«Si fuera joven, volvería a irme a las escuelas rurales»

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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Entrevista de la Diócesis de Málaga a Pilar Albarracín, maestra rural.

Pilar Albarracín nació en Ronda hace 85 años. Huérfana a edad muy temprana, su vida ha estado entregada a educar en las zonas rurales de nuestra diócesis. Almáchar, Los Prados y Molino del Arco son algunos de los destinos que esta mujer soltera, vivaracha y risueña ha recorrido en su trabajo.

Sus recuerdos son la memoria viva de una generación de mujeres que hicieron realidad el sueño de Don Ángel Herrera Oria: promocionar a la gente del campo mediante la educación. El Ayuntamiento de Ronda les ha dado un galardón como ejemplo de «mujeres trabajadoras».

–¿Cómo fue su infancia, Pilar?

–Mi infancia fue muy normal, una infancia feliz. Me crié con una tía, hermana de mi madre, porque me quedé huérfana de madre a los cinco años, y luego falleció mi padre. Me eduqué en las Esclavas Concepcionistas del Divino Corazón de Ronda, donde hice mis estudios.

–¿Como llegó a ser maestra?

–Fui a Málaga a un encuentro de Acción Católica, y allí Elena Moreno, inspectora a nivel nacional, me habló de una maestra rural. Yo le pregunté si no habría algo parecido para mí y me dijo que me llamaría cuando saliera algo. Y así fue.

–¿Recuerda su primera clase?

–Sí, fue en Almáchar. Se trataba de una escuela rural a la que llegaba como primera maestra, ya que antes sólo habían recibido la visita ocasional de maestros itinerantes. Parecía que iba a las misiones. ¡Hasta me regalaron un crucifijo y todo! Recuerdo que desde Málaga hasta allí te llevaba un taxi compartido en el que viajaban también otros pasajeros. Algunos tramos había que recorrerlos a pie y cruzar con botas el río agarrados a un palo. Cuando llegué, el párroco se preocupó de encontrarme una cama, que me mandaron a la misma escuela. ¡Todavía me acuerdo de que estaba llena de chinches y no me dejaban dormir! (Se ríe). Empezaron a venir niños pequeños, de cuatro años e incluso más chicos, y luego se iban agregando más mayores. Allí les enseñaba todo: leer, escribir, sumar, y, por supuesto, rezar delante de las imágenes.

–¿Y qué ha sido de esos niños y niñas? ¿Les ha seguido la pista?

–Más bien ellos a mí. Hace poco me llamó uno del año 57 y otra del 59, y se acuerdan de cómo hicieron la primera comunión preparándose conmigo. Algunos han llegado a ser médicos, otras maestras…

–¿Cómo era un día en la vida de una maestra rural?

–Muy completo. Por las tardes enseñábamos también a los adultos, y por las noches ayudábamos a los sacerdotes a formar a la gente en la fe. La religión era algo fundamental entonces, y como en los pueblos la gente era muy sencilla, estaban encantadas con todo lo que hacíamos. Cuando había un enfermo también lo asistíamos física y espiritualmente. Recuerdo que cuando llegué a Los Prados, no había ni Cristo ni santos. Así que por la tarde, en horas no lectivas, nos íbamos a coger espárragos, y yo me los llevaba a Ronda donde los vendía de «estraperlo». Con lo que sacamos de su venta compramos el Cristo. Tanto es así que, cuando en verano vinieron los seminaristas a realizar su misión popular, la gente gritaba «¡Viva el Cristo de los Espárragos!» Creo que todavía siguen diciéndolo.

–¿Cómo ha recibido este reconocimiento?

–Con mucha ilusión. Se presentaron nuestras alumnas con un canasto de flores y una de nosotras leyó todas las actividades de las escuelas rurales. La experiencia de esta vida nos han dejado tan buen recuerdo, la gente tan sencilla ha estado tan preocupada de nosotros, que si fuéramos jóvenes de nuevo, volveríamos a ir a las escuelas rurales.

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