En cada estación escucharon el testimonio de distintos niños esclavos en diversos sectores, minería o textil, entre otros. Asimismo, profundizaron en la labor que está llevando a cabo la Iglesia y qué respuestas da ante estas situaciones.
Iqbal Masih fue un niño pakistaní esclavizado en una fábrica de alfombras que murió el 16 de abril de 1995, a los 12 años de edad, por luchar contra la esclavitud infantil.
El Secretariado de Migraciones de la Diócesis de Cádiz y Ceuta ha puesto en marcha esta semana una serie de sesiones informativas dirigidas a personas extranjeras residentes en España, con el objetivo de orientarles sobre el proceso de regularización extraordinario impulsado por el Gobierno.
Las jornadas, que están registrando una notable participación, buscan resolver dudas y facilitar el acceso a la información sobre este procedimiento, que afecta a numerosos ciudadanos migrantes en el territorio diocesano. Para ello, se cuenta con la intervención de la abogada especializada en extranjería Macarena Fatuarte, integrante de la Red de Atención a Personas Migrantes, encargada de impartir las charlas.
La primera sesión se celebró ayer en la sede de la Asociación Cardijn, seguida de una segunda convocatoria ese mismo día en la Fundación Centro Tierra de Todos. Esta mañana ha tenido lugar la tercera sesión en Algeciras, en la parroquia Nuestra Señora del Carmen. El ciclo concluirá el próximo viernes 24 de abril, a las 12:00 horas, en el Centro San Antonio de Ceuta.
Durante los encuentros, la letrada está abordando los aspectos clave del proceso y atendiendo de forma individualizada las consultas de los asistentes. El objetivo es acompañar a las personas migrantes en este procedimiento administrativo y facilitar su comprensión.
Desde el Secretariado Diocesano de Migraciones subrayan la importancia de esta medida, que consideran “vital” para que quienes ya residen y trabajan en España puedan salir de la economía sumergida y acceder a un empleo regulado. “Es una petición que las entidades sociales y la Iglesia venían reclamando desde hace tiempo”, destacan.
Asimismo, recuerdan que procesos de regularización anteriores han tenido un impacto positivo, al permitir que estas personas se incorporen plenamente al sistema productivo, contribuyan mediante el pago de impuestos y coticen a la Seguridad Social. “Se trata de una buena noticia para toda la sociedad, ya que favorece la integración a través de un trabajo estable”, añaden.
Requisitos para acceder a la regularización
Para acogerse a este proceso extraordinario, los solicitantes deben cumplir varios requisitos. Entre ellos, acreditar su presencia en España antes del 1 de enero de 2026 y demostrar una permanencia continuada de al menos cinco meses. Además, es imprescindible no contar con antecedentes penales ni en España ni en el país de origen, así como no representar una amenaza para el orden público.
Las sesiones continuarán ofreciendo información práctica en los próximos días, con el fin de que el mayor número posible de personas pueda beneficiarse de esta medida.
Hay fechas que, más allá de su repetición anual, conservan la pujanza de interpelarnos con una fuerza renovada. El 22 de abril, Día Internacional de la Tierra, es una de ellas. No se trata solo de una efeméride más en el calendario de las Naciones Unidas, sino de una invitación a detenernos, a mirar con hondura la realidad que nos rodea y a preguntarnos, con honestidad, qué relación estamos manteniendo con esa casa común que hemos recibido como don y tarea.
El lema de este año, “Nuestro poder, nuestro planeta”, introduce una clave peculiarmente sugerente. Nos recuerda que el destino de la Tierra no es algo completamente ajeno a nuestras decisiones, ni una realidad que dependa exclusivamente de factores lejanos o incontrolables. Hay, en efecto, un margen de acción, de discernimiento compartido, una capacidad —limitada pero real— de orientar el rumbo de nuestra relación con el planeta. No somos omnipotentes, pero tampoco somos irrelevantes. Entre la resignación y la soberbia, se abre el espacio de la responsabilidad.
En este contexto resuenan con especial fuerza las palabras del Papa Francisco en la encíclica Laudato si’: «Todo está conectado» (n. 91). Esta afirmación, aparentemente sencilla, encierra una luminosa verdad antropológica, moral y espiritual. Nos sitúa ante una evidencia que a menudo preferimos ignorar: nuestras decisiones, incluso las más cotidianas, tienen consecuencias que van más allá de nosotros mismos; afectan a otros, a la sociedad en su conjunto y al equilibrio de la creación.
Durante demasiado tiempo hemos pensado y actuado como si la Tierra fuera una realidad inagotable, como si los recursos estuvieran siempre disponibles, como si el impacto de nuestras acciones pudiera diluirse sin dejar huella. Hemos desarrollado una cultura del uso inmediato, del descarte y de la sustitución constante, que ha ido erosionando silenciosamente los fundamentos de la vida. Pero la realidad termina por imponerse. La degradación ambiental, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación del agua y del aire, no son fenómenos abstractos. Tienen rostro, tienen consecuencias concretas, afectan de manera directa a la vida de millones de personas.
La reflexión sobre el cuidado de la Tierra conduce, además, de manera muy directa, al reconocimiento del derecho humano a la alimentación. No se trata solo de producir alimentos en cantidad suficiente, sino de garantizar que toda persona pueda acceder de manera regular, digna y sostenible a una alimentación adecuada, saludable y nutritiva. Cuando la degradación de los suelos, la escasez de agua, la contaminación, los fenómenos climáticos extremos o la pérdida de biodiversidad comprometen la capacidad de producir, de distribuir o de adquirir alimentos, no estamos únicamente ante un problema ambiental o económico: estamos también ante una amenaza concreta a un derecho humano fundamental. Cuidar la casa común es, por eso mismo, proteger una de las condiciones esenciales para que ese derecho pueda hacerse real, preferentemente para los más débiles y menesterosos, que son siempre quienes primero sufren cuando la Tierra deja de ser fecunda o habitable.
Y, como tantas veces ha subrayado el magisterio de la Iglesia, estas consecuencias no se distribuyen de manera equitativa. Son los más pobres quienes soportan con mayor intensidad los efectos de la degradación ambiental. Comunidades enteras ven comprometido su acceso al agua, a los alimentos o a un entorno saludable. Familias que apenas han contribuido al deterioro del planeta cargan con el peso desproporcionado de sus efectos. La cuestión ecológica, en este sentido, es también una cuestión de justicia.
Ya san Juan Pablo II advertía, con notable anticipación, que no se puede separar la ecología ambiental de la ecología humana. Cuando se rompe la armonía con la naturaleza, se resiente también la vida social y moral. Y, en la misma línea, Benedicto XVI recordaba que «el libro de la naturaleza es uno e indivisible» (Caritas in veritate, n. 51), subrayando la unidad profunda entre el respeto debido a la creación y el respeto debido a la persona.
Estas intuiciones, lejos de haber perdido vigencia, se muestran hoy con una claridad aún mayor. Vivimos en un mundo altamente interdependiente, donde lo que ocurre en un lugar repercute, de una forma u otra, en otros muchos. La contaminación no conoce fronteras. Las decisiones económicas tomadas en determinados contextos tienen efectos que se dejan sentir a miles de kilómetros de distancia. En este escenario, la afirmación «todo está conectado» deja de ser una reflexión teórica para convertirse en una constatación cotidiana.
Sin embargo, reconocer esta interconexión no basta. Es necesario traducirla en criterios de acción, en planteamientos existenciales, en atinadas decisiones personales y colectivas. El lema de esta jornada internacional para el presente año nos alienta precisamente a dar ese paso. Hablar de “nuestro poder” no significa reivindicar el dominio sin fisuras, sino asumir una estrategia concreta en el cuidado del planeta. El poder, entendido desde una óptica cristiana, no es apropiación ni imposición, sino servicio. Es la capacidad de custodiar, de tutelar, de promover condiciones de vida dignas para todos.
En este sentido, cuidar la Tierra no es un cometido secundario ni opcional. Forma parte de nuestra vocación como seres humanos y, de manera particular, de nuestra madurez como creyentes. La tradición bíblica presenta la creación como un don confiado al ser humano, llamado a “labrarla y cuidarla” (cfr. Gen 2,15). No se trata de una licencia para la ávida explotación, sino de una misión de fiel custodia. El ser humano no es dueño absoluto, sino administrador y garante de la obra que salió de las manos de Dios.
Este cambio de mentalidad es primordial. Mientras sigamos mirando la Tierra únicamente como un conjunto de recursos disponibles, será difícil avanzar hacia un modelo verdaderamente sostenible. Es urgente redescubrir el valor intrínseco de la creación, su dignidad propia, su potencia para remitirnos al Creador. Solo desde este horizonte es posible desarrollar con ella una relación más ponderada, más respetuosa, más consciente de los límites.
Pero esta metamorfosis no se produce de manera automática. Requiere un proceso, una toma de conciencia, una verdadera conversión. San Juan Pablo II hablaba ya de la necesidad de una “conversión ecológica”, entendida como un cambio categórico en la forma de pensar, de sentir y de actuar (cfr. Audiencia General, 17 de enero de 2001). No basta con adoptar algunas medidas puntuales o con adherirse a determinadas campañas. Se trata de revisar el conjunto de nuestra relación con el mundo que habitamos.
Esa conversión comienza en lo cotidiano. En la forma en que consumimos, en el uso que hacemos de la energía, en nuestra relación con el agua, con los alimentos, con los bienes que utilizamos a diario. Pero no puede quedarse en el ámbito individual. Necesita proyectarse también en lo social, en lo económico y en lo político. Las estructuras en las que vivimos influyen decisivamente en nuestras posibilidades de actuar. Por eso, el cuidado de la Tierra exige también políticas públicas coherentes, modelos económicos más justos, formas de producción y de consumo más responsables.
En este punto resulta especialmente significativa la insistencia del Papa Francisco en que no existen dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental (cfr. Laudato si’, n. 139). Esta afirmación nos obliga a superar visiones fragmentadas y a adoptar enfoques integrales. No se puede abordar la cuestión ecológica ignorando sus implicaciones sociales, ni se pueden afrontar los problemas sociales sin tener en cuenta su dimensión ambiental.
El Día de la Tierra se convierte así en una oportunidad para ensanchar la mirada, para integrar perspectivas y para reconocer la complejidad de los desafíos que enfrentamos. Pero también y, sobre todo, para renovar la esperanza. Porque, a pesar de la gravedad de la situación, no todo está determinado. Hay un margen real de transformación. Existen experiencias, iniciativas, comunidades que muestran que es posible otro estilo de relacionarse con la Tierra.
La sensibilización juega aquí un papel decisivo. Sensibilizar no es simplemente informar, ni provocar una emoción pasajera. Es ayudar a ver, a comprender y a percibir la realidad con mayor hondura. Es despertar una conciencia que permita reconocer las conexiones, orientar la acción e identificar las metas. Una conciencia sensibilizada ya no puede permanecer indiferente. Y, sin embargo, esta sensibilización necesita ir acompañada de una motivación de mayor calado. La tradición cristiana ofrece en este sentido un fundamento sólido: la creación es don. No es fruto del azar ni simple materia disponible. Es expresión de un amor que precede a nuestra existencia y que nos invita a una respuesta. Cuidar la Tierra es, en última instancia, un modo de agradecer ese don, de reconocer su valor y de asumir la responsabilidad que conlleva.
Desde esta atalaya, el cuidado del planeta adquiere también una dimensión espiritual. No se trata solo de preservar un equilibrio ecológico, sino de vivir de manera coherente con una visión del mundo que reconoce la interdependencia, la gratuidad, la dignidad de toda forma de vida. La relación con la creación se convierte así en un ámbito privilegiado para vivir la fe, para encarnar valores como la humildad, la sobriedad, la clarividencia y la solidaridad.
En un contexto marcado por la rapidez, el consumo y la fragmentación, esta propuesta puede parecer exigente. Y lo es. Pero también es radicalmente liberadora. Porque anima a salir de un dinamismo que, a la postre, genera insatisfacción y deterioro, para abrirse a una lógica vital más austera, más consciente y más plena.
El lema de este año, leído a la luz de estas consideraciones, se revela como una llamada a la cordura. “Nuestro poder, nuestro planeta” no es una consigna vacía, sino un acicate para asumir que nuestras decisiones importan, que nuestras acciones cuentan, que tenemos un compromiso real con el cuidado de la casa común. No se trata de cargar con un peso insoportable, sino de reconocer una capacidad que puede y debe orientarse al bien común.
Tal vez, en el fondo, el Día de la Tierra nos plantea una pregunta sencilla y decisiva: ¿cómo queremos habitar este mundo? La respuesta no se juega solo en grandes declaraciones, sino en la coherencia de la vida ordinaria, en la orientación de nuestras prioridades, en la manera en que entendemos el progreso y el bienestar.
Volver, una vez más, a la afirmación «todo está conectado» puede ayudarnos a situarnos ante esta pregunta con mayor claridad. Si todo está conectado, también lo están nuestras elecciones y sus consecuencias, nuestro estilo de vida y la salud del planeta, nuestra fe y nuestra responsabilidad con la creación.
No tenemos un planeta de repuesto. Pero sí tenemos la posibilidad —todavía abierta— de cuidar este con esmero y sensatez. El Día de la Tierra es una oportunidad para recordarlo, para renovar nuestra conducta y para avanzar, con convicción y diligencia, hacia una relación más justa, inteligente y solícita con la casa común que Dios nos ha confiado.
Mons.Fernando Chica Arellano Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA