San Gregorio de Narek, cuando del mal brota el bien

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El 27 de febrero se celebra la fiesta de san Gregorio de Narek, monje armenio recientemente proclamado doctor de la Iglesia Universal por el papa Francisco. 

Nacido hacia el año 950, ingresó muy joven en el monasterio de Narek, un referente en la vida académica, cultural y artística. Destacó en la literatura, en la pintura, en la arquitectura y en la teología. Considerado como uno de los grandes poetas de la literatura universal, su obra más conocida, el “Libro de Oraciones”, fue definida por él mismo como una “enciclopedia de oración para todas las naciones”. Gran devoto de la Virgen María, intuyó el misterio de la Inmaculada Concepción ocho siglos antes de que la Iglesia lo proclamara solemnemente.

Los maravillosos dones que Dios le dio inspiraron la envidia de algunos que lo acusaron de hereje. Además de la persecución, sufrió la enfermedad, pero estos males, lejos de alejarlo de Dios, le hicieron encontrarse con Él de forma más íntima, escribiendo algunos de sus pasajes más hermosos en época de padecimiento. Eran los “suspiros del corazón”. 

Falleció en torno al año 1005.

Doctores de la Paz y la Unidad

San Gregorio de Narek era el último doctor de la Iglesia proclamado por el Papa hasta que, a comienzos de año, Francisco anunció que san Ireneo de Lyon pasaría a formar parte de ese selecto grupo de doctores de la Iglesia, título con los que se les reconoce como maestros de la fe.

Ambos comparten un valor común muy necesario en estos días en los que los conflictos armados amenazan con romper la fraternidad. Si san Gregorio de Narek fue calificado por el Papa en su día como “Doctor de la Paz”, san Ireneo (el nombre significa pacífico) fue nombrado “Doctor de la Unidad”. En el magisterio de ambos destacan sus anhelos de paz, reconciliación y unidad. En una de sus obras, Gregorio rezaba por sus enemigos: «No extermines a los que me muerden: ¡conviértelos! Sácalos de sus viciosos caminos terrenales y arranca lo bueno que hay en mí y en ellos». Ireneo, por su parte, fue puente espiritual y teológico entre los cristianos de Oriente y Occidente. 

Cuando Oriente y Occidente vuelven a mirarse con recelo, las enseñanzas de estos dos últimos doctores de la Iglesia se nos hacen más necesarias que nunca.

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