El padre Ramón Buxarrais. La hermosa realidad de un cuento

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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Hace un tiempo, llegó a la Ciudad de los Niños, un centro de acogida de menores de Málaga, un niño marroquí llamado Fariht. Como todos los niños que vienen de Marruecos, en pateras o bien escondidos en camiones o contenedores, traen el miedo en su mirada y un cierto encogimiento del cuerpo, que es un signo más de la estrechez en la que viven. 

Como capellán, suelo buscar un primer encuentro con ellos, para romper el hielo de la desconfianza, indagando de dónde vienen, cómo han llegado hasta aquí, si tienen familia… Por lo regular se cierran sobre sí mismos, amparados en el desconocimiento de la lengua y en su dificultad para comunicarse. Es una realidad esta dificultad pero, a su vez, es también una excusa para disimular su neta desconfianza. 

Fariht entendía bastante bien el castellano porque venía de Melilla. Allí llegó con sólo siete años, deambulando por las calles de la ciudad autónoma y recogiendo los desperdicios del mercado… Sabíamos, pero él lo ocultaba, que fue detenido y llevado a un centro de internamiento para menores en Melilla. Para ir quitando hielo a las relaciones, le hablé de que yo había estado en Melilla, con motivo de las fiestas de la patrona en Septiembre. El me confió que precisamente había venido escondido en uno de los cacharros de feria  que procedían de Melilla. 

Seguimos hablando y le alenté diciendo que hablaba muy bien nuestra lengua; le pregunté en qué colegio había estado. Me dijo, con una voz relajada, que estuvo en la “Gota leche”, un centro de acogida de menores de Melilla, entonces regentado por las Hijas de la caridad. Para seguir nuestra conversación, que él pretendidamente quería ir cortando ya que confundía mi interés con un interrogatorio más de la policía, le dije, que yo tenía un amigo en la “Gota leche”, y que se llamaba D. Ramón, que era cura como yo, aunque él era más cura que yo. Al oír el nombre, se le iluminó la cara, abriendo aún más sus ojos y ensanchando una breve sonrisa. “Sí, el P. Ramón, yo lo conozco… el me ha dado esta ropa. Yo he estado con él en la Gota leche, es muy bueno…”

Desde entonces, la desconfianza de Fariht bajó la guardia. Nos seguimos encontrando, los miércoles y los domingos, en la Ciudad de los niños, y ya era él quien me asalta para preguntarme y entablar diálogo:

– “Tú dices también la oración como el P. Ramón…” 

– “Sí”, le contesté. 

Y le invité a que asistiera a la misa del domingo. Me respondió que él no era cristiano. Pero yo le insistí para que entrara con nosotros, ya que todos los del colegio entramos y cada uno reza a su Dios. Le insistí que los cristianos nos sentimos muy bien y somos más buenos cuando rezamos y suponía que él también. 

El domingo siguiente, Fariht estaba en la capilla, en los últimos bancos, donde se suelen sentar los chicos musulmanes del colegio; en otros bancos están los chicos de color y musulmanes; en los primeros bancos nos sentamos los cristianos, de varias razas (indígenas de Ecuador, venezolanos con apellidos yanquis, diversas etnias del Congo, de Nigeria y del Senegal, y cristianos ortodoxos del Este…). Es la libertad de reunirnos para rezar, o incluso para reflexionar como dice Ángel, que se manifiesta “ateo” (aunque yo le digo que no lo es, sino que todavía no se ha enterado que Dios le quiere más y mejor que sus padres…); él no se pierde ninguna de mis charlas. 

Es una experiencia preciosa descubrir cómo las diferencias son cosas de mayores… el respeto, cuando se expresa con el máximo cariño, está en los corazones más sencillos y humildes de los niños, aunque algunos de ellos con quince años tengan ya biografías de viejos. Al terminar nuestro encuentro con el Señor, le dije:

–  “Fariht ¿has rezado a tu Dios?”.

–  “Si”, me contestó algo sonrojado.

–   “Pídele que te ayude… porque has tenido una vida muy difícil y te quedan muchas cosas que pasar…”  Y le sentí más relajado y confiado.

– “Tu, ¿eres tan bueno como el P. Ramón? Me espetó de pronto. 

– “Yo quiero serlo, Fariht, pero el P. Ramón es muy bueno…”

– “Pues sabes una cosa P. Alfonso: cuando tú dijiste que cada uno pidiera a Dios por alguien, yo en la oración hoy he pedido por el P. Ramón”.

Es una página más de la vida de D. Ramón. Me agradó que el niño lo llamara P. Ramón. P. Alfonso me llamaban a mí, en mi primer destino de coadjutor en la Barriada de la Palma-Palmilla. El primer destino que me encomendó el entonces Obispo de Málaga, Mons. Buxarrais, mi obispo aunque yo era de Córdoba y como él decía estaba “cedido al Málaga, con derechos de formación”. Después, ya como Vicario General, he atravesado varias veces el mar para acercarme a la ciudad hermana de Melilla, parte de nuestra Diócesis. Siempre encontré la mano y el corazón de D. Ramón, en medio de aquella ciudad, tan peculiar. Un día, paseando, me dijo: 

– “Melilla es para mí como un gran monasterio y sus calles son el claustro”. 

Yo pienso que, quizás por ello, D. Ramón camina siempre a prisa, como no queriéndose detener en lo accidental y deseando siempre llegar a lo realmente importante: el encuentro con Dios. Esta reflexión la recogí en un libro que publiqué sobre el tiempo: Mi tiempo en tus manos. Recuerdo, también una anécdota, que nos regaló D. Ramón, cuando nos visitó en el Campamento que sesenta del Junior de la Palma-Palmilla celebrábamos en la reserva del Alcázar, en Alcaucin:  

– “El otro día bajaba del Seminario y me encontré a un chiquillo, que al verme con la cruz pectoral me dijo: ¿tú eres cura, verdad? Sí, le contesté. Y a su vez, yo le dije: ¿y qué es un cura? Y el chiquillo me contestó: “un hombre que reza”

D. Ramón me ha dejado dos grandes enseñanzas: la vida cristiana madura en la oración y se engrandece junto a los más pequeños y sencillos. Gracias, Mons. Buxarrais; gracias D. Ramón; gracias P. Ramón… porque nos ha enseñado en una página de su vida, que “los más pequeños y humildes son los primeros  en el Reino de los cielos”. Nunca le he pedido una recomendación D. Ramón, pero quizás es ahora el momento: 

–  “P. Ramón, guárdeme sitio…”

Alfonso Crespo Hidalgo, párroco de San Pedro

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