D. CARLOS AMIGO. SEMBRADOR DE LA PALABRA Y DE LA MISERICORDIA

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Oficina de información de los Obispos del Sur de España

 

Carta pastoral del Cardenal Amigo Vallejo, Arzobispo de Sevilla, sobre el sacerdote en nuestra Iglesia

 

Sevilla, septiembre 2005

 

Que la memoria del Señor, su doctrina y palabra, sirvan para vuestra mutua ayuda. Así lo

recomienda San Pablo ( Cf. 1Tes 4,18). Y este es el espíritu con el que vamos a contemplar la vida y misión del sacerdote en nuestra Iglesia. Bien podíamos decir también a los sacerdotes, teniendo en cuenta nuestro Plan pastoral diocesano: animaos mutuamente con palabras de fe en una Iglesia impulsada por el Espíritu. Precisamente, el objetivo prioritario para el presente año, es el de: “profundizar en el servicio pastoral del presbítero como presidente, animador y acompañante de la comunidad parroquial”.

 

Este cometido, de tanta importancia y responsabilidad, le viene dado al sacerdote en

razón de su identificación vocacional con Jesucristo, y de la gracia que ha recibido del Espíritu para desempeñar este ministerio en la Iglesia. Solamente, pues, desde la luz y la

contemplación del misterio de Dios Padre, se puede comprender y valorar cometido tan importante como el que tiene que desarrollar el sacerdote, y que hunde, razones y motivos en el mismo misterio trinitario. A la hora, pues, de revisar la vida y ministerio del sacerdote en nuestra Iglesia, no podemos alejarnos, en manera alguna, de esta visión contemplativa en la fe.

 

No son pocas, y muy legítimas, las ocupaciones del sacerdote: la vida espiritual de los

fieles, la transmisión de la fe, la vida sacramental, la participación en la Eucaristía, el cuidado de los pobres… Se podrían añadir muchas más, entre ellas las relacionadas con la vida personal del sacerdote y su formación permanente, pero precisamente por su ministerio de entrega incondicional al servicio de la Iglesia, esas preocupaciones personales sólo han de verse desde la razón de esa dedicación a la comunidad y la de una mayor fidelidad a la vocación recibida.

 

Necesita ciertamente el sacerdote de muchas ayudas y apoyos para cumplir su misión.

Pero no hay que olvidar que la más importante e imprescindible es la que le va a llegar desde “las palabras de la fe”.

En esa seguridad, en la existencia y acompañamiento del Espíritu del Señor, vive el sacerdote. En esa misma confianza realiza su ministerio, sabiendo que la siembra dará siempre su  fruto, aunque no conozca ni el día, ni la forma en la que se ha de manifestar.

 

Cuando se deja caer la semilla en el campo, hay que ser conscientes de que, muchas veces, ni siquiera se va a ver apuntar la planta. Habrá que contar también con las piedras, las zarzas, las durezas del camino y la posible cizaña que se puede dejar en los surcos (Cf. Mt 13, 3s).

Que sean muchas las preocupaciones, y no pocos los acosos a los que incita el relativismo, la indiferencia y la dificultad para anunciar y celebrar la fe, no justifica actitudes desesperanzadas. Por una parte, sería en desdoro de la confianza en el Señor. Por otro lado, esa disposición pesimista podría conducir a anclarse en el fundamentalismo como última salida.

 

El sacerdote tendrá siempre, como el mejor aliado en su vida y trabajo ministerial, la caridad pastoral, que no sólo dará unidad a sus muchos y variados trabajos y preocupaciones, sino que será la justificación permanente de la vida y razón de su sacerdocio.

Quiero que sirva, esta carta pastoral, de ayuda a los sacerdotes, y en aquello que proceda

también a los diáconos, en las reflexiones que vamos a ir haciendo durante este año y

que culminarán con la Asamblea diocesana del clero.

 

1. HIJOS Y SERVIDORES DE LA IGLESIA

 

Estar con la Iglesia no puede consistir simplemente en pertenecer a una peculiar organización. La Iglesia es algo más, mucho más. No es una comunidad meramente humana, la Iglesia está guiada por el Espíritu Santo, aunque necesita de las mediaciones humanas para actuar en la historia (Benedicto XVI, Regina coeli 15-5-05), y vive en la seguridad de que el Señor no la abandonará en el momento de la prueba.

En palabras de Benedicto XVI, la Iglesia, ni esta encerrada en sí misma, ni vive para sí misma, ni está envejecida, ni permanece inmóvil (Pentecostés 15-5-05). Juan Pablo II nos

ha dejado “una Iglesia más valiente, más libre, más joven. Una Iglesia que mira con serenidad al pasado y no tiene miedo del futuro” (A los Cardenales 20-4-05).

Hemos de comprender que la Iglesia no puede estar obsesionada por adaptarse al

mundo, claudicando de sus convencimientos más profundos. La Iglesia está en el mundo

para evangelizar. Pues la Iglesia, ni se pertenece a sí misma, ni existe para ella misma,

sino que es de Cristo y tiene que hablar del evangelio de Cristo.

 

La Iglesia tiene que presentarse ante la humanidad como es. Con su originalidad evangélica. Sin complejos ni arrogancias. Pero sin olvidar que su obligación es la de hacer presente a Jesucristo en obras y en palabras.

 

En el momento actual, no son pocos los motivos de preocupación sobre la vida cristiana en nuestra diócesis. Esas dificultades, muy lejos de ser motivo de desilusión y agobio, deben ser acicate para un mayor empeño evangelizador, para la confianza en el Señor, para sentirnos más unidos y para una constante y entusiasmada labor pastoral. Entre otras actividades señalamos las siguientes:

 

– El mantenimiento de la fe. Muchas personas pretenden vivir como si Dios no existiera.

Organizan su vida al margen de la ley de Dios. El resultado es la desorientación, la indiferencia, el no encontrar sentido a una existencia de la que hay que disfrutar sin pensar en más. Solamente la fe en Dios puede hacernos llenar el vacío que deja el pecado en el corazón del hombre.

 

– La transmisión de la fe. Es uno de los temas más importantes y urgentes. En la familia es donde tradicionalmente se ha recibido la primera y más inolvidable catequesis, donde se ha aprendido a rezar, donde se ha ido formando la conciencia cristiana. Hoy, parece que esa cadena de transmisión se ha roto. Muchos padres ya no comunican la fe a sus hijos. Simplemente por que no la tienen o porque, en el mejor de los casos, delegan este cometido al colegio o a la parroquia. En la transmisión de la fe, los Padres, la familia, son siempre insustituibles.

 

– Una catequesis para todos. Se necesita oír hablar de Dios, de Cristo, del evangelio, de los deberes y de las esperanzas del cristiano. En esto consiste la catequesis: en dejar caer la palabra de Dios sobre la propia vida. Esta pastoral no puede limitarse a una etapa de la existencia, como puede ser la infancia y la juventud, sino que tiene que extenderse a lo largo de la vida, aunque los métodos y las formas sean distintos y adecuados según la situación de cada uno.

 

– Acción caritativa y social. La caridad siempre ha de figurar en la primera línea de nuestros convencimientos cristianos. Si no tenemos caridad, si no vivimos el amor fraterno, muy poco somos y de nada servimos. Gracias a Dios, se puede decir que nuestra diócesis tiene una gran sensibilidad en este tema de la caridad, pero todavía nos queda mucho camino por recorrer.

 

– Las vocaciones sacerdotales y religiosas. Uno de los temas de mayor preocupación.

Aunque, por gracia del Señor, tenemos en nuestro Seminario un numeroso grupo de jóvenes que se preparan para recibir el sacerdocio, todavía es insuficiente para las necesidades ministeriales de la diócesis. Por otra parte, las vocaciones, tanto sacerdotales como para la vida religiosa, son una señal, un síntoma de la vitalidad cristiana de las parroquias, de las comunidades cristianas, que deben pedir insistentemente a Dios esta gracia de las vocaciones, pero también comprometerse en una adecuada y constante pastoral vocacional.

 

– El diálogo con el mundo. Si vivimos en medio de la realidad de este mundo, allí donde

nos encontremos hemos de llevar y ofrecer lo que se nos ha dado como gracia de Dios: nuestra fe cristiana. No se trata de echar discursos a nadie, sino de vivir en coherencia con nuestros convencimientos, y así ofrecérselo a quien nos pida las razones de nuestra esperanza.

 

En todos estos capítulos tiene una función y un protagonismo especial el sacerdote. Pero

no solo de una manera individual, sino como miembro de esa fraternidad, viva y operante

en la Iglesia local, que es el presbiterio. Al reafirmar nuestra pertenencia a una diócesis,

a una Iglesia particular, no solamente no nos olvidamos de la incólume unidad en la Iglesia universal, sino que reafirmamos la comunión y la solidaridad fraterna con todas las Iglesias que forman el nuevo Pueblo de Dios, guiado y servido en la caridad por el Papa.

 

Es importante que recordemos estas palabras: “Esta dimensión eclesial reviste modalidades, finalidades y significados particulares en la vida espiritual del presbítero, en razón de su relación especial con la Iglesia, basándose siempre en su configuración con Cristo, Cabeza y Pastor, en su ministerio ordenado, en su caridad pastoral. En esta perspectiva es necesario considerar como valor espiritual del presbítero su pertenencia y su dedicación a la Iglesia particular, lo cual no está motivado solamente por razones organizativas y disciplinares; al contrario, la relación con el Obispo en el único presbiterio, la coparticipación en su preocupación eclesial, la dedicación al cuidado evangélico del Pueblo de Dios en las condiciones concretas históricas y ambientales de la Iglesia particular, son elementos de los que no se puede prescindir al dibujar la configuración

propia del sacerdote y de su vida espiritual” (PDV 31).

 

2. EL SACERDOTE: SEMBRADOR DE LA PALABRA Y DE LA MISERICORDIA

 

En un encuentro con sacerdotes de la diócesis de Aosta (25-7-05), Benedicto XVI, en un

lenguaje coloquial y muy cercano, se refirió al sacerdote como el “sembrador de la palabra”. El que anuncia la palabra de Dios, que predica, pero que le parece que el mundo, su comunidad, no toma cuenta de la predicación. “¿Qué hacer? La gente da la impresión de no necesitar de nosotros; parece inútil todo lo que hacemos. Y, sin embargo, la palabra del Señor nos enseña que sólo esta semilla transforma siempre de nuevo la tierra y la abre a la verdadera vida… A la gente, sobre todo a los responsables

del mundo, la Iglesia les parece un poco anticuada; nuestras propuestas no les parecen

necesarias. Se comportan como si pudieran y quisieran vivir sin nuestra palabra, y piensan siempre que no tienen necesidad de nosotros. No buscan nuestra palabra” (Benedicto XVI, Aosta 25-7-05).

 

El sacerdote es portador de la misericordia de Dios. El que acoge perdona, el testigo del

Señor compasivo y misericordioso. San Pablo repetía: por la gracia de Dios soy lo que soy (1 Cor 15, 10). Y esa gracia de Dios nos llama y envía en una misión de misericordia. La falta de misericordia puede indicar que nos hemos olvidado de Dios. Qué en nuestra vida no hay experiencia de Dios.

 

La misericordia es dolerse en el alma con el sufrimiento, con la miseria de los demás. Es

sentida compasión que obliga a salir de uno mismo y meterse e identificarse en la realidad

sufriente del otro. San Juan de Ávila, maestro, guía y patrono, decía a los sacerdotes: sois

pastores y criadores, ojos y faz de la Iglesia, misión de Cristo, honra y contentamiento de

Dios” (Plática 2). De esta forma, el Maestro Ávila descubre, lo que podríamos llamar la

identidad, misión y testimonio del sacerdote, pues ha de ser “siervo de todos para ganarlos a todos” y débil con los débiles, según expresión de San Pablo (1 Cor 9,20). Pero todo con el único deseo de ser fiel al Evangelio. El sacerdote se ha sentido herido por el grito de quienes estaban desalentados y sin pastor (Mt 9, 26), y también llamado para apacentar “en los pastos de ciencia y de doctrina, aunque sea con derramar sangre y dar la vida, como hizo Cristo, y dijo: este tal es el buen pastor” (Plática 1).

 

El perfil humano y sacerdotal ha de verse en una vida rebosante de misericordia. Lleno

de misericordia según el corazón de quien es el Misericordioso. El sacerdote que contempla la misericordia se siente atrapado por ella y se hace testigo, administrador y repartidor de misericordia.

 

Si “relicarios somos de Dios, casas de Dios y, a modo de decir, criados de Dios” – seguimos con San Juan de Ávila – también “somos diputados para la honra y contentamiento de Dios y guardas de las leyes” (Plática, 1, 2). Por eso mucho se ha de contemplar la primera ley que hay en la casa de Dios, que es la del amor. Mirar mucho a Dios y poco a uno mismo, no siendo que mirándose uno a sí mismo, desmaye (Sermón 48). Es mejor sentirse atrapado por la misericordia de Cristo, pues somos representación

de su persona, propagación de su acción apostólica e imitación de su misma vida. Una representación tan auténtica, que el sacerdote se transforme en Cristo, porque está todo entero consagrado al Señor.

 

Si administrador y repartidor de misericordia, el sacerdote ha de ser como los ojos para llorar los males, como abogado del pueblo ante Jesucristo, contemplando en Él el misterio

del Padre misericordioso y del Espíritu que nos llama y nos envía. El secreto de tan  admirable programa está en “mirar a los demás como Cristo te mira a ti”, pues quien ofrece a Cristo está llamado a ofrecerse con él y poner los ojos en Cristo, porque si se han de “ganar a las ánimas enajenadas” sólo podrá hacerse desde la compasión, que es mirar el dolor de Dios en sus hijos. Y hacerse pan para Cristo, manjar que Él comiere, vestidos que Él vistiere, casa donde Él morase (Sermón 48).

 

Buenos ejemplos tenemos, en la historia de nuestra diócesis, de modelos ejemplares de esta misericordia sacerdotal. Basta recordar a los beatos Marcelo Spínola y Manuel González, así como a tantos otros que están en nuestra memoria.

 

El sacerdote es hombre que ha experimentado la misericordia del Padre, y ministro que

la ofrece en el sacramento de la reconciliación. Perdonando y necesitado de perdón, administrando el sacramento y recibiéndolo, administrando la misericordia del Padre y suplicándola constantemente para sus propios pecados.

 

3. SACERDOTE: PORTADOR DE ESPERANZA

 

Quien ha recibido misericordia, testigo ha de ser del Misericordioso y hacerse señal de

esperanza para el mundo. “El Evangelio de la esperanza, entregado a la Iglesia y asimilado por ella, exige que se anuncie y testimonie cada día. Esta es la vocación propia de la Iglesia en todo tiempo y lugar… Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo” (EIE 45).

 

Ante misión tan importante, el sacerdote quiere ser sinceramente consciente de sus limitaciones: soy un muchacho, no sé hablar (Jr 1, 6). Le invade una sensación de inseguridad.  No se considera preparado para superar las dudas, para moverse entre opiniones diferentes. Padece el síndrome de un cansancio motivado por tener que realizar un trabajo del que no aprecia unos resultados eficaces: toda la noche trabajando y nada hemos conseguido (Lc 5, 5). Le duelen las promesas incumplidas, igual que a los discípulos de Emaús pensaban en el fracaso de la resurrección, y el Resucitado estaba a su lado. En fin, falta de confianza en la acción del Espíritu: el Espíritu del Señor ya no está sobre mí…

 

Así que si deseas, hermano sacerdote, que Cristo sea en verdad tu Pastor, acepta que sea tu servidor. Recibe su palabra, sigue su ejemplo y déjate lavar los pies con el agua de su misericordia, como Él lo hizo con los discípulos. Deja que Jesucristo sea para ti la vara y el cayado que te den seguridad. Que en su banquete te alimentes y veas con gusto la compañía de su bondad. ¡El Señor es mi pastor, nada me falta! (Salmo 22).

 

La esperanza es siempre una llamada a la fidelidad y a saber permanecer perseverante

en los más hondos convencimientos, más allá de los vientos contrarios que zarandean

las mismas existencias. Ahora que nos aburre, por demás, el reiterado discurso de los malos tiempos, de las inclemencias que debemos padecer, de la intemperie e indefensión en la que nos encontramos ante el acoso de leyes, políticas y ambientes nada proclives a la vida auténticamente cristiana, el sacerdote tiene que ser ese imprescindible portador de la esperanza que tanto se necesita.

 

Sin querer restarle nada de la importancia y gravedad que pueda tener el momento, es preciso, no sólo que no perdamos la compostura, que es el estilo evangélico de pensar y de vivir, sino que sepamos mantenernos en dignidad. Como dice San Pedro: dispuestos a dar razón de lo que somos, pero con bondad y respeto. Y con una conciencia recta. Y si hay que padecer algo por hacer el bien… (Cf 1Pe 3, 15-17).

 

No se trata de sobrevivir en una sociedad secularizada, sino de ofrecer lo que se tiene

y valorarlo como buena noticia para la salvación del hombre. Nuevas situaciones reclaman respuestas nuevas. Presentar el evangelio de forma personal, comprensible y entusiasmante. Como algo vivo que lo llena todo. Que es punto de referencia para todo. Es la memoria evangélica que se aduce como respuesta permanente. No es evangelismo de palabras en los labios y lejanía en el corazón, sino consecuencia: hablo porque creo (Cf. 2Cor 4, 13). Sería inadmisible la utilización del evangelio como arma presuntuosa que se usara únicamente para dejar en evidencia el comportamiento ajeno. Al contrario: es oferta de salvación, de esperanza, de gozo en la posibilidad de alcanzar los más nobles deseos.

 

El bien siempre tiene futuro. Y tendríamos que añadir: con tal de que se sepa construir

acertadamente el presente. Que la evangelización sea una tarea ardua, muchas veces imperceptible y vulnerable, y con una desproporción, al menos aparente, entre medios y resultados, hay pocos que puedan dudar. Sólo el valor de la persona humana justifica el esfuerzo.

 

También el evangelizador ha de ser consciente de que trabaja para una sociedad cam18

biante, que evoluciona, que progresa. ¿Hasta cuándo durará esta situación de cambio?

Indefinidamente. El hombre, y el dinamismo de la sociedad en la que vive, no pueden detenerse. Perderían lo mejor que poseen: capacidad de ser mañana más felices, mejores, más justos…

 

Y caminar con el hombre, ayudándole a redimirse de los señuelos de falsas esperanzas.

El esfuerzo personal y colectivo, la solidaridad, el trabajo por el bien común, la consciente y seria formación humana y profesional, la consolidación de la familia y de las instituciones fundamentales para la convivencia y el desarrollo, la lealtad a unos valores bien asumidos, el empeño por la justicia, la coherencia entre la fe y la conducta, son buenos avales para que la esperanza tenga garantía de autenticidad.

 

Dios ha sido grande con nosotros, decimos con el salmo. Y si la tentación de la nostalgia

pudiere llegar en algún momento, tengamos bien cerca el libro de la Escritura y recordemos las palabras que, al hombre de fe, dice tan buena sabiduría: “Tu pasado parecerá insignificante al lado de tu espléndido futuro” (Job 8, 7).

 

4. IDENTIDAD Y MISIÓN: LA CARIDAD PASTORAL

 

Se puede decir que la caridad pastoral es aquello que configura la personalidad del sacerdote, lo que da razón de su identidad y en lo que encuentra su unidad lo diverso de las acciones que se deben realizar en el ministerio pastoral.

 

El sacerdote se siente gozoso y se considera plenamente realizado en su existencia personal y en su vocación ministerial, haciendo el bien a los demás. Para eso ha sido llamado y en ello se siente identificado con Cristo: el Espíritu del Señor está conmigo para anunciar las bendiciones  Dios (Cf. Lc 4, 19). Sin reservas ni condiciones. ¿Cómo podré olvidar a los pobres, a los pecadores, a los que buscan a Dios? Igual que a Oseas, le da un vuelco el corazón y se le conmueven las entrañas (Os 11, 8). El amor todo lo puede y supera. No puede olvidar que ha sido el misericordioso quien le ha llamado a la práctica de la misericordia. Para mí, dice el sacerdote, lo bueno es estar junto a Dios (Salmo 73, 27). Y como Dios es amor, el sacerdote no puede por menos que ser ministro y servidor de la caridad que Dios ha derramado en su corazón sacerdotal. Es don gratuito del

Señor y, al mismo tiempo, imperiosa llamada a una respuesta libre, alegre y responsable por parte del sacerdote.

Con no poca frecuencia, siente el sacerdote como una especie de vértigo al tener que realizar tantas y tantas acciones diferentes. Incluso puede llegar a la sensación de que tiene como varias personalidades: la humana e individual, la social, la carismática y ministerial… La caridad pastoral hace desaparecer ese desconcierto, dando una verdadera unidad existencial y motivando todas y cada una de las acciones que se realizan. Confiere a todo un modo de ser y de actuar en coherencia con la gracia de

Dios que se ha recibido y que se expresa en una forma de vivir y de hacer.

 

Sin una espiritualidad, vivida y profundamente sentida, la figura del sacerdote quedaría

completamente desvaída y sin razón de ser. Pero, la espiritualidad no es un adorno

añadido, sino la misma configuración de una existencia con ineludible referencia al carisma recibido. En la espiritualidad se refleja la identidad, la práctica de la caridad pastoral.

 

La caridad pastoral en el misterio de la Iglesia

 

En momento alguno, puede olvidar el sacerdote su incuestionable unión con la Iglesia,

como misterio que hunde sus raíces en lo insondable de la Santísima Trinidad: ha sido llamado por el Padre, identificado con el hijo, habiendo recibido la gracia del Espíritu.

 

Unido a la Iglesia, que es comunión en la fe y en el bautismo, y con la comunidad concreta a la que sé que pertenece y a la que se sirve. En el cuidado de esa comunidad no sólo encuentra el sacerdote su razón de ser, sino que por ella acomoda su propia vida y estilo personal para poder servir mejor a esa parte del pueblo de Dios que el obispo le ha confiado. Pero ni la Iglesia, ni la parroquia son suyas, el sacerdote es pastor y

servidor, no dueño de doctrina y modo de vivir.

 

Y con un trabajo que lleva a cabo, pues la Iglesia es misión. Existe para evangelizar, para

vivir y anunciar el misterio de Cristo en el mundo. Por eso, el sacerdote no puede olvidar que está metido en el mismo campo en el que debe dejar caer la semilla. El carácter de secularizad ni anega el campo, ni hace sucumbir al sembrador, sino que debe ayudarle a comprender y realizar mejor su misión.

 

Tomado de entre los hombres para el servicio de los hombres (Heb 5, 1). No podía ser

de otra manera. Jesucristo es el camino hacia cada hombre (RH 13) y si todos los caminos de la Iglesia conducen al hombre, el hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer (RH 14). Nada, pues, es de extrañar que el sacerdote esté revestido de humanidad.

 

Officium amoris

 

Hecho a imagen y figura del Buen Pastor, el sacerdote ha sido enriquecido con ese amor

inagotable necesario para el servicio de la comunidad que le ha sido confiada. Esa misma

identificación con Cristo en el servicio ministerial en la caridad, será la más genuina y eficaz fuente de la espiritualidad sacerdotal y la que defina y de razón de ser a su propia vocación y ministerio.

 

Aquella dificultad de integración de tantas y tan diferentes motivaciones y tareas en la

misma personalidad del sacerdote, encuentra una respuesta en la caridad pastoral. Llamado para servir en la caridad a sus hermanos, busca una formación humana, espiritual, intelectual y pastoral, para poder realizar dignamente esta misión y cometido. Vida y ministerio, espiritualidad y secularidad, persona y puesto en la sociedad, han encontrado razón y unidad.

 

Esa formación, permanente y sistemática, es una responsabilidad de la misma caridad pastoral, respetuosa y atenta a la comunidad a la que debe servir y que, en la evolución y desarrollo de la misma existencia humana, surgen nuevas necesidades y desafíos pastorales.

 

La caridad pastoral, el officium amoris, es el principio interior y dinámico capaz de unificar

las múltiples y diversas actividades del sacerdote, es lo que “da vida” al ministerio. Es el

amor tal como se vive en la Iglesia, verdadera amistad sobrenatural y signo de comunión con Dios y con el prójimo. Opción fundamental y alma del ministerio. Identificación con Cristo en sus actitudes y comportamientos. Es un don del Espíritu al sacerdote.

 

La caridad pastoral puede definirse, siguiendo la exhortación Pastores dabo vobis (23),

como:

 

Principio interior de la vida espiritual del presbítero, en cuanto configurado con Cristo.

Don gratuito del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, deber y llamada a la respuesta libre y

responsable del sacerdote.

Donación total de sí a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo y a su imagen. No es

sólo aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos lo que muestra el amor de Cristo por su Iglesia.

Carácter del ministerio sacerdotal. La caridad pastoral determina el modo de pensar

y de actuar en el servicio en la caridad a la Iglesia universal y a aquella porción de Iglesia

que le ha sido confiada.

Vínculo de comunión con el obispo y con los otros hermanos en el sacerdocio, que tiene

su expresión más plena en la Eucaristía, centro y raíz de la vida del sacerdote.

Criterio interior y dinámico que unifica las múltiples y diversas actividades del sacerdote.

Leal y sincera coherencia ente la vida interior y las tareas y responsabilidades del ministerio.

– Participación en el amor de Cristo pastor. La fuente de la caridad pastoral no puede ser

otra que el mismo amor de Cristo. A ese manantial hay que acudir para llenarse de tan

precioso regalo del Espíritu. Hemos conocido el amor que Dios nos tiene (1Jn 4, 16). Ese amor, manifestado en Cristo, es el que nos apremia (2Cor 5, 14). Es fuerza y sabiduría de Dios que le llega al sacerdote desde el mismo corazón de Cristo. El amor de Cristo me quema. Es el fuego de la caridad: ¡Tu amor me quemaba hasta los huesos! “Había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía” Así lo expresa Jeremías (Jr 20,9).

– Identificación con las actitudes de Cristo. Son estas disposiciones las que definen y enmarcan la caridad pastoral del sacerdote, y las hace presente en una comunidad concreta de la Iglesia particular. Es el amor de Cristo pastor que se manifiesta entre los hermanos. En la vida sacerdotal está siempre presente la lógica de la cruz: Jesús Señor nuestro, quien fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación (Rom. 4, 25).

– Incondicional unión con Aquel que se entregó. Este es nuestro convencimiento: “con

Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál 2, 19-20).

 

La vida sacerdotal exige un particular desapropio: el mismo de Cristo, que no vino sino

a servir y entregarse como rescate por muchos (Mt 20, 28). El sacerdote no debe preguntarse tanto por su propia identidad sino de cómo sirve a los demás. No es un hombre para sí mismo, sino entregado en ayuda de sus hermanos. Lo importante no es saber responder a la cuestión para qué sirve un sacerdote, sino a quién sirve el sacerdote. La respuesta no puede ser otra sino que el sacerdote sirve a Jesucristo,

a la Iglesia, a los hombres necesitados del pan de la palabra, del pan de los sacramentos y del pan de la caridad.

Un amor sin medida. Actitudes de disponibilidad, desprendimiento, entrega, sacrificio,

testimonio, dedicación…, se desprenden de esta caridad pastoral. Mi vivir es Cristo (Gál 2,

20). Mi amor, puede decir el sacerdote, es el que Cristo ha tenido por mi y yo mismo doy a

mis hermanos. Por eso, la extensión de la caridad pastoral no tiene límite. A todo se ha de

llegar con el amor de Cristo. Es así que, como espiritualidad y forma de vivir, la caridad pastoral tiene una señal luminosa en ese “estado de amor”, como ha sido llamado el celibato. El decir, una existencia completamente entregada al amor de Cristo y de la Iglesia, sin reserva alguna.

Don gratuito de Dios. Si, como habíamos visto, la caridad pastoral tanta espiritualidad

encierra que se relaciona con el mismo misterio trinitario, es obligado comprender que

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