Homilía en la Solemnidad del Bautismo del Señor

BAUTISMO DEL SEÑOR

(Catedral-Málaga, 7 enero 2024)

Lecturas: Is 55, 1-11; Sal (Is 12, 2-6); 1 Jn 5, 1-9; Mc 1, 7-11.

Bautismo, incorporación a Cristo

1.- Celebramos hoy la fiesta del Bautismo de Jesús. Él comienza su vida pública después de hacerse bautizar por Juan el Bautista en el río Jordán (cf. Mt 3, 13). El bautismo de Juan era de penitencia y de perdón de los pecados; sin embargo, el Señor Jesús se sometió voluntariamente al Bautismo de Juan destinado a los pecadores. Se acerca a ese bautismo por voluntad propia, sin tener necesidad de ser perdonado y le dice a Juan que conviene cumplir la voluntad de Dios (cf. Mt 3, 15), porque Juan se resistía a bautizarlo.

Según el apóstol Pablo el creyente participa en la muerte de Cristo por el bautismo; es sepultado y resucita con él: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6, 3-4; cf. Col 2, 12). Nuestro bautismo, unido al misterio pascual de Jesús significa muerte al pecado y resurrección a una nueva vida.

2.- El bautismo de Jesús es una manifestación de su divinidad; y en este sentido con la fiesta del bautismo culmina el ciclo navideño. La Navidad es la manifestación de Cristo en el ámbito humilde de Belén; la fiesta de la Epifanía es la manifestación universal de Jesús a todos los pueblos; y el bautismo de Jesús es la revelación de la divinidad de Cristo. Podríamos afirmar que el bautismo es un eco o continuación de la fiesta de Epifanía, ya que completa su sentido con otra escena.

Hay varios signos epifánicos, que muestran la divinidad de Jesús: el cielo, que estaba cerrado para la humanidad por su pecado, se abre cuando se posa sobre Jesús el Espíritu, ungiéndolo como Mesías. La voz del Padre manifiesta que aquel hombre, aparentemente pecador, es su Hijo predilecto (prefacio). Se abrieron los cielos y se oyó una voz que venía del cielo que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). Otro signo es el agua, que simboliza vida y muerte a la vez.

El bautismo de Jesús es la revelación solemne, la manifestación o epifanía esplendorosa del Hijo de Dios.

3.- Después de su Resurrección Jesús confiere a sus apóstoles la siguiente misión: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 19-20; cf. Mc 16, 15-16). Este mandato de Jesús lo ha cumplido la Iglesia desde su inicio; y hoy damos gracias a Dios por el regalo de la fe en el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo; y vamos a cumplir el mandato del Señor de hacer discípulos y de bautizar.

San Juan, en su primera carta, nos ha dicho: «Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al que da el ser ama también al que ha nacido de él» (1 Jn 5, 1). Como vemos, fe y amor se complementan.

Los bautizados nos incorporamos a la muerte y a la resurrección de Jesucristo. San Ambrosio nos anima a considerar el origen de nuestro bautismo, que nace de la muerte y de la resurrección de Cristo. “Ahí está todo el misterio: Él padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado” (De sacramentis, 2, 6).

El profeta Isaías nos exhorta a buscar al Señor y a invocarlo (cf. Is 55, 6). El bautizado debe vivir al estilo de Jesús, abandonando el mal camino y convirtiéndose al Señor, que es rico en misericordia y perdón (cf. Is 55, 7).

En el bautismo hemos sido «revestidos de Cristo» (Gal 3, 27). Los sacerdotes nos “revestimos” para la liturgia, porque previamente vamos vestidos. Al nuevo bautizando lo revestiremos con una vestidura blanca, que simboliza la nueva vida de los hijos de Dios. Hoy es el día de su “renacimiento”; va ya vestido de su naturaleza humana y será revestido significando que es transformado y divinizado. El Espíritu Santo en el baño del bautismo nos purifica, santifica y justifica (cf. 1 Co 6, 11; 12, 13).

Hoy renovaremos todos nosotros las promesas bautismales.

4.- El Hijo de Dios, bautizado en el Jordán, nos regala el bautismo y nos hace “hijos adoptivos” de Dios. Hoy la Iglesia, a petición de sus padres, bautizará a este niño.

La comunidad cristiana os felicita, queridos padres y padrinos, por haber pedido el bautismo para vuestro hijo. Con la fuerza del Espíritu podrá llevar una vida más humana y de mayor riqueza espiritual.

Hoy le regalamos el gran tesoro de la fe, de la esperanza y del amor, las tres virtudes teologales, pidiendo a Dios que viva de su amor y que ame a los demás; porque siendo amado por Dios y por vosotros, será capaz de amar.

En la celebración veremos diversos signos: la luz, el agua, el vestido blanco y el crisma, con el que es ungido como hijo de Dios, como sacerdote, profeta y rey. Todos ellos tienen un significado especial y concreto.

5.- Queridos padres y padrinos, el Señor ofrece a vuestro hijo en el bautismo el mejor regalo de su vida: hacerlo hijo adoptivo de Dios y hermano de Jesucristo; y, por ende, partícipe de la fraternidad humana, como nos recuerda san Pablo: «Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 27-28).

Queridas familias, os animo a que eduquéis a vuestros hijos en el aprecio del bautismo y que festejéis en casa su aniversario. Enseñadles el amor a Dios y el amor a la Virgen. Nuestra Patrona es la Virgen de la Victoria.

Al final de la celebración ofreceremos al recién bautizado a la Santísima Virgen María, para que lo proteja con su amor maternal y le ayude a ser un buen cristiano. Amén.

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