
El 24 de septiembre se celebra la fiesta de Nuestra Señora de la Merced, patrona del mundo penitenciario. Varios voluntarios católicos explican el trabajo que realizan en los centros penitenciarios de la provincia porque «hay mucho que hacer».
María del Carmen es voluntaria católica en el centro penitenciario. «Cada semana, desde el módulo de mujeres, vivo mi encuentro con Cristo resucitado al lado de las internas y de los funcionarios de este centro, pues sus rostros al vernos entrar, cambian. Pastoral Penitenciaria es una presencia totalmente distinta. Experimentamos la misericordia de Dios en nosotros y en ellos», explica María del Carmen.
Esta voluntaria tiene como primera misión escuchar y «hacer mío su dolor. A veces la respuesta es el silencio, otras veces un abrazo, un apretón de manos… Cuando nos reunimos en la biblioteca les ofrecemos rezar un ratito juntas y ellas participan», añade María del Carmen.
«Son ellas las que me llenan de luz y esperanza. Nos esperan como agua de mayo y cuentan los días que faltan para vernos. Vivo la esperanza junto a ellas, en el módulo, como una más. Vivo la Resurrección junto a ellas y la bendición de ser instrumento de Dios para esta misión de la Iglesia», concluye.
Benito también es voluntario católico en dichos centros y afirma que esta labor es como «la búsqueda de Jesús en las periferias, en los que no quiere nadie, los que están abandonados y los que pienso que más necesitan nuestra presencia. Nunca sé de verdad si seré capaz de llevar a cabo este servicio y de ofrecer lo que necesitan, pero yo voy con lo que soy, y con la Palabra de Dios, sin pretensiones y con mucha paciencia y escucha, sin juzgar en ningún momento».
«Hay mucho que hacer», afirma con rotundidad Benito, «por eso invito a que demos el paso adelante y salgamos de nuestra comodidad».
La cárcel, para los miembros del voluntariado católico de prisiones, es un lugar en el que se encuentra Dios. En palabras del delegado de Pastoral Penitenciaria, el religioso trinitario Pedro Fernández, «es el lugar donde acudimos, llenos de alegría, a acompañar, compartir y escuchar la realidad sangrante que viven nuestros hermanos en la prisión. Vamos al encuentro con Cristo que está encarcelado. No llevamos a Dios ni a Cristo a los presos. Nos encontramos con Él en cada persona privada de libertad. El preso no es un delincuente, sino que ha cometido actos delictivos. El preso es una persona que, para nosotros, encarna a Cristo. Y no importa que esa persona tenga un lugar de nacimiento, o un color de piel, o una religión distintos. Son personas, son hermanos, son Cristo».
Es por eso que «la labor pastoral de la Iglesia en la prisión es eminentemente humanizadora, misionera y evangelizadora. Es una pastoral que lleva por bandera la esperanza, que se abraza a la fe en un amor sin límites», añade.
Una labor guiada por la esperanza pues, frente a los negacionistas «que consideran que el delincuente es un ser irredento, que no cambiará nunca, que no merece dedicarle tiempo, ni educación, ni formación, ni tan siquiera, atención religiosa; pensamiento éste que nace del total y absoluto desconocimiento del ser humano y su capacidad para transformar su vida hacia metas admirables de superación y perfección, nos encontramos quienes nos acercamos a las personas privadas de libertad convencidos, no solo por nuestros razonamientos, sino por la certeza de que para Dios nada hay imposible. Y es que creemos en la persona como sujeto de cambio y conversión, porque el Espíritu de Jesús obra verdaderos milagros en el corazón de cada persona y le sustenta para realizar un verdadero proceso de cambio y transformación en sus vidas. Y la experiencia de la cárcel es un buen motivo para recuperar la dignidad, la libertad, la esperanza y la redención», afirma con rotundidad el delegado de Pastoral Penitenciaria.
Es por eso que, desde este servicio de la Iglesia malacitana, «nos mantenemos firmes en la convicción de que somos una puerta abierta a la esperanza para cuantos la han perdido al entrar en la prisión. Creemos en sus personas y en su capacidad de cambio, la fe en Cristo es el motor que nos anima a no desistir en el empeño de sembrar amor, confianza, perdón, bondad, humanidad, alegría. Nosotros sembramos, el Señor irá recogiendo las gavillas del arrepentimiento y la reconciliación».
Internos, personal y voluntarios católicos de Pastoral Penitenciaria celebrarán juntos la fiesta de la Merced en los dos centros penitenciarios con una Eucaristía. En Archidona fue ayer y en Alhaurín de la Torre será el sábado que viene y «de la mano de María, la Madre de la Merced liberadora, que nos acompaña en esta tarea de consolar, acompañar, escuchar y orar con aquellos sus hijos que sufren la desgracia de haber hipotecado su libertad y el tesoro de su esperanza», concluye Fernández Alejo.

