Parroquia de El Salvador (Málaga)

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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Eucaristía celebrada en la parroquia de El Salvador (Málaga) el 10 de marzo de 2013.

PARROQUIA DE EL SALVADOR

(Málaga, 10 marzo 2013)

Lecturas: Jos 5, 9ª.10-12; Sal 23,2-7; 2 Co 5,17-21; Lc 15,1-3.11-32.

(Domingo cuarto de Cuaresma – Ciclo C)

1.- Celebramos el cuarto domingo de Cuaresma, el domingo de alegría porque la liturgia cuaresmal nos ofrece la parábola llamada del “hijo pródigo”, pero que deberíamos de llamar la parábola del Padre bueno, porque lo que se remarca es la presencia del Padre bueno que ama a su hijo y que lo acoge cuando regresa, a pesar de que se vaya.

Hay un proceso que podemos ver también en cada uno de nosotros en estas partes de la parábola. Podemos descubrir en ella el itinerario de la reconciliación:

Experiencia de pecado: «El hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente» (Lc 15,13).

En primer lugar, el hijo menor se aleja de la casa paterna. El hijo en cierto sentido reniega de su padre, se va, recoge lo suyo. Vivir en la casa del padre es vivir en armonía, en comunión, en paz, en fraternidad. Marcharse es romper esa comunión. El hijo rompe la comunión con el padre y con su familia.

Cuando nosotros pecamos rompemos la relación con Dios, nos alejamos de Él, no se aleja Él de nosotros, no nos suelta Él de la mano, le soltamos nosotros la mano y nos marchamos a nuestras cosas y proyectos.

Después, por no hacer más interpretación, cuando el hijo se va de casa, el ambiente de su vida no es de lo más halagüeño. Tener que compartir su existencia con los cerdos; no es una vida muy humana, con todo el respeto por los ganaderos, no me meto ahí. Hablamos de lo que significa irse lejos de la familia, lejos de casa, del padre, del calor del hogar. En el Evangelio esa figura de animal tiene un sentido de alejamiento de Dios, de pecado, de lo que separa, de dia-bólico.

Hay, por tanto, un pecado del hijo, un romper la relación.

2.- Memoria de la casa paterna

«Recapacitando entonces, se dijo: Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre» (Lc 15,17).

Posteriormente, el segundo paso es rememorar, hacer memoria de la casa paterna. ¡Qué bien que estaba y que mal que estoy! ¡Qué bien que comía y qué mal y que poco que como ahora! ¡Qué arropado estaba y cómo padezco aquí el abandono de mis amigos, o de los que creía mis amigos porque no me queda ya dinero!

Un recuerdo hacia la casa paterna donde se está bien, donde soy amado, donde soy querido, donde soy arropado, donde puedo comer.

Hemos de pensar en salir del pecado, en dejar el tipo de vida que me deja vacío. Quien se aleja de Dios la vida que tiene es vacía.

Los cristianos somos necesarios en este mundo, muy necesarios. Pensad por un momento hipotético que no hubiera cristianos en nuestra sociedad; si ya está como está, si no hubiera perdón, si no hubiera amor, si no hubiera cariño, si no hubiera caridad, si no estuviera la luz de Cristo ¿Cómo sería nuestra sociedad? ¡Una basura! En parte ya lo es por nuestro pecado.

La presencia del cristiano es necesaria para ir trasformando esta sociedad del vacío, de la porquería y de la nada; hacerla un hogar, volver a ser un hogar paterno.

3.- Conciencia de pecado y necesidad de retorno

«Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros» (Lc 15,18-19).

Cuando el hijo decide volver es porque tiene conciencia de pecado, tiene conciencia de que renegó de ser hijo de su padre. Volvamos a la casa paterna, reconociendo nuestro pecado. No hay nadie que esté libre, salvo la Virgen como excepcional privilegio. El resto de los mortales tenemos que pedir perdón al Señor, volver a la casa paterna.

4.- Movimiento de retorno

«Se levantó y vino a donde estaba su padre» (Lc 15,20). En el volver a la casa paterna hay un movimiento de retorno. Se levantó y vino a donde estaba su padre; pero se levantó. A veces, ¿qué nos pasa a nosotros? Decimos que queremos, pero continuamos donde estamos. Decimos que me gustaría volver, que me gustaría acercarme más a la Iglesia, que me gustaría pedir perdón al Señor, que me gustaría hacer las paces con mi hermano, con mis padres, que me gustaría… pero no muevo un dedo.

Hace falta moverse: “se levantó”. Hace falta levantarse de la caída. No solamente pensarlo. Los buenos propósitos solos no llevan a ninguna parte, hay que poner por obra.

5.- Encuentro entrañable

«Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos» (Lc 15,20).

Después del movimiento del hijo menor de regreso a la casa del padre se produce un encuentro feliz, un encuentro entrañable entre el hijo y el padre que estaban separados.

Dice el Señor en otra parábola: «Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15, 7). Es realmente una fiesta en el cielo y en la tierra. Es una fiesta cada vez que le pedimos perdón al Señor y nos limpia.

Tengo que deciros que, en mi experiencia de hombre pecador cada vez, cada año que pasa, disfruto más de pedirle perdón al Señor. La confesión que en momentos nos puede parecer una montaña, una dificultad, una vergüenza de tener que decir lo que hemos hecho, lo que somos, si lo veis desde el punto de vista positivo es como un baño tonificante. Cuando nos sentimos sucios sudorosos, pegajosos, lo que más deseamos ¿qué es? ¡Un buen baño o una buena ducha! Y después nos sentimos tonificados, ligeros, limpios. Esa es la imagen que a mí me gusta pensar de cara a la confesión.

Cuando me siento sucio y tengo ganas de que el Señor me limpie, para eso murió en la cruz, su sangre derramada nos limpia. Acercarme a la confesión con mayores ganas que tengo cuando necesito una buena ducha. Después disfrutar de esa alegría, de esa limpieza, de esa luz, de esa tonificación de mi cuerpo.

Un encuentro entrañable. Hagamos un encuentro entrañable en estos días próximos a la Pascua.

6.- Experiencia desbordante de perdón

«Traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete. Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado. Y empezaron a celebrar el banquete» (Lc 15,23-24).

Experimentemos lo desbordante del perdón, de la fiesta. El padre hizo una fiesta, porque es una fiesta regresar, no penséis en la confesión como una losa, como un compromiso, como una medicina mala que hay que tragar. Vividlo como una fiesta que vale la pena.

7.- Testigo de la misericordia

«Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación» (2 Co 5,19).

Y una vez experimentado el perdón de Dios convirtámonos en testigos de su misericordia. Seamos testigos de que hemos sido amados, de que hemos sido perdonados por el Señor.

8.- Cántico de alegría

«Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza» (Lc 15,25)

Esta experiencia de perdón y de testigos de la misericordia nos lleva a interrumpir en un cántico de alegría. Por eso hemos cantado en el Salmo interleccional: «Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sal 33). ¡Alegrémonos por lo que Dios nos ama!

9.- Invitación a la reconciliación

San Pablo en la carta a los Corintios nos ha invitado a la reconciliación y nos ha dicho: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Pero tened en cuenta que la reconciliación la ha hecho ya Jesucristo. En realidad, no me reconcilio yo; soy yo quien me he alejado; soy yo quien he renegado de mi padre. Pero es Jesucristo, el Hijo de Dios, quien me reconcilia a mí, quien se ha acercado a mí y me ha dicho: “ven y acompáñame al Padre”.

Hermanos, no es una iniciativa nuestra, la iniciativa la ha tenido ya Jesús, solamente es aceptar la invitación que Él nos haga. Jesús nos dice: “Venid y reconciliaos con el Padre. Ven y pide perdón porque yo ya he pagado por tu perdón en la cruz. Tu pecado ya está perdonado, pídelo. Asimila lo que yo ya te he regalado previamente”. Visto así es mucho más fácil pedir perdón al Señor. Sabemos que de antemano nos sentimos perdonados.

Esa frase del refrán que hemos escuchado en multitud de ocasiones es totalmente cierta: “Dios perdona siempre”. Por tanto, siempre que nos acerquemos a pedir perdón, aunque el juicio sea que eres reo, Dios siempre perdona. Los hombres perdonamos a veces.

Y el refrán termina diciendo: “la naturaleza no perdona nunca”. Y eso, también es cristiano, respetar a la naturaleza, también es importante.

10.- El domingo, pascual semanal

Hoy celebramos la pascua semanal. Los judíos celebraron la Pascua, cuando comenzaron a celebrarla y pasaron a la tierra prometida dejaron de percibir el maná y empezaron a comer del trigo y de los frutos que tenía la tierra prometida.

Nosotros estamos aún en el desierto de la vida y necesitamos del alimento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Necesitamos del altar, de la Eucaristía. ¿Sabéis lo que decían los primeros cristianos? “Sin el domingo no podemos vivir. Si no celebramos el domingo nuestra vida no tiene sentido”. Eso tendríamos que vivirlo nosotros. Si no celebramos el domingo nuestra vida está vacía.

Sin la Eucaristía semanal, sin alimentarnos de la Palabra y del Cuerpo de Cristo estamos exánimes, no tenemos fuerzas para nada, y el diablo podrá más con nosotros.

Nos hemos reunido precisamente para celebrar la pascua semanal, todos los domingos es Pascua. Celebraremos dentro de cuatro domingos la Pascua litúrgica de la Resurrección de una manera solemnísima, pero hoy domingo es la Pascua semanal. Es el retorno de los hijos, es el volver a la casa paterna, es volver a escuchar la voz del Padre, la voz del Hijo, a quien dijo: “escuchadle”. Es retomar fuerzas para ser testigos del Señor.

11.- Testigos del Evangelio

La barriada donde está ubicada la parroquia de El Salvador es muy grande. Creo que, si no es la más, es de las más grandes de la ciudad de Málaga y de nuestra Diócesis. Una parroquia territorialmente enorme. Vosotros sois los cristianos que vivís aquí. Vosotros sois los que tenéis que transformar esta sociedad gracias al alimento de Cristo, a la Luz de Cristo, a la Palabra de Cristo.

Si el cristianismo no nos transforma a nosotros y no transforma donde vivimos no es cristianismo. Será una forma de religiosidad popular o no popular. No es lo mismo ser religioso y creer en el Dios, o en la imagen de Dios que yo me he hecho; no es lo mismo eso, que ser cristiano y creer en el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, con todas las consecuencias. O cambia y transforma mi vida la fe, estamos en el Año de la Fe, o lo que yo tengo no es fe, es otra cosa: son ideas, son deseos, son proyectos. La fe transforma, porque la fe va unida siempre al amor y a la esperanza cristina. Y necesariamente cuando hay amor, el amor transforma.

Si no somos transformados y si no transformamos el lugar y la sociedad donde vivimos, pongámonos un gran interrogante a nuestro cristianismo, una gran duda.

Agradezcamos a Dios toda la salvación en esta parroquia de El Salvador. Él nos ha salvado, estamos ya salvados, correspondamos ahora a ese amor, cada uno con lo que le pida Dios.

Vamos a proseguir la Eucaristía y a pedirle al Padre que nos acepte en su compañía. También se lo pedimos, por intercesión de la Virgen, la sin pecado, la sin mancha, la llena de gracia, que nos ayude a volver a esa casa paterna. Que así sea.

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