Oración ecuménica por la unidad de los cristianos (Catedral-Málaga)

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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, Oración ecuménica celebrada por la unidad de los cristianos en la Catedral de Málaga el 22 de enero de 2012.

ORACIÓN ECUMÉNICA

POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

(Catedral-Málaga, 22 enero 2012)

Lecturas: Ha 3, 17-19; 1 Co 15, 51-58; Jn 12, 23-26.

Todos seremos transformados

por la victoria de nuestro Señor Jesucristo

1.- Estimados pastores de las diversas iglesias cristianas, presentes en la diócesis de Málaga, y muy queridos fieles, que os unís a esta celebración ecuménica con motivo de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. En diversas comunidades, templos y lugares de la diócesis se están elevando oraciones al Señor con esta misma intención.

Los materiales de este año para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos han sido preparados por el “Consejo ecuménico polaco”, teniendo muy presente la historia civil y religiosa de su país. Polonia ha experimentado a lo largo de los siglos muchas derrotas y victorias: Ha sido divida y anexionada en distintas ocasiones por potencias extranjeras y a veces ha sido hecha desparecer por completo del mapa de Europa; gran parte de su población ha tenido que emigrar, lo que ha causado cambios significativos en la distribución de la población, también en lo que se refiere a la religión; experimentó el ateísmo materialista estatal de los países, que cayeron bajo la influencia de la antigua Unión Soviética, después de la segunda Guerra Mundial; después surgió un potente movimiento social y sindical, que fue decisivo en la caída del muro de Berlín; ha sido la tierra natal de Juan Pablo II, con todo lo que ha significado su pontificado para el mundo, Europa, la Iglesia y el compromiso ecuménico.

Todo esto ha llevado al grupo ecuménico, que ha preparado los materiales de este año a interrogarse sobre el significado de ‘victoria’ y ‘derrota’ a la luz de la fe. La reflexión sobre estos conceptos tiene una gran actualidad en nuestro mundo y también, de manera especial, en la Iglesia en España. El texto bíblico que se ha tomado como referencia se encuentra en el capítulo quince de la primera Carta del apóstol Pablo a los Corintios, en el que se habla de la resurrección de Cristo y de sus efectos.

 

2.- El apóstol Pablo nos exhorta a dar gracias a Dios, «que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Co 15, 57).

No es una victoria fruto de nuestro esfuerzo humano, ni una victoria según los criterios mundanos de éxito y fracaso, sino una victoria conseguida por Jesús, a través del misterio pascual y en la que participamos por la fe. 
Al hacer nuestra la victoria del Señor nos vamos transformando y configurando a Cristo, nosotros, nuestras iglesias y comunidades eclesiales: «Todos seremos transformados en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene el último toque de trompeta. Porque sonará la trompeta y los muertos serán resucitados para no volver a morir. Y nosotros seremos transformados» (1 Co 15, 51-52). 
Todos vamos caminando hacia la unidad de los que creemos en la victoria del Señor, según los criterios y los tiempos de Dios y no según los nuestros. Imagino que todos nosotros, pastores y fieles, deseamos vivir ya la plena unidad entre cristianos, pero no es así, por desgracia.
Este esfuerzo ecuménico requiere paciencia, servicio, disponibilidad a abandonar algunas formas eclesiales, que acaso nos sean familiares, pero no se corresponden adecuadamente al significado verdadero y lleno de la experiencia cristiana (cf. Comisión Episcopal para las Relaciones Interconfesionales, Mensaje para la Semana de Oración por la unidad de los cristianos, 1 [2012]).
El objetivo final es la participación en el Reino de Dios, en el cielo, revestidos de inmortalidad. Como dice san Pablo en su carta: «Cuando nuestra naturaleza corruptible se revista de lo incorruptible y nuestro cuerpo mortal se revista de inmortalidad, se cumplirá lo que dice la Escritura: La muerte ha sido devorada con victoria» (1 Co 15, 54). 

3.- El papa Benedicto XVI nos ha recordado que “el camino de la Iglesia, como el de los pueblos, está en las manos de Cristo resucitado, victorioso sobre la muerte y sobre la injusticia que él soportó y sufrió en nombre de todos. Él nos hace partícipes de su victoria. Sólo él es capaz de transformarnos y cambiarnos, de débiles y vacilantes, en fuertes y valientes para obrar el bien. Sólo él puede salvarnos de las consecuencias negativas de nuestras divisiones” (Benedicto XVI, Audiencia en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, Vaticano, 18.01.2012).
 

           

El objetivo final es la participación en el Reino de Dios, en el cielo, revestidos de inmortalidad. Como dice san Pablo en su carta: «Cuando nuestra naturaleza corruptible se revista de lo incorruptible y nuestro cuerpo mortal se revista de inmortalidad, se cumplirá lo que dice la Escritura: La muerte ha sido devorada con victoria» (1 Co 15, 54).

3.- El papa Benedicto XVI nos ha recordado que “el camino de la Iglesia, como el de los pueblos, está en las manos de Cristo resucitado, victorioso sobre la muerte y sobre la injusticia que él soportó y sufrió en nombre de todos. Él nos hace partícipes de su victoria. Sólo él es capaz de transformarnos y cambiarnos, de débiles y vacilantes, en fuertes y valientes para obrar el bien. Sólo él puede salvarnos de las consecuencias negativas de nuestras divisiones” (Benedicto XVI, Audiencia en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, Vaticano, 18.01.2012).

Para poder resucitar en Cristo, hemos de morir a nosotros mismos. El evangelista Juan así nos lo recuerda: «Os aseguro que si un grano de trigo no cae en la tierra y muere, seguirá siendo un solo grano; pero si muere, dará fruto abundante» (Jn 12, 24). Y también: «El que ama su vida, la perderá; pero el que desprecia su vida en este mundo, la conservará para la vida eterna» (Jn 12, 26).

4.- Estamos siendo testigos de la persecución contra los cristianos en diversos lugares de la tierra. Hemos vivido últimamente atentados contra iglesias cristianas en Nigeria y en la India. Estos hechos no son más que los últimos de una nefasta cadena de atentados contra personas y lugares de culto cristianos. El setenta y cinco por ciento de las víctimas del odio religioso en el mundo son cristianos.

Estas manifestaciones de cristofobia son un motivo, que hace mucho más urgente el testimonio de nuestra unidad y de nuestra solidaridad con nuestros hermanos cristianos, sean de la confesión religiosa y de la nación que sean.

5.- Haciéndome eco del mensaje de los obispos de la Comisión episcopal de relaciones interconfesionales para esta semana de oración por la unidad de los cristianos, os recuerdo, queridos hermanos, que “el camino hacia la unidad pasa por vivir intensamente y coherentemente la propia fe, sin adulterarla, ni ceder a las presiones del secularismo. Pasa por no avergonzarse de dar testimonio público de ella. Pasa por comprometerse con los demás cristianos, los creyentes de otras religiones y los hombres de buena voluntad por la justicia y la paz en el mundo, por la defensa y promoción de la vida humana y de la familia, fundada en la unión estable y abierta a la vida de un hombre y una mujer. Pasa, en definitiva, por una conversión real y profunda, por una configuración cada vez más plena a Cristo, muerto y resucitado, haciendo nuestra por la fe su victoria sobre el pecado y la muerte y manifestándola a través de nuestras obras” (Comisión Episcopal para las Relaciones Interconfesionales, Mensaje para la Semana de Oración por la unidad de los cristianos, 6 [2012]).

La nueva evangelización, a la que se nos convoca, pide también de todos nosotros un mayor esfuerzo ecuménico, para que nuestro testimonio cristiano sea más creíble.

¡Pidamos, pues, al Señor que la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos de este año nos ayude a todos a crecer en nuestra vida cristiana y en nuestra tarea ecuménica! Amén.

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