Fiesta de los Santos Ciriaco y Paula, Patronos de Málaga

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, Jesús Catalá, con motivo de la Fiesta de los Santos Ciriaco y Paula, Patronos de Málaga, el 17 de junio en la Catedral de Málaga.

Lecturas: Sab 3,1-9; Sal 125,1-6; 1Ped 4,13-19; Lc 21,8-19.

Dar testimonio en la sencillez de la propia vida

1.- Nuestro mundo procura evitar el sufrimiento; y para ello se sirve de la técnica y de los avances de la ciencia. Con esta actitud se pierde la posibilidad de madurar, como decía el papa Benedicto XVI: “Ciertamente hay que hacer lo posible para aliviar el dolor de tantos inocentes y limitar el sufrimiento. Pero no existe una vida humana sin dolor, y quien no es capaz de aceptar el dolor se priva de las purificaciones, que son las únicas que nos hacen maduros” (J. Ratzinger, La Iglesia. Una comunidad siempre en camino, San Pablo, Madrid 2005, p.142). Tendríamos que meditar más este texto; tenemos ocasión de madurar como personas, sabiendo aceptar el sufrimiento. Una visión del mundo que no puede dar sentido al dolor y valorarlo no sirve; y fracasa cuando se plantea el sentido de la existencia. Por eso hay tantos suicidios. Los medios no suelen darnos estas estadísticas, pero en España hay muchas más muertes por suicidio que por accidentes de tráfico.

El apóstol san Pedro nos dice en su primera carta: «Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo» (1Pe 4,13). Los santos Ciriaco y Paula, nuestros Patronos cuya fiesta hoy celebramos, compartieron los sufrimientos de Cristo, aceptando en su carne la crueldad del martirio y dando sentido a su vida; con su gesto oblativo fueron purificados como oro en crisol y quedaron enriquecidos y aquilatados, adquiriendo más valor.

Ellos nos animan a aceptar los sufrimientos que la vida nos depara y a encontrar el sentido verdadero de la misma. Todo tiene su sentido en Cristo. No hay por qué huir ni de la vida, ni del dolor. Sabiendo aceptar el sufrimiento, el hombre crece y madura; y eso lo puede hacer unido a los sufrimientos y a la vida en Cristo, como hicieron nuestros Patronos.

2.- Pero no se trata de asumir con resignación humana el dolor, ni aguantarse porque no hay más remedio; sino de ofrecer con gozo la vida por el testimonio de Cristo: «Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros, porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros» (1Pe 4,14). El cristiano no debe avergonzarse de serlo; es más, si sufre por ser cristiano es una hermosa manera de dar gloria a Dios (cf. 1Pe 4,16). Pero nos cuesta aceptar que nos insulten, que nos desprecien, o que nos critiquen; pero si en vez de enfadarnos por esto, si lo supiéramos asumir, creceríamos como personas y haríamos bien incluso a quien nos hace el daño.

La sociedad en que vivimos nos invita a huir de las dificultades y a salvar la propia vida escapando de las situaciones embarazosas. Recientemente hemos visto un ejemplo de entrega de la propia vida por ayudar a otros; me refiero al joven español Ignacio Echeverría, “el joven del monopatín”. Nacido en El Ferrol, había cumplido 39 años y disfrutaba de un buen trabajo profesional; murió enfrentándose contra unos yihadistas, que estaban apuñalando a unas personas en Borough Market, junto al puente de Londres. Ignacio pertenecía a un grupo de Acción Católica de la parroquia de San Miguel en Las Rozas (Madrid). Como habéis podido comprobar, los medios de comunicación han valorado su gesto valiente, pero nadie ha dicho que era un católico practicante y que su religión le había enseñado a socorrer al necesitado, como enseña la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,33-37). En esta parábola el Maestro Jesús nos dice a todos: «Anda y haz tú lo mismo».

Nuestros Patronos nos dicen también hoy a nosotros: “Andad y haced lo mismo que nosotros hemos hecho”.

3.- Los santos Ciriaco y Paula dieron testimonio de su fe en Cristo; por ello fueron perseguidos y martirizados. Jesús lo había predicho a sus discípulos: «Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa mía» (Lc 21,12).

Poco sentido tendría ser perseguido por causa de una conducta execrable; porque quienes cometen actos punibles según la ley, también son perseguidos. La diferencia radica en ser perseguidos por mala conducta o ser perseguidos por causa de Cristo. Jesús dijo: «Así tendréis ocasión de dar testimonio» (Lc 21,13).

El discípulo de Cristo, que ha sido transformado por el encuentro con el Resucitado, debe dar testimonio de lo que ha vivido y experimentado; debe anunciar el Evangelio.

Al igual que los apóstoles y nuestros patronos, los santos Ciriaco y Paula, que dieron testimonio de su fe con el martirio cruento, sigue habiendo cristianos hoy día que, en diversas partes del mundo, sufren martirio a causa del Evangelio y son encarcelados, asesinados o vituperados. Muchos fieles cristianos de nuestro tiempo continúan dando testimonio del Señor Jesús con mucho valor, arriesgando la pérdida de sus bienes y de la propia vida.

4.- Nuestros Patronos, los santos Ciriaco y Paula, nos animan hoy a dar testimonio de nuestra fe cristiana, aún a riesgo de perder nuestra reputación, nuestra fama, nuestros bienes e incluso nuestra vida; el Señor nos recompensará con creces en la vida eterna.

Cada uno debería preguntarse –como nos anima el papa Francisco–: “¿Cómo doy yo testimonio de Cristo con mi fe? ¿Tengo el valor de Pedro y los otros apóstoles de pensar, decidir y vivir como cristiano, obedeciendo a Dios?” (Francisco, Homilía en el III Domingo de Pascua, 2. San Pablo Extramuros-Roma, 14.04.2013).

Todo cristiano está llamado a dar testimonio de su fe en la forma y manera adecuada a su vida. Es importante el testimonio sencillo de cada uno de nosotros, ofrecido en la cotidianidad de la vida familiar, en el trabajo, en los vínculos de amistad, en las relaciones sociales.

El Señor nos ha dicho: «Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,10). Entre estos podemos estar cada uno de nosotros, dando testimonio sencillo de nuestra fe y siendo luz del mundo. Tal vez el Señor no nos pida ofrecer nuestra vida de manera cruenta; pero nos pide el testimonio sencillo de cada día.

Pedimos a nuestros santos Patronos, Ciriaco y Paula, que nos ayuden aceptar los sufrimientos por causa de Cristo; a ser testigos valientes del Evangelio; y a dar nuestro testimonio en la cotidianidad de la vida. Amén.

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