A mitad de curso se han reunido con el objetivo de compartir y planificar la acción evangélica que llevan a cabo
Un grupo de la Acción Católica Obrera (ACO) se reunió en la parroquia de las Santas Margaritas para celebrar su asamblea de mitad de curso el fin de semana pasado con el objetivo de compartir y planificar la acción evangélica que llevan a cabo «en sus ambientes». Durante la asamblea tuvieron la oportunidad de rezar “por la justicia y la paz en el mundo” y de dar gracias por todas aquellas personas y organizaciones que, desde su fe o desde cualquier otra motivación, se ponen al servicio de quienes más sufren en el mundo obrero o incluso en otros ámbitos de exclusión.
Los participantes compartieron experiencias de acción evangelizadora en Asociaciones vecinales, sindicales y políticas, en Asociaciones de familias (AMPAS-AFAS), en el movimiento ecologista y pacifista, en la propia estructura eclesial a través de la Pastoral Obrera o el acompañamiento a la JOC, en organizaciones que luchan por la dignidad de las personas rumanas en Córdoba (ACISGRU), que se han visto especialmente afectadas por el temporal de los últimos días, o en la lucha del comité de empresa de Hitachi por la dignidad y los derechos laborales frente al afán economicista de la dirección de la empresa.
La Acción Católica Obrera espera y prepara con ganas la próxima visita al obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, prevista para el mes de marzo. Durante el encuentro los miembros de la ACO presentarán al prelado el movimiento y las actividades que lleva a cabo en la ciudad.
El administrador apostólico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, Mons. Ramón Valdivia, ha visitado Ceuta en los primeros días del inicio del tiempo litúrgico de Cuaresma, desarrollando una intensa agenda pastoral y cultural en la ciudad autónoma.
Mons. Valdivia presidió la celebración de la misa del Miércoles de Ceniza en el Colegio Santa María Micaela, donde impuso la ceniza a alumnos y profesores del centro educativo. En su homilía, Mons. Valdivia animó a la comunidad escolar a vivir la Cuaresma como un tiempo de conversión, reflexión y preparación espiritual ante la próxima Semana Santa.
Durante su visita, el administrador apostólico mantuvo un encuentro con el Consejo de Hermandades y Cofradías de Ceuta, interesándose por los preparativos de la Semana Santa ceutí. En la reunión, el presidente del Consejo, Juan Jesús Bollit, expuso los avances en la organización de las estaciones de penitencia y los actos programados, destacando la implicación de cofrades y fieles en una de las celebraciones más significativas del calendario religioso local.
Asimismo, el prelado se reunió con el pregonero de la Semana Santa de Ceuta, Adán del Campo, para conocer de primera mano el proceso de elaboración del pregón que anunciará oficialmente la celebración. El administrador apostólico mostró su cercanía y apoyo, subrayando la importancia del pregón como acto que marca el inicio de los días grandes para las hermandades y la ciudad.
En el ámbito cultural, el prelado presidió la inauguración de la exposición ‘El Hombre de la Sábana Santa’, obra del escultor e investigador Juan Manuel Miñarro. La muestra, instalada en el Museo del Revellín de San Ignacio, presenta una reconstrucción hiperrealista basada en estudios de antropología física y forense que, según sus promotores, invita a reflexionar sobre la figura histórica que pudo dar origen a la reliquia tradicionalmente asociada a Jesucristo. La exposición reúne pruebas e investigaciones minuciosas que profundizan en el análisis de la denominada Sábana Santa, proponiendo al visitante un recorrido científico y artístico que combina fe y estudio académico.
Con esta visita, Mons. Ramón Valdivia refuerza su cercanía con la comunidad católica ceutí en el inicio de un tiempo litúrgico clave, acompañando tanto la dimensión espiritual como las manifestaciones culturales vinculadas a la tradición cristiana en la ciudad.
#gallery-1 { margin: auto; } #gallery-1 .gallery-item { float: left; margin-top: 10px; text-align: center; width: 16%; } #gallery-1 img { border: 2px solid #cfcfcf; } #gallery-1 .gallery-caption { margin-left: 0; } /* see gallery_shortcode() in wp-includes/media.php */ Ver este artículo en la web de la diócesis
Será el próximo 25 de abril y arrancará en la sierra cordobesa para caminar hasta la ciudad. Ya se pueden hacer inscripciones
El pasado martes, 17 de febrero, en la Delegación Diocesana de Misiones, el equipo organizativo para la celebración de la XII Marcha Misionera Diocesana dejó perfilados los objetivos y contenidos de esta cita que se llevará a cabo el próximo 25 de abril.
Durante la reunión se presentó el cartel que, bajo el lema «El color de tu entrega», tiene en esta ocasión como protagonista a San Pelagio, lo que conllevará una implicación muy especial de todos los seminaristas del Seminario Mayor San Pelagio.
En esta ocasión, el recorrido establecido será desde la sierra cordobesa partir caminando hasta llegar a la capital, marchando por sus calles y atravesando la ciudad de norte a sur, desde el Santuario de Santo Domingo «Scala Coeli» hasta el Seminario Mayor San Pelagio.
Con la llegada del tiempo litúrgico de Cuaresma, en Sevilla se renuevan tradiciones que propician un recogimiento y una espiritualidad que nos preparan para la vivencia íntima de la Semana Santa. Uno de estos ritos viene de la mano de una institución sin duda especial: los viacrucis que organiza la Hermandad de Nuestra Señora de la Antigua por los conventos de clausura de Sevilla. Su hermano mayor es Manuel García Preciados.
Se trata de una hermandad especial, con una devoción, una historia y un cometido también singulares
Tenemos la sede canónica en la iglesia colegial del Divino Salvador, junto al retablo donde encontramos el simpecado de la Virgen del Rocío, y nuestra imagen es peculiar porque es un icono, un cuadro.
Este año están de celebración
Efectivamente, cumplimos ochenta años. El año 1946, con una España en la postguerra civil, donde había cartillas de racionamiento y muchas familias no tenían cómo ni dónde comer. En ese contexto, un grupo de comerciantes del Salvador, cristianos comprometidos, se reunieron para ayudar a los conventos de clausura, muchos de ellos en muy malas condiciones. Uno de los párrocos -entonces el Salvador era parroquia- les conminó a que fundaran una hermandad y ellos cogieron la advocación de la Virgen de la Antigua. Creo que acertaron de pleno.
¿Cuál es su finalidad hoy?
El único fin que tiene esta hermandad es ayudar a los conventos de clausura, no solamente de Sevilla capital, sino de toda la Archidiócesis. Estamos hablando de 34 conventos de clausura.
¿Por qué tienen también a San Antonio como referente?
Porque es el patrón de los pobres. Ya digo que aquellos cristianos hace 80 años estuvieron muy acertados escogiendo las advocaciones.
No sólo prestan ayuda material a las religiosas, también trabajan para fomentar el conocimiento de la vida y riqueza espiritual y patrimonial de estos conventos
Sí. Creo que hay que poner énfasis en dar a conocer los conventos, porque lo que no se conoce no se puede querer. Mucha gente pasa por la tapia de una iglesia y no saben qué hay detrás… Pues ahí hay un convento de clausura, con religiosas que rezan por nosotros. Eso hay que darlo a conocer. Hay que compartir ese patrimonio que ellas se encargan de conservar, y no nos podemos lamentar. Tenemos que conocerlo, para seguir teniendo esa riqueza, tanto patrimonial como espiritual en la ciudad.
En Cuaresma renuevan una misión muy singular desde el año 2008: los viacrucis en los conventos y monasterios de clausura, concretamente los viernes
Así es. Se empezó con un convento de clausura, donde se iban rezando las estaciones. Y visto el éxito desde el principio, se pasó a un ciclo. Se trata de algo que, además, tenemos recogido en nuestras reglas, que obligan a los hermanos a este culto. Somos una hermandad de gloria con esos cultos cuaresmales. Así, cada viernes de Cuaresma celebramos un viacrucis, a las seis y media de la tarde, en un convento que va cambiando.
Pero todo no se acaba en el ejercicio del viacrucis…
Efectivamente. A su término, un profesor del Historia del Arte explica la iglesia conventual, la historia de la orden o del convento. Unimos las dos cosas: el acto piadoso y la riqueza cultural que nos aporta un profesor que, desinteresadamente, nos ayuda en este sentido.
¿Cuál es el programa de este año?
El 20 de febrero, primer viernes de Cuaresma, comenzamos en el convento de San Leandro; seguiremos el día 27 en San Clemente; el 6 de marzo en Madre de Dios; el día 13 en Las Teresas, con el arzobispo de Sevilla presidiendo el viacrucis; el 20 de marzo lo haremos en el convento de Santa Ana; y finalizaremos en Santa Inés el día 27. Después celebraremos un vialucis pascual en Santa María de Jesús, el 10 de abril, viernes de Pascua. Todas las citas son a las seis y media de la tarde.
¿Es necesaria una inscripción previa para participar en estos viacrucis?
No. Hay que decir que hemos tenido que empezar media hora antes porque va mucha gente. Tenemos ese margen para que quien quiera asistir vaya entrando en el convento. No hay que apuntarse previamente en ningún sitio, y pido paciencia porque afortunadamente se nos llenan todas las citas.
Eso es buena señal
Pues sí. Si hacemos el repaso de los conventos incluidos en el ciclo de Cuaresma, vemos que cada comunidad es de una orden diferente (agustinas, cistercienses, carmelitas, dominicas, clarisas…) y hacemos este camino con ellas, que además cantan. Las meditaciones son diferentes en cada convento, intentamos adaptarlas a la comunidad, y la hermandad proporciona a cada participante un librito para seguir el viacrucis.
La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.
Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.
Escuchar
Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.
Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.
Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.
Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia». [1]
Ayunar
Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.
San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos». [2]El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.
Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios». [3]En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana». [4]
Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.
Juntos
Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).
Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.
Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.
Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.
Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.
En las últimas semanas se ha popularizado en las redes sociales una moda que se está focalizando en Hispanoamérica, especialmente en Argentina y Uruguay, aunque su origen está en los años noventa y tiene comunidades estables en Europa. Como tarde o temprano todo nos llega, ¡bendita globalización¡, no está de más que estemos un poco advertidos de las características de esta nueva comunidad.
Me refiero a los “Therians” o personas que sienten una fuerte conexión con el instinto animal que puede llegar a manifestarse en su forma de vestir o de caminar. En determinados momentos pueden sentirse impulsados a comportamientos propios del animal con el que se sienten conectados tales como correr, marcar territorio o sentir que se poseen miembros propios del animal como las alas o la cola.
Puede parecernos algo extravagante o anecdótico, pero como en casi todo, no hay ningún comportamiento humano que no tenga una raíz más profunda o exprese alguna inquietud que late de forma casi inconsciente en el alma de cada individuo. No pretendo aquí hacer un análisis exhaustivo de la situación. Creo que me basta con la sentencia de Chesterton: «Cuando la gente deja de creer en Dios, no es que no crean en nada, es que creen en cualquier cosa».
La reflexión ha sido subvertida por el deseo provocando la evasión de aquello que precisamente nos hace propiamente humanos: la razón que se sobrepone al instinto. Hay una sed humana de pertenecer, de trascender los límites ordinarios, de sentir que la vida no son solamente rutinas, consumo y expectativas sociales. Al sustituir las grandes preguntas por las respuestas rápidas, el alma sigue buscando caminos alternativos para expresar su hambre de significado.
Esta moda, como tantas otras, expresan una misma verdad: el ser humano no se conforma con lo inmediato. Quiere pertenecer, quiere significado y trascendencia. Cuando los anhelos no van a lo profundo, se quedan en la superficie y terminamos inventando símbolos que nos recuerdan que estamos hechos para más. Este inicio de Cuaresma nos devuelve al origen de nuestra vocación, somos polvo en el que Dios ha insuflado su vida y más que multiplicar identidades hemos de redescubrir que somos sus hijos.
Con la celebración de la Misa de Imposición de Cenizas el pasado 18 de febrero, la Cuaresma del presente año llega como un tiempo de preparación espiritual para la celebración de la Pascua, la fiesta más importante del año litúrgico cristiano. Durante cuarenta días, hasta el Jueves Santo, los fieles son invitados a vivir un camino de conversión, de penitencia y de caridad, siguiendo el ejemplo de Jesús en el desierto.
La Diócesis de Huelva ofrece diversas actividades y recursos para vivir este tiempo con intensidad y fruto. Entre ellos, se encuentran las celebraciones penitenciales, las catequesis cuaresmales, las iniciativas solidarias, las estaciones de vía crucis y las procesiones de Semana Santa.
Mons. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, dirige su Mensaje a todos los fieles y personas de buena voluntad al inicio del nuevo tiempo litúrgico.
Un cordial saludo.
Desde el miércoles de ceniza estamos en tiempo de Cuaresma. Como saben, es tiempo de renovación, de ponernos a tono en nuestra vida cristiana. Es una oportunidad más que nos ofrece Dios, para recomponer la vida; la vida de bautizados, que estropeamos con la rutina de nuestra existencia, con nuestras miserias, con nuestras debilidades y defectos.
El Papa León XIV nos pide en su mensaje para la Cuaresma de este año que sea un tiempo de conversión, de vuelta a Dios mediante la escucha más intensa de la Palabra de Dios, de la Biblia, y hacerlo con la oración, el ayuno y la abstinencia, no sólo material, sino también de tantas cosas que nos apartan de Dios y de los demás y nos hacen daño, lo sabemos, o son superfluas, podemos prescindir de ellas. También nos invita a caminar juntos como cristianos, dejar a un lado el individualismo en nuestra vida, atener a las necesidades de los más pobres, a verlos porque realmente están en nuestro lado, y lejos también, de los enfermos, a preocuparnos de los demás, en definitiva, y superar la polarización a la que asistimos en nuestra sociedad.
En definitiva, es una puesta a punto cristiana. Tenemos que pasar lo que yo llamo la “ITV de Dios”. Restaurar nuestro ser cristiano: eso es la Cuaresma. Como señala el Salmo 80 con la petición “¡oh Dios, restáuranos. Qué brille Tu rostro y nos salve”. Me fijo en esta última imagen de la restauración, de los restauradores, la de las tareas artísticas que se dedican a esto y la aplico a la Cuaresma y se lo explico a ustedes. Verán, al caer en mis manos un catálogo de obras de arte, muchas de ellas de famosos autores que se hacen con motivo de las exposiciones y de autores granadinos, aparecía en él también descrito, el minucioso trabajo por el proceso que se había seguido para restaurar algunos de los cuadros que allí se exponían. Parecía imposible, un auténtico milagro haber conseguido que, del deterioro tan grande en el que se encontraban algunos de estos cuadros, los restauradores hubieran podido sacar de nuevo a la luz los colores, los tonos, las figuras que estaban ocultados por capas y capas de humo, suciedad, que el paso inexorable del tiempo, cuando no el atrevimiento de algún inculto, ha seguido acumulando en esta obra de arte.
Incluso, en algunos de ellos aparecen elementos nuevos que están allí, que sorprenden incluso a quien había traído a restaurarlo, y estaban enmascarados tras la suciedad. También eran regenerados trozos de lienzo que habían sido rasgados. Y lo mismo podríamos decir del ejemplo más evidente para Granada y que la vemos en nuestra bella ciudad, la de la restauración de nuestra magnífica torre, la de nuestra catedral, que ya vamos contemplando y que será un orgullo también para nosotros. Algo parecido hace Dios en la vida de cada uno.
En la Cuaresma nos restaura, nos recupera la imagen de Cristo impresa en nosotros por el bautismo, como decían los Padres de la iglesia. Toda persona es por el hecho de ser imagen y semejanza de Dios, como nos dice la Biblia, algo grande. En ello radica nuestra inmensa dignidad. Esta imagen la desdibujamos, la oscurecemos, la manchamos o deterioramos cuando nos apartamos de Dios, nos enfrentamos con los demás por el pecado, cuando atentamos contra los otros en los que Él también se refleja.
Jesús, nuestro modelo, nos restauró con la Redención hecha de una vez para siempre en el Misterio de la cruz. Nos devolvió la semejanza divina, como se dice en uno de los más bonitos e importantes documentos del Concilio, la constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, dice así, textualmente: “Cristo, nuestro Señor, manifiesta plenamente al hombre, al propio hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación. Él, que es imagen de Dios invisible (Col 1,15), es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán, a cada uno de nosotros, la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él la naturaleza en Cristo, humana, asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a la dignidad sin igual” (GS 22).
Seguro que, en cada uno de nosotros, en los demás, hay colores maravillosos, composiciones magistrales, trazos únicos, que hemos ido ocultando con el cansancio del vivir, cuando no con el barro que provoca nuestro caminar, con los contratiempos, con los golpes que hemos recibido, incluso por las faenas que como auténticas puñaladas nos han roto el alma y nos hacen desconfiar de todos, de los demás. Seguro que hay en nosotros facetas de cristiano, de persona, de bien, de alguien maravilloso, que estuvieran más a la luz hace años y que se han ido oscureciendo, se han ido tapando, incluso manchando, pero que añoras recuperarlas.
Están ahí, queridos amigos. Y yo les pediría que recuperen todas las cosas buenas que tienen, como personas y como cristianos, fundamentalmente esa imagen de Cristo que somos. ¿Cómo hacerlo? Por lo pronto, procuren rezar en profundidad, reflexionar, pararse un poco, con confianza, con sinceridad, sin maquillajes que enmascaren nuestra situación. Acudan sin prisa, con humildad y sinceridad de los niños, al Sacramento del perdón, al Sacramento de la penitencia, quizás hace años que no lo hacen, y déjense ayudar por el sacerdote.
Incluso, si tienen más tiempo, acudan algún día, vayan a un retiro espiritual, un retiro de reflexión, o participen en algunas charlas cuaresmales de las que se organizan en nuestras parroquias y cofradías, que aparecen ahí en los carteles, anunciadas. Incluso, si pueden, yo les aconsejo un tratamiento más intensivo, podríamos decir, eficaz, de restauración: que hagan unos ejercicios espirituales. Sí, unos ejercicios, unos días de retiro. Algunos de ellos cambiaron el rumbo de nuestra vida.
Prueben a ver, pero no vayamos por ahí desfigurados, no veamos a los demás desfigurados. Además, cada uno de nosotros, los demás, son una obra de arte única para Dios, pues somos imagen suya. Un respeto entre nosotros.
Les deseo una buena Cuaresma y les dejo mi bendición.
+ José María Gil Tamayo Arzobispo de Granada
18 de febrero de 2026
Miércoles de ceniza, Granada
Mons. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, dirige su Mensaje a todos los fieles y personas de buena voluntad al inicio del nuevo tiempo litúrgico.
Un cordial saludo.
Desde el miércoles de ceniza estamos en tiempo de Cuaresma. Como saben, es tiempo de renovación, de ponernos a tono en nuestra vida cristiana. Es una oportunidad más que nos ofrece Dios, para recomponer la vida; la vida de bautizados, que estropeamos con la rutina de nuestra existencia, con nuestras miserias, con nuestras debilidades y defectos.
El Papa León XIV nos pide en su mensaje para la Cuaresma de este año que sea un tiempo de conversión, de vuelta a Dios mediante la escucha más intensa de la Palabra de Dios, de la Biblia, y hacerlo con la oración, el ayuno y la abstinencia, no sólo material, sino también de tantas cosas que nos apartan de Dios y de los demás y nos hacen daño, lo sabemos, o son superfluas, podemos prescindir de ellas. También nos invita a caminar juntos como cristianos, dejar a un lado el individualismo en nuestra vida, atener a las necesidades de los más pobres, a verlos porque realmente están en nuestro lado, y lejos también, de los enfermos, a preocuparnos de los demás, en definitiva, y superar la polarización a la que asistimos en nuestra sociedad.
En definitiva, es una puesta a punto cristiana. Tenemos que pasar lo que yo llamo la “ITV de Dios”. Restaurar nuestro ser cristiano: eso es la Cuaresma. Como señala el Salmo 80 con la petición “¡oh Dios, restáuranos. Qué brille Tu rostro y nos salve”. Me fijo en esta última imagen de la restauración, de los restauradores, la de las tareas artísticas que se dedican a esto y la aplico a la Cuaresma y se lo explico a ustedes. Verán, al caer en mis manos un catálogo de obras de arte, muchas de ellas de famosos autores que se hacen con motivo de las exposiciones y de autores granadinos, aparecía en él también descrito, el minucioso trabajo por el proceso que se había seguido para restaurar algunos de los cuadros que allí se exponían. Parecía imposible, un auténtico milagro haber conseguido que, del deterioro tan grande en el que se encontraban algunos de estos cuadros, los restauradores hubieran podido sacar de nuevo a la luz los colores, los tonos, las figuras que estaban ocultados por capas y capas de humo, suciedad, que el paso inexorable del tiempo, cuando no el atrevimiento de algún inculto, ha seguido acumulando en esta obra de arte.
Incluso, en algunos de ellos aparecen elementos nuevos que están allí, que sorprenden incluso a quien había traído a restaurarlo, y estaban enmascarados tras la suciedad. También eran regenerados trozos de lienzo que habían sido rasgados. Y lo mismo podríamos decir del ejemplo más evidente para Granada y que la vemos en nuestra bella ciudad, la de la restauración de nuestra magnífica torre, la de nuestra catedral, que ya vamos contemplando y que será un orgullo también para nosotros. Algo parecido hace Dios en la vida de cada uno.
En la Cuaresma nos restaura, nos recupera la imagen de Cristo impresa en nosotros por el bautismo, como decían los Padres de la iglesia. Toda persona es por el hecho de ser imagen y semejanza de Dios, como nos dice la Biblia, algo grande. En ello radica nuestra inmensa dignidad. Esta imagen la desdibujamos, la oscurecemos, la manchamos o deterioramos cuando nos apartamos de Dios, nos enfrentamos con los demás por el pecado, cuando atentamos contra los otros en los que Él también se refleja.
Jesús, nuestro modelo, nos restauró con la Redención hecha de una vez para siempre en el Misterio de la cruz. Nos devolvió la semejanza divina, como se dice en uno de los más bonitos e importantes documentos del Concilio, la constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, dice así, textualmente: “Cristo, nuestro Señor, manifiesta plenamente al hombre, al propio hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación. Él, que es imagen de Dios invisible (Col 1,15), es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán, a cada uno de nosotros, la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él la naturaleza en Cristo, humana, asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a la dignidad sin igual” (GS 22).
Seguro que, en cada uno de nosotros, en los demás, hay colores maravillosos, composiciones magistrales, trazos únicos, que hemos ido ocultando con el cansancio del vivir, cuando no con el barro que provoca nuestro caminar, con los contratiempos, con los golpes que hemos recibido, incluso por las faenas que como auténticas puñaladas nos han roto el alma y nos hacen desconfiar de todos, de los demás. Seguro que hay en nosotros facetas de cristiano, de persona, de bien, de alguien maravilloso, que estuvieran más a la luz hace años y que se han ido oscureciendo, se han ido tapando, incluso manchando, pero que añoras recuperarlas.
Están ahí, queridos amigos. Y yo les pediría que recuperen todas las cosas buenas que tienen, como personas y como cristianos, fundamentalmente esa imagen de Cristo que somos. ¿Cómo hacerlo? Por lo pronto, procuren rezar en profundidad, reflexionar, pararse un poco, con confianza, con sinceridad, sin maquillajes que enmascaren nuestra situación. Acudan sin prisa, con humildad y sinceridad de los niños, al Sacramento del perdón, al Sacramento de la penitencia, quizás hace años que no lo hacen, y déjense ayudar por el sacerdote.
Incluso, si tienen más tiempo, acudan algún día, vayan a un retiro espiritual, un retiro de reflexión, o participen en algunas charlas cuaresmales de las que se organizan en nuestras parroquias y cofradías, que aparecen ahí en los carteles, anunciadas. Incluso, si pueden, yo les aconsejo un tratamiento más intensivo, podríamos decir, eficaz, de restauración: que hagan unos ejercicios espirituales. Sí, unos ejercicios, unos días de retiro. Algunos de ellos cambiaron el rumbo de nuestra vida.
Prueben a ver, pero no vayamos por ahí desfigurados, no veamos a los demás desfigurados. Además, cada uno de nosotros, los demás, son una obra de arte única para Dios, pues somos imagen suya. Un respeto entre nosotros.
Les deseo una buena Cuaresma y les dejo mi bendición.
+ José María Gil Tamayo Arzobispo de Granada
18 de febrero de 2026
Miércoles de ceniza, Granada
A las Hermandades y Cofradías de la Diócesis de Guadix
Queridos cofrades de nuestra diócesis de Guadix: Cercana la Semana Santa de 2026, el Señor nos regala este tiempo de conversión y penitencia. En primer lugar, deseo felicitaros por vuestro incansable trabajo en nuestras Hermandades y Cofradías, custodiando este inmenso tesoro. Las Hermandades son parte del alma de nuestros pueblos, de nuestras parroquias y comunidades; sois un verdadero patrimonio espiritual, que ha sabido encarnar el Evangelio en cada momento de la historia, con una cultura propia a lo largo de los siglos.
La cuaresma es una nueva oportunidad para volver a empezar. En estos tiempos, la secularización y la descristianización interpelan con intensidad a la Iglesia, buscando a menudo arrinconar lo sagrado al ámbito de lo privado o lo puramente folclórico. Ante este reto, vuestra identidad debe brillar con más fuerza que nunca, asumiendo los fines propios de nuestras Cofradías: culto, formación, caridad y evangelización.
Mientras nos preparamos para recibirlo pronto en España, acogemos la llamada que el Papa León XIV hace a toda la Iglesia en este camino hacia la Pascua, como sucesor de Pedro. En su mensaje para esta Cuaresma 2026, «Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión», nuestro Santo Padre León XIV nos invita a poner de nuevo “el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”. El Papa nos pide que demos espacio a la escucha de la Palabra, pues es el primer signo del deseo de entrar en relación con el otro y con Dios. Escuchar a Dios nos ayudará a oír mejor la realidad que nos circunda, especialmente la voz que “clama desde el sufrimiento y la injusticia”. De manera especial, el Papa nos hace una llamada a un ayuno muy concreto, para centrarnos en lo esencial y llevar una vida sobria: «desarmar el lenguaje». Nos exhorta a pedir la fuerza de un ayuno que alcance a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren, el juicio inmediato y las calumnias, dejando espacio para la voz de los demás. Como cofrades, este es un antídoto vital contra la división: “esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en los medios de comunicación en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz”. Este es el reto virtuoso cofrade: cultivar la amabilidad en nuestras juntas de gobierno, en las parroquias, en nuestros encuentros de hermandad, en nuestras familias y en las redes sociales.
Trabajemos para fortalecer los cuatro pilares constitutivos de la vida cofrade ante los retos del presente. El culto: hagamos el precioso camino que va del rostro de nuestros titulares al Misterio Vivo. El culto, la vida sacramental y las celebraciones litúrgicas de la Iglesia deben ser el puente que lleve de la veneración de vuestros amados Titulares a la adoración de Dios. Las imágenes sagradas son «ventanas» a lo invisible que deben movernos a la imitación de Cristo y de la Virgen María; la formación necesaria en un mundo secularizado. Es un imperativo «conocer» para poder dar razones de nuestra fe a quien nos la pidiere. Os insto a profundizar en el estudio de la Palabra de Dios, el Catecismo, los documentos del Vaticano II y el magisterio de la Iglesia, evitando una fe superficial que sea vulnerable a la superstición o a la «mundanización»; la caridad, que hará de la cofradía un «refugio de misericordia». Debemos atender las «nuevas pobrezas» de nuestro tiempo: la soledad de los ancianos, el vacío de los jóvenes, el paro de larga duración y la desesperanza espiritual. Las vocalías de caridad de nuestras Hermandades, trabajando constantemente con Cáritas parroquial y diocesana, serán germen de justicia y esperanza para los que más sufren a nuestro alrededor. Recordad que la verdadera riqueza de una Hermandad son las personas, especialmente las más necesitadas; y la evangelización. Si la razón de ser de toda la Iglesia es evangelizar, también una cofradía existe para evangelizar. Nuestras estaciones de penitencia no son un espectáculo cultural al estilo de un desfile de carnaval, sino un gesto misionero que anuncia que Cristo vive y ha triunfado sobre la muerte.
Insistamos en la necesidad de ser asiduos convencidos en las celebraciones de la vida de la Iglesia en nuestras parroquias, como primer movimiento que fortalece nuestra vida interior y unión a Cristo. Desde ahí seremos lanzados con verdad a la misión y al testimonio público de nuestra fe, en todos los ambientes de nuestra sociedad y en todas nuestras relaciones personales y laborales.
Cuidemos especialmente la eucaristía dominical, el sacramento de la penitencia y la adoración del Santísimo, como verdaderos antídotos contra el “postureo” y la tibieza espiritual. Estimados cofrades, la estación de penitencia es un momento fundamental y de gran fervor, pero no es el culmen de la Semana Santa. Os apremio a participar activamente en los Santos Oficios del Triduo Pascual en vuestras parroquias. Un buen termómetro de la verdad de nuestra vida cofrade es la asistencia al Triduo Pascual. No puede haber una verdadera Semana Santa sin la celebración de la muerte y la Resurrección del Señor; sabiendo que la Vigilia Pascual es la celebración principal de todo el año litúrgico.
Vuestra fe se vive y se fortalece en la parroquia, vuestra sede canónica. Las Cofradías y Hermandades nacen para fortalecer las urgencias pastorales y evangelizadoras en nuestras comunidades. Una Hermandad que se aísla de su Parroquia se marchita. Os animo a integraros plenamente en la vida comunitaria, en los consejos pastorales, en la vida diocesana, colaborando estrechamente con vuestros párrocos y sacerdotes, así como con las diferentes realidades eclesiales presentes en la Iglesia.
En este camino hacia la Pascua, nos acompaña María, Estrella de la Evangelización. Ella, que escuchó la Palabra y la llevó a cumplimiento, nos enseña a ser testigos fieles de Cristo. Que Ella os ayude a fortalecer nuestra identidad y a vivir esta Cuaresma como un verdadero itinerario de conversión personal y comunitaria.
Que esta Semana Santa sea para nuestra Diócesis, para todos los cofrades, un tiempo de profunda renovación espiritual, donde el paso de nuestros titulares por nuestras calles nos lleve al encuentro vivo con el Resucitado, al que celebramos en la vida sacramental de la Iglesia.