Seminaristas y formadores se levantaron el 8 de diciembre al son de villancicos con los que celebrar la fiesta de su Patrona, la Inmaculada Concepción. Tras un desayuno especial, encaminaron sus pasos hacia la Catedral para celebrar la Eucaristía, presidida por el obispo, D. José Antonio Satué. En dicha celebración, el seminarista Álvaro Dawid de Vera recibió el ministerio del lectorado y David Mezcua Zayas, el de acolitado.
Familiares y amigos los esperaban en el primer templo malagueño para compartir con ellos el día de su Patrona y el Jubileo del Seminario.
Mons. Jesús Catalá, obispo emérito de Málaga, y Mons. Edward Charles, arzobispo de Freetown (Sierra Leona), de visita en Málaga, concelebraron la Eucaristía junto al rector y el vicerrector el Seminario, Juan Manuel Ortiz y Juan Baena; el deán de la Catedral, José Manuel Ferrary; y otros sacerdotes de la diócesis.

En su homilía, Mons. Satué Huerto profundizó en dos actitudes «fundamentales a cultivar: escuchar y ofrecerse. El Evangelio que acabamos de proclamar nos lo recuerda con claridad. María escucha al Señor y, aunque no comprende del todo lo que se le anuncia, se ofrece con confianza: “Hágase en mí según tu palabra”».
Y es que, en palabras del obispo malacitano, «existe una cierta circularidad entre escuchar y ofrecernos a Dios, y escuchar y ofrecernos a las personas. Cuando escuchamos y nos entregamos al Señor, Él mismo nos impulsa a escuchar y a entregarnos a nuestros hermanos; y, a la inversa, cuando nos abrimos a los demás, aprendemos también a abrirnos a Dios. Pensemos en María: ¿podríamos imaginar a la Virgen atenta únicamente a la Palabra de Dios y a su servicio, pero indiferente a las palabras y necesidades de su familia y vecinos? Es evidente que no. El cerrarnos a Dios y el cerrarnos a las personas van siempre unidos. El libro del Génesis lo muestra con claridad desde Adán y Eva, que al mismo tiempo rechazan a Dios y se enfrentan entre ellos».

En ese marco de escucha y entrega, el pastor de la diócesis de Málaga se dirigió directamente al seminaristas Álvaro Dawid de Vera, que recibía en ministerio del lectorado, «que lo vincula más estrechamente con la Palabra de Dios»; y al seminarista David Mezcua Zayas, que recibía el ministerio del acolitado, «que lo acerca más al altar, signo supremo de la entrega de Jesucristo».
«Querido Álvaro», le decía, «a lo largo de tu vida has ido descubriendo, en tus estudios como periodista, el poder de la palabra. En tu familia, en tu parroquia de San Fernando y con el testimonio de tantos compañeros de estudios, también has profundizado en la riqueza de otra palabra: la Sagrada Escritura. Te has visto reflejado en muchos de sus personajes, en los pecados de unos y las esperanzas de otros; te has ido enamorando de Jesús, al contemplar sus acciones y escuchar sus palabras. Seguramente, habrá pasajes de la Biblia que te emocionan cada vez que los lees. Como los discípulos de Emaús, habrás descubierto el sentido de tantos momentos incomprensibles, en la escucha atenta de la Palabra».

Y lo animaba a acoger el don de la Sagrada Escritura y asumir «el gozoso compromiso de leerla frecuentemente, con alma de discípulo, siempre dispuesto a aprender; con actitud orante; para que puedas experimentar la fuerza transformadora de la Palabra, viva y eficaz; para que puedas percibir que Dios te habla a ti, para iluminar tu camino, para que puedas proclamar su Palabra, autorizadamente, con tu voz y con tu vida».
Y después se dirigía a David, quien recibiría el ministerio del acolitado: «Querido David (…) Este ministerio te aproxima al altar, es decir a Cristo, a ese Cristo que ofrece su vida entera, por amor al Padre y a la humanidad; a ese Cristo que tocó tu corazón a través de la entrega generosa de tus padres, sanitarios, en plena pandemia, que te llamó en la parroquia de Santa Rosa de Lima a ser parte de la respuesta de Dios al sufrimiento de este mundo».

Y añadía, «el ministerio del acolitado te acerca a ese Cristo que, además de ser amigo, maestro y señor, quiere ser tu pan, tu alimento, tu fuerza. (…) Por tanto, querido David, no te acerques al altar con superficialidad; acoge el don de la Eucaristía; mejor dicho, acoge a Cristo Eucaristía como tu mejor alimento, como un pobre que recibe un tesoro inmerecido».
Y dirigiéndose a ambos les recomendaba que recibieran esta institución «no como una especie de nombramiento para ser lector y monaguillo “profesionales”; sino como una llamada a vivir con mayor intensidad vuestra relación con Cristo, Cristo Palabra y Cristo Eucaristía. Os animo, asimismo, a vivir estos ministerios laicales como una invitación a conocer y a apreciar los diversos carismas que el Espíritu de Dios suscita en los laicos, mujeres y varones; carismas que, cuando Dios mediante seáis sacerdotes, tendréis que alentar y reunir en la comunidad que os sea confiada».
Tras la celebración de la Eucaristía en la Catedral, en la que Mons. Satué impartió la bendición con indulgencia plenaria, los seminaristas y formadores regresaron al Seminario para hacerse la foto de familia en la puerta de la Capilla del Buen Pastor y compartieron la mesa con sus familias, para culminar la tarde con una velada festiva y el rezo de las vísperas, en las que acogen a los nuevos seminaristas que se han incorporado este año y les hacen entrega de la Cruz del Buen Pastor.


