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Homilía en la Coronación Canónica y Pontificia de la Santísima Virgen del Alcázar, Patrona de Baeza

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Homilía en la Coronación Canónica y Pontificia de la Santísima Virgen del Alcázar, Patrona de Baeza

Primeras Vísperas del Domingo XXVI TO – CA: Ez 18,25-28; Flp 2,1-11; Mt 21,28-32

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy es un día grande para Baeza. Un día que quedará grabado en la historia de esta hermosa ciudad y, sobre todo, en el corazón de quienes amáis a la Santísima Virgen del Alcázar.

Durante siglos, generaciones de baezanos habéis acudido a Ella. Ante su imagen habéis rezado en momentos de alegría y también cuando la vida se hacía cuesta arriba. Ante ella han rezado vuestros padres y vuestros abuelos; habéis llevado a vuestros hijos; habéis dejado preocupaciones, enfermedades, lágrimas, proyectos y acciones de gracias. María ha acompañado la historia de esta ciudad como una Madre acompaña y protege la vida de sus hijos.

Su propia advocación nos dice algo hermoso. Alcázar nos habla de fortaleza, de seguridad, de refugio. En medio de una sociedad donde tantas personas viven con incertidumbre, miedo o desorientación, María nos recuerda que nuestra verdadera seguridad no está en tenerlo todo controlado, sino en poner nuestra vida en Dios. Ella es Madre que acoge y acompaña, pero también Madre que nos lleva a Cristo, nuestra roca y nuestra verdadera fortaleza.

Por eso, hoy Baeza quiere poner una corona sobre su cabeza. La Iglesia, por voluntad del Papa León XIV, nos concede realizar esta Coronación Canónica y Pontificia. Pero sabemos muy bien que no venimos simplemente a colocar una hermosa corona sobre una imagen. Venimos a decirle: Madre, queremos que sigas reinando en nuestros corazones, en nuestras familias y en la vida de este pueblo.

Y antes de continuar quiero felicitaros y daros las gracias. Gracias a las parroquias de Baeza y a sus sacerdotes; al Cabildo Catedralicio; gracias a la Real Archicofradía de Santa María del Alcázar y San Andrés Apóstol; a la Agrupación de Cofradías y Hermandades; a Cáritas Interparroquial; al Ayuntamiento de Baeza y a las distintas instituciones que habéis colaborado; a la Academia de Cabos y Guardias de la Guardia Civil; a los cofrades, voluntarios y a tantas personas que, muchas veces sin hacerse notar, habéis trabajado durante estos años para llegar hasta este día.

Gracias, particularmente, por haber comprendido que la preparación de una coronación no podía reducirse a organizar actos. La Misión Pascual, el recorrido de la Virgen por las parroquias, las iniciativas evangelizadoras y, de manera especial, el proyecto caritativo que se está llevando adelante con motivo de esta Coronación, han querido preparar, más que una corona de oro, una corona hecha de fe, de evangelización y de amor a los más necesitados.

Ese proyecto de caridad, el acondicionamiento integral del local destinado a la actividad de Cáritas interparroquial, no es algo secundario. Es una de las joyas más hermosas de esta Coronación, porque hace visible que amar a María nos lleva necesariamente a mirar como Ella a quien más necesita de nosotros.

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos ayuda a comprender lo que estamos celebrando.

Jesús nos habla de dos hijos. El padre les pide ir a trabajar a su viña. Uno responde que no, pero después se arrepiente y va. El otro dice inmediatamente que sí, pero finalmente no va.

Jesús nos pregunta hoy también a nosotros: ¿cuál de los dos hizo la voluntad del padre? La respuesta es sencilla: no basta decir, hay que hacer. Y aquí aparecen dos valores que hoy necesitamos recuperar con fuerza: la humildad y la verdad.

La humildad para reconocer que podemos equivocarnos, que necesitamos convertirnos, rectificar y comenzar de nuevo. Y la verdad para que nuestro «sí» sea realmente un sí; para que exista coherencia entre lo que decimos creer y la manera concreta en la que vivimos. Porque decir «sí» a Dios implica algo. Tiene consecuencias, renuncias, fidelidad.

También, nosotros podemos decir muchas veces: «Sí, Señor». Podemos profesar nuestra fe, participar en nuestras tradiciones, llevar una medalla de la Virgen, acompañarla en una procesión, emocionarnos ante su imagen al ponerle una corona… Todo eso es hermoso. Pero el Evangelio nos pregunta algo más profundo: ¿somos coherentes con ese sí? ¿Qué cambia en nuestra vida porque creemos en Jesucristo y amamos a María?

No podemos decir «sí» a Dios y vivir como si Dios no existiera. No podemos decir «sí» al Evangelio y permanecer indiferentes ante quien sufre. No podemos decir «sí» a la fraternidad y alimentar después divisiones, enfrentamientos o resentimientos. La verdad del «sí» se demuestra en el día a día de nuestra vida.

Por eso, podemos coronar a la Virgen y, sin embargo, continuar mañana viviendo exactamente igual. Y María no quiere eso de sus hijos.

Ella quiere llevarnos a Jesús. Quiere que escuchemos su Palabra, que nos convirtamos, que aprendamos a perdonar, que cuidemos al débil, que acompañemos al que está solo, que socorramos al necesitado. Quiere cristianos que no se limiten a decir «sí, Señor», sino que se levanten y vayan a trabajar a la viña.

Ezequiel nos recuerda hoy precisamente que siempre podemos cambiar. Ninguno de nosotros está definitivamente perdido. Siempre es posible volver a Dios, rectificar el camino, comenzar de nuevo, y para ello se necesita andar en verdad y ser humildes.

Y aquí comprendemos mejor quién es la Mujer a la que hoy coronamos.

San Bernardo decía que Dios quiso que la Madre de su Hijo fuera humilde porque aquel Hijo sería «manso y humilde de corazón»¹. María fue preparada por Dios con la belleza de la gracia, pero una de las joyas más hermosas de su alma fue precisamente su humildad.

Hoy coronamos a una Reina que se llamó a sí misma «la esclava del Señor». Y esto tiene una fuerza extraordinaria.

San Pablo nos acaba de decir: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús». Y ¿cuáles son esos sentimientos? Cristo no se aferró a su condición divina, sino que se despojó de sí mismo, tomó la condición de esclavo y se humilló hasta la muerte de cruz.

Ese es el camino de Jesús. Y ese fue también el camino de María. Por eso su corona no habla de poder, de privilegio ni de grandeza humana. Habla de servicio, de entrega, de humildad, de disponibilidad ante Dios.

María es grande porque dejó que Dios fuera grande en su vida. Fue humilde y fue verdadera. Su «hágase» no quedó en una palabra hermosa: comprometió toda su existencia.

Ahí tenemos el modelo de nuestro propio «sí» cristiano. Y quizá esta sea una de las lecciones que más necesitamos hoy. Vivimos demasiado pendientes de sobresalir, de tener razón, de defender lo nuestro, de imponernos al otro. Crecen la crispación, el enfrentamiento y las palabras que hieren. Nos cuesta escucharnos y, a veces, las diferencias terminan convirtiendo al otro en adversario.

El Papa León XIV, el pasado mes de junio, a los pies de la Virgen de Montserrat, pedía precisamente a María que nos enseñara a superar las palabras hirientes, los juicios inmediatos, las murmuraciones y las divisiones; y recordaba que la comunión debe ser más fuerte que toda división².

Necesitamos aprenderlo en nuestras familias, en nuestras parroquias y cofradías, en las redes sociales, en la vida pública y política, también dentro de nuestra Iglesia. Frente al enfrentamiento, María nos enseña humildad. Frente a la falsedad o la incoherencia, nos enseña la verdad de una vida entregada. Frente al «yo primero», María dice: «Hágase en mí». Frente a la división, María reúne a los discípulos alrededor de Jesús.

Por eso quisiera preguntaros esta tarde: ¿qué corona espera realmente la Virgen del Alcázar de sus hijos de Baeza?

La corona que dentro de unos momentos colocaremos sobre su imagen será bellísima. Ha nacido del amor de su pueblo. Pero hay otra corona todavía más preciosa que solamente podemos ofrecerle nosotros con nuestra vida.

La verdadera corona de María sois vosotros. Cada matrimonio que permanece unido y aprende a perdonarse es una joya de esa corona. También lo es cada familia que enseña a sus hijos a rezar y a conocer a Jesús; cada joven que descubre que su vida tiene sentido cuando la entrega a Dios y a los demás; cada persona que acompaña a un enfermo o visita a quien vive solo es una joya; cada cofrade que entiende que pertenecer a una hermandad significa vivir como discípulo de Cristo es una joya; cada cristiano que trabaja honradamente, que construye paz, que rechaza la mentira, que defiende la dignidad de toda persona y que no pasa indiferente ante el pobre es una joya de la corona de nuestra Madre.

Mirad la realidad que tenemos cerca: personas mayores que viven solas. Familias que llegan con dificultad a final de mes; jóvenes que buscan su lugar y, en ocasiones, no encuentran un horizonte que dé sentido a su vida; personas heridas por la enfermedad, el desempleo o los problemas familiares; inmigrantes que buscan acogida; tantas personas que exteriormente parecen estar bien, pero llevan por dentro sufrimientos que nadie conoce.

Ahí está la viña a la que nos manda hoy el Señor.

Una devoción mariana que no nos hiciera más cercanos a los pobres, más atentos al que sufre, más capaces de perdonar y más comprometidos con el bien común estaría incompleta.

Queridos baezanos: Dentro de unos momentos veremos coronada a vuestra Patrona. Será una imagen que permanecerá para siempre en vuestra memoria. Pero quisiera pediros que, cuando contempléis desde hoy esa corona sobre la cabeza de Santa María del Alcázar, recordéis una pregunta: ¿Estoy siendo yo una buena joya de la corona de mi Madre?

Que esta coronación no sea solamente el final de un largo camino de preparación. Que sea un comienzo. Que desde mañana haya en Baeza un poco más de fe, de fraternidad, de perdón; un poco más de preocupación por los pobres y un poco más de Evangelio sembrado en nuestra ciudad.

Que nuestras parroquias sean verdaderas comunidades de discípulos misioneros. Que nuestras hermandades y cofradías sean escuelas de vida cristiana. Que nuestras familias vuelvan a encontrar momentos para rezar juntas. Que nuestros jóvenes descubran la belleza de seguir a Jesucristo. Y que nadie en esta ciudad se sienta solo cuando atraviesa el sufrimiento.

Eso sí sería coronar de verdad a la Virgen.

Gracias nuevamente a todos los que habéis hecho posible esta celebración y a quienes durante estos años habéis trabajado, rezado y servido con tanta generosidad. ¡FELICIDADES! Y que la Virgen del Alcázar os premie todo lo que habéis realizado por amor a Ella y a este pueblo.

Virgen del Alcázar, Madre y Patrona de Baeza:

sé nuestra fortaleza y refugio.

Enséñanos la humildad de tu corazón

y la verdad de tu «sí» a Dios.

Haznos coherentes con nuestra fe,

cercanos a quienes sufren

y fieles discípulos de tu Hijo.

Llévanos siempre hasta Jesús.

 

Sebastián Chico Martínez

Obispo de Jaén

Jaén, 26 de septiembre de 2026

¹ Cf. Homilía 2, 1-2. 4: Opera omnia, edición cisterciense, 4 [1966], 21-23.

² Cf. Discurso en Montserrat, 10 de junio de 2026.

 

Semblanza del sacerdote D. Gabriel Pérez Sánchez

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Semblanza del sacerdote D. Gabriel Pérez Sánchez

Semblanza del sacerdote Gabriel Pérez Sánchez leída en su funeral por el delegado del Clero, el sacerdote José Emilio Cabra.

Semblanza del sacerdote D. Gabriel Pérez Sánchez
D. Gabriel Pérez durante su toma de posesión como vicario parroquial de la Victoria

Hasta hace poco tiempo, cuando terminaban los encuentros de los sacerdotes, un señor mayor, de pocas palabras y voz bajita, iba repartiéndonos a los compañeros estampas de María Auxiliadora. Los curas que nos íbamos incorporando al presbiterio conocíamos así a Gabriel, incansable en ese apostolado sencillo de la Virgen.

Gabriel había nacido en Algatocín, en lo profundo de nuestra Serranía, en 1932. Pronto habría cumplido noventa y cuatro años. Era el último hijo de Antonia e Ildefonso, que tuvieron, con él, catorce, aunque eran años duros y les sobrevivieron siete. No tuvo mucho tiempo el chaval Gabriel para contemplar extasiado los paisajes de su pueblo natal: su padre, Ildefonso, era guardia civil y la guerra sorprende a la familia en Fuente de Piedra. Gabriel ingresa en el Colegio Salesiano de Málaga, donde seguramente encontró el ambiente de familia y alegría que quería don Bosco para los suyos. Podemos imaginar cómo el día a día en aquellas aulas, las visitas a María Auxiliadora, el contacto con los padres salesianos, irían ilusionando el corazón de Gabriel, que entra en el noviciado de san José del Valle, en Cádiz, y profesa sin haber aún cumplido los dieciocho años, en 1950.

La familia de Gabriel recuerda con gratitud algunos detalles de aquellos años de formación: el jefe de la aduana de Málaga le costeó los estudios al joven Gabriel en aquellos tiempos de escasez. Su madre, mientras, echaba una mano en las obras de caridad parroquiales en el barrio de Capuchinos.

El 24 de junio de 1960, en Córdoba, Gabriel es ordenado sacerdote. Junio, en Córdoba… Su sobrina, que entonces tenía catorce añitos, todavía recuerda el calor que pasaron. Gabriel canta su primera misa en el patio del colegio salesiano de Málaga. Imaginamos el entusiasmo que despertaría en aquellos niños ver consagrar a uno que había sido de los suyos.

A partir de ahí, trabajo pastoral en las casas salesianas de Ronda, Málaga, Úbeda, Palma del Río, Siles y Córdoba. En 1974, Gabriel vuelve a su Serranía natal: el obispo don Ramón Buxarráis había pedido la ayuda de algún sacerdote para aquellos pueblos y Gabriel se encargará de Jubrique, Genalguacil y Algatocín. Los salesianos mantuvieron todavía durante años la presencia en Alpandeire, Júzcar y Faraján. Gabriel tendría tiempo ahora para contemplar los atardeceres de la Sierra. Y María Auxiliadora, en el colegio del Castillo de Ronda, no quedaba lejos.

Gabriel se incardina definitivamente en la diócesis en 1980, aunque estaréis de acuerdo conmigo en que su corazón nunca dejó de ser salesiano. Llegaron los nombramientos para Casares, la capellanía de Carlos Haya durante dieciséis años, y sobre todo, san Felipe, parroquia con la que como dice hoy la web diocesana Gabriel «forjó un vínculo pastoral inquebrantable», en distintas etapas, desde 1976, con el querido Isidro Rubiales, hasta 2016. Siendo un hombre de carácter, las cofradías supieron de su atención Gabriel era de los curas que no huía de los cabildos, así como los cooperadores salesianos, como él mismo, y los antiguos alumnos; de ellos fue consiliario y con ellos compartía la mesa frecuentemente y con gusto.

Gabriel daba la impresión de ser un hombre fiel a esas pequeñas devociones que dan seguridad a la vida: el apostolado de la estampa, que a él le costaba su buen dinero; las visitas inexcusables a María Auxiliadora, cada día 24 (los cooperadores dan fe: incluso en el Buen Samaritano, mientras le fue posible, preguntaba quién podía recogerlo en taxi para no faltar a la cita con la Virgen).

La vida de Gabriel ha sido larga y la salud se resentía. El paso por la Victoria y por Claret fue breve y llegó el momento de la acogida en la residencia del Buen Samaritano. No agradeceremos bastante el buen hacer de esa casa y la seguridad que nos ofrece a los curas que nos haremos mayores. Sobrinos, amigos salesianos y cofrades han acompañado el último tiempo de esta vida larga por la que hoy damos gracias al Señor.

Hoy es 24. No parece casualidad, y Gabriel tampoco lo entendería así: son las cosas de María Auxiliadora, que como Madre es la que acude en esta ocasión a la cita con su hijo fiel.

Él que tantas veces cantaría:

En las horas de lucha

sé mi consuelo,

y al dejar esta vida

llévame al cielo.

José Emilio Cabra Meléndez

24 de septiembre de 2026

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Homilía de Mons. Saiz Meneses. Ordenación de un presbítero y cuatro diáconos (26-09-2026)

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Homilía de Mons. Saiz Meneses. Ordenación de un presbítero y cuatro diáconos (26-09-2026)

Homilía de Mons. Saiz Meneses. Ordenación de un presbítero y cuatro diáconos (26-09-2026)

Ordenación de un presbítero y cuatro diáconos

Pedro Lu, Carlos Javier Corento, Elder João Tavares, y Javier Garrido, del Seminario Metropolitano, y Fabio Martarelli, del Seminario Redemptoris Mater

Catedral  de Santa María de la Sede de Sevilla- 26 de septiembre de 2026

«El Espíritu del Señor está sobre mí». Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: Hermanos en el episcopado, rectores y formadores de nuestros Seminarios, Consejo Episcopal, Cabildo de la Catedral, presbíteros, diáconos, seminaristas, miembros de la vida consagrada, miembros del laicado, hermanos todos en el Señor. Especialmente queridos Pedro, Carlos Javier, Elder, Javier, Fabio y los familiares presentes. Un saludo también a quienes seguís la celebración a través de los medios de comunicación y las redes sociales. Celebramos hoy un día grande para nuestra Iglesia diocesana. El Señor vuelve a mostrarnos que no abandona a su pueblo, que continúa llamando, consagrando y enviando servidores para su Iglesia. Un hermano nuestro va a ser incorporado al orden de los presbíteros y otros cuatro recibirán el orden del diaconado. Damos gracias a Dios por ellos, por sus familias, por nuestro Seminario Metropolitano, y nuestro Seminario Redemptoris Mater, por sus formadores, por sus parroquias y por todos los que los han acompañado en el camino de la vocación.

La primera lectura nos ofrece la clave para comprender lo que aquí acontece: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados» (Is 61,1-2). No somos nosotros quienes hemos iniciado esta historia. La iniciativa es siempre de Dios. Él llama, elige, unge y envía. Por eso, queridos ordenandos, el ministerio que hoy recibís no es la culminación de un proyecto personal, ni el reconocimiento de unas capacidades adquiridas durante los años de formación. Es gracia, elección y misión. Hoy el Espíritu Santo va a actuar sobre vosotros mediante la imposición de las manos y la plegaria de ordenación. Vuestras vidas quedarán marcadas sacramentalmente para pertenecer de un modo nuevo a Cristo y servir a su Iglesia.

El Concilio Vaticano II enseña que los presbíteros, mediante el sacramento del Orden, quedan «configurados con Cristo Sacerdote» y son constituidos cooperadores del orden episcopal para el cumplimiento de la misión apostólica confiada por Cristo (Presbyterorum ordinis, 2). Por eso, toda vida ministerial comienza y termina en Cristo. Cuando el ministro deja de mirarle a Él, corre el peligro de convertir el ministerio en actividad, organización, protagonismo o simple cumplimiento. Cuando permanece unido a Cristo, incluso la tarea más pequeña y oculta está impregnada de fecundidad apostólica. San Pablo nos ha recordado que «siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros» (Rom 12,5). Y añade algo particularmente hermoso para esta celebración: «si es el servicio, dedicándose a servir» (Rom 12,7). Aquí está la lógica del ministerio ordenado: el don recibido se convierte en servicio ofrecido.

Queridos hermanos que vais a recibir el diaconado: la Iglesia os entrega hoy una palabra que deberá acompañaros durante toda vuestra vida: servicio. El Concilio Vaticano II enseña que los diáconos reciben la imposición de las manos «no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio» y que, fortalecidos por la gracia sacramental, sirven al Pueblo de Dios «en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad» (Lumen gentium, 29). No consideréis jamás el diaconado como un simple tránsito administrativo hacia el presbiterado. Lo que hoy recibís dejará una huella permanente en vuestra identidad ministerial. También cuando seáis sacerdotes tendréis que seguir siendo servidores.

Servid en el altar con reverencia. Servid la Palabra sin manipularla ni rebajarla. Servid a los pobres, a los enfermos, a los ancianos, a quienes viven solos, a los que han perdido la esperanza. Servid también cuando nadie lo vea, cuando no haya reconocimiento, cuando vuestra entrega resulte incómoda o cansada. El diácono encuentra su modelo en Cristo, que no vino «a ser servido, sino a servir» (Mc 10,45). El ministerio no coloca al discípulo por encima de los hermanos; lo sitúa en medio de ellos para servirlos. San Policarpo, citado precisamente por el Concilio al hablar de los diáconos, exhortaba a ser «misericordiosos, diligentes», siguiendo al Señor «que se hizo servidor de todos» (San Policarpo de Esmirna, Carta a los Filipenses, 5,2; cf. Lumen gentium, 29). Que éste sea siempre vuestro estilo.

El Evangelio contiene también una expresión especialmente adecuada para este día. Jesús envía a los setenta y dos y les dice: «¡Poneos en camino!» (Lc 10,3). Después añade: «La mies es abundante y los obreros pocos» (Lc 10,2). La ordenación es envío. La Iglesia no os ordena para quedaros cómodamente instalados. Os ordena para la misión. Habrá que salir, buscar, escuchar, acompañar, consolar, anunciar, celebrar y servir. El Señor no esconde las dificultades: «Mirad que os envío como corderos en medio de lobos» (Lc 10,3). No promete una misión fácil, pero tampoco permite el miedo. Y esto quisiera decírtelo particularmente a ti, querido hermano que hoy vas a ser ordenado presbítero: no tengas miedo de entregar tu vida entera a Cristo y a su pueblo. Vive tu sacerdocio con valentía. No una valentía mundana, forjada por la dureza o la autosuficiencia, sino la valentía humilde del que sabe en quién ha puesto su confianza.

El ministerio sacerdotal es actualmente una tarea sumamente compleja y exigente debido a los profundos cambios sociales, culturales y eclesiales que desafían el ejercicio del ministerio. Pero no debemos tener miedo, porque El que nos llama es el Señor de la vida, el Señor de la historia, y nuestra seguridad se fundamenta en su vida, muerte y resurrección. Recuerda estas palabras cuando lleguen las dificultades. Habrá momentos hermosos y también momentos de cansancio. Encontrarás acogida y encontrarás indiferencia. Conocerás la alegría de acompañar a una persona hasta Cristo y experimentarás también lo que significa sembrar sin llegar a ver los frutos. No tengas miedo. Predica a Cristo, celebra a Cristo, lleva a Cristo a los demás, vive en Cristo. Que la Eucaristía sea verdaderamente el centro de tu jornada. Celebra cada Santa Misa con fe, reverencia y asombro. Acércate con misericordia al sacramento de la Reconciliación. Ama la Palabra de Dios, cuida la oración personal, entrégate a los más pobres y necesitados, permanece cercano a tus hermanos sacerdotes y unido a tu obispo.

Hay todavía un mandato del Evangelio que quisiera dejaros a los cinco: «Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”» (Lc 10,5). Sed hombres de paz. Nuestro mundo sangra por demasiadas heridas, enfrentamientos y divisiones. También nuestras comunidades necesitan ministros capaces de unir, reconciliar y escuchar. No seáis hombres de bandos, no busquéis vuestro pequeño espacio, no hagáis del ministerio una plataforma personal. Sed hombres de comunión, de todos y para todos, manteniendo abiertas las puertas para que las personas puedan encontrarse con Cristo. Y no olvidéis nunca a los pobres. Allí donde haya un corazón desgarrado, una familia herida, un joven desorientado, un enfermo, un anciano solo, un migrante, una persona que haya perdido la fe o alguien que piense que Dios se ha olvidado de él, allí debe llegar también vuestra presencia. Porque para eso unge el Espíritu: para anunciar la Buena Noticia, vendar corazones desgarrados y consolar a los afligidos.

Queridos ordenandos: dentro de unos momentos os postraréis en tierra mientras toda la Iglesia invoca sobre vosotros la intercesión de los santos. Esa postración expresa mejor que muchas palabras lo que hoy acontece: vuestra vida ya no os pertenece. Entregaos por entero, no reservéis parcelas para vosotros, no seáis calculadores en la entrega. No tengáis miedo de gastaros. El sacerdote y el diácono encuentran la vida precisamente cuando la entregan. Y cuando aparezca vuestra pobreza —porque aparecerá—, recordad que la vocación no se sostiene únicamente sobre vuestra fidelidad, sino principalmente sobre la fidelidad de Dios. Queridas familias: gracias por haber acompañado estas vocaciones. Gracias también porque hoy entregáis nuevamente estos hijos a la Iglesia. Queridos seminaristas: contemplad lo que hoy sucede. El Señor continúa llamando. Escuchadlo con generosidad. Y todos nosotros pidamos al Dueño de la mies que siga enviando obreros a su mies.

Confiamos estos cinco hermanos a Santa María de la Sede, a Nuestra Señora de los Reyes y a san Isidoro y san Leandro. Que María, sierva del Señor, les enseñe a pronunciar cada mañana el mismo «hágase» de Nazaret. Queridos hermanos: poneos en camino. Servid con alegría. Entregaos sin miedo. Y haced de toda vuestra vida una única proclamación: «Está cerca de vosotros el Reino de Dios» (Lc 10,9). Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses, arzobispo de Sevilla

 

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Cinco nuevos ministros para la Iglesia en Sevilla: «Servid con alegría»

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Cinco nuevos ministros para la Iglesia en Sevilla: «Servid con alegría»

Cinco nuevos ministros para la Iglesia en Sevilla: «Servid con alegría»

La Catedral de Sevilla ha acogido la mañana de este sábado, 26 de septiembre, la ordenación de un presbítero y cuatro nuevos diáconos en una ceremonia presidida por el arzobispo, monseñor José Ángel Saiz Meneses. A las once de la mañana, la Iglesia hispalense dio gracias por estas vocaciones que, tras años de formación, fueron consagradas para el servicio del Pueblo de Dios.

Los nuevos diáconos son Carlos Javier Corento (34 años, Mairena del Aljarafe), Elder João Tavares (26 años, Cabo Verde), Javier Garrido (26 años, Dos Hermanas), del Seminario Metropolitano, y Fabio Martarelli (50 años, Osimo, Italia), del Seminario Redemptoris Mater. En la misma celebración fue ordenado presbítero el diácono Pedro Lu.

La Eucaristía ha sido concelebrada por monseñor Ildo Augusto dos Santos Lopes, obispo de Mindelo (Cabo Verde); el obispo auxiliar monseñor Teodoro León; el deán del Cabildo, Francisco J. Ortiz; el rector del Seminario, Andrés Ybarra; el rector del Seminario Redemptoris Mater, Antonio Escribano; y una numerosa representación del clero de la Archidiócesis.

“Dios continúa llamando, consagrando y enviando”

Durante la homilía, monseñor Saiz Meneses recordó que la clave de lo que acontecía se encontraba en la primera lectura: «El Espíritu del Señor está sobre mí». Subrayó que el ministerio recibido “no es la culminación de un proyecto personal, sino gracia, elección y misión”. “Hoy el Espíritu Santo va a actuar sobre vosotros mediante la imposición de las manos y la plegaria de ordenación. Vuestras vidas quedarán marcadas sacramentalmente para pertenecer de un modo nuevo a Cristo y servir a su Iglesia”, afirmó.

Dirigiéndose especialmente a los nuevos diáconos, el arzobispo insistió en que la palabra que debe acompañarlos siempre es servicio: “No consideréis jamás el diaconado como un simple tránsito administrativo hacia el presbiterado. Lo que hoy recibís dejará una huella permanente en vuestra identidad ministerial”. Les exhortó a servir en el altar con reverencia, «servid la Palabra sin manipularla, servid a los pobres, a los enfermos y a quienes han perdido la esperanza”.

Asimismo, les invitó a vivir su ministerio como misión.“La Iglesia no os ordena para quedaros cómodamente instalados. Os ordena para la misión. Habrá que salir, buscar, escuchar, acompañar, consolar, anunciar, celebrar y servir”, señaló.

Dirigiéndose especialmente a Pedro Lu, el nuevo presbítero, le exhortó a vivir su sacerdocio con valentía humilde: ““No tengas miedo de entregar tu vida entera a Cristo y a su pueblo. Vive tu sacerdocio con valentía humilde, la valentía del que sabe en quién ha puesto su confianza”.

También le animó a hacer de la Eucaristía el centro de cada jornada, a acercarse con misericordia al sacramento de la Reconciliación, a cuidar la oración, a permanecer cercano a los pobres y unido a sus hermanos sacerdotes y al obispo.

Ministros de paz y comunión

Monseñor Saiz Meneses pidió a los nuevos diáconos y al nuevo presbítero ser hombres de paz: “Nuestro mundo sangra por demasiadas heridas y divisiones. No seáis hombres de bandos, no busquéis vuestro pequeño espacio, no hagáis del ministerio una plataforma personal. Sed hombres de comunión, de todos y para todos”.

Recordó que allí donde haya “un corazón desgarrado, una familia herida, un joven desorientado, un anciano solo, un migrante, una persona que haya perdido la fe”, allí debe llegar también la presencia del ministro ordenado: “Para eso unge el Espíritu: para anunciar la Buena Noticia, vendar corazones desgarrados y consolar a los afligidos”.

El arzobispo invitó a los cinco ordenandos a ser “hombres de paz y comunión”, evitando bandos y protagonismos, y manteniendo siempre abiertas las puertas para que todos puedan encontrarse con Cristo.

“Vuestra vida ya no os pertenece”

Tras la homilía, durante el canto de las letanías, los ordenandos se postraron en tierra, un gesto que el arzobispo considera como clara expresión del sentido profundo de la ordenación: “Vuestra vida ya no os pertenece. Entregaos por entero, no reservéis parcelas para vosotros. No tengáis miedo de gastaros”.

A las familias les agradeció su acompañamiento y la entrega generosa de sus hijos a la Iglesia. Hizo también una petición a los seminaristas: “El Señor continúa llamando. Escuchadlo con generosidad”.

La celebración concluyó confiando a los nuevos ministros a Nuestra Señora de los Reyes, con una invitación a los cinco ordenandos: “Servid con alegría. Entregaos sin miedo. Y haced de vuestra vida una proclamación del Reino de Dios”.

GALERÍA DE FOTOS

RETRANSMISIÓN EN DIRECTO  por el canal del Cabildo Catedral en youtube.

TEXTO ÍNTEGRO de la homilía del arzobispo

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‘Abrir caminos de libertad’, carta dominical del arzobispo de Sevilla (27-09-2026)

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‘Abrir caminos de libertad’, carta dominical del arzobispo de Sevilla (27-09-2026)

‘Abrir caminos de libertad’, carta dominical del arzobispo de Sevilla (27-09-2026)

El arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, comparte esta semana en su carta dominical una reflexión sobre las personas privadas de libertad y las Instituciones Penitenciarias. Esta surge a raíz de la memoria de Ntra. Sra. de la Merced, patrona de este colectivo, que tuvo lugar el pasado jueves. Con motivo de este día, don José Ángel celebró ayer una Eucaristía con la Pastoral Penitenciaria en la Basílica de la Macarena.

En su carta, publicada en la revista diocesana ‘Iglesia en Sevilla’ y en esta página web, el arzobispo defiende que la Iglesia está llamada a “reconocer a cada persona privada de libertad a un hermano cuya dignidad no desaparece por los errores cometidos”.

Además, recuerda unas palabras del papa León XIV durante su visita al Centro Penitenciaria Brians 1, en su viaje apostólico a nuestro país: “Los errores de la vida no determinan la identidad de una persona” y “el pasado no condena el futuro”.

El prelado aprovecha la ocasión para felicitar y agradecer la labor de la Pastoral Penitenciaria en nuestra Archidiócesis, haciendo presente a la Iglesia en los centros penitenciarios: “Quiero agradecer especialmente el servicio de este numeroso grupo de hombres y mujeres que, con discreción y perseverancia, entran en las cárceles llevando tiempo, escucha, cercanía y esperanza”.

Puede leer la carta completa aquí.

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