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Mensaje para la Cuaresma del Papa León XIV: «Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión»

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Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia». [1]

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos». [2] El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios». [3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana». [4]

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

LEÓN XIV PP.

_____________________________________

[1] Exhort. ap. Dilexi te (4 octubre 2025), 9.

[2] S. Agustín, La utilidad del ayuno, 1, 1.

[3] Benedicto XVI, Catequesis (9 marzo 2011).

[4] S. Pablo VI, Catequesis (8 febrero 1978).

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THERIANS, LA BÚSQUEDA DE LA TRASCENDENCIA, Por Jesús Martín Gómez

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En las últimas semanas se ha popularizado en las redes sociales una moda que se está focalizando en Hispanoamérica, especialmente en Argentina y Uruguay, aunque su origen está en los años noventa y tiene comunidades estables en Europa. Como tarde o temprano todo nos llega, ¡bendita globalización¡, no está de más que estemos un poco advertidos de las características de esta nueva comunidad.

Me refiero a los “Therians” o personas que sienten una fuerte conexión con el instinto animal que puede llegar a manifestarse en su forma de vestir o de caminar. En determinados momentos pueden sentirse impulsados a comportamientos propios del animal con el que se sienten conectados tales como correr, marcar territorio o sentir que se poseen miembros propios del animal como las alas o la cola.

Puede parecernos algo extravagante o anecdótico, pero como en casi todo, no hay ningún comportamiento humano que no tenga una raíz más profunda o exprese alguna inquietud que late de forma casi inconsciente en el alma de cada individuo. No pretendo aquí hacer un análisis exhaustivo de la situación. Creo que me basta con la sentencia de Chesterton: «Cuando la gente deja de creer en Dios, no es que no crean en nada, es que creen en cualquier cosa».

La reflexión ha sido subvertida por el deseo provocando la evasión de aquello que precisamente nos hace propiamente humanos: la razón que se sobrepone al instinto. Hay una sed humana de pertenecer, de trascender los límites ordinarios, de sentir que la vida no son solamente rutinas, consumo y expectativas sociales. Al sustituir las grandes preguntas por las respuestas rápidas, el alma sigue buscando caminos alternativos para expresar su hambre de significado.

Esta moda, como tantas otras, expresan una misma verdad: el ser humano no se conforma con lo inmediato. Quiere pertenecer, quiere significado y trascendencia. Cuando los anhelos no van a lo profundo, se quedan en la superficie y terminamos inventando símbolos que nos recuerdan que estamos hechos para más. Este inicio de Cuaresma nos devuelve al origen de nuestra vocación, somos polvo en el que Dios ha insuflado su vida y más que multiplicar identidades hemos de redescubrir que somos sus hijos.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

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Cuaresma 2026 en la Diócesis de Huelva

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Cuaresma 2026 en la Diócesis de Huelva

Con la celebración de la Misa de Imposición de Cenizas el pasado 18 de febrero, la Cuaresma del presente año llega como un tiempo de preparación espiritual para la celebración de la Pascua, la fiesta más importante del año litúrgico cristiano. Durante cuarenta días, hasta el Jueves Santo, los fieles son invitados a vivir un camino de conversión, de penitencia y de caridad, siguiendo el ejemplo de Jesús en el desierto.

La Diócesis de Huelva ofrece diversas actividades y recursos para vivir este tiempo con intensidad y fruto. Entre ellos, se encuentran las celebraciones penitenciales, las catequesis cuaresmales, las iniciativas solidarias, las estaciones de vía crucis y las procesiones de Semana Santa.

PARA PROFUNDIZAR

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Mensaje de Cuaresma

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Un cordial saludo.

Desde el miércoles de ceniza estamos en tiempo de Cuaresma. Como saben, es tiempo de renovación, de ponernos a tono en nuestra vida cristiana. Es una oportunidad más que nos ofrece Dios, para recomponer la vida; la vida de bautizados, que estropeamos con la rutina de nuestra existencia, con nuestras miserias, con nuestras debilidades y defectos.

El Papa León XIV nos pide en su mensaje para la Cuaresma de este año que sea un tiempo de conversión, de vuelta a Dios mediante la escucha más intensa de la Palabra de Dios, de la Biblia, y hacerlo con la oración, el ayuno y la abstinencia, no sólo material, sino también de tantas cosas que nos apartan de Dios y de los demás y nos hacen daño, lo sabemos, o son superfluas, podemos prescindir de ellas. También nos invita a caminar juntos como cristianos, dejar a un lado el individualismo en nuestra vida, atener a las necesidades de los más pobres, a verlos porque realmente están en nuestro lado, y lejos también, de los enfermos, a preocuparnos de los demás, en definitiva, y superar la polarización a la que asistimos en nuestra sociedad.

En definitiva, es una puesta a punto cristiana. Tenemos que pasar lo que yo llamo la “ITV de Dios”. Restaurar nuestro ser cristiano: eso es la Cuaresma. Como señala el Salmo 80 con la petición “¡oh Dios, restáuranos. Qué brille Tu rostro y nos salve”. Me fijo en esta última imagen de la restauración, de los restauradores, la de las tareas artísticas que se dedican a esto y la aplico a la Cuaresma y se lo explico a ustedes. Verán, al caer en mis manos un catálogo de obras de arte, muchas de ellas de famosos autores que se hacen con motivo de las exposiciones y de autores granadinos, aparecía en él también descrito, el minucioso trabajo por el proceso que se había seguido para restaurar algunos de los cuadros que allí se exponían. Parecía imposible, un auténtico milagro haber conseguido que, del deterioro tan grande en el que se encontraban algunos de estos cuadros, los restauradores hubieran podido sacar de nuevo a la luz los colores, los tonos, las figuras que estaban ocultados por capas y capas de humo, suciedad, que el paso inexorable del tiempo, cuando no el atrevimiento de algún inculto, ha seguido acumulando en esta obra de arte.

Incluso, en algunos de ellos aparecen elementos nuevos que están allí, que sorprenden incluso a quien había traído a restaurarlo, y estaban enmascarados tras la suciedad. También eran regenerados trozos de lienzo que habían sido rasgados. Y lo mismo podríamos decir del ejemplo más evidente para Granada y que la vemos en nuestra bella ciudad, la de la restauración de nuestra magnífica torre, la de nuestra catedral, que ya vamos contemplando y que será un orgullo también para nosotros. Algo parecido hace Dios en la vida de cada uno.

En la Cuaresma nos restaura, nos recupera la imagen de Cristo impresa en nosotros por el bautismo, como decían los Padres de la iglesia. Toda persona es por el hecho de ser imagen y semejanza de Dios, como nos dice la Biblia, algo grande. En ello radica nuestra inmensa dignidad. Esta imagen la desdibujamos, la oscurecemos, la manchamos o deterioramos cuando nos apartamos de Dios, nos enfrentamos con los demás por el pecado, cuando atentamos contra los otros en los que Él también se refleja.

Jesús, nuestro modelo, nos restauró con la Redención hecha de una vez para siempre en el Misterio de la cruz. Nos devolvió la semejanza divina, como se dice en uno de los más bonitos e importantes documentos del Concilio, la constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, dice así, textualmente: “Cristo, nuestro Señor, manifiesta plenamente al hombre, al propio hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación. Él, que es imagen de Dios invisible (Col 1,15), es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán, a cada uno de nosotros, la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él la naturaleza en Cristo, humana, asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a la dignidad sin igual” (GS 22).

Seguro que, en cada uno de nosotros, en los demás, hay colores maravillosos, composiciones magistrales, trazos únicos, que hemos ido ocultando con el cansancio del vivir, cuando no con el barro que provoca nuestro caminar, con los contratiempos, con los golpes que hemos recibido, incluso por las faenas que como auténticas puñaladas nos han roto el alma y nos hacen desconfiar de todos, de los demás. Seguro que hay en nosotros facetas de cristiano, de persona, de bien, de alguien maravilloso, que estuvieran más a la luz hace años y que se han ido oscureciendo, se han ido tapando, incluso manchando, pero que añoras recuperarlas.

Están ahí, queridos amigos. Y yo les pediría que recuperen todas las cosas buenas que tienen, como personas y como cristianos, fundamentalmente esa imagen de Cristo que somos. ¿Cómo hacerlo? Por lo pronto, procuren rezar en profundidad, reflexionar, pararse un poco, con confianza, con sinceridad, sin maquillajes que enmascaren nuestra situación. Acudan sin prisa, con humildad y sinceridad de los niños, al Sacramento del perdón, al Sacramento de la penitencia, quizás hace años que no lo hacen, y déjense ayudar por el sacerdote.

Incluso, si tienen más tiempo, acudan algún día, vayan a un retiro espiritual, un retiro de reflexión, o participen en algunas charlas cuaresmales de las que se organizan en nuestras parroquias y cofradías, que aparecen ahí en los carteles, anunciadas. Incluso, si pueden, yo les aconsejo un tratamiento más intensivo, podríamos decir, eficaz, de restauración: que hagan unos ejercicios espirituales. Sí, unos ejercicios, unos días de retiro. Algunos de ellos cambiaron el rumbo de nuestra vida.

Prueben a ver, pero no vayamos por ahí desfigurados, no veamos a los demás desfigurados. Además, cada uno de nosotros, los demás, son una obra de arte única para Dios, pues somos imagen suya. Un respeto entre nosotros.

Les deseo una buena Cuaresma y les dejo mi bendición.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

18 de febrero de 2026
Miércoles de ceniza, Granada

Mensaje de Cuaresma

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Un cordial saludo.

Desde el miércoles de ceniza estamos en tiempo de Cuaresma. Como saben, es tiempo de renovación, de ponernos a tono en nuestra vida cristiana. Es una oportunidad más que nos ofrece Dios, para recomponer la vida; la vida de bautizados, que estropeamos con la rutina de nuestra existencia, con nuestras miserias, con nuestras debilidades y defectos.

El Papa León XIV nos pide en su mensaje para la Cuaresma de este año que sea un tiempo de conversión, de vuelta a Dios mediante la escucha más intensa de la Palabra de Dios, de la Biblia, y hacerlo con la oración, el ayuno y la abstinencia, no sólo material, sino también de tantas cosas que nos apartan de Dios y de los demás y nos hacen daño, lo sabemos, o son superfluas, podemos prescindir de ellas. También nos invita a caminar juntos como cristianos, dejar a un lado el individualismo en nuestra vida, atener a las necesidades de los más pobres, a verlos porque realmente están en nuestro lado, y lejos también, de los enfermos, a preocuparnos de los demás, en definitiva, y superar la polarización a la que asistimos en nuestra sociedad.

En definitiva, es una puesta a punto cristiana. Tenemos que pasar lo que yo llamo la “ITV de Dios”. Restaurar nuestro ser cristiano: eso es la Cuaresma. Como señala el Salmo 80 con la petición “¡oh Dios, restáuranos. Qué brille Tu rostro y nos salve”. Me fijo en esta última imagen de la restauración, de los restauradores, la de las tareas artísticas que se dedican a esto y la aplico a la Cuaresma y se lo explico a ustedes. Verán, al caer en mis manos un catálogo de obras de arte, muchas de ellas de famosos autores que se hacen con motivo de las exposiciones y de autores granadinos, aparecía en él también descrito, el minucioso trabajo por el proceso que se había seguido para restaurar algunos de los cuadros que allí se exponían. Parecía imposible, un auténtico milagro haber conseguido que, del deterioro tan grande en el que se encontraban algunos de estos cuadros, los restauradores hubieran podido sacar de nuevo a la luz los colores, los tonos, las figuras que estaban ocultados por capas y capas de humo, suciedad, que el paso inexorable del tiempo, cuando no el atrevimiento de algún inculto, ha seguido acumulando en esta obra de arte.

Incluso, en algunos de ellos aparecen elementos nuevos que están allí, que sorprenden incluso a quien había traído a restaurarlo, y estaban enmascarados tras la suciedad. También eran regenerados trozos de lienzo que habían sido rasgados. Y lo mismo podríamos decir del ejemplo más evidente para Granada y que la vemos en nuestra bella ciudad, la de la restauración de nuestra magnífica torre, la de nuestra catedral, que ya vamos contemplando y que será un orgullo también para nosotros. Algo parecido hace Dios en la vida de cada uno.

En la Cuaresma nos restaura, nos recupera la imagen de Cristo impresa en nosotros por el bautismo, como decían los Padres de la iglesia. Toda persona es por el hecho de ser imagen y semejanza de Dios, como nos dice la Biblia, algo grande. En ello radica nuestra inmensa dignidad. Esta imagen la desdibujamos, la oscurecemos, la manchamos o deterioramos cuando nos apartamos de Dios, nos enfrentamos con los demás por el pecado, cuando atentamos contra los otros en los que Él también se refleja.

Jesús, nuestro modelo, nos restauró con la Redención hecha de una vez para siempre en el Misterio de la cruz. Nos devolvió la semejanza divina, como se dice en uno de los más bonitos e importantes documentos del Concilio, la constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, dice así, textualmente: “Cristo, nuestro Señor, manifiesta plenamente al hombre, al propio hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación. Él, que es imagen de Dios invisible (Col 1,15), es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán, a cada uno de nosotros, la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él la naturaleza en Cristo, humana, asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a la dignidad sin igual” (GS 22).

Seguro que, en cada uno de nosotros, en los demás, hay colores maravillosos, composiciones magistrales, trazos únicos, que hemos ido ocultando con el cansancio del vivir, cuando no con el barro que provoca nuestro caminar, con los contratiempos, con los golpes que hemos recibido, incluso por las faenas que como auténticas puñaladas nos han roto el alma y nos hacen desconfiar de todos, de los demás. Seguro que hay en nosotros facetas de cristiano, de persona, de bien, de alguien maravilloso, que estuvieran más a la luz hace años y que se han ido oscureciendo, se han ido tapando, incluso manchando, pero que añoras recuperarlas.

Están ahí, queridos amigos. Y yo les pediría que recuperen todas las cosas buenas que tienen, como personas y como cristianos, fundamentalmente esa imagen de Cristo que somos. ¿Cómo hacerlo? Por lo pronto, procuren rezar en profundidad, reflexionar, pararse un poco, con confianza, con sinceridad, sin maquillajes que enmascaren nuestra situación. Acudan sin prisa, con humildad y sinceridad de los niños, al Sacramento del perdón, al Sacramento de la penitencia, quizás hace años que no lo hacen, y déjense ayudar por el sacerdote.

Incluso, si tienen más tiempo, acudan algún día, vayan a un retiro espiritual, un retiro de reflexión, o participen en algunas charlas cuaresmales de las que se organizan en nuestras parroquias y cofradías, que aparecen ahí en los carteles, anunciadas. Incluso, si pueden, yo les aconsejo un tratamiento más intensivo, podríamos decir, eficaz, de restauración: que hagan unos ejercicios espirituales. Sí, unos ejercicios, unos días de retiro. Algunos de ellos cambiaron el rumbo de nuestra vida.

Prueben a ver, pero no vayamos por ahí desfigurados, no veamos a los demás desfigurados. Además, cada uno de nosotros, los demás, son una obra de arte única para Dios, pues somos imagen suya. Un respeto entre nosotros.

Les deseo una buena Cuaresma y les dejo mi bendición.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

18 de febrero de 2026
Miércoles de ceniza, Granada

Cuaresma 2026, un camino de escucha, ayuno y misión

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CUARESMA 2026

Un camino de Escucha, Ayuno y Misión

A las Hermandades y Cofradías de la Diócesis de Guadix

Queridos cofrades de nuestra diócesis de Guadix: Cercana la Semana Santa de 2026, el Señor nos regala este tiempo de conversión y penitencia. En primer lugar, deseo felicitaros por vuestro incansable trabajo en nuestras Hermandades y Cofradías, custodiando este inmenso tesoro. Las Hermandades son parte del alma de nuestros pueblos, de nuestras parroquias y comunidades; sois un verdadero patrimonio espiritual, que ha sabido encarnar el Evangelio en cada momento de la historia, con una cultura propia a lo largo de los siglos.

La cuaresma es una nueva oportunidad para volver a empezar. En estos tiempos, la secularización y la descristianización interpelan con intensidad a la Iglesia, buscando a menudo arrinconar lo sagrado al ámbito de lo privado o lo puramente folclórico. Ante este reto, vuestra identidad debe brillar con más fuerza que nunca, asumiendo los fines propios de nuestras Cofradías: culto, formación, caridad y evangelización.

Mientras nos preparamos para recibirlo pronto en España, acogemos la llamada que el Papa León XIV hace a toda la Iglesia en este camino hacia la Pascua, como sucesor de Pedro. En su mensaje para esta Cuaresma 2026, «Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión», nuestro Santo Padre León XIV nos invita a poner de nuevo “el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”. El Papa nos pide que demos espacio a la escucha de la Palabra, pues es el primer signo del deseo de entrar en relación con el otro y con Dios. Escuchar a Dios nos ayudará a oír mejor la realidad que nos circunda, especialmente la voz que “clama desde el sufrimiento y la injusticia”. De manera especial, el Papa nos hace una llamada a un ayuno muy concreto, para centrarnos en lo esencial y llevar una vida sobria: «desarmar el lenguaje». Nos exhorta a pedir la fuerza de un ayuno que alcance a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren, el juicio inmediato y las calumnias, dejando espacio para la voz de los demás. Como cofrades, este es un antídoto vital contra la división: “esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en los medios de comunicación en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz”. Este es el reto virtuoso cofrade: cultivar la amabilidad en nuestras juntas de gobierno, en las parroquias, en nuestros encuentros de hermandad, en nuestras familias y en las redes sociales.

Trabajemos para fortalecer los cuatro pilares constitutivos de la vida cofrade ante los retos del presente. El culto: hagamos el precioso camino que va del rostro de nuestros titulares al Misterio Vivo. El culto, la vida sacramental y las celebraciones litúrgicas de la Iglesia deben ser el puente que lleve de la veneración de vuestros amados Titulares a la adoración de Dios. Las imágenes sagradas son «ventanas» a lo invisible que deben movernos a la imitación de Cristo y de la Virgen María; la formación necesaria en un mundo secularizado. Es un imperativo «conocer» para poder dar razones de nuestra fe a quien nos la pidiere. Os insto a profundizar en el estudio de la Palabra de Dios, el Catecismo, los documentos del Vaticano II y el magisterio de la Iglesia, evitando una fe superficial que sea vulnerable a la superstición o a la «mundanización»; la caridad, que hará de la cofradía un «refugio de misericordia». Debemos atender las «nuevas pobrezas» de nuestro tiempo: la soledad de los ancianos, el vacío de los jóvenes, el paro de larga duración y la desesperanza espiritual. Las vocalías de caridad de nuestras Hermandades, trabajando constantemente con Cáritas parroquial y diocesana, serán germen de justicia y esperanza para los que más sufren a nuestro alrededor. Recordad que la verdadera riqueza de una Hermandad son las personas, especialmente las más necesitadas; y la evangelización. Si la razón de ser de toda la Iglesia es evangelizar, también una cofradía existe para evangelizar. Nuestras estaciones de penitencia no son un espectáculo cultural al estilo de un desfile de carnaval, sino un gesto misionero que anuncia que Cristo vive y ha triunfado sobre la muerte.

Insistamos en la necesidad de ser asiduos convencidos en las celebraciones de la vida de la Iglesia en nuestras parroquias, como primer movimiento que fortalece nuestra vida interior y unión a Cristo. Desde ahí seremos lanzados con verdad a la misión y al testimonio público de nuestra fe, en todos los ambientes de nuestra sociedad y en todas nuestras relaciones personales y laborales.

Cuidemos especialmente la eucaristía dominical, el sacramento de la penitencia y la adoración del Santísimo, como verdaderos antídotos contra el “postureo” y la tibieza espiritual. Estimados cofrades, la estación de penitencia es un momento fundamental y de gran fervor, pero no es el culmen de la Semana Santa. Os apremio a participar activamente en los Santos Oficios del Triduo Pascual en vuestras parroquias. Un buen termómetro de la verdad de nuestra vida cofrade es la asistencia al Triduo Pascual. No puede haber una verdadera Semana Santa sin la celebración de la muerte y la Resurrección del Señor; sabiendo que la Vigilia Pascual es la celebración principal de todo el año litúrgico.

Vuestra fe se vive y se fortalece en la parroquia, vuestra sede canónica. Las Cofradías y Hermandades nacen para fortalecer las urgencias pastorales y evangelizadoras en nuestras comunidades. Una Hermandad que se aísla de su Parroquia se marchita. Os animo a integraros plenamente en la vida comunitaria, en los consejos pastorales, en la vida diocesana, colaborando estrechamente con vuestros párrocos y sacerdotes, así como con las diferentes realidades eclesiales presentes en la Iglesia.

En este camino hacia la Pascua, nos acompaña María, Estrella de la Evangelización. Ella, que escuchó la Palabra y la llevó a cumplimiento, nos enseña a ser testigos fieles de Cristo. Que Ella os ayude a fortalecer nuestra identidad y a vivir esta Cuaresma como un verdadero itinerario de conversión personal y comunitaria.

Que esta Semana Santa sea para nuestra Diócesis, para todos los cofrades, un tiempo de profunda renovación espiritual, donde el paso de nuestros titulares por nuestras calles nos lleve al encuentro vivo con el Resucitado, al que celebramos en la vida sacramental de la Iglesia.

Con mi afecto y bendición.

+Francisco Jesús Orozco Mengíbar

Obispo de Guadix

Convertirse… al Evangelio

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Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla.

A menudo se entiende la Cuaresma como una segunda oportunidad para retomar los buenos propósitos de inicio de año. Pero la Cuaresma es mucho más que eso; es un tiempo propicio en el que Dios nos ofrece su gracia, no para realizar cambios superficiales o estéticos, sino para afianzar nuestra conversión al Evangelio de Jesucristo. Él nos muestra el corazón compasivo del Padre que ama a todas sus criaturas, especialmente a quienes más sufren.

En su primera exhortación apostólica, el papa León XIV nos invita con fuerza a encontrarnos con los pobres. Por ello, os animo a hacer de este documento nuestra lectura espiritual durante este tiempo de Cuaresma, y a abrir el corazón a las inspiraciones con las que el Espíritu Santo os visitará al meditarla.

Desde sus primeras palabras —Dilexi te (“Te he amado”), dirigidas por el vidente del Apocalipsis a una comunidad cristiana despreciada—, el Papa nos urge a descubrir en los pobres el rostro y la carne sufriente de su Hijo Jesús. Esta mirada contemplativa no surge de manera espontánea: es fruto de una relación profunda con el Señor y de una cercanía real con quienes viven en la necesidad. No basta con hablar de los pobres o reflexionar sobre la pobreza; es imprescindible hacerles un lugar más amplio en nuestra vida diaria y en nuestra oración. Sólo así podremos conocer y presentar a Dios sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias. Sólo así podremos valorarlos, amarlos y servirles como Jesús y con Jesús, y acoger las enseñanzas y llamadas que Dios nos dirige a través de ellos.

Llevar ante Dios la vida de las personas necesitadas y llevar a ellas el amor de Dios transformará también nuestra propia mentalidad, tantas veces condicionada por discursos ideológicos interesados; pues, como ha señalado el Papa, «el hecho de que el ejercicio de la caridad resulte despreciado o ridiculizado, como si se tratase de la fijación de algunos y no del núcleo incandescente de la misión eclesial, me hace pensar que siempre es necesario volver al Evangelio, para no correr el riesgo de sustituirlo con la mentalidad mundana».

A modo de resumen, os propongo algunas cuestiones a incluir en un examen de conciencia cuaresmal, auténticamente evangélico: ¿qué espacio ocupan los pobres en mi vida cotidiana y en mi presupuesto?, ¿presento ante Dios sus necesidades y doy gracias por su fe y sus aportaciones?, ¿los considero un problema social distante o una “cuestión familiar” que me implica?, ¿trabajo para que nuestra comunidad cristiana sea cada vez más samaritana con las personas y los pueblos descartados?, ¿cómo me sitúo ante los bienes materiales, ante el consumo y ante la hermana madre Tierra, tan necesitada de nuestro cuidado, para favorecer una sociedad más justa y fraterna, en la que todos los hijos e hijas de Dios podamos vivir con dignidad?

Un saludo muy cordial, en el Señor.

+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

La Cuaresma, un desierto que nos cambia

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Un día, Jesús de Nazaret decidió irse al desierto. Después de recibir el bautismo de manos de Juan el Bautista, creyó oportuno retirarse por un tiempo. Con ello, no pretendía huir de sí mismo ni de su responsabilidad, sino prepararse para la misión. En primer lugar, deseaba orar, escuchar la voz del Padre a quien siempre obedeció. Quería también ayunar, desprenderse de todo lo accesorio para centrarse en lo esencial. En definitiva, quería prepararse para la misión dejándose guiar por el Espíritu de Dios y cerrando el paso al espíritu del mundo que se le ofreció goloso por parte del Maligno.

En la Biblia, el número cuatro seguido de ceros indica la condición terrena del hombre pecador, penitente, sujeto a todo tipo de trabajos. El diluvio duró cuarenta días (Gen 7, 17); los israelitas estuvieron en Egipto cuatrocientos años (Gen 15, 13); su peregrinación por el desierto hasta llegar a la Tierra prometida duró también cuarenta años. Como buen hijo de su pueblo, Jesús también aceptó la prueba del desierto durante cuarenta días (Mt 4, 2).

Siguiendo la estela de Jesucristo, sus discípulos nos retiramos también por cuarenta días al desierto cuaresmal buscando la conversión de nuestros pecados y la preparación para participar en el misterio pascual cuya celebración llega a su culmen en la semana grande de nuestra fe, en la Semana Santa.

Precisamente, la liturgia del miércoles de ceniza, día en que se inicia este tiempo litúrgico, nos habla de tres herramientas para la conversión, para sanar nuestras relaciones heridas con Dios, con nosotros mismos y con los demás, para la nueva vida en Cristo: la oración, el ayuno y la limosna. “El desierto -decía el Papa Francisco- es el lugar de la desconexión del estruendo que nos rodea. Es la ausencia de palabras para hacer espacio a otra Palabra, la Palabra de Dios, que como una brisa ligera nos acaricia el corazón (cf. 1 Re 19, 12). Sí, el desierto es el lugar de la Palabra con mayúsculas y, por lo tanto, el ámbito para renunciar a otras palabras menores, a las palabras inútiles, a las que denigran a los demás. En cambio, es el momento de la escucha del Mensaje divino y del diálogo filial con Él.

El desierto es también el lugar del ayuno. “Ayunar es saber renunciar a las cosas vanas, a lo superfluo, para ir a lo esencial. Ayunar es buscar la belleza de una vida sencilla” (Papa Francisco). Habitualmente identificamos el ayuno con la privación de alimento corporal, pero también cabe renunciar a otras muchas realidades superfluas, incluso perjudiciales. La cuaresma es un buen momento para hacer dieta en el uso exagerado del teléfono móvil, en el desperdicio de tiempo en el juego; es un buen momento para dejar atrás el rencor y el pecado.

Finalmente, desierto es sinónimo de limosna. Estamos ante un tiempo propicio para abandonar la autorreferencialidad y para volcarnos en la atención al otro. Es tiempo para la solidaridad y la ayuda de todo tipo. Dar limosna es no sólo proporcionar una ayuda material, es también ofrecer tiempo, acompañamiento, consejo, consuelo… “Se recomiendan las obras de misericordia -dice el Papa León XIV-, como signo de la autenticidad del culto que, mientras alaba a Dios, tiene la tarea de disponernos a la transformación que el Espíritu puede realizar en nosotros, para que seamos todos imagen de Cristo y de su misericordia hacia los más débiles”.

No temamos entrar en el desierto, no dudemos en ejercitarnos en la oración, el ayuno y la limosna para renovar nuestras relaciones y alimentar nuestra vida en Cristo. Caminemos hacia la Pascua del Señor bajo el signo de la cruz que significa amor, servicio y entrega por los demás.

+ Jesús, Obispo de Córdoba

CONFER | Francisco de Asís vive en Palmete

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CONFER | Francisco de Asís vive en Palmete

“Comencemos, hermanos, a servir al Señor Dios, pues escaso o poco es lo que hemos adelantado”. 

Caía la tarde del día 3 de octubre, sábado, del año del Señor de 1226, hace ahora ochocientos años,  que el Hermano Francisco, desnudo sobre la hermana madre tierra, pronunciaba esta frase poco antes de su glorioso transito. “Comencemos”. Este mandato de Francisco ha estado siempre en la vida de sus hermanos, siempre comenzando a vivir, siempre queriendo ser pobres, siempre  reiniciándose. “La reforma pertenece en algún sentido a la esencia de la institución franciscana”, decía  Fray Lázaro Iriarte.

Así, inquieta, itinerante, andariega y misionera ha sido la vida de los Hermanos Menores. Desde Asís, cruzaron la península Ibérica y llegaron a Sevilla. Aquí fueron apresados y enviados a Marruecos, en la ciudad de Marrakech fueron martirizados. Después de ese paso de los primeros franciscanos, se dice, que volvieron acompañando al rey san Fernando en la toma de la ciudad. Desde 1268 se tiene constancia cierta de la presencia de los hijos  de san Francisco en la ciudad hispalense. Son, pues, casi ochocientos años que el hábito de san Francisco corretea por la calles de Sevilla.

El “comencemos hermanos, pues escaso es lo que hemos hecho” quedó como grabado a fuego en nuestros corazones. En los tiempo actuales, en la segunda mitad del siglo XX con los deseos de volver a los orígenes y queriendo ser fieles a “vivir según la forma del Santo Evangelio”  y obedientes a la palabra de san Francisco (“Debéis alegraos y   gozad cuando convivís con personas humildes y despreciadas, con pobres y débiles y enfermos y leprosos y los mendigos de los caminos”) un grupo de hermanos, por  acuerdo del Capítulo de 1986, comienzan a vivir en la barriada de San José de Palmete, haciéndose cargo, por consejo del  arzobispo, de la Parroquia Ntra. Sra. del Águila.

Con el ideal de vivir pobres entre y con los pobres,  nuestra vida aquí en Palmete, desde septiembre de 1988, tiene como principio ser unos vecinos más, sin más pretensión que compartir con ellos alegrías y tristezas, sufrimientos y gozos, penurias y abundancias, luchas y logros.   Y las veinticuatro horas del día dispuestos a acoger, escuchar, aconsejar, ayudar… alegrándonos de vivir en medio de gente sencilla y humilde, siendo con ellos compañeros de viaje, conscientes de que “el Señor mismo me condujo entre ellos y practiqué con ellos la misericordia”.

Esta entrega se ve completada celebrando la fe en los sacramentos, creando comunidad parroquial, anunciando el Reino “más con la vida que con palabras”. A nuestra llegada a esta barriada nos encontramos con un gran problema que se había asentado sobre todo en las familias más vulnerables: la droga. Para nosotros una situación totalmente nueva y desconocida. Y desde la oración recordamos lo que escribe san Francisco en el Testamento: «Me parecía muy amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos practique misericordia con ellos…Y aquello que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo…”.

Decidimos buscar soluciones. Si Francisco hace misericordia con los leprosos; a estos hombres enfermos y marginados, necesitan «hacer(le) misericordia», cariño, acogida, escucha e incluso cubrir sus necesidades materiales. El Señor, que no desoye  el clamor de los pobres, vino a darnos un poco de luz y poner en nuestro camino, a personas  que estaban intentando crear en Sevilla la Asociación Proyecto Hombre. Sin dudarlo se liberó a un hermano para colabora con ellos. Desde entonces la colaboración con dicha entidad ha sido estrecha y de muchas formas. Desde el final de los noventa nuestra casa se abrió para acoger a los chicos que, llegando a el nivel de reinserción, y que por diversos motivos no puede ir con su familia o a su casa, para los cuales esta es “su” casa  y nosotros su familia e intentamos «hacer misericordia» con ellos.

Podemos terminar estas letras citando a fray Eloi Leclerc, en “Sabiduría de un pobre” pone en labios  del pobrecillo de Asís: “El Señor no me ha llamado a formar… (Grandes y poderosas obras).  El Señor mismo me ha revelado que debemos vivir según la forma del Santo Evangelio. Vivir, sí, simplemente vivir. Ese es nuestro proyecto en Palmete: Vivir, sí, simplemente vivir, según la forma del Santo Evangelio.

 

 

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Mons Saiz: «La Cuaresma es un tiempo bendito para volver a la fuente”

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Mons Saiz: «La Cuaresma es un tiempo bendito para volver a la fuente”

Las misas de imposición de la ceniza ha sido el signo visible del comienzo del tiempo litúrgico de la Cuaresma, unas Eucaristías que se han celebrado en todas las parroquias de la Archidiócesis. El templo metropolitano acogió la celebración de hasta ocho misas, la última de ellas, a las ocho de la tarde, la ha presidido el arzobispo, monseñor José Ángel Saiz Meneses, que ha definido la Cuaresma como ”un ‘tiempo favorable’ para volver a Él con un corazón renovado”.

Al inicio de su homilía ha hecho referencia a la ceniza, “un signo humilde que desenmascara nuestras apariencias”, porque “no estamos creados para la vanidad ni para el aplauso, no somos autosuficientes, no nos salvamos a nosotros mismos”. Al mismo tiempo, ha subrayado que este signo es “una puerta abierta a la esperanza”.

En cuanto a las actitudes que debemos mantener estos cuarenta días que preceden a la Semana Santa, monseñor Saiz Meneses ha recordado que Jesús “nos habla de la limosna, la oración y el ayuno, pero insiste en lo decisivo: que todo sea verdadero, humilde, sin teatro espiritual, sin vanagloria”.

Posteriormente ha hecho referencia al mensaje del papa León XIV para esta Cuaresma, en el que destaca tres aspectos: la escucha, el ayuno y la dimensión comunitaria. Ha afirmado que la Cuaresma es “un tiempo bendito para volver a la fuente”, y ha detallado: “Un Evangelio escuchado de rodillas, un rato de adoración, el rezo sereno del santo rosario, la lectura creyente de la Escritura, la participación fiel en la Eucaristía… No son ‘añadidos’, son el camino mismo”.

En cuanto al ayuno, don José Ángel ha señalado que “para ser verdadero, ha de estar unido a la fe y a la humildad”. Seguidamente ha sugerido tres formas de ayuno cuaresmal: “Ayuno de alimento, de consumo y de “palabras que hieren”, como ha pedido el papa León XIV “con valentía, invitándonos a abstenernos de lenguaje que daña, de palabras hirientes, de juicios precipitados, de murmuraciones y calumnias, para que crezca un habla limpia, amable, reconciliadora”. “¡Cuánto bien haría a nuestras familias, a nuestras comunidades parroquiales, a nuestra vida social, un verdadero ayuno de la lengua! Hay palabras que matan. Hay palabras que destruyen la fama del hermano. Hay palabras que siembran sospecha y división. Y también hay palabras que levantan, curan, alientan, consuelan”, ha añadido. Finalmente, ha expresado su deseo de que esta Cuaresma nos encuentre “más sobrios en el hablar y más generosos en el bendecir”.

También se ha detenido en la dimensión comunitaria a la que hace referencia el Papa en su mensaje, ha apuntado que la limosna no es “lo que sobra”; “es amor concreto, es compartir, es implicarnos, es sostener la acción caritativa de la Iglesia, es mirar a los pobres no como un problema, sino como un rostro: el rostro de Cristo que nos sale al encuentro”.

En la parte final de su homilía ha invitado a los fieles diocesanos a que tenga un centro sacramental muy claro: “La Eucaristía dominical, vivida con fidelidad y hondura, como corazón del camino; el sacramento de la Penitencia, sin excusas”.

Tras la misa, los participantes, con el arzobispo a la cabeza, se han dirigido a la Capilla Real, que ha reabierto sus puertas tras las actuaciones llevadas a cabo en su interior. Allí, el prelado hispalense ha tenido ocasión de agradecer su trabajo a las personas que han formado parte de los equipos de trabajo.

GALERÍA del acto

 

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