
Suele pasar desapercibido cómo la simetría de la capilla de la Inmaculada se altera en su muro derecho, donde el zócalo queda interrumpido por un espacio encalado que se ajusta a la hechura y tamaño de una puerta.
Y es que, hasta 1936, aquí había una igual a la de la pared contraria y, como ésta, también conteniendo una tumba.
En este caso es la del canónigo Leonardo Urtusuastegui Zabal, natural del Valle de Gordejuela en Vizcaya, muy cerca de Bilbao, y con más de cuarenta y ocho años de servicio en la Catedral malacitana donde fundó varias memorias pías y costeó el embellecimiento del recinto por la devoción que profesaba a la Concepción de María.
A su muerte, el 2 de agosto de 1784, fue enterrado en este lugar y el paso del tiempo borró su memoria. No fue hasta 1856, cuando en el transcurso de unas obras, se encontró su sepultura y, una vez consultada la documentación del archivo, quedó identificado aquel cuerpo que había aparecido en un sorprendente estado de conservación. Fue entonces cuando el Cabildo dispuso grabar una inscripción en la puerta dando cuenta de la vida y los méritos del finado.
Lamentablemente, los desmanes de la Guerra Civil la destruyeron y, pese a que se tomó el acuerdo capitular de reponerla, nunca se ha efectuado. Al menos, que quede registro de la memoria de este ilustre prebendado en las páginas de DiócesisMálaga.

