Jueves Santo. 2 de abril de 2026.
Catedral de Sevilla
Con la Santa Misa vespertina de la Cena del Señor entramos en el Triduo Pascual de su Pasión, Muerte y Resurrección, centro del año litúrgico y corazón de la vida de la Iglesia. Queridos hermanos y hermanas presentes en esta celebración: Señores Arzobispos; Sr. Deán y Cabildo catedral; dignísimas autoridades; presbíteros y diáconos, seminaristas, miembros de la vida consagrada y del laicado, queridos todos. Esta celebración nos introduce en lo más hondo del misterio cristiano, en la contemplación del misterio central de nuestra fe: Cristo muerto y resucitado por nuestra salvación.
En el Evangelio que acabamos de escuchar san Juan nos presenta un gesto muy elocuente de Jesús: se levanta de la mesa, se ciñe la toalla y se pone a lavar los pies de sus discípulos (cf. Jn 13,4-5). Es un gesto desconcertante. El Maestro se hace servidor, se abaja, se arrodilla ante hombres frágiles, torpes y pecadores. Lava los pies incluso a Judas, que ya está ultimando la traición. Cristo no ama porque los suyos sean dignos, ama porque Él es Amor. Aquí encontramos una lección decisiva para todos: para los pastores, para los consagrados,para las familias, para las parroquias, para las hermandades, para los responsables de la vida pública, para cada bautizado. En la Iglesia, la autoridad verdadera se entiende únicamente desde el servicio. El que quiera ser grande ha de hacerse pequeño. El que quiera seguir a Cristo no puede instalarse en la autosuficiencia, en la vanidad o en la dureza de corazón.
Pedro, al principio, no comprende. Le cuesta aceptar que el Señor se humille de esa manera. También a nosotros nos cuesta aceptar un Mesías que sirve y una lógica evangélica que contradice la ambición mundana. Pero Jesús es claro: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo” (Jn 13,8). Es decir, no basta admirar a Cristo, hay que dejarse purificar por Él; no basta emocionarse ante su ejemplo, hay que permitir que su gracia nos cambie por dentro. Y después añade: “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,15). El lavatorio de los pies no es un simple gesto emotivo, es un programa de vida. Significa vivir con disponibilidad, con humildad, con paciencia, con espíritu de entrega; significa saber inclinarse ante la necesidad del hermano, comprender que la santidad consiste en amar sirviendo.
Contemplamos hoy también la institución de la Eucaristía. San Pablo nos ha transmitido el relato más antiguo que se conserva: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía… Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” (1 Co 11, 24-25). Estamos ante el don inmenso del Cuerpo y la Sangre del Señor. No se trata de un símbolo vacío ni de un mero recuerdo afectivo. La Iglesia cree, adora y confiesa que en la Eucaristía está real, verdadera y sustancialmente presente Jesucristo. Esta tarde contemplamos a Cristo que anticipa sacramentalmente el sacrificio de la Cruz. Lo que mañana sucederá de modo sangriento en el Calvario, hoy se nos da sacramentalmente en la Cena. La Eucaristía está inseparablemente unida a la Pasión. No hay Cena del Señor sin entrega de la Cruz, no hay comunión verdadera sin participación en el amor sacrificado de Cristo.
Por eso la Eucaristía es el tesoro más grande de la vida de Iglesia. Benedicto XVI enseñó que en ella “Jesús anticipa su muerte y resurrección, dándose a sí mismo en el pan y en el vino” (Sacramentum Caritatis, 10). Y el papa Francisco recordó que la Eucaristía “no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (Evangelii Gaudium, 47). Hermanos, cuidemos la Eucaristía, amemos la Santa Misa. Participemos en ella con fe, recogimiento y con pureza de corazón. Recuperemos el sentido de la adoración, visitemos al Señor en el sagrario, enseñemos a los niños y a los jóvenes que aquí está Cristo vivo. Nada hay más grande en la tierra que la Eucaristía; nada edifica tanto a la Iglesia, nada fortalece tanto la vida de fe y el apostolado.
Junto a la Eucaristía Jesús instituye el Orden Sacerdotal para garantizar la perpetuidad de la Eucaristía y la entrega de su amor hasta el extremo. Cuando dice a los Apóstoles: “Haced esto en memoria mía”, no les confía solamente una acción ritual, sino la participación sacramental en su misma misión. El Señor quiere que, hasta el final de los tiempos, haya en su Iglesia hombres configurados con Él para presidir la Eucaristía, anunciar la Palabra, perdonar los pecados y apacentar al pueblo santo de Dios. El sacerdocio ministerial nace, por tanto, del Corazón de Cristo en la noche de la Cena y queda inseparablemente unido a la Eucaristía y al servicio del Pueblo de Dios.
El último gran acento de esta celebración es la caridad fraterna. La Eucaristía no puede separarse del amor al prójimo. Lo que recibimos en el altar ha de traducirse en obras de misericordia, en perdón, en reconciliación, en servicio a los pobres, en atención a los enfermos, en cercanía a quienes sufren. San Pablo advierte severamente a los corintios sobre una celebración eucarística incoherente con la vida fraterna (cf. 1 Co 11, 20-29). No se puede participar en la mesa del Señor despreciando al hermano. No se puede adorar el Cuerpo de Cristo en el altar y desentenderse de él en el pobre. San Juan Crisóstomo lo expresó con contundencia: “¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies cuando lo veas desnudo” (Homiliae in Matthaeum, 50, 3).
La caridad no es un adorno del cristianisme, es su prueba. El Señor nos deja esta tarde el mandamiento nuevo: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado” (Jn 13, 34). No dice: amaos según vuestra medida o según vuestra conveniencia. Dice: como yo os he amado. Es decir, hasta el extremo, hasta el sacrificio, hasta el perdón, hasta la entrega total. En una sociedad marcada tantas veces por la indiferencia, la crispación, la dureza y el descarte, la Iglesia está llamada a ser casa y escuela de comunión. Nuestras parroquias, comunidades, hermandades y familias han de transparentar esta caridad de Cristo. Esta noche el Señor nos pregunta, sin rodeos, si nuestro amor es concreto, si nuestro servicio es real, si nuestra fe transforma la vida.
En esta Santa Iglesia Catedral, damos gracias por el don de la Eucaristía y pedimos al Señor que renueve en Sevilla el asombro ante este misterio. Que nunca nos acostumbremos, que nunca reduzcamos la liturgia a formalidad, que nunca perdamos el temblor santo ante el Sacramento del altar. Pidamos también por nuestros sacerdotes, llamados a celebrar estos santos misterios con fidelidad, piedad y entrega. Y pidamos al Señor vocaciones santas, numerosas y perseverantes. Donde se ama la Eucaristía, florece la vida de la Iglesia. Al finalizar la celebración acompañaremos al Santísimo Sacramento en la reserva solemne. Comenzará entonces un tiempo de adoración silenciosa, de vigilancia y de oración junto al Señor. No abandonemos a Cristo en esta noche. Velad y orad con Él, permaneced cerca del Corazón de Jesús, que comienza su agonía por amor a nosotros.
Queridos hermanos, en esta Misa de la Cena del Señor se nos entrega Cristo servidor, Cristo Eucaristía, Cristo caridad. Se nos invita a entrar en el Triduo Pascual con alma limpia, con fe viva y corazón agradecido. Dejémonos lavar por el Señor. Alimentémonos de su Cuerpo y de su Sangre. Amemos como Él nos ha amado. Que la Santísima Virgen María, Mujer eucarística, nos acompañe en estos días santos. Que ella nos enseñe a permanecer fieles junto a su Hijo, a adorarlo con amor y a servirlo en los hermanos. Al comenzar este Triduo Pascual digamos con verdad, con humildad y con gozo: Señor, queremos estar contigo, queremos aprender de ti, queremos vivir de tu Eucaristía y de tu caridad. Así sea.
Monseñor José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla







