En memoria del Beato Enrique Vidaurreta

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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Este domingo se ha celebrado la Eucaristía en memoria del martirio del Beato Enrique Vidaurreta. La Misa ha sido celebrada por el rector del seminario Francisco González y concelebrada por Antonio Fernández, párroco de san Sebastián, y por los recién ordenados Francisco Hierro y Juan Carlos Millán.

Han asistido un grupo numeroso de familiares del beato y bastantes feligreses y devotos de Antequera. La Eucaristía se ha desarrollado en un ambiente muy familiar y al final todos los presentes han pasado por la pila bautismal donde fue bautizado el Beato Enrique para recordar su bautismo.

Antonio Aguilera, quien fuera rector del Seminario, escribió una semblanza de él, en la que recoge lo siguiente:

«Don Enrique, antequerano de nacimiento, nacido el 10 de octubre de 1896, quiso ordenarse sacerdote en Madrid «a título de patrimonio», cosa frecuente entonces. En una conversación con Don Manuel González, en la propuesta que éste le hacía sobre el ser sacerdote y la posibilidad de serlo en Málaga, vio una luz grande: olvidarse de sí y darse por completo a lo que la Iglesia quisiese de él. Con esa actitud vino a Málaga, primero sirviendo a los más pobres en el asilo de San Manuel, de las Hijas de la Caridad, en una de las zonas más pobres de Málaga por aquellos años, playas de San Andrés y barriada de El Bulto.

Don Manuel González, obispo gran reformador del clero y de la preparación de los seminaristas, quería un Seminario nuevo para llevar a cabo esta misión. Y para esa misión se fijó en hombres capaces de echarla adelante, hombres muy de Dios y muy enamorados de su sacerdocio. Don Enrique fue uno de los escogidos para ello; primero como vicerrector y poco después como rector, formando equipo con otros ejemplares sacerdotes.

En sintonía con el Obispo, dos preocupaciones fundamentales tuvo Don Enrique: llenar de espíritu sacerdotal el Seminario y enriquecerlo con abundancia de vocaciones. Y a ello dedicó lo fundamental de todos sus días y todas sus horas, a trabajar por:

un Seminario familia fraterna;

un Seminario donde los pilares marcaran bien la andadura de cada día y la formación;

un Seminario donde destacaran muy mucho la piedad sacerdotal, la ciencia eclesiástica y el celo pastoral;

un Seminario en el que la Eucaristíano habría de ser una cosa más, siquiera la más importante, sino su vida, su bien, su doctrina, su alimento, su seguridad, su gozo, su gloria…

un Seminario donde el Buen Pastor fuera el ejemplo a seguir;

un Seminario donde la disponibilidad y la obediencia, galería de la obedien-cia, fuesen vivencias constantes;

un Seminario donde no cabían ganapanes sino sólo gana almas.

Un Seminario cuya cosecha fuera:

Proveer a la santa Madre Iglesia de sacerdotes-hostias.

Sacerdotes consagrados a la Eucaristía.

Sacerdotes que salven a las almas y hagan felices a los pueblos.

Evidentemente el planteamiento y la vida de cada día, la forma de trabajarlo, eran propios de un hombre santo, de un sacerdote cabal. Pero lo suyo no quedó ahí. El Señor le concedió la gracia de enriquecerlo con la entrega más total: el 16 de julio de aquel 1936 comenzaron 33 sacerdotes la tanda de Ejercicios Espirituales, organizada por Don Enrique cada año en el Seminario. Dirigía aquellas jornadas de oración el jesuita P. García Alonso, quien calificaría luego en su libro Mis dos meses en la prisión provincial de Málaga a Don Enrique como la joya del clero diocesano.

El 21 de julio se hizo un registro minucioso en el Seminario (donde lógicamente no se encontraron armas y donde hubo una entrega espontánea, sin resistencia alguna). En la mañana del 22 fueron llevados a la cárcel aquellos sacerdotes que hacían Ejercicios Espirituales. Un mes largo de prisión.

En la noche del 31 de agosto, en una saca para fusilamientos, el jefe de la patrulla leyó los nombres de las víctimas, de los que serían ejecutados a continuación. Uno de ellos estaba enfermo, Don Enrique intercedió por él. Ven tú también, fue la respuesta. Y aquel 31 de agosto el Señor le concedió la gloria eterna a Don Enrique y a todos nosotros nos dio un espejo ejemplar en quien mirarnos hoy seminaristas, sacerdotes y toda mujer u hombre que quiera ser testigo del Evangelio, testigo de la gracia de Dios».

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