Junto con el ayuno y la limosna, la oración constituye una de las tres prácticas que la Iglesia recomienda realizar de forma más intensa en este tiempo de Cuaresma.
La conversión que este tiempo de preparación para la Pascua pretende invocar, implica ponernos de cara a Dios, presentarnos ante Él en la desnudez del alma, en lo escondido de nuestra habitación (tanto física como interior), para “hablar de amistad con quien sabemos nos ama”, como decía santa Teresa. Jesús intensificaba la oración cuando se preparaba para momentos de especial relevancia, como antes de elegir a los discípulos, antes de realizar grandes milagros como la resurrección de su amigo Lázaro que nos relata el evangelio de este domingo, o antes de su Pasión, en Getsemaní.
Orar es solo entornar la puerta para dejar que entre Dios porque es Él quien suscita en realidad el encuentro, quien desea escucharnos y hablarnos. Como explicaba Juan Pablo II, «rezando nos ponemos bajo la mirada y en presencia de Dios mismo, le abrimos nuestro corazón. Y cuando Él encuentra la apertura interior de nuestro corazón, puede entrar y obrar en él, puede obrar desde dentro, puede transformarnos. Este es el poder de la oración».
DE LAS CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN
Grande eres, Señor, y muy digno de alabanza;
grande tu poder, y tu sabiduría no tiene medida.
¿Y pretende alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación,
y precisamente el hombre, que, revestido de su mortalidad,
lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de que resistes a los soberbios?
Con todo, quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación.
Tú mismo le excitas a ello, haciendo que se deleite en alabarte,
porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.
Antonio Moreno

