Las manos de Dios en Ronda

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«La Providencia nunca nos ha fallado». Con esa seguridad, las Hermanitas de los Pobres agradecen la ayuda de las personas que siguen permitiendo que, tras 140 años en la ciudad del Tajo, sean la familia de los mayores que no tienen a nadie.

La Residencia de Ancianos de las Hermanitas de los Pobres de Ronda se encuentra junto al paseo de los Ingleses, con vistas al Tajo. Sin embargo, su labor sigue siendo muy desconocida. «Hay mucha gente que valora lo que hacemos -dice su superiora, Sor Isabel–. Los que nos conocen, se «enganchan» y siguen ayudándonos según sus posibilidades. Pero todavía hay muchos, incluso aquí en Ronda, que no nos conocen, ni saben cómo es el centro ni cómo vivimos».

En la actualidad, son 76 los ancianos acogidos y muchos los que se encuentran a la espera de una plaza. «Las personas que acogemos no tienen recursos humanos ni materiales para los últimos días de su vida, y sus pensiones, si las hay, son muy bajas» afirma Sor Isabel. Con la parte del dinero que aportan a la casa se contribuye al pago del personal, compuesto ahora por 36 trabajadores externos. «Si tuviéramos más religiosas, no haría falta tener tantos, pero somos 11 hermanitas, algunas muy mayores, que hacen lo que pueden porque nosotras no nos jubilamos nunca, pero no tenemos nuevas vocaciones».

Con la llegada del frío, un nuevo reto se plantea a la residencia: acometer el coste de la calefacción, unos 8.000 euros al mes. Aunque van por las casas solicitando ayuda y tienen bienhechores y voluntarios que les echan una mano, las ayudas van disminuyendo y siempre es necesario redoblar la llamada a la solidaridad. «La casa se sostiene de la providencia de Dios, cada día la vemos de modo palpable. Pasamos por apurillos, claro, pero cuando estamos más apuradas, el Señor suscita los corazones para que vengan a nuestra puerta y nos ayuden. Vemos que la mano de Dios está con nosotras. La congregación lleva ya más de 200 años viviendo de la Providencia y nunca nos ha fallado» cuenta Sor Isabel, quien afirma ser feliz con su vocación.

«Es Jesús doliente el que está en el anciano, necesitado de mis pies, de mis manos, ¡de mi vida! Al final del día te sientes plena de felicidad porque has podido dar todo lo que tienes de ti misma para los demás».

José Luis Pereyra, delegado de Vida Consagrada, define la labor de las hermanitas como «cumplir lo que Jesús nos dice en el Evangelio, «estaba desnudo y me vestisteis, estaba en la calle y me alojasteis», sentir que la carne del hermano es también nuestra carne, que nos duele. Los religiosos somos signos proféticos de la misericordia de Dios. Somos sus manos que abrazan, que acogen, que cuidan»

Ana María Medina

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