Encuentro de los responsables de las comunidades Neo-catecumenales de Andalucía Oriental (Hotel Los Abades-Loja)

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Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en el Encuentro de los responsables de las comunidades Neo-catecumenales de Andalucía Oriental (Hotel Los Abades-Loja) celebrado el 28 de octubre de 2016.

ENCUENTRO DE LOS RESPONSABLES DE LAS COMUNIDADES NEO-CATECUMENALES DE ANDALUCÍA ORIENTAL
(Hotel Los Abades-Loja, 28 octubre 2016)

Lectura: Mt 16,13-20.

1.- Haber proclamado este Evangelio en una celebración penitencial es ir a la raíz de la confesión de la fe. La pregunta que Jesús hace a sus apóstoles es para verificar dónde tienen el corazón, dónde han puesto el corazón y la cabeza. Les pide, en realidad, una profesión de fe: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» (Mt 16,13). Hay muchas teorías.
Si preguntásemos eso a nuestros coetáneos escucharíamos más diversidad aún de teorías o de pareceres de los que escuchó Jesús. Y eso se nos filtra dentro por osmosis, se nos pega el polvo del camino de nuestra sociedad y necesitamos limpiar los pies, limpiar el corazón de los afectos y limpiar la cabeza de la imagen que tenemos de Dios. Es algo muy importante.

2.- Benedicto XVI insistió en su pontificado en el misterio de Dios y su centralidad en nuestras vidas.
Jesús después de esa pregunta, que creo era para despistar, para ver qué pensaban los discípulos, es más directo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,15). ¿Quién es Dios para ti? ¿Quién es Cristo para mí? Ya no vale decir lo que opinan los demás o, incluso, lo que yo opinaría. ¿Qué es para mí?, ¿quién es Dios para ti?
Pedro, como siempre, es el gran confesor de Cristo, el confesor de su divinidad; también lo hará Tomás después de la resurrección, que es la mejor confesión de fe en la divinidad de Jesucristo. Pero Pedro se adelanta y Jesús le reconoce que esa es una confesión de fe revelada. «Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”» (Mt 16,16). Y Jesús le respondió: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17).

3.- Esa respuesta de Pedro no es una conclusión de un razonamiento lógico, pues sería el dios de los filósofos. Esto no es una invención, a Dios no lo inventamos, aunque nos critiquen que es una invención de los cristianos o que la Iglesia es una invención de los curas. Esto no son invenciones, no son frutos de un razonamiento, esto es fruto de la revelación. Dios se lo ha revelado a Pedro, ni su carne, ni su sangre, ni su inteligencia, ni su capacidad, ni su humanidad, ni su creatividad. Eso se lo ha revelado Dios. Es un don, es una gracia que nos concede el Señor: la fe.
Y a partir de la profesión de fe es cuando el Señor le encarga a Pedro que perdone en su nombre los pecados, que ate o desate: «Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16,19).

4.- Fundamentalmente, por tanto, la vinculación nuestra con el Señor ha de partir de la profesión de una fe fundamental o básica.
Dicen que cuando hay ausencia de Dios o difuminación de la imagen de Dios se pierde el sentido del pecado. Imagino que los presbíteros que tengo a mi lado habrán escuchado muchas veces que se acerca un penitente y dice: «No tengo pecados». Esta frase o parecida. Y, ante esa afirmación tengo la tentación de preguntar: «Pero, ¿crees en Dios?, ¿qué es Dios para ti?». Que es la pregunta que Jesús hace a los apóstoles. Si no se tiene fe en Dios no se tiene conciencia de pecado. Pero cuando uno cree, por revelación, en la existencia de Dios, en la paternidad de Dios, en la infinitud de Dios, en la bondad de Dios, en la misericordia de Dios, es cuando uno se ve pequeño ante Él.
El Dios Padre que es misericordioso tiene el corazón que sabe amar y perdonar, sabe acoger las miserias humanas. Lo hemos reflexionado muchas veces en este Año de la Misericordia que está por terminar. El Dios misericordioso tiene un corazón que acoge las miserias del hombre, que me comprende, que me ama, que me perdona.

5.- Hay dos términos bíblicos que expresan la misericordia de Dios. Uno es la palabra hesed, equivale a la alianza; Dios es fiel a su amor, a su esposa. Recordad todas las imágenes de los profetas que denuncian la infidelidad de la esposa, del pueblo de Israel a Dios, pero Dios mantiene su amor eterno, su fidelidad perpetua. Dios es un sí siempre, no es un «sí» y un «no». Nosotros somos «sí o no», decimos sí hoy y mañana caemos, nos distanciamos. Dios siempre permanece fiel: hesed, alianza eterna de amor.
Y la otra palabra es rahamim que es entrañas; entrañas de mujer con capacidad de fecundar vida nueva. Todos, varones y mujeres tenemos entrañas viscerales; pero la palabra hace referencia a las entrañas de mujer que puede fecundar, que puede hacer fructificar. Dios tiene unas entretelas finas que se conmueve del pecador, del pueblo, de su esposa, de nosotros, se conmueve, se «con-misericordia», se conmisera, se pone a nuestro lado en nuestra situación de polvo, de barro, de loza deshecha para recomponernos.

6.- Fijaros que proviene todo de la confesión de fe y no tiene sentido confesarse de los pecados sino hay confesión de fe. No tiene sentido y no acabo de verme pecador cuando no acepto lo que Dios significa en mi vida, como central, como el todo y que mi vida ha de ir girando en torno a la persona de Cristo, a las tres Personas de la Santísima Trinidad. La salvación la hacen las tres Personas conjuntamente, en sinergia.
Ahora cada uno puesto ante Dios, en quien cree como a su Dios, como a su Señor, como a su Padre misericordioso, reconocemos nuestra miseria para que Él sea misericordioso conmigo. Eso solo lo puedo hacer poniéndome delante de Dios con humildad y sencillez.

7.- Después, esa Luz me iluminará qué campos o aspectos de mi vida son aquellos en los que he fallado. ¿En qué momento o en qué aspecto no he amado, no le he correspondido a ese amor de entrañas de misericordia? En la convivencia con mis cercanos, con mi familia, en el trabajo, en el tiempo libre, en el tiempo de ocio, en mi palabra, en la expresión, en la valoración de los hermanos…
Cada uno puesto ante el Señor en esa confesión de fe hacemos confesión de los pecados. Nos reconocemos ante Dios como un miserable pecador y esperamos el amor, el perdón y la misericordia que nos viene de Él.
Cuanto mejor sea nuestra confesión de fe, nuestra imagen de Dios, más objetivamente vivida, más sensibilidad tendremos a la hora de reconocernos pecadores y a la hora de agradecer el perdón de Dios. Esto va parejo. En la medida en que menos vivencia de Dios tenga en mi vida, menos conciencia de pecado tendré.
Proseguimos con la oración que nos presenta el ritual.

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