D. CARLOS AMIGO. MITO POR DUPLICADO

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                Se nos recomienda hacer una sincera reflexión acerca de las causas que están en el origen de tantas críticas negativas sobre la Iglesia. Oportuna parece la sugerencia. Pero, inmediatamente asalta la duda. Una doble duda. ¿Es que estamos verdaderamente denostados? ¿Esa crítica no será precisamente una señal de nuestra identidad como conciencia moral de la sociedad?

 

                Hablamos, naturalmente, de la Iglesia y de la comunidad cristiana. Porque también aquí hay algunas precisiones que hacer. No solo es la jerarquía, los obispos y el clero los que han caído en el abismo del descrédito. Mucho me temo que podrá decirse lo mismo de los cristianos en general. Excepto, naturalmente, esos pequeños grupos que, con arrogancia poco evangélica, se atribuyen el tanto de no ser como los demás, y que nos recuerda la parábola del que fuera Dios para pedir que remediara su miseria y del que llegó para presumir de su arrogante fidelidad.

 

                Pero volvamos a lo primero: tenemos que analizar las causas. Y ello resulta incómodo. No porque no existan comportamientos que se deban cambiar, sino porque la conversión y el cambio no pueden tener su razón de ser en un simple criterio de aceptación social, sino que lo han de ser por fidelidad al evangelio. La credibilidad, mejor que prestigio, ha de estar en esa inestimable coherencia entre lo que se cree y lo que se vive, entre lo que se piensa y lo que se hace, entre evangelio y la conducta.

 

                No suele faltar, en tertulia alguna que se precie, ese señor que se empeña en afirmar que hay que desterrar el «mito de la religión» que, en su opinión, es el causante del frenazo al desarrollo y al progreso. Es decir, que este contertulio lleva todavía consigo el «mito del mito de la religión» y repite, como disco rayado, el argumento de que la religión es una fantasía perjudicial. Ya está. Lo dice él. Sin demostrar nada, por supuesto.

 

                La religión ni es un mito, ni un estorbo para el desarrollo y el progreso. Más bien, todo lo contrario. Un auténtico creyente no puede por menos que desear sinceramente la felicidad y bienestar del hombre. Son bien conocidas y recomendaciones de Pablo VI: el hombre puede organizar el mundo sin tener en cuanta a Dios, pero, al final, acaba haciéndolo todo en contra del hombre. En el fondo, una gran tentación: la del ateísmo humanizante, que es pensar que Dios es poco menos que un estorbo.

  

 

                                                                        Carlos, Cardenal Amigo Vallejo

                                                                                  Arzobispo de Sevilla

 

PUBLICADO EN RS21  (febrero 2006)

 

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