Está previsto que tenga lugar del domingo 28 de julio al domingo 11 de agosto y entre las actividades visitarán Fátima
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Un año más el Seminario Conciliar “San Pelagio” celebrará el curso de verano. Los seminaristas participarán en el mismo del 28 de julio al 11 de agosto. Unos días de oración, formación y convivencia fraterna en este tiempo estival. El primer día, está previsto que acudan a la toma de posesión de Florencio Muñoz, quien ha sido hasta ahora Vicerrector del Seminario y nombrado recientemente por el Obispo párroco de San Francisco Solano en Montilla. El lunes, 29 de julio, fiesta de Marta, María y Lázaro, compartirán los seminaristas la eucaristía con los residentes de la Casa Sacerdotal y las Hermanas de Marta y María, que atienden la Casa.
Las jornadas diarias se dividirán en ratos de oración, clases, momentos de convivencia y tiempo libre para la lectura el deporte o el descanso. El viernes, 2 de agosto, está previsto el viaje a Fátima, donde por la tarde monseñor Demetrio Fernández presidirá la eucaristía en la Capilla de las Apariciones. La vuelta a Córdoba tendrá lugar el lunes, 5 de agosto.
Hay que destacar que los ponentes del curso de verano de este año serán Ángel Castaño, profesor de la Universidad Eclesiástica San Dámaso, el escritor y poeta Daniel Cotta, y el sacerdote diocesano, Adolfo Ariza.
El último sábado del curso, el 10 de agosto, el Obispo hará las meditaciones del retiro, tanto por la mañana como por la tarde. Y el domingo al medio día, la misa de doce en la Santa Iglesia Catedral dará por finalizado el curso de verano de este año.
“Iglesia en Córdoba” hace un repaso por los distintos campamentos que durante los meses de verano se desarrollan en la diócesis de Córdoba, en los que participan cientos de chicos acompañados por monitores y sus respectivos párrocos
El verano es la época propicia para que los jóvenes se encuentren unos con otros y disfruten de unos días de convivencia que les permita compartir la fe. En Córdoba, se han puesto en marcha multitud de campamentos para fomentar este encuentro, desarrollados muchos de ellos en el Albergue Diocesano “Cristo Rey” de Villanueva de Córdoba y la aldea del Rocío.
La revista “Iglesia en Córdoba” ofrece un resumen de estos campamentos, así como la actualidad de la vida de la Iglesia.
El domingo 28 de julio, la Iglesia universal celebra la IV Jornada Mundial de los Abuelos y las Personas Mayores, con el lema: “En la vejez, no me abandones” (Salmo 71,9)
El Papa Francisco les dedica un mensaje, que comienza con estas palabras: “Dios nunca abandona a sus hijos. Ni siquiera cuando la edad avanza y las fuerzas flaquean, cuando aparecen las canas y el “estatus social” decae, cuando la vida se vuelve menos productiva y corre el peligro de parecernos inútil”. Y el Papa subraya con fuerza: “Dios sigue mostrándonos su misericordia, siempre, en cada etapa de la vida, y en cualquier condición en la que nos encontremos, incluso en nuestras traiciones. Los salmos están llenos del asombro del corazón humano frente a Dios, que nos cuida a pesar de nuestra pequeñez”.
El recordado Benedicto XVI, de santa memoria, allá por el año 2012, exclamaba con intenso gozo: “¡Es bello ser anciano! Hemos recibido el don de una vida larga. Vivir es bello también a nuestra edad, a pesar de algún achaque y limitación. Que en nuestro rostro esté siempre la alegría de sentirnos amados por Dios, y no la tristeza. La sabiduría de vida de la que somos portadores es una gran riqueza”.
Y Teresa de Calcuta nos dejó estas palabras para los mayores: “¡No te detengas! Siempre ten presente que la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco, los días se convierten en años. Pero tu fuerza y tu convicción no tienen edad”.
Adiós al curso pastoral 2023-2024, en estas páginas de nuestra revista diocesana. ¡Ojalá su “semilla” fructifique con abundancia!
Feligreses de muchas realidades eclesiales se congregaron en la tarde noche del pasado 24 de Julio en la Parroquia costera de Nuestra Señora del Carmen en La Antilla-Huelva, para vivir un encuentro de adoración con Jesús eucaristía.
La emoción se desbordó ante la masiva afluencia de personas que abarrotaron una orilla en calma y en un clima de silencio, oracion y cantos de alabanza.
Agradecemos a Dios por derramar su gracia entre nosotros.
La imagen que tenemos de Dios la formamos, en gran parte, partiendo de la idea que nos vamos forjando sobre el mundo que nos rodea. Como señalaba Santo Tomás, un error acerca de la creación no solo redunda en un hablar falsamente sobre Dios sino que termina apartando a los hombres de Dios (Suma contra Gentiles 4). La ciencia fue cambiando la visión que teníamos del mundo y del hombre, sin embargo la imagen de Dios siguió siendo aquella que heredamos del medievo. De ahí que muchos creyentes (más formados y menos formados) vivan en una especie de esquizofrenia: por una parte se educan, trabajan y viven en un universo marcado por el desarrollo de la ciencia, y por otra generan en su mente una especie de mundo aparte que vendría conformado por su universo religioso. De hecho la imagen de Dios que suelen tener es infantil y antropomórfica. Cuando por alguna razón ambas cosmovisiones llegan a confrontarse surge inevitablemente la crisis. Esto se observa más en los jóvenes al estar menos marcados por el peso de la tradición. Teilhard, al ser consciente de que Dios se nos revela en su creación, consideró que había que purificar la imagen de Dios atendiendo al mundo que nos iba desvelando la ciencia. De hecho la teología debería hacerse cargo de esta nueva realidad para poder ofrecernos una imagen creíble del Dios que no puede ser menos que el fundamento y el sentido de todo el devenir cósmico.
Esta idea la expresaba perfectamente en una carta que escribió a E. Mounier en la que afirmaba que ciertas representaciones de Dios y ciertas formas de adoración debían quedar excluidas porque no eran homogéneas con las dimensiones espirituales del Universo. De lo contrario, sería imposible realizar una verdadera unidad espiritual, lo cual constituye la experiencia más legítima, más imperiosa y más definitiva del Hombre de hoy y del Hombre del mañana.
Para Teilhard de Chardin la imagen de Dios no podía ser otra que la del Dios de la evolución. Dios no había creado un mundo estático y acabado, Dios crea evolutivamente, se trata de una creación continua. Él es Foco y Principio animador de una creación evolutiva. Este modelo de Dios es mucho más comprensivo para el hombre de hoy. En la fe se integrarían lo ascensional hacia lo Trascendente y la impulso hacia adelante, hacia el futuro, lo inmanente. Desde las profundidades de la materia se ascendería hasta las cimas del espíritu. En ese proceso Dios aceptaba de alguna manera ser alcanzado por la criatura. Por eso dirá que Dios, de alguna forma, se ‘transforma’, se completa en el Pleroma final al incorporarnos. Esto no significa que Dios sea limitado, que no sea absoluto e infinito como se afirma desde la metafísica, sino que Dios incorpora toda la creación que ha ido evolucionando hasta las cimas del espíritu.
Este Dios “evolutivo y evolucionador” tiene un rostro, el rostro no es otro que el de Jesús de Nazaret: “Este Dios, no es ya el del viejo cosmos, sino el de la nueva Cosmogénesis (en la medida misma en que el efecto de una tarea mística dos veces milenaria consiste en hacer aparecer en Ti, bajo el Niño de Belén y el Crucificado, el Principio Motor y el Núcleo motor del mundo mismo); este Dios tan esperado por nuestra generación, ¿no eres Tú, Jesús justamente quien lo representas y quien nos lo aportas?” (El Corazón de la Materia). Teilhard nos invita a que comprendamos con todo realismo lo que supone el misterio de la Encarnación. He aquí la cifra para entender todo el pensamiento de Teilhard: Cristo es mucho más grande de lo que pensamos. Todo se hizo por Él y para Él. En su Encarnación penetra todo el cosmos y lo impulsa después de la resurrección hasta su final en el que incorporará toda la realidad en el mismo Dios. Él mismo es quien nos atrae y nos hace ver el proceso unificador del universo. Esto puede resumirse en esta la Oración al Cristo siempre mayor al final del ensayo El Corazón de la Materia:
“Señor de la Consistencia y de la Unión, Tú, cuyo signo de reconocimiento y cuya esencia consisten en poder crecer indefinidamente, sin deformación ni ruptura, a la medida de la misteriosa Materia cuyo corazón ocupas por entero; Señor de mi infancia y Señor de mi fin; Dios acabado para sí, y sin embargo, para nosotros nunca acabado de nacer; Dios que, para presentarte a nuestra adoración como ‘evolucionador y evolutivo’, eres en lo sucesivo el único que puede satisfacernos, aleja por fin todas las nubes que aún te ocultan, tanto de los prejuicios hostiles como de las falsas creencias. Que por diafanía e incendio a la vez, brote tu universal presencia. ¡Oh, Cristo, siempre mayor!”.
Juan Jesús Cañete Olmedo Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía
A vueltas con la lectura en esta página libresca. Y antes de hablar de los libros de los que hoy vengo a hablar, me permito una primera licencia previa; la otra vendrá al final. Y no es otra esta primera licencia que la de recordar a los lectores esta brillante frase que Cervantes pone en boca del Quijote: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho” De andar, y lo digo así de grueso, hablaré; pero de andar de afuera adentro, no al revés. Me refiero al viaje interior tan necesario hoy y cómo lo abordan cuatro grandes novelistas en cuatros grandes obras suyas. Hablo de “El juego de los abalorios”, de Herman Hesse; de “Moby Dick”, de Herman Melville, de “Viaje al fin de la noche”, de Louis Ferdinand Céline, y del “Coloso de Marusi”, de Henry James. Hablo del viaje interior en estas novelas como podría hablar de lo mismo en otras como “El Quijote”, de Cervantes, “La Odisea”, de Homero o de “Las montañas de la locura”, de Lovercraft.
“Eljuego de los abalorios”, de HermanHesse, última novela publicada en vida, en 1943, tres años antes de recibir el Premio Nobel de Literatura. Puede parecer una novela extraña en relación a otras más cautivadoras como” Siddhartha” o “El Lobo estepario”. Quiso el autor que fuera ésta la obra de su vejez. Un viaje interior para encontrar nuevas respuestas a nuevas preguntas. Se trata de un enjundioso viaje interior que realiza el autor alemán en la búsqueda del conocimiento para llegar a conocerse mejor. La novela se desarrolla en la Ruta de la Seda, que para él es solo un recurso simbólico para explorar los grandes temas universales. El protagonista, Josef Knecht, es “magister ludi,”, maestro de juegos. La ruta que une oriente y occidente es un símbolo de unión de dos mundos que se desconocen y que tienen mucho que enseñarse. Fue consciente de que no era una novela de fácil lectura. En ella quiso reunir de forma armoniosa todas las historias del espíritu de la Humanidad; y al hacerlo llegar a conocerse más a fondo.
“Moby Dick”, de Melville. Es una novela gigantesca y profunda que, llevada al cine, pierde toda su fuerza original para convertirse en una banal película de aventuras. El fondo argumental es el viaje interior para descubrir algo nuevo. Está cargada de nombres bíblicos y del uso de la figura del mar en la Biblia. En la novela dos personajes buscan en barcas balleneras diferentes objetivos distintos. En el ballenero Pequod, el capitán Abab navega como loco con un solo objetivo; encontrar la Ballena Blanca. En el ballenero Rachel su capitán busca a uno de sus hijos perdido. Ambos se encuentran en alta mar; y el capitán del Rachel pide a Ajab que le ayude a buscar a su hijo. Pero éste solo quiere saber noticias de la ballena blanca, y cuando recibe la información, rehúsa ayudarle y se aleja tras el rastro de la ballena. El verdadero enemigo de Ahab no es Moby Dick sino su propia y desmedida sed de venganza. Una novela abierta, como un océano en el que zambullirnos buscándonos. Los personajes de la novela no navegan solos, sino que lo hacen navegando consigo mismos. Algo de esta búsqueda interior y también teniendo el mar como escenario vienen a decirnos muchas de las novelas de Conrad cuyo primer centenario de su muerte celebramos en agosto. Buena ocasión para leer su “Lord Jim”, la magistral novela que fue la primera en publicarse en el siglo XX y que también nos habla de un gran viaje interior.
“Viaje al fin de la noche,” de Louis Ferdinand Céline. La obra comienza diciendo “Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación, El resto solo son decepciones y fatigas, Nuestro viaje es por entero imaginario”. Es un viaje al horror de las guerras en Europa o de racismo en África. Visión pesimista de la condición humana en la que el sufrimiento, la vejez y la muerte son las únicas verdades eternas. Viaje nihilista, como muchos viajes de quienes nos rodean. La vida es miserable para los pobres, fútil para los ricos y las esperanzas de progreso y felicidad humanas son ilusorias. Esta novela autobiográfica nos hace mirar a nosotros mismos y reflexionar sobre todo aquello que tenemos dentro y a lo que no nos atrevemos a poner nombre. Viajar es útil porque pone a trabajar la imaginación
“El coloso de Marusi”, de HenryMiller El autor de los Trópicos, esas radiografías internas del yo profundo, escritas con palabras desatadas y a puñetazos, nació y creció en Los Estados Unidos, vivió largos años en Paris, y, ya en la vejez y antes de regresar s su “Big Sur “norteamericano, pasó largas temporadas en las islas griegas junto a su gran amigo el escritor Gerald Durrel. Ya en sus últimos días confesó haber encontrado el infierno en Norteamérica, el purgatorio en Paris y el cielo en las Islas griegas que conoció bien de la mano de Durrel que por entonces escribía su gran libro de viajes “Las Islas Griegas”. De su experiencia en el Egeo, Miller escribió la que, para mí, es su mejor obra; “El coloso de Marusi”, en donde nos describe su viaje a la isla de Corfú. El libro es más que un libro de viajes al uso, pues es un descubrimiento interior y exterior, un reto para la agonía que vive Occidente y un canto, al estilo de Whitman, a la dignidad de la tierra, al crecimiento espiritual y a la amistad. Todo el libro es un viaje interior que, en esta ocasión, tiene su punto de partida en cada paso que va dando por el mundo exterior.
Y acabo con otra licencia libresca. Esta de ahora la puso por escrito Santa Teresa, y dice; “Lee y conducirás; no leas y serás conducido”.
Juan Rubio Fernández Sacerdote, escritor y periodista
El profesor de los Centros Teológicos José Luis Fernández Orta ayuda a profundizar en el Evangelio de este domingo, 28 de julio (Juan 6, 1-18).
Siempre nos han hablado de multiplicación y nunca de división. Aquí las matemáticas fallan. Lo primero que sorprende es la capacidad de Jesús para darse cuenta de las necesidades de quienes lo siguen. Es Él quien reclama una solución para la multitud. Entra en juego el factor económico: el dinero. Pero es un fracaso: no alcanza. Por eso es necesaria otra solución: compartir lo que se tiene, aunque sea poco. Se contrapone la plata a un simple pan de cebada y dos peces. ¿Qué hace Jesús? Cuatro gestos: bendecir, partir, repartir y recoger lo que sobra. La bendición indica gratitud por lo recibido: todos los bienes nos han sido dados gratuitamente por Dios, por eso nos toca ser agradecidos. Si lo que tengo me ha sido dado, me toca partir lo que tengo y repartirlo entre todos. No lo puedo acaparar yo solo para que se pudra. Al final no se puede desperdiciar nada, puesto que viene de la gracia de Dios y lo van a necesitar generaciones futuras.
Eso es lo que nos toca a nosotros: aprender a dar gracias a Dios por los bienes recibidos para partirlos y repartirlos con todos, recogiendo lo que sobra para que no se desperdicie. Si dividiéramos más, quizás el hambre, las injusticias y las guerras desaparecerían de nuestro entorno. Pero eso sólo es posible si compartimos el verdadero alimento de nuestro espíritu: Jesús, el pan bajado del cielo.
En este último viernes de julio, el Espejo Andalucía se despide hasta la próxima temporada. Entre los temas de esta semana, Málaga ofrece la campaña que desde PastoralFamiliar se ha puesto en marcha con motivo de la IV Jornada Mundial de los Abuelos y Mayores, que tiene lugar el próximo domingo, 28 de julio. Aquí pueden escuchar el podcast.
La Hna. María Ferrández Palencia, OP, de la Congregación Romana de Santo Domingo, ayuda a profundizar en el Evangelio de hoy, fiesta de San Joaquín y Santa Ana.
Jesús, en esta parábola compara la vida de la persona con distintos tipos tierra. La metáfora de la tierra, era fácil de comprender para la gente que en su época le escuchaba, muchos habituados a las tareas del campo; no sé si a muchas personas hoy, con menos trato con la tierra, nos resultará tan cercana.
Por eso detengámonos, para poder comprenderla mejor, en el milagro del crecimiento de una semilla; cómo a partir de un solo un grano, puede producirse un crecimiento de hasta el ciento por uno, como nos cuenta la parábola.
Cuando contemplamos, por ejemplo, un trigal en plena época de cosecha, quizás no apreciamos la pequeñez de los comienzos, no descubrimos la pequeña semilla enterrada en el surco, que durante meses estuvo oculta.
En la parábola que nos cuenta Jesús, esta semilla es la Palabra de Dios, capaz de hacer del campo que somos cada un jardín lleno de frutos, lleno de vida. Una semilla que Dios ha plantado en nosotros, independientemente de la tierra que seamos. En el relato Jesús quiere hacernos conscientes de que este proceso de germinación y crecimiento, es un proceso que se realiza en el interior de cada uno; es necesario estar atentos a él a través de tres actitudes fundamentales: la escucha, como apertura del corazón a acoger la Palabra; vivir desde lo hondo, desde la profundidad y no desde la superficie; trabajarnos por dentro, abordando y enfrentando todo lo que ahoga la vida de Dios en nosotros y poco a poco nos va minando, nos va secando, nos va agotando.
Pero también la parábola nos abre a la esperanza y a la alegría, porque la Palabra de Dios está ahí, en medio de nuestro mundo, plantada en cualquier rincón de la historia; porque existe la promesa del treinta, sesenta, ciento por uno; porque el Reino es una realidad que supera siempre nuestras expectativas.
Hna. María Ferrández Palencia, OP Congregación Romana de Santo Domingo
Siguiendo una venerable tradición, el apóstol Santiago el Mayor vino a España a
anunciar el Evangelio. Él es hermano de Juan, ambos los hijos del Zebedeo. Y a los dos,
junto con Simón Pedro, los llamó Jesús al círculo de sus más íntimos para ser testigos
de la resurrección de la hija de Jairo, de la transfiguración en el monte Tabor y de la
agonía de Getsemaní en el huerto de los olivos, en la noche de la pasión.
Llegó a Zaragoza, predicó el Evangelio a orillas del río Ebro y recibió la visita
confortante de María, que vino a visitarle en carne mortal, cuando ella todavía estaba en
este mundo. En ese lugar se venera hoy a la Virgen del Pilar. Santiago regresó a
Jerusalén para encontrarse con María antes de su dormición y asunción al cielo. Y en
Jerusalén fue martirizado hacia el año 42-44 por Herodes Agripa (cf. Hech. 12,2).
A comienzos del siglo IX, fue hallado su sepulcro en Compostela, y es confirmada su
autenticidad por León XIII en 1884, ordenando que se peregrine a Santiago de
Compostela como lugar del sepulcro del Apóstol. El Camino de Santiago ha sido una de
las venas principales que ha regado el organismo cristiano de la edad media. Y a día de
hoy se ha convertido en uno de los lugares a visitar, por creyentes y no creyentes.
Su predicación en España al comienzo de la era cristiana, el descubrimiento de su
sepulcro en Compostela, y el Camino de Santiago, hacen que su sepulcro sea
continuamente visitado por peregrinos, y convierte a Santiago apóstol en un referente y
un aglutinante de la fe católica en España. Por eso, Santiago es patrono de España.
Al llegar su fiesta año tras año, estamos llamados a reconocer este patrocinio sobre la
Iglesia que camina en España. Él nos aporta la apostolicidad de la Iglesia, las raíces
apostólicas de la Iglesia, una de sus notas esenciales que confesamos en el Credo. La fe
católica no es un invento de anteayer, sino que tiene sus raíces en los mismos
apóstoles, cuyo ministerio apostólico ha sido ejercido en España por el apóstol
Santiago, y probablemente también por el apóstol Pablo.
La desintegración de la unidad de España, o mejor, la unidad de España entendida de
otra manera no debe mermar este patrocinio del apóstol Santiago sobre las comunidades
cristianas en España. Tener un apóstol como patrono significa tener un intercesor en el
cielo de especial rango, al que pedimos continuamente que la fe cristiana se mantenga y
crezca en los territorios españoles. Ya no sólo de nuestra patria, sino también de los
pueblos de Hispanoamérica que lo veneran especialmente.
La tarea de la nueva evangelización en el mundo occidental debe contar con estas
mediaciones, con la intercesión del apóstol Santiago, en la difusión de la fe católica en
nuestras comunidades, que han de transformar el mundo en el que vivimos. La frescura
del mensaje evangélico, que el apóstol Santiago nos ha transmitido, viene reforzado por
su martirio, el supremo testimonio de amor a Cristo, rubricado con su sangre. Y viene
acompañado por la presencia de la Virgen María, nuestra madre, que garantiza la pureza
del evangelio y abre los corazones al evangelio de su Hijo Jesús.
Que la fiesta del apóstol Santiago afiance nuestra fe y nos renueve en el impulso
evangelizador para hacer presente hoy en nuestro mundo la novedad de Jesucristo.
Recibid mi afecto y mi bendición:
+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba