Semblanza del sacerdote Antonio Martín

Diócesis de Málagahttps://www.diocesismalaga.es/
La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Antonio Martín Fernández, hijo de Antonio, empleado de banca y de Luisa, matrona, nace en Antequera el 18 de diciembre de 1926. Es el segundo de tres hermanos, María Luisa la mayor, difunta, y Josefina la pequeña y su fiel escudero hasta la hora de la muerte. Vive una infancia marcada por una España convulsa y una Antequera con muchas reformas y deberes pendientes.
Su padres, especialmente su madre, matrona, ejercerá un influjo muy positivo en Antonio. Con cuanto cariño se dirigía a la mujer en gestación, rezaba con ella y le hablaba de cuántos niños ayudó su madre a venir a este mundo.

Estudia y trabaja. Son años duros. Su salud delicada frustra su deseo de militar en la compañía real que Jesús con su nombre distinguió, la legión de Loyola, la Compañía de Jesús. Entró pero no pudo seguir: eran años de postguerra y de muchos candidatos. Tras un tiempo de reposo y de discernimiento, pide la admisión en el Seminario Diocesano de Málaga, del que años más tarde sería administrador, entre otras tareas, de las mismas o parecida especie. Su vocación fue para la época una “vocación tardía”. Horas y horas de oración, estudio, tareas y sobre todo latín, hasta alcanzar el nivel de los pequeños. Horas en la capilla y ante el sagrario del santo obispo Manuel González García. En unos años donde también el Seminario empezaba a recorrer sendas poco transitadas hasta entonces, las que el obispo y después cardenal Ángel Herrera Oria había establecido.

Y por fin, el 13 de Mayo de 1956, memoria de las apariciones de la Virgen de Fátima, Antonio, con un buen grupo de jóvenes teólogos, recibe la ordenación sacerdotal. Curso el de Antonio de fundadores como Ernesto Wilson; de poetas y artistas como Andrés Alfambra, recientemente fallecido; de misioneros como José Pulido, compañero en el Buen Samaritano; de juristas como Antonio Martín o de teólogos como Francisco Parrilla, que en paz descansen. Un curso que dio y ha dado tanto juego a la Diócesis de Málaga y a la Iglesia Universal.

Su primer destino será premonitorio de lo que será la mitad de su vida ministerial, tesorero de la Unión Misional del Clero, capellán de primaria de la Escuela de San Patricio y del Centro Social en Granja Suarez.
En 1960 es nombrado administrador del Obispado, continuando con sus desvelos en la Granja Suarez y será administrador hasta el año 1972.

En 1972 párroco de Nuestra Señora de los Remedios de la Granja, donde tanto había trabajado por la dignidad y promoción de la familia: suelo para construir, escuelas para aprender, dispensarios para curar, centro social para promocionar. “Instaurare omnia in Christo” es el lema de D. Ángel Herrera que Antonio asume como propio en todas sus tareas, especialmente en la Granja.

A finales de octubre de 1975 es nombrado párroco de esta parroquia del Sanctissimum Corpus Christi, donde durante treinta y dos años ejerció su ministerio sacerdotal ayudado por muchos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, especialmente por Antonio Alarcón. ¡Cuánto sintió Antonio la muerte del hermano y amigo sacerdote!, justo cuando la edad y la enfermedad le restaban las fuerzas. Son los renglones torcidos de Dios.

En el año 2006 al cumplir sus bodas de oro sacerdotales, pudo comprobar una vez más el cariño y la admiración que sus feligreses del Corpus y de otros lugares le profesaban.

Consiliario de los Equipos de Nuestra Señora desde la llegada de este movimiento a Málaga. Los equipos número 2 y 11 dan muy buena cuenta de los desvelos y el entusiasmo de Antonio por la espiritualidad conyugal y familiar.

Vicario episcopal de la ciudad de Málaga, sector este, con Ramón Buxarrais trata de impulsar una pastoral misionera y de comunión entre las parroquias, comunidades religiosas y colegios. Un fruto: la catequesis interparroquial e intercolegial de confirmación.

Como buen pastor procuró y deseó vivamente unir las distintas realidades que conforman esta parroquia, que el urbanismo y otras muchas causas mantenían separadas secularmente. La playa, la Mosca, Pedregalejo son tareas difíciles de esas que sólo en el cielo se consiguen. Sí, Antonio, “¿qué será el Paraíso?, ¿qué será la vida? Estar contigo Señor para siempre, todos en ti, uno en ti”.

Ingeniero de puentes, trabajador entusiasta e incansable de iniciativas que hoy dan su fruto en el corazón de Dios, porque como nos recordará la carta a los Hebreos: «Él se mantuvo firme ante la esperanza que profesaba porque es fiel quien hizo la promesa» (Heb 10, 23).

Ayer, a última hora de la tarde, me acerqué al Buen Samaritano. Eran los momentos decisivos de su maratón existencial. «Era el momento de vencer a la muerte porque morir solo es morir. Morir se acaba. Morir es una hoguera fugitiva, es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba. Acabar de llorar y hacer preguntas, ver el amor sin enigma ni espejos. Descansar de vivir en la ternura, tener la paz, la luz, la casa juntas y hallar, dejando los dolores lejos, la noche-luz tras tanta noche oscura».

Con la Salve Marinera de fondo, rezando, además, por última vez con él el “Anima Christi” de Ignacio de Loyola y al llegar a «en la hora de mi muerte, llámame y mándame ir a ti para que con tus santos te alabe», sentimos con fuerza el “Consummatum est”, el “todo está consumado”. Minutos más tarde, en la víspera de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, lo abrazó el Padre para toda la eternidad.

José Antonio Sánchez Herrera

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