Queridos diocesanos, amigas y amigos de Málaga y Melilla,
El domingo 28 de diciembre clausuramos el Año Jubilar 2025. Con tanta gracia recibida, afrontemos el desafío de comenzar de nuevo, siguiendo la tradición bíblica del Jubileo: la experiencia de la indulgencia de Dios impulsaba a tratar con indulgencia a las personas y a la creación. Por eso se cancelaban las deudas, se liberaba a los esclavos y se devolvían las tierras. Empezar de nuevo no es fruto de un esfuerzo voluntarista, sino el resultado de acoger la salvación que Dios nos ofrece, para que nadie quede prisionero para siempre de las estructuras de pecado, ni encadenado a sus acciones pasadas, ni sometido a viejos resentimientos.
Comenzar de nuevo no significa cambiar de lugar o de oficio, sino cambiar el corazón. Es cierto que lo hemos intentado muchas veces y, con frecuencia, no lo hemos logrado. Pero si profundizamos en la verdad de nuestras vidas, dedicamos tiempo al encuentro con Dios, nos dejamos conducir por su mano —aunque lo nuevo nos asuste— y aceptamos la ayuda de los hermanos, será posible sanar el corazón para amar más y mejor.
Nuestras familias y comunidades están llamadas a manifestar los frutos de este Jubileo: tiempos y espacios de gracia para sanar heridas, pedir perdón, propiciar encuentros, escucharnos de nuevo sin reproches acumulados, soñar juntos, atentos a las necesidades de tantos pobres de pan y de esperanza, y dispuestos a afrontar la urgencia misionera a la que somos llamados.
Nuestras parroquias, fortalecidas por la gracia jubilar, seguirán avanzando para ser mucho más que “un dispensario de productos religiosos”, “el territorio en el que vivo”, “la iglesia a la que voy a misa” o “el lugar donde se reúne mi grupo de fe”. Están llamadas a ser comunidades de comunidades vivas, corresponsables y misioneras, donde se respire la presencia de Dios y el amor a los más pequeños y vulnerables.
Este Jubileo nos invita también a comenzar de nuevo como Iglesia Diocesana, promoviendo en todos los bautizados, dentro de nuestras parroquias y comunidades, un profundo sentido de pertenencia a la Diócesis, que camina unida en torno al Sucesor de los Apóstoles. Necesitamos cuidar y promover la espiritualidad de comunión y las estructuras sinodales que la hacen posible. Podemos lograrlo de la mano de Dios.
Nuestra sociedad, asimismo, necesita nacer de nuevo. Muchas personas están cansadas de tanta confrontación y así lo expresan. Unámonos con decisión a esta corriente que apuesta por el respeto, la verdad, el cuidado y la fraternidad. Recordemos que la Iglesia es en Cristo «signo e instrumento… de la unidad de todo el género humano» (LG 1). Soñemos y trabajemos, junto con todas las personas de buena voluntad, por una sociedad donde nadie sea descartado, la dignidad de todos sea respetada y el cuidado de la Tierra sea una prioridad.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

