Los cristianos de Tierra Santa celebran la Epifanía en Belén

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Hace más de dos mil años, los tres Reyes Magos de Oriente llegaron a Belén. Seguían el rastro de una estrella que preanunciaba el nacimiento de algo extraordinario. Aquella luz les condujo hasta lo más grande, el Hijo de Dios, el Mesías esperado, el Salvador. Su búsqueda terminó a los pies de un recién nacido, envuelto en pañales y recostado sobre un pesebre. En aquella escena, Dios se presentaba al hombre como otro hombre -a su imagen y semejanza-, y nacía en la gruta oscura de una aldea lejana cuyo nombre, Belén, significa casa del pan. Allí nació el que hoy se nos da a través de algo tan familiar y ordinario como el pan, pero a la vez tan extraordinario y divino como la Eucaristía.

Cerca de aquel lugar, el rey Herodes buscaba el modo de deshacerse del Niño al que las escrituras se referían como el Rey de los judíos. El rey que sirve y ama a su pueblo de verdad, corre su misma suerte. Jesús, rey de los judíos, será perseguido desde su nacimiento hasta la muerte, al igual que su pueblo. Todavía hoy, judíos, cristianos y creyentes de otras religiones sufren la amenaza y la violencia de quienes discriminan y actúan con intolerancia, en Oriente Medio y el resto del mundo. El Rey de reyes y Señor de señores nació en una tierra, Palestina, ocupada entonces por los romanos y ahora, por el Estado de Israel. Hoy, mientras unos y otros se disputan el mismo territorio, su rey reina en otro mundo donde se encuentra la paz que todos desean.

HUELLAS

Aquellos reyes sabios que buscaban la verdad, fueron sorprendidos tanto por la sencillez, humildad y pobreza, como por la belleza y autenticidad de la escena de Belén. Todavía hoy se conservan intactas algunas huellas de aquella época, como la gruta de la Natividad, el campo de los pastores, o la gruta de la leche, donde según la tradición la Virgen alimentó a su Hijo hasta su huida a Egipto. También, la ciudad de Belén y su población continúan hoy sencillos y pobres como entonces. La sobriedad de la gruta donde nació Jesús contrasta con los restos del castillo de Herodes, cuyo nombre, «el Herodión», hace alarde de su grandeza y majestuosidad. Allí, el paisaje y las piedras hablan cuando los hombres callan, y se convierten en testigos fieles de los acontecimientos que narra el Evangelio.

Los pastores, que ignoraban las profecías contenidas en la Sagrada Escritura, se adelantaron al hallazgo de los magos. El cielo se les abrió cuando los ángeles descendieron para darles a conocer la buena nueva. Quienes día y noche vigilaban su rebaño, merecieron ser los primeros en conocer al Salvador. Dios valora y premia a quienes con su trabajo cuidan lo que creó, respetan su orden y velan por la paz. Dios percibe y valora el esfuerzo de quienes trabajan en servicio de los demás. El Todopoderoso invitó a quienes se hacen últimos a ser los primeros en contemplar el rostro de su Hijo Dios.

CELEBRACIÓN EN BELÉN

Estos días, como cada año por la fiesta de la Epifanía, los cristianos de Tierra Santa celebran en Belén la visita de aquellos magos, que reconocieron y adoraron al Niño Dios. El 5 de enero, el Custodio de Tierra Santa -cabeza de los franciscanos que desde el siglo XIII guardan los santos lugares-, se desplaza de Jerusalén a la gruta donde nació Jesús. Durante el trayecto, hace un alto en el camino para saludar a las autoridades israelíes en el monasterio de Elías. A continuación, atraviesa el muro y el check-point que separa Belén de Jerusalén y se dirige a la basílica de la Natividad, donde le reciben las autoridades palestinas y eclesiásticas del lugar. Durante la misa del 6 de enero, se muestra la imagen de un Niño Jesús, Príncipe de la Paz, sentado en un trono junto al lugar exacto de la gruta donde nació. Después en el pesebre, se le entrega el oro, incienso y mirra en recuerdo de los presentes de los tres reyes magos. Al final de la ceremonia, los fieles besan y adoran al Niño Jesús.

Ese Niño, Rey de los judíos, y Príncipe de la Paz, aguarda todavía hoy los regalos de todos aquellos que lo ignoran. No desea bienes o riquezas materiales, sino la conversión de sus corazones y la paz. Esa paz definitiva y duradera en la tierra que lo vio nacer, en su vecina y castigada Siria, y en el corazón de todos los hombres que ama el Señor.

El recuerdo de la Epifanía del Señor nos une hoy a tantos palestinos que, huidos de su país como huyó Jesús, celebrarán esta fiesta lejos de su tierra; a tantos cristianos de Oriente Medio que han sido mártires en el siglo XXI; y a los nuevos inocentes, víctimas del aborto, cuyas vidas han sido truncadas, igual que las de los primogénitos que Herodes mandó matar por miedo a perder su poder. Hoy, junto a la gruta de Belén, una cripta con decenas de tumbas pequeñas mantiene viva la memoria de aquel infanticidio cruel.

La Epifanía y su recuerdo también nos llena de esperanza, porque aquellos reyes, distinguidos entre sus iguales, supieron reconocer y adorar con sus dones a Dios. Y porque desde entonces, la paz reina ya en los corazones de todos los hombres de buena voluntad. Aquellos que agradecidos por lo mucho o poco que tienen, lo comparten con los demás.

Mª Ángeles Cabrera, investigadora en la Universidad Hebrea de Jerusalén

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