Pentecostés, la Navidad del Espíritu

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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Este domingo es el día de Pentecostés. Profundizamos en el significado de esta fiesta con la ayuda del arcipreste de Marbella-Estepona, José López Solórzano. Según el también párroco de la Encarnación de Marbella, «Pentecostés sería para los cristianos como una segunda Navidad. Si en Navidad celebramos que ha nacido el Hijo de Dios, hoy celebramos el nacimiento del Espíritu Santo, la presencia de Dios en su fuerza, en su Tercera Persona, que va a permanecer con nosotros toda la vida. Si Cristo en su presencia física estuvo 33 años nada más, el Espíritu lleva 2.000 años con nosotros, solo que es un gran desconocido».

«El Espíritu convierte en divinas las cosas humanas»
José López Solórzano, párroco de Ntra. Sra. de la Encarnación y arcipreste de Marbella y Estepona, se ordenó sacerdote el día de Pentecostés de 1988, por lo que este año celebra los 30 años de su ordenación y de su mano nos acercamos a la fiesta litúrgica del Espíritu Santo.

«Cuando hablamos de la Fiesta de Pentecostés, es verdad que a veces a los propios cristianos nos cuesta entenderlo porque los seres humanos necesitamos imágenes a las que poder tocar. Muchas veces, en Semana Santa, la gente quiere tocar un manto, un trono o besar una imagen. Y es que es más fácil tocar el pie de una talla de Cristo que pensar que las propias personas somos una presencia real de Cristo. Y eso, a los cristianos, nos cuesta trabajo decirlo, pero es verdad. En las imágenes, veneramos momentos de la vida de Jesús; mientras que en las personas hay presencia real del Señor, somos sacramento de Cristo gracias al Espíritu Santo» explica José López.

«Si de verdad pensáramos que nuestro marido, nuestra mujer o nuestros hijos son presencias de Cristo, nuestra casa sería un tabernáculo; si yo realmente pensara que cuando beso a mi madre enferma, que ya no me conoce, es Cristo… Cada vez que juego con un niño al pilla-pilla debería ser consciente de ello. Creo que a los cristianos nos hace falta ver la vida con otros ojos, con los ojos de Cristo; y el Espíritu nos hace ver la vida con los ojos de Cristo».

«El Espíritu –afirma– es el motor del alma, la fuerza, aquel que me hace ser creyente, el que me hace levantarme todas las mañanas y sacar fuerzas de donde no las tengo, el que convierte el agua en fuente de salvación, el pan en alimento, el aceite en medicina y hace el amor sacramento; es decir, el que convierte en divinas todas las cosas humanas».

El Domingo de Pentecostés aconseja López Solórzano, «siempre le digo a la gente: “renovad la Gracia que lleváis dentro, no echéis en saco roto la Gracia que habéis recibido”. Hay gracias únicas, que se dan en los sacramentos del bautismo, la confirmación y el orden; y después hay gracias que necesitan renovarse continuamente como: las que recibimos en la penitencia, en la Eucaristía…».

«Yo creo –continúa el arcipreste– que los cristianos vamos descubriendo que no se puede ser cristiano sin sacramentos. Es imposible. Pero no porque esté mandado sino porque no puedo vivir sin ellos. Yo llevo toda mi vida alimentándome de los sacramentos, son fuente de agua viva. Pentecostés es un día para renovar la Gracia, sobre todo si se te ha quedado más seca. ¿Cómo? Pues confesándote si hace tiempo que no te confiesas, participando de la Eucaristía, dando un beso a tu mujer, llevando a tu hijo al parque, visitando a un enfermo… Es un día para revisar si los dones que tienes están dormidos. Nos han enseñado a reconocer nuestros fallos, pero debemos reconocer nuestros dones también humildemente. Ver qué talentos, dones o virtudes nos ha dado Dios, no tenerlos guardados. También nos viene bien que aquellos que nos quieren nos reconozcan esos dones, para que veamos que Dios ha estado grande con nosotros».

El «Shavuot» o Pentecostés judío

La fiesta de Pentecostés que los cristianos celebramos este domingo encuentra su origen en la fiesta judía del mismo nombre. El propio libro de los Hechos, al narrar el acontecimiento de la bajada del Espíritu Santo sobre los apóstoles, comienza diciendo: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos…». Era por tanto una fiesta que ya se celebraba pero a la que la comunidad cristiana dio desde aquel día un sentido nuevo.

Nuestros “hermanos mayores en la fe”, como llamó Juan Pablo II a los judíos, continúan celebrando su fiesta este día. Así lo explica el rabino de la comunidad judía de Málaga, León Benguigui: «Nosotros celebramos la fiesta de Pentecostés o “Shavuot”, que significa semanas, y también se conoce como fiesta de las primicias porque durante las mismas se ofrecían los primeros frutos de la cosecha. Y junto a ello, se conmemora la entrega de la tablas de la ley al pueblo de Israel a través de Moisés».

Los siete dones del Espíritu Santo

En cuanto a los siete dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios, López Solorzano explica que «los dones son como los carismas, los regalos que se nos dan; no se nos dan los siete, el Espíritu los va repartiendo entre todos a modo de regalos. Sería interesante que pudiéramos hacerle la pregunta de por qué nos da unos u otros. Y yo creo que Dios los reparte a quien quiere y porque quiere. En mi caso, por ejemplo, ¿por qué me llamó a ser cura si hay gente que vale más que yo? Y seguro que me responde: «porque quise y porque te quise». Lo mismo que eligió a los doce cuando en Galilea había gente mucho más buena; e incluso eligió al que lo traicionó. Es más, dice que elige a lo necio para que se vea más su misericordia; es decir, los dones van cayendo y nosotros somos cuencos de barro a los que Dios reconstruye cada día. Esos dones están al servicio del reino. En la medida en que yo me pongo al servicio del reino, los dones crecen; en la medida en que yo me pongo a mi propio servicio, los dones disminuyen. El don no es un título de por vida. Si está al servicio, se mantiene; si me lo guardo, se endurece; si el regalo genera gracia, funciona».

Los seres humanos –afirma el párroco de la Encarnación– «nos vamos configurando gracias a los modelos con los que crecemos: nuestra familia, por ejemplo. Mi madre es mi primera escuela; mi padre, mi primer maestro, son mis primeros catequistas. Dios nos regala a esos padres, a ese sacerdote o catequista… Son regalos que nos sirven para aprender. Todos hemos aprendido de alguien. Debemos nuestros talentos, virtudes y cualidades a otras personas que nos han enseñado en el camino de nuestra vida. Si eres una persona generosa, seguro que has tenido a tu lado personas generosas y has aprendido lo feliz que era esa persona siendo generosa. Si yo soy sacerdote es porque un día sentí la llamada de Dios, pero también porque he tenido sacerdotes buenos a mi lado y yo quise ser como ellos. Las virtudes son el fruto de esas personas que yo he visto felices a mi lado y he querido imitar y Dios me ha concedido parecerme a ellas. Los santos, igualmente, son modelos que nos pone la Iglesia para parecernos a ellos. Hay mucha gente santa que no está canonizada pero de los que hemos aprendido».

 

Beatriz Lafuente

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