Mons. Catalá: «La Iglesia os necesita, queridos jesuitas»

Homilía del Obispo de Málaga en la celebración de la Eucaristía por el Bicentenario de la Restauración de la Compañía de Jesús en España. Presidida por el obispo, D. Jesús Catalá, y concelebrada por jesuitas de las distintas comunidades de Málaga, la Eucaristía contó con la asistencia de numerosos fieles, malagueños agradecidos por la labor de la familia de Ignacio de Loyola en la Diócesis.

EUCARISTÍA CON MOTIVO DEL BICENTENARIO DE LA RESTAURACIÓN DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

(Iglesia Sagrado Corazón-Málaga, 25 septiembre 2014)

Lecturas: Dt 30, 15-20; Sal 1, 1-6; 1 Tim 1, 12-17; Lc 9, 18-26.

1. El libro del Deuteronomio, que ha sido proclamado, nos ha recordado la exhortación de Dios de observar sus preceptos: «Yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla» (Dt 30, 16).

Ante el hombre se encuentra la posibilidad de vivir en Dios o de rechazar su amor, de aceptar el bien o declinarse hacia el mal: «Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal» (Dt 30, 15).

San Ignacio de Loyola, en su «Meditación de las dos banderas» propone al ejercitante la elección de seguir a Cristo, «sumo capitán», o secundar a Lucifer, «mortal enemigo de nuestra humana natura» (Ejercicios Espirituales, 136; cf. 138-143).

En palabras del Deuteronomio quien no escucha a Dios y adora a otros dioses, morirá sin remedio (cf. Dt 30, 17-18). Pero el que viva del amor de Dios y siga sus caminos, como dice el Salmo: «Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin» (Sal 1, 3).

2. La Compañía de Jesús ha sido como ese árbol, plantado junto al agua, que da sus buenos frutos. Hoy damos gracias a Dios por la restauración de la Compañía de Jesús. El 7 de agosto de 1814, tras 41 años de supresión de la Compañía, el papa Pío VII fue a la iglesia de Santa María la Mayor en Roma, donde San Ignacio había celebrado su primera Misa.

Con la bula papal Sollicitudo omnium Ecclesiarum restauraba la Compañía de Jesús y explicaba que necesitaba a los jesuitas, porque no podía atender las necesidades de la barca de Pedro, agitada y sacudida por continuas vorágines, rechazando «a los remeros expertos y valerosos, los cuales se ofrecen a romper las olas del piélago, que en cada momento nos amenazan con el naufragio y la ruina» (n. 6).

Siguiendo el deseo del Prepósito General de la Compañía de Jesús, no pretendemos hacer hoy un simple recuerdo de un hecho histórico, sino «promover una reflexión orante sobre nuestro pasado que haga posible un servicio más eficaz en el futuro… Aprender de las luces y sombras de nuestro pasado con el fin de percibir con mayor claridad y entregarnos con mayor generosidad a lo que el Señor pide de nosotros en el momento presente». Nos unimos, pues, a esta intención y al deseo de que esta conmemoración produzca nuevos procesos de renovación, que dinamicen la Compañía de Jesús y nos ayuden a cada uno de nosotros a ser más fieles al Señor. Esta renovación se pide no solo los jesuitas y a los que viven la espiritualidad ignaciana, sino a todos los fieles.

Unimos esta «memoria histórica» al «memorial eucarístico» de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo; porque en este memorial adquieren sentido pleno todos los avatares históricos de la humanidad, redimida en el madero salvador de la cruz. Todo sufrimiento y todo acto humano adquieren en el memorial eucarístico sentido pleno, unido al acto de amor de Jesucristo.

3. Podríamos detenernos en las causas de la supresión de la Compañía; pero no es el momento ni la sede. Tal vez hubo muchas presiones al papado por parte de reyes y magnates de entonces, que pudieran temer la merma de su poder temporal ante la presencia de jesuitas en puestos clave de la sociedad y el potencial educativo de centenares de colegios que formaban cristianamente la juventud.

Según los estudiosos la restauración de la Compañía se inserta en el movimiento reactivo de la restauración política y eclesial llevada a cabo en gran parte contra la revolución francesa y la ilustración.

Lo cierto es que la Iglesia, con la supresión de la Compañía, se vio privada de muchos hombres bien preparados en diversos campos; y la sociedad civil sin buenos educadores de la juventud, que se encontraba a merced de las ideologías del momento.

También hoy día existe una cierta beligerancia contra la oferta educativa de la Iglesia católica, y una promoción de una enseñanza estatal llamada «laica», pero que pretende la mayor parte de las veces un adoctrinamiento ideológico del pensamiento único. Parecer ser que la historia, en cierto sentido, se repite.

4. Celebrar la restauración de la Compañía nos invita a volver a las fuentes, dando gracias a Dios y confiando en su providencia; y también confiando en el carisma ignaciano como camino de esperanza y de ardor apostólico, que lleve a potenciar la nueva evangelización como nos piden los últimos Papas.

La reestructuración actual de la Compañía y la unificación de provincias, que los jesuitas están viviendo ahora en carne viva, puede ser un instrumento nuevo de vitalidad apostólica. Es necesaria una creatividad pastoral y una renovación de la vida personal y comunitaria, que susciten nuevas vocaciones.

Pedimos al Señor que os ilumine y os fortalezca, queridos hermanos jesuitas, para vivir el amor a la Iglesia, la identificación con la Compañía y la comunión fraterna; y para que os haga capaces de afrontar los nuevos retos y los obstáculos que hay que superar.

Para atender hoy a tantas personas que buscan a Dios, a veces sin saberlo, y anunciar la Buena Nueva a quienes la desconocen o la desprecian, son necesarios testigos valientes, llenos de celo apostólico y fieles al carisma ignaciano. Retomando los términos del papa Pío VII, seguimos necesitando «remeros expertos y valerosos» en la barca de Cristo.

5. San Ignacio invita en sus Ejercicios a mirar al mundo con la mirada de Dios-Trino: contemplar «cómo las tres personas divinas miraban toda la planicia o redondez de todo el mundo llena de hombres, y cómo viendo que todos descendían al infierno, se determina en la su eternidad que la segunda persona se haga hombre, para salvar el género humano» (Ejercicios Espirituales, 102).

La Iglesia os necesita, queridos jesuitas, para que os encarnéis en el mundo; para que lo contempléis con la mirada de Dios-Trino; para que transformando sus diversas culturas e iluminándolas desde la luz del Evangelio, como lo habéis hecho desde vuestros orígenes. Habéis estado presentes en todas las culturas; China ha sido un gran campo de trabajo vuestro. Es necesaria una mirada más penetrante al mundo, para comunicar la alegría del Evangelio, de la que nos habla el papa Francisco en su exhortación apostólica «Evangelii gaudium»; son necesarios modos cada vez más creativos e inculturados como ya decía Pablo al hablar de la «evangelización de las culturas» (Evangelii nuntiandi, 20). Y ahí tenéis una buena palabra que decir a nuestra sociedad y a nuestro mundo; y esa palabra la esperamos.

Como san Pablo, el apóstol de las gentes, podemos exclamar fiándonos de Dios: «Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fio de mí y me confió este ministerio» (1 Tim 1, 12). ¡Sed fieles al carisma recibido como don del Señor! ¡Volved a las fuentes de vuestra espiritualidad! ¡Vivid con ilusión y creatividad este momento histórico, que supone un cambio de época! No estamos ante un simple momento de cambio, sino ante un cambio de época (cf. Francisco, Evangelii gaudium, 52).

6. Según el evangelio proclamado hoy, cuando Jesús pregunta a sus discípulos «¿quién decís que soy yo?», Pedro hace una profesión solemne de fe, respondiendo: Tú eres «el Mesías de Dios» (Lc 9, 20). Confesiones de este tipo son las que necesita nuestro mundo; sin ambigüedades, sin miedos, sin manipulaciones. Estamos llamados a profesar esta confesión de fe ante nuestros contemporáneos.

Dios es el único absoluto y necesario; y el hombre está llamado a vivir en amistad con Él, para salvar su vida. En el evangelio se nos han recordado las palabras de Jesús: «El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará» (Lc 9, 24).

San Ignacio describe en sus Ejercicios este mismo destino del ser humano: «El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima» (San Ignacio, Ejercicios Espirituales, 23).

Nos unimos a la oración del Prepósito General, quien, al dar gracias por la restauración de la Compañía, pide «a Dios que la conmemoración agradecida de este doscientos aniversario de la restauración de la Compañía sea bendecida por una más profunda asimilación de nuestro modo de vida y por el compromiso cada vez más creativo, generoso y alegre de entregar nuestras vidas al servicio de la mayor gloria de Dios».

¡Que la Santísima Virgen María os bendiga y os acompañe en esta nueva singladura, queridos jesuitas, para seguir trabajando con generosidad en la barca de Pedro! Amén.

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