Peregrinación diocesana a Tierra Santa (Betania)

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Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la peregrinación diocesana a Tierra Santa (Betania) el 11 de abril de 2013.

PEREGRINACIÓN DIOCESANA A TIERRA SANTA

(Betania, 11 abril 2013)

Lecturas: Hch 5,17-26; Sal 33; Lc 10, 38-42.

1.- Vamos a reflexionar en lo más importante de esta celebración. Lo intentaré hacer en tres puntos.

En primer lugar, hemos escuchado en el Libro de los Hechos, que las fuerzas gubernamentales, las autoridades o políticos de entonces y la sociedad, no aceptaban a los primeros fieles o discípulos. ¿La razón? Les dolía que fueran seguidores de ese Jesús, del que decían ellos que había resucitado. Las autoridades los llamaron y prohibieron que hablaran de Jesús. Prohibición bajo pena de cárcel, de azotes o de muerte. Los discípulos, sin embargo, estaban contentos de dar testimonio del resucitado.

Nosotros terminamos hoy la peregrinación y volvemos a la vida cotidiana. Hay también muchas fuerzas políticas, sociales, culturales, ideológicas, donde vivimos, que no les gusta oír hablar de Jesús resucitado, de Cristo, de la fe católica; les molesta la presencia de un cristiano. Entonces, tampoco quieren que nosotros profesemos nuestra fe y procuran, como se dice, cortarnos las piernas, poner el bastón en la rueda para que el carro no funcione.

2.- Hemos de pedir fuerzas al Señor, porque al igual que los apóstoles, nosotros tenemos que ser testigos. En este último día vamos a subir al Tabor (cf. Mt 17, 1-13), donde Pedro dijo al Señor que se estaba muy bien allí; pero después hay que bajar al Calvario. Nosotros estamos ahora en una especie de Tabor, simbolizado por esta peregrinación, contemplando las cosas de Dios, agradeciendo, pidiendo y pisando los lugares por donde Él pasó. Pero ahora nos toca regresar al lugar de donde vinimos y ser testigos de lo que hemos vivido. No nos va a ser fácil.

Por tanto, hemos de pedir fuerzas al Señor para no confiar en nosotros mismos. Pero hemos de ser valientes y capaces de decir: «creo en el Resucitado. Creo en Cristo. Soy discípulo de Cristo». Aunque en muchas ocasiones no me entiendan, ni me comprendan, ni me acepten. Aunque hablen mal de mí, aunque me arrinconen y me insulten. Pero esa es la vida del cristiano, del discípulo.

Lo que vivieron los discípulos nos toca vivirlo a nosotros ahora, dos mil años después. Para eso necesitamos la fuerza del Espíritu, no podemos hacerlo con nuestras solas fuerzas.

3.- En segundo lugar, estamos celebrando en Betania, donde Jesús vino muchas veces a descansar, a dialogar con sus amigos y en donde fue bien acogido. Aquí, Él se explayaba con sus apóstoles, los discípulos, los amigos. Digamos que es un lugar de tranquilidad con respecto a la gran ciudad.

Marta y María simbolizan dos actitudes según el Evangelio (cf. Lc 10, 38-42). Marta simboliza la mujer hacendosa, la mujer que se desvive por el servicio y por los demás; la actitud de actividad. Mientras María es la contemplativa. Ambas son necesarias en nuestra vida. María se pone a los pies de Jesús embobada escuchándole y no se acuerda que hay que limpiar platos y preparar la comida. Eso lo asume Marta, que se enfada y le recrimina a Jesús pidiéndole que le diga a María que le ayude en las tareas.

Y Jesús, le responde: «Marta, Marta, tú te preocupas de estas cosas que son necesarias, pero María ha escogido la mejor parte» (cf. Lc 10, 41-42). ¿Por qué? Porque la dimensión contemplativa que empieza aquí, en este mundo, la seguiremos teniendo en la otra vida. En la otra vida no habrá que lavar platos, ni hacer la comida, ni lavar la ropa, ni preocuparse de las cosas de las que ahora nos ocupamos tanto. La otra vida será de una contemplación permanente. Una compañía, un estar con Jesús, un Betania, un descanso eterno, un llenarnos el corazón de su mirada, de su amor, de su cariño. Eso es lo que ha escogido María.

4.- ¿Sabéis una cosa? Que eso es lo que más nos cuesta. Porque estamos tan activos y haciendo tantas cosas buenas, trabajando, en la misión de la Iglesia, enseñando a otros como catequistas, hablando con matrimonios, ayudando a jóvenes, a los novios para que se preparen bien a la vida matrimonial… Todo eso está muy bien y es necesario, pero necesitamos de una dimensión contemplativa. Y ahí, entra especialmente la amistad. Los tres hermanos viven esa cercanía con Jesús y le escuchan con gusto.

Dos personas cuanto más se conocen y más se aman -lo sabéis bien por experiencia los matrimonios-, son capaces de estar en silencio, uno al lado del otro sin decirse nada. ¡Ay de aquel que no sepa estar al lado de otro en silencio, que tenga que estar siempre diciéndole cosas! Es necesario disfrutar de la presencia del otro en silencio. Eso forma parte de la amistad nuestra con Jesús. Marta escucha con atención contemplativa y se llena del Maestro, de su presencia y de su amor. Nosotros necesitamos esa presencia contemplativa, porque necesitamos cultivar la amistad con Jesús. Y esa amistad pasa por acogerle en nuestra vida, por ofrecerle lo que tenemos, por hacer lo que nos pide; y también, por saber escuchar, contemplar y mirar a Jesús en silencio.

Hoy los tres hermanos, Lázaro, Marta y María nos invitan a profundizar en la amistad contemplativa con Jesús, no solo en la amistad activa. La actividad, ya la practicamos, lo que deseo es insistir en la dimensión contemplativa, en la de María.

5.- Y, finalmente, el tercer punto es que terminamos la peregrinación y hemos de ser agradecidos. Esta es una eucaristía de acción de gracias. El Señor nos ha regalado una semana para pisar por donde Él pisó, para escuchar lo que Él dijo en los lugares donde Él lo dijo, para contemplar y dejarnos llenar de su presencia en Tierra Santa. Tenemos que darle gracias por este encuentro que hemos mantenido estos días con el Señor y entre nosotros.

Dar gracias a Dios por los rostros nuevos que hemos conocido, por esa fraternidad, por esa amistad inicial que puede haber nacido en nosotros en estos días. Y, sobre todo, darle gracias a Dios por esta peregrinación que está siendo y ha sido una gracia de Dios que no olvidaremos jamás. Cada uno tendrá sus recuerdos: uno se acordará más de Galilea, de Bethsaida, o de Tiberíades, o del Jordán; otros se acordarán más del Santo Sepulcro o de Betania; o en distintos momentos recordará distintos lugares. Lo importante es la huella que ha podido dejar en nosotros esta peregrinación y eso se lo agradecemos al Señor.

6.- Le pedimos a la Virgen que nos siga acompañando porque la peregrinación de nuestra vida no ha terminado. Ha terminado una peregrinación de seis o siete días en Tierra Santo; pero continuamos la peregrinación de la vida en la que hemos de mantenernos y profundizar en la amistad con Jesús, en la fe que hemos de purificar. Y espero que estos días hayamos purificado nuestra fe, hecha de la aceptación del Señor, y despojándonos de las ideas o pensamientos que hagan falta, para aceptar la verdad plena de la fe. Pues con ese motivo hemos hecho esta peregrinación en este Año de la fe.

Que el Señor nos continúe acompañando en la larga peregrinación de la vida, de manos de María. Que así sea.

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