Papa León, balance de un viaje

Diócesis de Málaga
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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Artículo del sacerdote diocesano Alfonso Crespo en el que hace un balance de la primera visita del papa León XIV a España, recreando las imágenes más impactantes, atendiendo a sus discursos y concluyendo algunas posibles pautas de compromiso.

Decía el papa León: «debajo de un campo rociado de cenizas, siempre se ocultan las ascuas del Espíritu, que puede volver a prender la llama de la esperanza de una nueva evangelización». La visita del Papa a España ha podido cambiar nuestra visión de la sociedad española, descubriendo que, bajo el manto de cenizas, que aparentemente cubre nuestro país, existen unas ascuas ocultas, un subsuelo de fe que ha salido a la luz de forma casi inesperada. El soplo del Espíritu se ha servido de un Papa “sorprendente”, para dejarnos a todos “sorprendidos”: pocos, muy pocos, yo el primero, esperábamos un viaje con este estilo directo y un mensaje tan claro; con una repercusión mediática, que ha impactado más allá de nuestra fronteras, superando muchas aduanas ideológicas.

Os propongo, ahora, hacer un balance del viaje papal, recreando las imágenes más impactantes y deteniéndonos en el podcast de sus discursos. Balance que puede sugerir pautas de compromiso.

Cuando las ciudades hablan

León XIV ha realizado un viaje apostólico a nuestro país con escala en tres ciudades, que han transparentado un mensaje. Madrid, la primera ciudad, ha sacado a la superficie la fuerza del amor que transforma, que hinca la rodilla en adoración al Señor y se inclina a servir a los más débiles. Un amor que se hace mensaje de vida y que provoca un diálogo social entre los diferentes, denunciando cualquier polarización estéril y pregonando el valor de la escucha. Dos momentos estelares: el silencio elocuente de la Vigilia de oración de los jóvenes y el mensaje ético vertido en el foro del Congreso, fruto de una fe que, en sana laicidad, quiere cooperar en la construcción de una sociedad más humana.

Barcelona, la segunda ciudad, ha sido un estallido de luz, porque la fe es una lámpara que brilla, que no se enciende para colocarla debajo de la mesa, sino para que alumbre a todos los de la casa: la cruz de Jesucristo, la más alta, genialidad de Gaudí, arquitecto de Dios, ha deslumbrado como un faro que invita a “alzar la mirada” al cielo, hacia un horizonte infinito que nos libere de la prisión de los pequeños círculos. El ascenso a la montaña de Monserrat, se convirtió en parábola: la casa de la madre es siempre hogar que acoge a todos sus hijos, que dialogan en el idioma común del amor.

Canarias, la tercera ciudad compartida, con su mensaje reiterativo, porque la esperanza nunca desiste, nos ha colocado ante la urgencia del discernimiento de una de las realidades más complejas que muchas veces nos dividen, cuando somos azuzados por ideologías recluidas en un slogan fácil y no somos movidos por la “magnífica humanidad de cada persona”. Canarias nos ha mostrado, como eco del papa Francisco, que cada uno debemos ser para el otro, un “puerto seguro”.

Cinco fotografías del viaje de León que animan nuestro peregrinaje

Ante un viaje tan brillante, el riesgo es quedar deslumbrados ante los escenarios exteriores. Felicitémonos por el éxito inmediato del viaje. Ahora, estamos invitados a dirigir nuestros ojos hacia nuestro interior y convertir en compromiso gozoso lo aprendido. Te ofrezco cinco sugerencias:

1. Multitud, pero no masa: somos pueblo peregrino

Se ha resaltado los encuentros multitudinarios, los seguimientos callejeros del papamóvil, los estadios con entradas agotadas sin posibilidad de reventa, porque hay encuentros que no tienen precio. Pero no nos debe deslumbrar el número. La multitud no puede derivar en una masa anónima y sin rumbo, sino alentar un pueblo que peregrina; el lamento de Jesús, al ver al pueblo “como ovejas que no tienen pastor”, se ha hecho susurro cercano en León: hemos reconocido en su voz la del Buen Pastor, que nos congrega a reconocer “un único Señor”, a profesar “una sola fe”, a sentirnos congregados por “un solo Bautismo”, caminando bajo la mirada de un “solo Dios y Padre”. Un canto a la comunión.

2. El amor nunca está ocioso

El Papa ha invocado a nuestros grandes santos para que fortalezcamos nuestra herencia de fe y nos empeñemos en la actualidad de sus enseñanzas. En este año jubilar de San Juan de la Cruz, citó su enseñanza clásica sobre la Noche oscura, que purifica la fe y que no desemboca en la amargura de las tinieblas, sino en “noche amable y más luminosa que la alborada”. En momentos de crisis, la enseñanza de la Noche es un mapa de rutas. El místico, que bregó en nuestra Andalucía, nos advierte: “el amor nunca está ocioso”. Una falsa mística puede reclinarnos en una mirada no al cielo, sino a las nubes; puede recluirnos en cenáculos de emociones fáciles, que recrean solo mi bienestar … El verdadero amor nunca está ocioso, sino que con “mano delicada” toca las heridas de quien sufre.

3. La fe no se puede ocultar

León XIV ha reivindicado la rica herencia que nuestro pueblo ha trasmitido a la humanidad. Nuestros antepasados, con sus defectos y limitaciones humanas, han contribuido a superar fronteras oceánicas y construir una comunidad multicultural bajo una lengua común y una fe compartida. Este manto de fe y cultura, este “humanismo cristiano” ha construido la mejor civilización de la historia, apoyada sobre sólidos cimientos fundamentados en la “magnífica humanidad” de cada persona, con derechos inalienables. La fe no puede ocultarse; quiere iluminar el paso de cada persona; dialogar para construir una sociedad mejor, más justa, más abierta. Contemplar la belleza de la cruz de Jesucristo, elevada por la fe y apoyada en creyentes como Gaudí, construye puentes de diálogo.

4. La esperanza nunca desfallece

La esperanza ha sido un hilo conductor, tejido como un cordel de tres cabos junto a la fe y el amor, que ha ayudado a unir ciudades, culturas y realidades tan distintas: “alzar la mirada”, evita la tentación de mirar solo al pasado y convertirnos en estatuas de sal; y nos alienta a mirar el futuro sin miedo ni egoísmo, evitando los círculos viciosos, sin salida, que nos hacen repetir los errores y no aprender de lo vivido. “Algo nuevo está brotando”, nos dice el profeta y así lo ha trasparentado la visita del Papa. Os invito a discernir “los signos de los tiempos” y buscar juntos las respuestas a las preguntas, a veces no formuladas, que hoy se plantea la humanidad. Ofrecer, como san Agustín, la alegría de nuestra fe puede ser la respuesta que muchos buscan “aun sin saberlo”, y llevarlos a exclamar: “Tarde te amé”.

5. Una historia común habitada en una sana laicidad

Somos propensos a señalar las diferencias y nos cuesta aceptar las coincidencias: un sano pluralismo enriquece una historia común; el pensamiento único asfixia, el diálogo expande la vida. Definir una “sana laicidad”, supone la humildad de querer aprender del otro: mi fe, hace posible tu negación; y tu no creencia, cuestiona la solidez de mi confesión. Mutuamente nos necesitamos, para dialogar y honradamente intentar convencernos, con la fuerza de las palabras. Estamos urgidos a “desarmar las guerras”, que combaten en las redes sociales. La mirada al pasado no se puede convertir en memoria que se atrinchera en la reivindicación agresiva, sino en una enseñanza ejemplarizante para no repetir errores. El Papa nos ha dejado deberes amables a todos: construir una nueva sociedad, “una tierra nueva y unos cielos nuevos”, que nos conduzca hasta una cuarta ciudad: la Jerusalén del cielo.

Al final del viaje podemos situarnos ante una disyuntiva: reclinarnos en la desilusión depresiva y en la apatía justificada de los agoreros que no ven nada más que cenizas… o bien, seguir la estela de León y atrevernos, de la mano del Espíritu, a remover las brasas que se esconden. El viaje continua: cada uno, creyente o no, puede recoger el testigo; ahora eres tú quien tiene la palabra.

Alfonso Crespo Hidalgo.

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