Homilía del obispo de Málaga en la Epifanía

Diócesis de Málaga
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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Mons. José Antonio Satué ha presidido, en la Catedral, la Misa con motivo de la Fiesta de la Epifanía del Señor, en la mañana del 6 de enero de 2026. «Estar atentos, ponerse en camino y dejarse cambiar. Estas tres actitudes son el regalo de Reyes que pido hoy para cada uno de vosotros, hermanas y hermanos, y para mí; de modo que también nosotros volvamos a casa por un camino nuevo, con un corazón más amoroso y esperanzado», expresaba el prelado malacitano en su homilía. Aquí pueden leerla al completo

Fiesta de la Epifanía, 6 de enero de 2026

Catedral de Málaga

En esta fiesta de la Epifanía celebramos la manifestación de Dios a todos los pueblos, no sólo al pueblo elegido. Hoy la Iglesia nos invita a ensanchar el corazón, a mirar más allá de nuestra familia, de nuestra ciudad, de nuestra nación, para contemplar a todos los pueblos; porque también ellos —como dice san Pablo en la segunda lectura— “son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio”.

Con este espíritu abierto, universal, verdaderamente católico —que significa precisamente eso: universal—, aprendamos de estos magos de Oriente. Quisiera subrayar tres actitudes suyas que pueden ayudarnos a crecer en nuestra vida cotidiana y en nuestra vida cristiana.

1. ESTAR ATENTOS

Los magos vieron una estrella. No era sólo un fenómeno astronómico: era un signo que conectó con un deseo profundo de vivir una vida más plena y auténtica.

Dios habla así: a veces con una estrella, otras con un sueño —como a san José—, otras en una brisa suave —como a Elías (1 Re 19,12)—. Jeremías nos recuerda que Dios escribe su palabra en el corazón (Jer 31,33). En la historia de Israel, Dios se manifiesta en éxitos y derrotas, en exilios y liberaciones; y también en lo cotidiano: encuentros, decisiones, crisis, alegrías.

En el Antiguo Testamento, Dios habló por los profetas; en el Nuevo, nos ha hablado definitivamente en Jesucristo, en sus gestos, parábolas, silencios, acciones, en su muerte y resurrección. Y san Pablo nos asegura que el Espíritu Santo sigue revelando el misterio de Dios.

Por eso necesitamos la vigilancia, esa virtud tan propia del Adviento pero necesaria en todo momento. Dios se manifiesta como quiere y cuando quiere, para mostrarnos caminos de superación, de vida más plena, de mayor comunión con Él y con los hermanos.

Estemos atentos a los deseos hondos de nuestro corazón, porque de vez en cuando la vida se nos queda pequeña y nos vemos impulsados a cambiar. También la vida cristiana se nos queda pequeña y necesitamos dar pasos adelante. Esa insatisfacción no es un defecto: es una llamada a crecer, a encontrarnos con Dios. Como decía san Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

Estemos atentos también a lo que sucede a nuestro alrededor: a quienes sufren, a quienes nos acompañan, a lo que ocurre en el mundo más allá del ruido mediático, a la grandeza de la creación. Dios sigue hablando.

2. PONERSE EN CAMINO

Isaías anuncia: “Caminarán los pueblos a tu luz”. Y los magos dicen: “Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. La fe no es estática: es camino.

Los grandes creyentes de la historia son peregrinos, son caminantes con destino, aunque a veces parezca que vamos dando tumbos sin dirección.

Abraham, el padre de los creyentes, deja su tierra sin saber adónde va; su vida entera es un camino sostenido por la promesa. Moisés guía conduce a Israel desde la esclavitud hacia la libertad; su fe se forja en la marcha por el desierto. La vida de David es un peregrinaje interior: caída, arrepentimiento, confianza radical en Dios.

La conversión de San Ignacio de Loyola comienza literalmente con una peregrinación hacia Montserrat y Tierra Santa; su vida espiritual es un camino de búsqueda de la voluntad de Dios. Santa Teresa de Jesús aunque no viajó tanto físicamente, su obra es un viaje profundo hacia la unión con Dios, de morada en morada. Los misioneros y misioneras de todos los tiempos, como San Francisco Javier o Santa Laura Montoya, caminaron y caminan para compartir la alegría y la esperanza del Evangelio.

También nosotros somos peregrinos: no hemos llegado aún a la patria definitiva. A veces caminar significa desplazarse de un lugar a otro; siempre significa cambiar actitudes, prioridades, apoyos, actividades.

Dios se manifiesta en el camino. Por eso el papa Francisco recuerda en Lumen Fidei que “la luz de la fe no ilumina toda la realidad de una vez, sino que guía los pasos en el camino e ilumina cada instante en la medida en que avanzamos”.

3. DEJARSE CAMBIAR

Los magos cambiaron su sensibilidad y su mentalidad, pues fueron capaces de reconocer al Dios omnipotente en un niño que llora, a la Sabiduría eterna en un bebé que no sabe hablar, a la verdadera riqueza en una familia sin sitio en la posada. Y después del encuentro, “se retiraron a su tierra por otro camino”. No es sólo un detalle geográfico: es un símbolo. El encuentro con Dios cambia la vida.

Pero dejarse cambiar no es fácil. A veces nos parecemos a Nicodemo: un hombre bueno, sincero, religioso… pero bloqueado. Cree que su historia está cerrada. Por eso, cuando Jesús le dice: “Hay que nacer de nuevo”, responde: “¿Cómo puede un hombre viejo volver a nacer?” En el fondo dice: “No puedo cambiar. Ya es tarde para mí”.

Jesús no lo regaña ni lo humilla, pues sabe lo que nos cuesta convertirnos. Le revela algo decisivo: el cambio no depende sólo de ti. “El que no nazca del agua y del Espíritu…” Es el Espíritu quien transforma. No es cuestión de fuerza de voluntad, sino de dejarse hacer.

Y el Evangelio nos muestra que Nicodemo sí se dejó cambiar: defiende a Jesús ante el Sanedrín y, cuando todos huyen, aparece junto a la cruz para honrar su cuerpo. El que vino de noche termina caminando a plena luz.

Si el cambio fue posible para Nicodemo, también lo será para ti y para mí, si nos dejamos hacer con confianza.

CONCLUSIÓN

Estar atentos, ponerse en camino y dejarse cambiar. Estas tres actitudes son el regalo de Reyes que pido hoy para cada uno de vosotros, hermanas y hermanos, y para mí; de modo que también nosotros volvamos a casa por un camino nuevo, con un corazón más amoroso y esperanzado. Amén.

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