Encuentro de catequistas de la provincia eclesiástica de Granada (Casa Diocesana-Málaga)

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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en el encuentro de catequistas de la provincia eclesiástica de Granada (Casa Diocesana-Málaga) celebrado el 18 de septiembre de 2016.

ENCUENTRO DE CATEQUISTAS

DE LA PROVINCIA ECLESIÁSTICA DE GRANADA

(Casa Diocesana-Málaga, 18 septiembre 2016)

Lecturas: Am 8,4-7; Sal 112,1-2.4-8; 1 Tm 2,1-8; Lc 16,1-13.

(Domingo Ordinario XXV-C)

1.- Orar por toda la humanidad

El apóstol Pablo pide en su carta a Timoteo que «se hagan súplicas, oraciones, peticiones, acciones de gracias, por toda la humanidad, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto» (1 Tm 2,1-2).

Al inicio del curso, la Palabra de Dios nos llama a la oración de intercesión por todas las personas que tienen responsabilidad en la marcha de la sociedad. Sin embargo, la tendencia es más bien la contraria y se critica a todo aquel que tiene autoridad. Los cristianos debemos ser diferentes; el Maestro de Nazaret nos enseñó incluso a amar a nuestros enemigos y a rezar por quienes nos persiguen (cf. Mt 5, 44).

Pero orar por todos no significa identificarse con el pensamiento de los demás, o compartir las ideologías imperantes, que van contra la doctrina cristiana; tampoco significa carecer de criterio propio.

La oración nos ilumina y predispone para ejercer los talentos con sabiduría, solidaridad y justicia. La oración repercute no sólo en el don de la paz y de la convivencia, -esta es la finalidad que señala san Pablo cuando dice “rezad por los que gobiernan” para que podamos llevar una vida tranquila y en paz, para que podamos llevar a cabo nuestra vida de fe y celebrarla, para que haya libertad religiosa auténtica-; en fin, para que obremos según lo que Dios quiere de y para nosotros.

La carta de Pablo a Timoteo nos invita, en esta situación real en la que nos encontramos, a seguir rezando por cuantos tienen responsabilidad, en cualquiera de los niveles; también por los pastores de la Iglesia debemos rezar habitualmente. Pero a veces, tenemos una mordaz crítica a lo que dicen o hacen, o a lo que no sintoniza con nuestro pensamiento.

Primera exhortación de Pablo: recemos por todos, por toda la humanidad; pero de un modo especial, por quienes tienen responsabilidad en los distintos campos.

2.- Dios quiere que todos los hombres se salven

En su primera carta a Timoteo insiste el apóstol Pablo en la voluntad salvífica universal de Dios, que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2,4).

A veces pensamos que sólo se van a salvar los cristianos o los católicos o los puros… pero no es esa la mentalidad del Señor. Dios envía a su Hijo para salvar a toda la humanidad y la humanidad ya está salvada.

Atención, catequistas, porque a veces no explicamos bien la verdad revelada y oímos que la salvación se la gana uno personalmente. Se suele decir en ocasiones que una persona debe ser buena para ir al cielo; pero la salvación no se la gana la persona. La salvación nos ha sido regalada por Cristo. Cristo ha pagado ya el precio del rescate en terminología bíblica. Lo que nos falta es que nos apropiemos personalmente de esa salvación.

Es difícil vivir este equilibrio y explicarlo. A veces, caemos en la fe protestante, también mal entendida, o en el pelagianismo. Ni la persona hace todo para salvarse, ni debe quedarse con los brazos cruzados. Hay un diálogo personal de fe, hay una relación personalísima del alma de cada cristiano con el Señor, por eso, se acepta el regalo que Dios da, y se le corresponde con amor. Es la aceptación de un don, aceptación que implica una correspondencia de amor. Aunque con eso no me gano nada, es un regalo que me hace el Señor.

No puede quedar excluido nadie; ni siquiera los que se oponen a la libertad religiosa o demuestran una actitud contraria a la fe cristiana, o no son creyentes, o son creyentes de otras religiones o de otras iglesias cristianas. Dios no excluye a nadie. Hemos de pensar a la manera de Dios: Dios quiere que todos los hombres se salven. Toda la humanidad, todos los hombres de cualquier raza, condición, color, religión, credo o cultura.

Como catequistas tenemos unos destinatarios concretos: niños, adolescentes, jóvenes o adultos. Estos destinatarios son ya creyentes porque la catequesis sólo la pueden recibir o realizar los que ya creen. La etapa previa es el pre-catecumenado. Cuando trabajamos los catequistas y hacemos catequesis estamos explicando ya de manera sistemática y orgánica la fe. No estamos haciendo el primer anuncio, eso se hace antes.

Con lo cual, nuestros destinatarios ya son creyentes. Pero en esa etapa previa hay que invitar a todos, incluso a los musulmanes que viven entre nosotros. Ofrecer no es imponer. Presentar no es hacer proselitismo. Pues si yo vivo la fe, puedo hablar libremente sobre mis creencias, sobre nuestra convicción de que Cristo ha salvado a toda la humanidad.

Y lo mismo ante los no creyentes o los que se llaman ateos o se ufanan de ser ateos; incluso, si nos ponen verdes, nos critican y están en contra y desearían que las iglesias estuvieran cerradas o ardiendo. Como dicen ahora: “la iglesia que más alumbra es la que más arde”. La Iglesia que más alumbra es la que alumbra con la Luz de Cristo.

Puede que nos resulte difícil tratarlos como hermanos nuestros, dado que nuestro corazón está herido por el pecado. También son destinatarios de la misma salvación todos aquellos que profesan otras religiones u otros credos; los fieles cristianos, con gran respeto a la libertad, podéis presentar a Jesucristo a estas personas.

Jesucristo es el único salvador y mediador, que ofreció su vida en rescate por toda la humanidad (cf. 1 Tm 2,5-6). Hacemos un buen servicio al ofrecer nuestra fe a quien no participa de la misma.

3.- Heraldos y apóstoles

El papa Francisco nos recuerda que “en virtud del bautismo recibido, cada miembro del pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador” (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 120)

Hemos sido constituidos “heraldos” y “apóstoles” del Evangelio al estilo de Pablo (cf. 1 Tm 2,7). Heraldos porque comunicamos, anunciamos, proclamamos, profetizamos. Y apóstoles porque somos enviados. Lo que decimos no lo decimos por cuenta propia. Ni el mismo Jesús decía las cosas que nacían de Él. Jesús transmitía lo que le decía el Padre, transmitía la voluntad del Padre. Siempre tenían en su boca la voluntad del Padre.

Somos enviados por Jesucristo mediante la Iglesia. Y si somos enviados nuestro mensaje no es nuestro es de Cristo mediatizado por la Iglesia. Somos simples mediadores, somos enviados. Explicamos y hablamos en nombre de Dios y no en nombre propio o con nuestra propia fuerza.

La evangelización no se lleva a cabo por actores cualificados, quedando el resto del pueblo fiel con los brazos cruzados. El anuncio del Evangelio, el primer anuncio, el kerigma, no la catequesis, no corresponde solo a los padres, a los sacerdotes, a los religiosos, a los catequistas y a los profesores de religión. El primer anuncio pertenece a todo el pueblo de Dios por su bautismo. Después cada cual tendrá su función determinada.

Aún tendríamos que profundizar en el paso que nos cuesta hacer bien, según estas enseñanzas, entre el primer anuncio y la catequesis. Recoger a unos niños de la diáspora, es decir, de sus padres y traerlos directamente a la catequesis eso no tiene sentido. A la catequesis se va cuando uno tiene un inicio de fe, cuando quiere ya conocer y amar a Jesús. Pero alguien que no ha oído hablar para nada de Jesús no se le puede meter en catequesis que es una formación sistemática y orgánica. Hay que hacerle pasar por una etapa previa: el pre-catecumenado, cogiendo el modelo del catecumenado. Hay que empezar a hablar de Dios, del amor de Dios, lo que llamamos el despertar religioso; pero nosotros nos comemos el despertar y pasamos de la nada a la catequesis. Tendríamos que ser más consecuentes con la verdad del anuncio del Evangelio y de las etapas que la misma Iglesia ha ido poniendo.

Queridos catequistas, tenéis una hermosa tarea imbricada en vuestra vida diaria. Ningún cristiano está exento de su compromiso bautismal evangelizador. Cualquier bautizado en su acción testimonial no puede separarse de su vida, no puede hacer una dicotomía: no puede explicar teología, dar catequesis o dar clases de religión y después que su vida no refleje lo que está enseñando. No se trata de saber; aunque los catequistas si debéis tener una mínima formación y por eso estáis aquí en estos encuentros de formación. Pero es más importante aún la experiencia que se tiene del amor.

El catequista es un testigo. Cuando estaba de párroco o he ido a parroquias siendo Obispo en Visita Pastoral me he sorprendido al encontrarme con catequistas que habitualmente no celebraban la fe, ni iban a misa los domingos, pero como querían hacer algo, se ofrecieron al párroco. Y estas personas daban catequesis teóricas, pero ¡qué experiencia de fe trasmite esa o ese catequista! Ninguna. Con lo cual no es catequista. O transmite su experiencia de fe y la fe de la Iglesia o no está haciendo su tarea y su misión.

Cuando estaba de Obispo en Alcalá de Henares me reuní con un grupo de catequistas de la ciudad y me decían que no podían empezar la catequesis si los niños no sabían ni leer ni escribir. Con lo cual proponían retrasar la edad de inicio de la catequesis hasta que supieran leer y escribir. Pero es que, para ser catequista, para hablar de Dios no hace falta saber leer ni escribir, ni el destinatario ni el testigo de la fe. ¿Cuántas abuelas de nuestra época no sabían leer ni escribir y han sido grandes catequistas de sus hijos y de los hijos de otras personas? ¡Y no sabían ni leer ni escribir, firmaban con el dedo!

Para hablar del amor de Dios no hace falta, si me apuráis, ni catecismo. Ayer D. Amadeo distinguió entre catecismo y catequesis. Catecismo es un instrumento. Hay sitios donde no hay catecismo, pero narran la experiencia, eso es “catequeo”: hacen eco, narran, cuentan la experiencia que viven.

Todo esto ya lo sabéis. Sólo vengo a recordar lo importante que es renovar y redefinir nuestra misión y nuestra tarea.

Para ello solo es necesario haber hecho experiencia del amor de Dios que salva; no se necesitan muchos medios, ni mucha preparación. Naturalmente, es muy importante la formación en la fe y el conocimiento de las verdades reveladas; pero lo realmente esencial es el testimonio personal.

4.- Ser administradores sagaces

El Señor nos invita a ser sagaces para lo bueno, para tener ingenio, para resolver problemas, para saber cómo transmitir lo que vivo. La sagacidad hay que ponerla al servicio no sólo de la economía sino de los distintos campos en los que uno vive.

Le pedimos a la Virgen María, bajo su protección maternal para realizar la tarea que la Iglesia y el Señor nos encarga. Que así sea.

Con la parábola del administrador injusto y sin escrúpulos, que nos ofrece hoy el Evangelio (cf. Lc 16,1-13), Jesús nos invita a ser astutos y saber calcular para hacer obras buenas. No nos anima a ser deshonestos.

Quiere suscitar en nosotros una actitud positiva y animosa. No nos podemos desanimar por las circunstancias; debemos buscar soluciones; hemos de poner a prueba nuestro ingenio y nuestras facultades para encontrar nuevos caminos en la tarea evangelizadora.

Pedimos al Señor que nos conceda su gracia para vivir lo que nos ofrece. Amén.

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