HOMILÍA EN LA MISA DE INICIO DEL CURSO PASTORAL
S.I. Catedral – Jerez de la Frontera, 18 de septiembre de 2026
Jesús iba caminando… acompañado por los Doce y por algunas mujeres (Lc 8, 1-2)
Querida familia diocesana:
Cuando un nuevo curso pastoral está ya despertando en las diferentes realidades que conforman nuestra Diócesis, nos reunimos en torno al único altar para celebrar el sacrificio eucarístico, «fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (LG 11). El Concilio Vaticano II empleó esta feliz expresión para hablar tanto de la Eucaristía como de la Liturgia en general: «La liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza… de la Liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin» (SC 10). La celebración de la Santa Misa como acto solemne con el que inauguramos un nuevo curso pastoral no es simplemente la ocasión para que nos encontremos y demos comienzo formal a una nueva etapa. Es la proclamación gozosa de que sin la Eucaristía no podemos vivir, el anuncio siempre nuevo de que el mismo Jesucristo sale a nuestro encuentro y se pone a caminar con nosotros para despertarnos del cansancio y del desánimo, y encender nuestro corazón mientras nos explica las Escrituras y nos regala su presencia al partir el pan (cf. Lc 24, 13-35). Este es el programa siempre nuevo que renueva nuestra capacidad para afrontar cada año los retos de llevar a todos la alegría del Evangelio: vivir siempre y en todo de la Eucaristía.
Iniciamos el curso como Diócesis con esta Santa Misa, votiva del Espíritu Santo, pidiendo al Padre, por nuestro Señor Jesucristo, que derrame los dones del Espíritu en el corazón de los creyentes para que se difundan las mismas maravillas que realizó en los comienzos de la predicación evangélica. Solo en la docilidad interior al Espíritu Santo, congregados en el único Cristo, seremos capaces de un nuevo inicio que permita llevar a todos la misericordia del Padre. Querer lo que Cristo quiere, la gloria del Padre, es la motivación que debe impulsar nuestras tareas con la fuerza del Espíritu Santo.
Puestos a la escucha de su Palabra, el Señor nos sorprende con dos enseñanzas fundamentales para comprender y actuar la misión evangelizadora. A través de san Pablo: si Cristo no ha resucitado, nuestra fe no tiene sentido, seguimos en nuestros pecados (cf. 1 Cor 15, 12-20). A través de san Lucas: Jesús, de camino, anuncia y proclama la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce y por algunas mujeres (cf. Lc 8, 1-3). La primera enseñanza nos hace volver al origen y fundamento de nuestra fe: «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida» (Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus Caritas est [25.12.2005] 1). La tarea que Cristo nos ha encomendado consiste simple y llanamente en dar testimonio de Él: recibiréis la fuerza del Espíritu Santo… y seréis mis testigos (Hch 1, 8). Esa es la tarea: anunciar con nuestras palabras y obras, con nuestros silencios y nuestra manera de reaccionar ante lo que nos pasa, que Cristo vive, que ha resucitado, que sale a nuestro encuentro, y que nosotros somos sus testigos. La segunda enseñanza nos recuerda, una vez más, que la evangelización es solo posible si acompañamos a Cristo como Iglesia: los que se han dejado acompañar primero por Él, los apóstoles y los discípulos, con el papel fundamental de las mujeres, forman parte de la compañía de Jesús. Solo una Iglesia que tiene en el centro a Cristo y está en camino con Él, por ciudades y aldeas, es sujeto capaz de evangelizar. Si la primera enseñanza nos obliga a revisar siempre nuestra identidad como testigos de Cristo Resucitado, la segunda nos compromete a ser cada vez más Iglesia en camino en la que cada bautizado, según su propia vocación, es portador del evangelio. ¿No es acaso esto lo que nos está pidiendo la Iglesia con insistencia cuando nos pide crecer en comunión, participación y misión?
El curso que ahora inauguramos nos llega con nuevas orientaciones para la renovación misionera sinodal de las parroquias y con enseñanzas básicas para comprender que la sinodalidad es, ante todo, un estilo, un modo de vida y de acción, que entiende la pertenencia eclesial, no de forma individualista o aislada, sino desde una vivencia de la comunión que es capaz de transformar el corazón de las personas y la manera de trabajar en equipo. De ahí la urgencia de que en todas las parroquias existan los consejos pastoral y económico, y de que las Delegaciones diocesanas trabajen en total colaboración con las delegaciones de su Vicaría o Departamento, y al servicio de las parroquias. Hagamos nuestra con insistencia la petición de Jesús al Padre en la víspera de la pasión: que seamos uno para que el mundo crea (cf. Jn 17, 21), que sacerdotes, seglares y personas consagradas caminemos y trabajemos sabiéndonos uno, acompañados y acompañando al único Cristo: in illo uno unum (San Agustín, En. In Psal. 127, 3).
Como sabemos, esta expresión de san Agustín, formulada en su exposición sobre el salmo 127, es el lema del Papa León XIV, cuya reciente e inolvidable visita a España nos ha dejado tareas que debemos asumir con total responsabilidad. El Papa nos ha regalado un estilo, nos ha mostrado la «elección decisiva» ante la que se encuentra nuestro mundo en el momento presente y nos ha dejado una encomienda para la España de hoy y de mañana.
El estilo lo formuló bellamente al declarar doctor de la Iglesia a San John Henry Newman, cuando, celebrando el Jubileo de los educadores, explicó lo que luego vimos hecho enseñanza práctica en su visita apostólica: «A veces, los retos actuales pueden parecer superiores a nuestras posibilidades, pero no es así». Recuperó entonces el hermoso himno compuesto por el nuevo doctor de la Iglesia cuando estuvo a punto de naufragar «Guíame, Luz amable», y afirmó que también nosotros, en no pocas ocasiones, nos damos cuenta de que estamos lejos de casa, que nuestros pies vacilan y que no logramos descifrar con claridad el horizonte. Continuaba entonces el Papa: «Pero nada de esto nos detiene, porque hemos encontrado la Guía: «Guíame, oh Luz amable, entre las tinieblas que me rodean». Es tarea de la educación ofrecer esta Luz amable a aquellos que, de otro modo, podrían quedarse prisioneros de las sombras particularmente insidiosas del pesimismo y del miedo… desarmemos las falsas razones de la resignación y la impotencia, y difundamos en el mundo contemporáneo las grandes razones de la esperanza» (León XIV, Homilía 1.11.2025). El Papa nos ha enseñado que la Luz amable de Cristo es más poderosa que cualquier adversidad y que con ella podemos superar el desaliento llevando a todos las razones de la esperanza.
Invito a toda la familia diocesana a volver a escuchar y leer las enseñanzas que el Papa nos ha regalado el pasado mes de junio. En ellas encontramos una exposición en diálogo con nuestros contemporáneos de los contenidos de su primera encíclica Magnifica Humanitas (15.5.2026), un documento que debemos seguir recibiendo para fortalecer la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial.
La encomienda, en fin, la planteó el Papa el pasado 7 de junio en la homilía de la Misa de la Solemnidad del Corpus Christi: «He aquí —afirmó León XIV— una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy. Una escuela que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano; una escuela que nos enseña la gratitud del amor que se hace don, para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de todo egoísmo; una escuela de la que aprendemos que Dios es presencia real y que también nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común» (León XIV, Homilía 7.7.2026).
Con el estilo de la Luz amable que nos guía, la preocupación por custodiar la dignidad infinita de toda persona humana, desde el primer instante de la concepción hasta su último aliento natural, y la encomienda que el Papa nos ha propuesto, afrontamos el comienzo de un curso que nos hará entrar en el segundo año de preparación de la celebración del medio siglo de historia de nuestra Diócesis. Frente a agendas ideológicas que pretenden apagar la luz del mundo que es Jesucristo (cf. Jn 8, 12), pedimos al Señor que nos conceda la gracia de la conversión para que veamos renovadas las dimensiones constitutivas de nuestra identidad cristiana —creer, celebrar, vivir y orar— y así, siendo portadores de la Luz amable de Cristo, seamos luz del mundo y sal de la tierra. Reitero la importancia de volver al Catecismo de la Iglesia Católica para afianzar la formación integral, no sólo de quienes se encuentran completando el proceso de iniciación cristiana para descubrir su vocación en la Iglesia, sino de todos los miembros del Pueblo de Dios. Cuando empecemos el próximo año litúrgico, pondremos la atención en la necesidad de seguir recibiendo las verdaderas directrices de la reforma litúrgica impulsada por el Concilio Vaticano II. Pido que las catequesis recientes que el Papa León ha impartido sobre las enseñanzas de la Constitución Sacrosanctum Concilium sean objeto de estudio y reflexión por todos los grupos y comunidades eclesiales. Cuatro prioridades nos ha señalado el Papa a este propósito: evitar arbitrariedades o desvíos individualistas en las celebraciones, fomentar correctamente la participación activa, fructuosa y consciente del Pueblo de Dios, recuperar el sentido del asombro sagrado y la centralidad del Misterio Pascual, y reconducir las expresiones de la piedad popular para que broten y tiendan siempre a la liturgia.
Creemos lo que celebramos y celebramos lo que creemos. El presente curso pastoral debe ayudarnos a revisar con verdad y humildad si existe coherencia y armonía entre lo que decimos creer y nuestra manera de celebrar. Esa misma coherencia interna de la fe es la que debe seguir animándonos a la hora de dar respuesta a los cinco motivos de preocupación pastoral que debemos atender hasta llegar a la celebración del cincuentenario de la diócesis. Sigamos trabajando en la transmisión de la fe aplicando correctamente las directrices para configurar catecumenalmente la iniciación cristiana. Ampliemos el cuidado a los matrimonios y a las familias ofreciendo el bálsamo del evangelio a tantas personas heridas por la plaga perversa de la infidelidad y de las separaciones. Fortalezcamos nuestro compromiso en la defensa de la vida haciendo nuestra la firmeza y serenidad del Papa León cuando se dirigió a los miembros de las Cortes Generales: «Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de la civilización» (León XIV, 8.7.2026). Sigamos con insistencia rogando al Dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies. Todos padecemos la falta de vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio y a la vida misionera. Renovemos cada día nuestro compromiso de oración para que niños, jóvenes y adultos tengan la valentía de preguntar al Señor “¿qué quieres de mí?” y responder como María Santísima: aquí estoy, “hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38). Cuidemos, en fin, la promoción y la identidad del voluntariado, sabiendo que en el servicio de caridad, Cristo nos muestra su rostro y se hace evidente la propia vocación.
El próximo 8 de diciembre se cumplirá, si Dios quiere, el quinto aniversario de la consagración de nuestra Diócesis al Inmaculado Corazón de María y a San José. Siguiendo siempre el ejemplo escondido, silencioso y humilde de San José, pidamos al Señor la gracia de pertenecer cada día más a María Inmaculada para ser en todo y siempre de Jesucristo Nuestro Señor. Por eso, al inicio de este curso pastoral y siempre, ¡nada sin María! ¡todo con Ella!
+ José Rico Pavés
Obispo de Asidonia-Jerez