San Juan Diego, el embajador de María

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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

A pesar de formar la mayor parte del Pueblo Santo de Dios, lo cierto es que los laicos aparecen en mucha menor medida en la lista oficial de santos reconocidos por la Iglesia, el conocido como “Martirologio Romano”. El santo que celebramos este 9 de diciembre es fruto del empeño de los últimos papas de proponer testimonios de seglares que manifestaron la santidad de su ser bautizados en todo su obrar.

Juan Diego nació en 1474 en Cuautitlán (México) y pertenecía a la etnia de los chichimecas. Padre de familia, conoció la fe y se hizo bautizar gracias a los primeros misioneros franciscanos. Las crónicas destacan su extraordinaria sencillez, humildad, caridad, desprendimiento y piedad, que manifestaba con su asistencia asidua a la Eucaristía y su regular estudio del catecismo.

La gracia que lo asistía se manifestó de forma extraordinaria siendo elegido por la “Llena de Gracia” para recibir su mensaje. En 1531, la Virgen se le presentó encomendándole pedir al obispo del lugar la construcción de una iglesia en aquel sitio. Tras varios intentos fallidos, en los que el prelado no lo creyó, la Virgen lo mandó a recoger unas flores en un lugar y época del año en los que era imposible encontrarlas. Aun así, Juan Diego consiguió llenar su tilma (manto tradicional de los campesinos) de rosas y, al desplegarla ante el obispo y dejar caer las flores apareció la imagen de la Virgen de Guadalupe, una de las devociones más populares del mundo, patrona de América.

¿No estoy aquí yo, que soy tu madre?

En los días en los que la Virgen comenzó a manifestarse a Juan Diego, su tío, al que amaba como un padre, enfermó gravemente y le pidió que fuese a buscar un sacerdote porque se sentía morir. Queriendo cumplir la voluntad de su tío con la mayor celeridad posible, evitó el lugar donde solía presentársele la Señora para no entretenerse, pero María fue a su encuentro por el atajo que había tomado preguntándole «¿adónde vas?». A lo que Juan, temeroso y avergonzado, no pudo más que responder pidiéndole perdón y contándole toda la verdad. La Virgen lo tranquilizó con su famoso: «¿No estoy aquí yo, que soy tu madre?», con la que los devotos de la Guadalupana se consuelan todavía hoy en los momentos de angustia y aflicción. Al volver a casa, el tío de Juan Diego había sanado.

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