D. JUAN DEL RÍO. DOS CONCEPCIONES DE LA LIBERTAD

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 APUNTES PARA LA VIDA. 02/10/2005

 

En algunos sectores de la política española el laicismo es notorio y manifiesto.

Este verano hemos podido leer estas declaraciones de uno de nuestros gobernantes: “No es cierto que la verdad nos hace libres, sino que libertad es la que nos hace verdaderos”. (cf. El Mundo, 17.7.05, p. 8). Con lo cual parece que quiere enmendarle la plana al mismo Jesucristo (“la verdad os hará libres”, Jn 8,32). La frase puede parecer banal y carente de solvencia intelectual, pero no podemos quedarnos en eso; el tema es muy revelador y hay que preguntarse qué conceptos de verdad y libertad laten en esa afirmación. Pues, sencillamente, que la libertad no tiene carácter espiritual. El hombre es autónomo por antonomasia, y no tiene nada que ver con la bondad, con la felicidad, o con la verdad. Por supuesto que la libertad se puede unir a cualquier cosa menos a Dios, que es presentado como enemigo de esa concepción de libertad que el ser humano se da a sí mismo. La verdad como reflejo de lo divino, inscrita en el ser del hombre, no puede darse, porque para los laicistas la persona no tiene dimensión espiritual, de ahí que la libertad sea una simple intencionalidad, algo puramente utilitario que no tiene referencia al ethos y telos, es decir se evita toda cuestión ética y de fin superior. Las consecuencias que trae esta concepción materialista de la libertad y de la verdad son claras: relativismo moral, libertinaje, cinismo, pesimismo existencial, arbitrariedad en el poder, etc…

 

En cambio, la concepción cristiana de la libertad y de la verdad es mucho más humana y no se presta a la manipulación de los poderosos. Porque Dios aparece como el garante de la auténtica libertad y verdad del hombre, creado a imagen y semejanza de su Creador. Esa dignidad originaria de la persona humana está impregnada de un impulso innato hacia la verdad, la bondad y felicidad que constituye el núcleo más profundo de nuestra naturaleza humana. Ésta es la verdad del hombre que antecede al uso de su libertad, la cual -mediante el mecanismo de nuestra inteligencia y voluntad- nos lleva a actuar para conquistar la perfección por el camino del bien. Así, vivir en libertad es crecer en la virtud, es decir, saber elegir adecuadamente lo que de veras contribuye a nuestra felicidad personal y al bien común. Las consecuencias de esta visión cristiana son manifiestas: estamos hechos para alcanzar la excelencia, el mal no tiene la última palabra, la libertad es el medio por el que llegamos a ser la clase de gente a la que nos llaman nuestros más nobles instintos, la clase de gente que crea sociedades libres y democráticas, donde el otro es el semejante y por lo tanto sus derechos han de ser respetados y el bien común salvaguardado. Por eso, la libertad que nace de la verdad crece en nuestro interior; sino podemos tener libertad social, pero a la vez ser esclavos de nosotros mismos

por la mentira del pecado. Por eso Cristo es la única Verdad que nos hace auténticamente libres (cf. Jn 14,6; Gál 4,21-31;5,13).

 

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