El amor a los enemigos es la gran novedad de la predicación de Jesús. En las religiones antiguas se opinaba de modo contrario. «El pensamiento común de los griegos está impregnado por el supuesto de que uno debe ayudar a sus amigos y perjudicar a sus enemigos. Estos principios fundamentales se repiten desde Homero en adelante y persisten hasta bien entrada la época romana» (M. W. Blundell, Helping Friends and Harming Enemies. A Study in Sophocles and Greek Ethics (Cambridge 1989), 26). Séneca (65 d. C.) es una excepción cuando exhorta a no responder al mal con el mal, sino con el bien, y da esta razón «Si queréis imitar a los dioses […], haced el bien incluso a los ingratos, pues el sol también sale sobre los criminales y los mares están abiertos incluso para los piratas» (De beneficiis IV 26,1; VII 31,1). El filósofo andaluz, contemporáneo de Jesús de Nazaret, se acerca en su reflexión al sermón de las bienaventuranzas. Su modo de pensar, en verdad, era una excepción en la Antigüedad.
San Lucas cita el mandamiento del amor a los enemigos dos veces en la segunda parte del sermón de la llanura (Lc 6,27-38). El versículo introductorio (v. 27) encierra cuatro mandamientos de Jesús que son todo un programa de vida: «amad», «hacer el bien» «bendecid», «orad». Esta cuádruple exhortación es la respuesta a los cuatro tipos de ultrajes enunciados en la cuarta bienaventuranza, a saber, «el odio», «la exclusión», «el insulto» y «el rechazo abierto» (Lc 6,22). Las palabras pronunciadas por los labios de Jesús de amor a los enemigos son un mandato para el discípulo cuyo objetivo consistirá en buscar el bien y la conversión del otro, que es hermano, con la convicción de que el Señor le ama a pesar de todo: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23,24).
De este principio de amor sin medida, a imitación de Cristo, se derivan los cuatro principios que deberían guiarnos en la relación con nuestros enemigos. En primer lugar, conviene evitar todo juicio sobre el otro. Todo resentimiento u odio, nos sitúa espiritualmente, a su altura. El filósofo francés Giuseppe Lanza del Vasto, discípulo de Mahatma Ghandi, cristiano convencido, fundador de la comunidad del Arca y activista de la no-violencia, comenta que «si vencemos al otro por la violencia, previamente hemos sido vencida por ella». Lo que se deduce que “la verdadera, pacificadora y final revolución es la que cada hombre debe hacer sobre sí mismo para silenciar su propia violencia”. Es un principio de realismo comenzar la conversión por uno mismo.
En segundo lugar, hay que tener compasión y misericordia con aquellos que nos hacen mal. Hemos de ser conscientes de la historia y los sufrimientos de los enemigos desde donde brotan sus propias pasiones. Estoy convencido de que una persona malvada, colérica, sedienta de poder, orgullosa hasta el ridículo, está espiritualmente enferma y grita, por el camino equivocado de la violencia, su situación de desamparo afectivo, emocional, relacional.
En tercer lugar, hemos de tener misericordia con los enemigos. Camino excelente de salud es el perdón de corazón y sin reservas, si es necesario, “hasta setenta veces siete (cf. Mt 18,22). La grandeza del perdón está en relación a la paz de nuestro corazón como rezamos en el Padrenuestro: “perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden” (Mt 6,12).
En cuarto lugar, amar a los enemigos es acostumbrarse a orar por ellos, de corazón y con todo convencimiento, para que Dios les cambio el corazón y sus actitudes, los libere del mal y les haga iniciar una vida nueva.
Sin la ayuda de la gracia divina, el amor y el perdón al enemigo humanamente es imposible pero ahí reside la grandeza del amor generoso y sin límites.
Manuel Pozo Oller
Párroco de Montserrat
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