Misioneros intrépidos del Evangelio

Homilía de Mons. Jesús Catalá, Obispo de Málaga, en la Misa Crismal celebrada en la catedral.

MISA CRISMAL

(Catedral-Málaga, 1 abril 2015)

Lecturas: Is 61,1-3.6-9; Sal 88; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21.

Misioneros intrépidos del Evangelio

1. El Señor nos ha convocado un año más en esta celebración de la Misa Crismal, permitiéndonos agradecerle el que nos haya llamado para desempeñar el ministerio sacerdotal. Le estamos sumamente agradecidos por su elección, que expresa pura bondad y liberalidad suya y aceptación gozosa por parte nuestra.

Nadie puede pretender el ministerio por voluntad propia. Es Dios quien llama y elige; y no ciertamente en base a los méritos del llamado, sino por amor de elección divina.

Cada uno de nosotros, queridos sacerdotes, conoce sus propias miserias e infidelidades al Señor. Como dice san Pablo: «Muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo» (2 Co 12, 9). Llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4, 7). Dejemos que sea Él quien realice en nosotros y a través de nuestro ministerio las maravillas de su bondad.

Hoy, agradecidos por su infinito amor, le imploramos su perdón por no estar a la altura del servicio que nos ha confiado; y le pedimos que nos fortalezca y nos sostenga en la misión.

2. En el evangelio de Lucas, que ha sido proclamado, vemos a Jesús en la sinagoga de Nazaret, leyendo el texto del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva» (Lc 4, 18).

Jesús conoce bien su misión sacerdotal y durante su vida pública la desempeñará con inquebrantable fidelidad a la voluntad del Padre. Su docilidad lo llevará incluso a la muerte de cruz.

Al finalizar la lectura profética en la sinagoga, Jesús se sentó y dijo a los presentes: «Hoy se cumple esta Escritura, que acabáis de oír» (Lc 4, 21). Queridos sacerdotes, hoy se cumple también esta profecía, que Jesús actualiza a través de nuestro ministerio. Él quiere que seamos misioneros intrépidos del Evangelio.

También a nosotros nos ha ungido el Señor con su Espíritu para anunciar la Buena Nueva y «proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4, 19).

Dios quiere liberar a los oprimidos por el pecado y dar la vista a los ciegos (cf. Lc 4, 18): los que no ven a Dios o no quieren verlo; y ofrecerles la luz del Evangelio. Se nos invita a vivir a nosotros «como hijos de la luz» (Ef 5, 9) y a ofrecer esa misma luz a los demás.

3. Para ejercer como misioneros intrépidos es necesaria la oración, «sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía», nos dice el Papa Francisco (Evangelii gaudium, 259). Sin relación personal con el Señor no es posible llevar adelante la misión que se nos encomienda.

El Año Teresiano es ocasión propicia para profundizar y valorar cada vez más la oración del evangelizador y, por tanto, la oración del sacerdote. Debemos ser «amigos fuertes de Dios», que hablen a Dios de los hombres y a ellos hablarles de Dios. La oración debe ser para el sacerdote como el aire que respira, como el corazón que pone en marcha toda la actividad del cuerpo; sin la oración la actividad pastoral y la vida del espíritu queda inerte.

Como nos recuerda el papa Francisco: «Siempre hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad [cf. Propositio 36]. Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga» (Evangelii gaudium, 262).

4. El papa nos apremia a ser «evangelizadores con Espíritu», que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. Éste «infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente» (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 259).

No son tiempos fáciles para los cristianos; nos encontramos en una época de mucha persecución. Las ideologías y los fanatismos arremeten cruelmente contra quienes desean vivir con libertad la fe cristiana.

Necesitamos la fuerza del Espíritu, para que nos infunda audacia para anunciar el Evangelio.

El sacramento del orden nos hace capaces a los sacerdotes para llevar adelante nuestra tarea eclesial. Digamos con san Pablo: «Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio» (1 Tim 1,12). Es Cristo quien nos llama, quien nos capacita, quien nos sostiene y quien nos configura a su imagen.

5. El ejercicio del ministerio sacerdotal exige asumir los compromisos y vivirlos con alegría: «Jesús quiere evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras, sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios» (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 259).

Vivir el ministerio sacerdotal significa ejercerlo siempre, sin reducirlo a tiempos limitados, sino que toda nuestra vida debe ser un continuo desempeño de nuestra misión. No somos sacerdotes a tiempo parcial, como otras profesiones; es una vocación que implica toda la vida.

El papa Francisco advierte de la tentación de «una preocupación exacerbada por los espacios personales de autonomía y de distensión, que lleva a vivir las tareas como un mero apéndice de la vida, como si no fueran parte de la propia identidad» (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 78). Nuestra misión sacerdotal debe penetrar todo nuestro ser, sin limitaciones de tiempo, ni selección de tareas según preferencias propias; hay tareas que no nos gustan tanto, pero tenemos que realizarlas igualmente.

6. Queridos presbíteros y diáconos, deseo agradecer vuestra dedicación generosa y fiel al ministerio. El Señor está con nosotros y es nuestra fortaleza.

Y queridos fieles cristianos, amad a vuestros sacerdotes y rezad por ellos. Todos formamos la gran familia de los hijos de Dios y la misión de la Iglesia es nuestra misión, nada fácil en esta época.

Rezamos de modo especial por los sacerdotes enfermos, ancianos e impedidos, para que el Señor les reconforte. Y tenemos también un recuerdo por aquellos que partieron ya a la Casa del Padre; en este año recordamos especialmente a D. Antonio Dorado, quien pastoreó esta Diócesis durante casi dieciséis años.

Pedimos a la Santísima Virgen María que interceda por nosotros, para que tengamos un alma sacerdotal, entregada totalmente al Señor, sin reservas. Amén.

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