Francisco Javier, un misionero intrépido

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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Francisco pudo tener un brillante porvenir. Soñaba con tener un buen puesto de prestigio; amante del deporte; un joven sin grandes carismas, pero con muchas posibilidades económicas que aprovechó marchándose a Francia a estudiar pensando que la carrera eclesiástica le daría un buen puesto de prestigio en la Iglesia de Pamplona y con buena remuneración económica. A Dios no le debieron gustar mucho los proyectos de Francisco, pero cuando alguien quiere hacer de su vida algo grande, algo que valga la pena, Dios lo tiene fácil y sobre todo cuando se encuentra con un buen trozo de madera para poder modelar como era la madera de Francisco.

En París lo mete en el camino de Ignacio de Loyola como compañero de estudios y es entonces cuando los planes de Francisco comienzan a tambalearse. Al escuchar una y otra vez la frase repetida de Ignacio: «de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma», se siente cada vez más «tocado» y la buena pasta de que estaba hecho respondió en el momento preciso a la llamada de Dios. Se ordena sacerdote el 24 de Junio de 1537. Tiene 31 años.

RENUNCIAS

Javier era una figura en competiciones de atletismo y supo renunciar a ellas. Renunció poco a poco a sus anhelos de honores y fama, a los títulos nobiliarios y hasta una cátedra vacante. Sin pensárselo decide unirse a otros seis compañeros: Ignacio, Farve, Diego Láinez, Alonso Salmerón, Simón Rodríguez y Nicolás Alonso (Bobadilla).

En este pequeño grupo se comienza a gestar lo que va a ser después un alma intrépida, un personaje que busca incansablemente a Dios con grandes deseos de superación, ilusiones y entusiasmo.

En un París lleno de diversiones, juegos, vida nocturna, donde otros compañeros se las pasaban en grande, el grupo decide algo insólito: hacer los votos de pobreza, castidad y obediencia en una ceremonia sencilla y fraterna, llena de emotividad el día 15 de Agosto de 1534, fiesta de la Asunción. Francisco tiene 28 años y promete vivir pobre y casto para el resto de su vida. Su mente y su corazón estaban llenos de sueños e ilusiones. Nace así el primer grupo de la Compañía de Jesús.

En Roma, ya eran conocidos por el Papa PabloIII que no dudó en aceptar la fundación de esta nueva familia misionera.

Por este tiempo, en Lisboa, el rey Juan III busca colaboradores para enviar a la India, a las colonias Portuguesas y pide a través de su embajador en Roma a seis sujetos dispuestos a esa gran tarea. Ignacio decide mandar a dos de ellos: Simón Rodríguez y Nicolás Salmerón (Bobadilla), pero mira por donde, Bobadilla se pone enfermo y don Ignacio de Loyola no tiene otra idea que pensar en Francisco para sustituirlo.

Ignacio le dice: -maestro Francisco, «ya sabéis que por orden de Su Santidad han de ir dos de nosotros a las Indias y que uno de los elegidos, Bobadilla, no puede ir por encontrarse enfermo». Francisco respondió sin dilaciones: – pues ¡sus! Heme aquí (que quiere decir: aquí estoy).

Loyola dice de él que es el metal más resistente y precioso que ha encontrado en su vida. Francisco lo tenia claro desde hacia tiempo. Quería hacer de su vida lo que Dios le fuera indicando sin mirarse al ombligo, sin pensar en sí mismo, en los riesgos, sin pensar ni si quiera en sus limitaciones humanas. El corazón de Francisco estaba ya maduro para dar el ¡sus! heme aquí, con total disponibilidad. Y pensar que en su tiempo decir la India era lo mismo que decir todos los países del oriente donde los Portugueses tenían sus colonias: India, Ceilán, Malasia, los archipiélagos de Borneo y un sin fin de islas del pacífico. Francisco lo sabia y dice SI, aquí estoy. Y es que Francisco se fió de Dios, sabia que no le podría fallar y se pone enteramente en sus manos con total disponibilidad.

LLAMADA MISIONERA

Ignacio había infundido en Francisco una actitud fundamental en el cristiano: para percibir la voluntad de Dios hay que vivir en contacto con Él, compartiéndolo todo con quien es el mejor amigo, consejero, Padre. Francisco se forja en esta actitud a través de los ejercicios espirituales y termina siendo un experto en el discernimiento de lo que Dios iba queriendo de él en su vida y no duda de su vocación misionera porque sabe a ciencia cierta que Dios se lo pide.

Porque supo estar cerca de Dios, en contacto personal con Él, para Francisco no fue difícil la opción por la evangelización de fronteras. Siente con gran ímpetu su vocación misionera dejándose guiar por el Maestro, y hace gala de lo que Dios puede obrar en el corazón humano: amar apasionadamente a Dios y con las mismas fuerzas entregarse a los hermanos, a los más pobres y alejados que no conocen esta fantástica fuerza.

Francisco no tenía cualidades excepcionales, hay quien las tiene mucho mayores que él, pero su cualidad excepcional fue la de saber ponerse sin reservas en las manos de su Señor. Con esta increíble fuera, Francisco sale de su tierra, de su cultura, del bienestar y viaja en barco miles de kilómetros para ser testigo del evangelio con energía y convicción, desde Lisboa a Mozambique, Boa, Santo Tomé, Kagoshima, Kyoto, China y Japón.

Su dinamismo evangelizador y misionero, impulsado por su pasión por Dios y los pobres aguantó los riesgos, la enfermedad, el cansancio y el sacrificio. Todo, por la expansión del Reino de Dios. Así escribe francisco a sus amigos: «a pesar del sufrimiento, las dificultades de cultura, lengua, tradiciones… soy inmensamente feliz. «Me valió la pena fiarme de Dios-escribe- y por ello siento una felicidad inmensa».

Luis Jiménez, delegado de Misiones de Málaga

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